miércoles, 21 de noviembre de 2012

Entrevista Primera - Capítulo 2



CAPÍTULO 2

         La hora de salida de los institutos producía un trauma en el desarrollo cotidiano de la vida en la calle de San Bernardo. Del Cisneros salían los vocingleros chavales y del Lope de Vega ellas, más recatadas, pero más risueñas. Las aceras se cubrían de gritos agudos y de cartapacios. Los que formaban largas colas ante el Ministerio de Justicia para solicitar el certificado de penales que les permitiera acceder a un pasaporte para poder salir del país se quedaban estupefactos ante aquella insólita barahúnda.


         -La he ojeado estos días atrás, cuando me encargaron este trabajo en la redacción, y tampoco me parece tan mala. Un poco ingenua, tal vez, si me permite la expresión.
         - Absolutamente ingenua, un asunto de chiquillos, incoherente en todas sus partes y en su globalidad, aunque he de confesar que fue divertido participar en su elaboración… Como no, si se trataba de un juego.
         -Aunque ella no estuviese presente en aquellas primeras conversaciones tal vez Nando hablará con Thérèse sobre el tema.
         -¡Pobre Fernando!, qué pronto nos dejó para siempre –por su impasible rostro cruzó una ráfaga de tristeza que lo hizo por un momento más humano y asequible-. Es probable que le hablara sobre aquel proyecto y sobre muchas cuestiones más, pero tan sólo generalizaciones.
         Trataba de encontrar en los rasgos de este hombre experimentado que se sentaba frente a mí los que tendría mi interlocutor diez años atrás. Desde nuestra anterior entrevista había envejecido mucho por más que los cosméticos intentaran encubrirlo. Tal vez fuera cierto aquel viejo aforismo en el que se compara el poder con un rayo fulminante que destruía a las personas.
-      ¿Cree también en la posibilidad de que le hablara de la relación íntima que existía entre él y la hermana de usted?
-      Miriam y Fernando eran muy buenos amigos. Como es lógico se conocieron gracias a mí, ya que Fernando y yo fuimos compañeros de escuela. Pero si se refiere a la dichosa escena que describe la novela de Thérèse  he de afirmarle con contundencia que aparte de ser falsa me parece muy sórdida, y creo que ha tenido un pésimo gusto escribiéndolo, y mucho más publicándolo…
Una musicalidad sin límites y de plena libertad se expresaba en los parcos acordes que Nando había ejecutado sobre el blanquinegro teclado del piano de los padres de Miriam.
-Esto es la introducción, ahora caerá la cascada de las notas que definen la frase –sonrió a su expectante y bella audiente, que se sentaba en el mismo sillón ocupado días atrás por su hermano. Vestía una falda escocesa plisada y una blusa blanca, casi el mismo uniforme de colegiala que tuvo que llevar por obligación el año anterior, antes de ingresar en la universidad.
La anunciada cascada sonora se precipitó sobre los oídos de la culta muchacha de apagados ojos pardos. “Beethoven-Chopin-Schömberg”, hiló en su mente. Pero sabía que a su hermano le encantaba Satie, y que sin duda sus gustos musicales se encontraban influenciados por Nando, así que era evidente que también debería mencionar al compositor cubista. Pero, jamás a los impresionistas, aunque Claude Debussy estuviera bien latente y patente en lo que estaba escuchando, y mucho más en su propio pensamiento tan proclive a lo plasmable.
     - Algo así, ¿qué te parece? –pronunció Nando con suficiencia, dando una media vuelta al taburete giratorio sobre el que se encontraba sentado hasta enfrentarse cara a cara con Miriam.
- ¡Sensacional! –exclamó ella sin demasiado entusiasmo.
- Es sólo un apunte –dijo él. Levantándose del asiento con los aires teatrales que eran tan peculiares en su persona-. Hay que equilibrar un tanto la sonoridad, ¡plas! –dio una palmada para reforzar su intención-, pero no cabe la menor duda de que este es el camino adecuado. Nada de música programática, sonidos sueltos, ¡libres!, las notas exactas capaces de hacer vibrar a todo ser humano –decía mientras se aproximaba a la muchacha que hacía imposibles por inyectar algo de brillo a sus anodinos ojos.
- Para un genio bastan tres acordes –sonrió al autor.
- Y un solo acorde, es más, hasta un silencio dispuesto en el lugar apropiado basta para plasmar una idea sublime.
