CAPÍTULO 4
La Puerta del
Sol no tiene horizontes, ni los tendrá. Es el perfecto espacio sin destino, el
kilómetro cero de las ilusiones. Mas su alto y desgarbado carillón posee la
virtud de ilusionar a todos una vez al año. Todos seremos más dichosos y
felices en el próximo porque nos hemos atragantado como auténticos energúmenos
con las pepitas y los hollejos de las doce malditas uvas engullidas en doce
absurdos segundos, marcados por doce estampidos metálicos que nadie logra
escuchar.
- ¿Al menos será cierto que Thérèse
y usted se conocieron en una fiesta de Nochevieja?
Julián se quedó pensativo,
intentando, o simulando que intentaba, rememorar.
“Galantear no era su fuerte pero
algo tenía que intentar para atraer la atención de aquella bella muchacha sobre
su persona. Tenía Thérèse una hermosa melena rubia y el fulgor de sus ojos
claros y celestes dejaba deslumbrado a cualquiera que los mirara. Su nariz era perfecta,
ni grande ni pequeña, ni respingona ni corva, y unos labios bien dibujados
entornaban, cuando sonreía, lo que era bastante frecuente, unos dientes
pequeños e iguales. A su lado Miriam parecía fea, aunque no lo era en absoluto,
pero su belleza cotidiana resultaba vulgar al lado de la exuberante de la
desconocida.
Sus
mediocres requiebros entre lo ingenuo y lo procaz no dieron ningún resultado,
aunque era evidente que Thérèse reía con ganas aquellas tonterías cubriendo con
gracia de su propia cosecha la sal que faltaba en las frases inconexas de su
admirador. Pero ella prefería seguir charlando con sus amigas, Eduvigis y
Miriam, a hilar conversación con él. Lo que desalentaba no poco a Fonso, pues sin
considerarse un galán sí que estaba convencido de que su físico gustaba a las
mujeres. No era de mucha estatura, pero tampoco bajo y tenía una complexión
ancha, fornido sin llegar a la obesidad. Su mirada era negra y profunda, su
frente despejada y su nariz mediana y chata. Se había dejado por aquellas
fechas un bigotillo lacio que unido a su cabellera abundante le daban un
aspecto exótico, como de mexicano.
“¡Vaya una
fiesta de Fin de Año”, pensó, “mejor hubiera hecho quedándome en casa”. Julián
y Nando proseguían una interminable partida de ajedrez en un rincón, junto a un
pequeño abeto adornado con bolas de vidrio y guirnaldas plateadas que era la
única alusión navideña que había en el salón. La música que se escuchaba era
anodina, propia de una festividad ambigua, y el recurso de entretenerse con las
bebidas sólo tendría a corto o medio plazo el efecto de precipitarlo en una
melancólica borrachera, pues ya había trasegado excesivo vino, para lo que eran
sus hábitos, durante la pasada cena familiar. No había otra solución que dejar
pasar el tiempo hasta que la dichosa partida acabase, y entonces aprovechar la
primera ocasión que se le presentase para aproximarse a la joven extranjera.
Por el momento el único recurso que le quedaba para entretener el tedio era
acercarse al tablero y observar el lento discurrir del juego…
- ¡Mate en dos
jugadas! -gritó Nando eufórico.
- Estoy
convencido de encontrar una solución -dijo Julián, tranquilo y meditabundo, sin
apartar un instante los ojos del tablero arlequinado.
- ¡No la hay! Mira, Fonso, compruébalo tú -el aludido
observaba el desarrollo del juego con bastante desgana desde hacía algún rato,
y ante la invitación a opinar prestó un poco más de atención-. No tiene más
remedio que bajar la reina para defender… y entonces subo yo esta torre y
¡zas!, se acabó -explicaba Nando con entusiasmo.
- ¡Vaya fiesta
que nos estáis dando con la coña del ajedrez! -comentó Miriam-. Ya podíais
haber pensado en algún juego en que pudiéramos participar todos, ni siquiera
habéis tenido en cuenta que hoy teníamos invitadas de honor -aludió a Thérèse y
a su amiga, sentadas junto a ella en el sofá-, que para mí ya se por
experiencia que no tenéis el menor detalle.
- Por nosotras
no tenéis que preocuparos, estamos pasando una velada muy agradable -dijo
Thérèse por las dos. Su amiga Eduvigis apenas si comprendía el castellano y se
limitó a sonreír y asentir con la cabeza. Era un hermoso ejemplar de la raza
germana, grande y un poco rellenita, con holluelos en las sonrosadas mejillas,
el cabello castaño recogido en dos grandes trenzas, los dientes grandes y
resplandecientes y los labios abultados.