- Cierto, nadie le puede negar la genialidad a Satie –decidió Miriam que con emplear el último eslabón de la cadena sería suficiente para llegar a un acuerdo estético con su amigo.
- No te puedes hacer una idea de la felicidad que me produce tocar mi música para que tú la escuches, “el eterno femenino hacia las alturas nos eleva” – y tomó con suavidad una mano de Miriam provocando que ella se sonrojara hasta las cejas.
- ¿A estas alturas me vas a venir con galanteos? –dijo la muchacha algo sofocada.
- A tu lado sólo puedo estar con admiración –se había sentado sobre el brazo del sillón donde estaba ella y continuaba con su mano entre las suyas.
- Los hombres sois únicos para comportaros como auténticos bobos.
- Estamos cegados por la luz de vuestra belleza.
- Sí, por la de cualquier objeto que lleve puesta una falda.
- Sabes que la admiración que siento por ti es muy distinta de la simple relación que puede existir entre un hombre y una mujer, somos amigos desde la niñez, y te ido viendo crecer y como te transformabas de una mocosa insoportable en una maravillosa jovencita.
- A veces pienso que tan sólo me consideras como un espejo en el que ver reflejada tu vanidad.
- ¿Cómo?
- También hay ocasiones en que me considero a mi misma como un espejo donde los demás se miran.
Fernando soltó la mano y fue a sentarse en el sofá.
- Tú y tus metafísicas.
- Mejor harías en calificarlas de patafísicas.
- ¿Y eso como se come?
- La patafísica es a la metafísica lo que ésta es a la filosofía. Boris Vian fue elevado a la categoría de Sátrapa del Colegio de Patafísica el 22 de Palotín del año 80…
- Sabes ser diabólicamente abrumadora, hay que ver qué cosas tan raras os enseñan en la universidad, cuanto me alegro de haber encontrado mi camino lejos de sus inconmensurablemente enhiestas y altas columnas.
- No seas bobo, en la facultad están siempre liados con Platón y Aristóteles, eso que te he contado sobre la patafísica lo leí en un libro que me ha prestado Fonso.
- ¿Te sigue asediando ese imbécil?
- Trata de utilizarme, en la misma medida que yo a él.
- ¿Le crees tan taimado?
- Por supuesto que no, le sale de una forma natural, nadie está a salvo de la presunción. Por lo demás, no es mal muchacho, y desde luego que es más capaz que tú de verme como una mujer, lo que siempre resulta halagador… ¿Decepcionado?
- Yo también tengo mi componente dionisiaco, como cualquiera –reaccionó el muchacho al ataque.
- Pero algunos seres tenéis la habilidad de colocaros dentro de una urna inexpugnable, la torre de marfil de los genios. Si me requiebras con tus galanteos lo haces tan sólo por alagar a la amiga, no eres capaz de verme ni sentirme como la mujer que soy, y eso me hace sentirme muy sola; pensar de continuo que cada cual vive en un mundo diferente y paralelo, en dos cosmos tan distintos que nunca se llegarán a encontrar -y le miró con languidez y un punto de desesperación.
- ¿Es una proposición? -sonrió Nando.
- Sabes que no, sería inútil -se encogió de hombros-. Sabes muy bien desentenderte de aquellas cuestiones que pudieran apartarte del objetivo que te has marcado. Estás demasiado ocupado en repintar con purpurina dorada tus oropeles para preocuparte por los sentimientos de una mujer. Quizá ya se encuentren en camino de convertirse en oro puro, y para lograr esa dichosa pureza eres capaz de renunciar a todo.
- No te acabo de entender –dice Nando con desaliento. Se siente vencido y se tiende en el sofá. Se va relajando poco a poco con las piernas entreabiertas y los brazos sin  fuerza.
Miriam se arrodilla junto a él y deja reposar su cabeza sobre el vientre del muchacho.
- No he querido herirte –y restriega con suavidad su mejilla sintiendo como bajo ella la carne de su amigo se va endureciendo progresivamente y él la acaricia el cabello.
- Playas de blanca arena en el silencio del atardecer, un verde mar frente a nosotros, la brisa bamboleando las copas de las palmeras, un dulce calor quemándome la piel…
- No soy ni el viento, ni el mar, ni la arena, sólo una mujer que quiere dar placer al hombre que desea.
- Sería demasiado trivial, sin demasiados alicientes tener un comportamiento de vulgares amantes, somos dos seres superiores –susurra Nando entre ensoñaciones.
Miriam se pone en pie de un salto, ahora si brillan sus ojos pardos, se siente indignada.
- ¡Cuándo te vas a convencer de que no soy ningún hada de un país imaginario, sino una persona real! Tengo ardores y humedades, tengo menstruaciones…
- No me grites, por favor, que me zumban los oídos –y acompaña sus palabras con un gesto de dolor que obliga a su amiga a callarse-. Regresa junto a mí, es tan agradable tenerte cerca…
Ella se inclina de nuevo sobre su regazo y Nando toma su cabeza de rojizos cabellos entre sus manos fuertes y tiernas, y sus largos dedos de pianista acarician los rizos de la muchacha con la misma suavidad con que se deslizarían sobre las teclas en un tiempo pianísimo.
- Eres como un niño –musita ella.
- Soy un genio capaz de imaginar sonidos que jamás han escuchado los oídos humanos.
Miriam le besa sobre la bragueta y el falo del muchacho se endurece más y más. Le baja con suavidad la cremallera y el miembro brota erecto y fuerte de entre las telas. La lengua húmeda de la mujer da un lametón sobre su cúspide y una cascada viscosa y cálida estalla contra su rostro. La sorpresa le hace echar la cabeza hacia atrás y cerrar los ojos.
Cuando los vuelve a abrir ve a su amigo acurrucado en el sofá con la cabeza vuelta contra el respaldo, y parece gimotear. Miriam recoge con la lengua una espesa gota que se iba escurriendo entre las comisuras de los labios.
- … Impropia de haber sido escrita por una persona tan delicada como ella.
- ¿Sería demasiada indiscreción preguntarle si todavía continúa enamorado de Thérèse?
- Nunca lo estuve –se apresuró a decir Julián con rotundidad, y su mirada me retaba.
- No es lo que se deduce de la novela –respondí con tranquilidad sosteniendo su mirada.
El se crispó.
- Si va a adoptar usted un tono impertinente sería mejor que diéramos por terminada la entrevista -y se levantó del sillón. Su gesto me pareció arrancado del Nando de la novela de Thérèse.
- Perdón, perdón… le juro que en modo alguno ha sido mi intención ofenderle -intenté reconciliarme con él, sorprendida por su reacción. Había pensado que el reto visual era tan sólo para que contendieran nuestros respectivos puntos de vista. Bien, ahora comprendía  que era con la intención de obligarme a aceptar el suyo, y que debía estar preparada para soportar algún que otro golpe efectista.
- Supongo que podré leer el original de lo que usted piensa publicar, y hacer en él las correcciones que crea pertinentes para dejar bien clara mi opinión sobre ciertas cuestiones. No es que dude de su buena voluntad… pero una interpretación equivocada de alguna de mis frases… no creo que sea necesario recordarle que en estos momentos soy un personaje público y… -tendió un puente para que la entrevista pudiera proseguir mientras volvía a sentarase.
- No hay ningún inconveniente por mi parte, pero puesto que usted ya se había leído la novela antes de acceder a que le entrevistara sobre ella podía haber calculado que las preguntas que le iba a formular serían más o menos de semejante jaez.
- Sí, le aclararé que no me ha molestado la pregunta sino su tono afirmativo… Seamos sinceros: si accedí a concedérsela fue para tener la oportunidad de hacer cierta puntualizaciones sobre algunas cuestiones que considero ofensivas, en primer lugar para la memoria de mi malogrado amigo Fernando, y en segundo con respecto a la honorabilidad de mi hermana y de la mía propia… Y, sobre todo, para dejar bien sentado de una vez por todas que la obra de Thérese es una ficción en su globalidad, como ya le he advertido antes.
- El director de nuestra revista fue muy explícito cuando me encomendó este trabajo; la gente de la calle se pregunta qué hay de verdad y qué de ficción en la novela, y nuestra misión como periodistas, aunque usted no tenga sobre nosotros un buen concepto, le aseguro que es cierto, sería aclararlo. El nuestro es un humilde trabajo público, y no tenemos ninguna otra pretensión que dar a conocer la verdad con toda la transparencia posible, así que sus puntualizaciones, como testigo directo de algunos de los sucesos, nos vendrán como miel sobre hojuelas, valga el vulgarismo.
Mis palabras eran las que esperaba escuchar, así que su expresión se fue destensando y se arrellanó en el sillón. Se le notaba dueño de sí mismo otra vez.
- Le ruego me disculpe por mi anterior exaltación, pero es muy importante para mí que no se prejuzguen ciertas cuestiones que podrían distorsionarlo todo. ¿Por dónde íbamos?

No hay comentarios:

Publicar un comentario