- ¿Te rindes,
pues? -preguntó Nando a su contrincante, desentendiéndose de los comentarios
femeninos.
- No seas
impaciente y déjame pensar.
Fonso,
entretanto, ya había vislumbrado una jugada que podía evitar el anunciado y
fulminante jaque mate, y estuvo en un tris de hacer público su pensamiento,
pero comprendió que si hablaba habría perdido una magnífica oportunidad de
callarse, porque era seguro que con la estrategia que continuaría a ese
movimiento tanto la partida como el aburrimiento general se prolongarían de una
forma indefinida hasta unas probables tablas, si no había una equivocación de
bulto por parte de alguno de los contendientes. Así que una mentirijilla de
circunstancias sí que sería la auténtica estrategia apropiada al momento.
- No veo que
tengas otra solución que rendirte -aconsejó con convicción.
- Estoy seguro
de que todavía tengo alguna oportunidad de darle la vuelta a la partida, aunque
tenga que sacrificar la dama, sólo es cuestión de pensarlo con tranquilidad, y
para ello haría falta que el ambiente estuviera menos tenso. Mi hermana tiene
razón: ¡esta fiesta es una ruina! Tú ganas, Nando, pero gracias a las circunstancias
adversas, no porque hayas jugado mejor que yo…
- En modo alguno
puedo consentir una victoria condicionada: ¡mueve! -Nando siempre tan
intransigente.
Miriam se acercó
hasta él y acarició sus rizados cabellos.
- Mi hermano ha
reconocido ante todos que le has ganado, ¿no te basta con eso?
- Pero convierte
su derrota en una victoria moral.
- No existen las
victorias morales, en el juego como en la vida o se gana o se pierde, no hay
alternativas intermedias -intervino Fonso, apaciguador.
- Pues acepto mi
derrota incondicional y ofrezco la mano al vencedor -dijo Julián, con tono
ceremonioso, mientras adelantaba su diestra. Nando se levantó también y se la
estrechó con fuerza.
- ¡Perfecto! Hay
que saber perder -pronunció exultante de alegría.
- Bien, pues
antes de que se os ocurra alguna otra idea luminosa voy a poner música movida
en el tocadiscos, y vamos a bailar todos y a divertirnos -propuso Miriam,
mientras colocaba un nuevo disco en la pletina del aparato.
Con los Rolling
Stones se formó el alboroto, y los seis jóvenes brincaban y daban vueltas como
condenados. Sus trajes y vestidos festivos no eran lo más apropiado para
aquellas convulsiones, y ya que no había por qué seguir sometiéndose a las
sevicias de la etiqueta pronto les sobraron a ellos las chaquetas y corbatas y
a las damas los chales y rebecas, y las diversas prendas se fueron amontonando
sobre el sofá.
El sudor les
empapaba las blusas y camisas, y chorreaba por sus caras congestionadas.
Eudivigis fue la primera en rendirse, tenía demasiadas carnes para proseguir
con aquellos movimientos, y buscó refugio y alivio en el amplio sofá apartando
a un lado las prendas. Julián, muy puesto ahora en su papel de anfitrión, y nada
amigo de la danza, enseguida acudió a hacerle compañía.
- ¿Ça va? -preguntó,
solícito.
- Je suis très
fatiguée.
- Mais oui, il
fait chaud, trop “chop” -le salió una tienda inglesa en su torpe pronunciación
gala, pero, a pesar de ello, logró trabar con la alemana una conversación de
circunstancias en la que Eduvigis trató de encadenar algunas de las pocas
frases que se sabía en castellano.
El calor también
acabó por agobiar al resto de los danzarines, que se fueron incorporando a la
charla acercando sillas, hasta que sólo quedó en pie Miriam.
- Pero, ¿es que os habéis propuesto arruinarme la noche entre
todos? -protestó ella.
- Pareces una
bacante en pleno trance, anda siéntate con nosotros y descansa un poco que la
noche es larga -le propuso su hermano.
- De ningún modo
-se negó ella sin dejar de contornearse-, dieciocho años se tienen una sola vez
en la vida y hay que saber disfrutarlos, estoy dispuesta a seguir bailando toda
la velada.
- Pues si
continúas a ese ritmo desenfrenado acabará por darte un infarto -apuntó Fonso
con una sonrisa.
- Parece que no
tenéis sangre en las venas -se detuvo al fin, completamente fatigada, y se
arrojó sobre los otros, generando una alegre barahúnda de risas y protestas.
- Ves como al
final has tenido que rendirte -la recriminó Nando.
- ¿Es que vas a
seguir toda la velada con lo de las victorias y las derrotas? Todos perdemos
alguna vez -ironizó Miriam, y él se puso rojo de rubor recordando un reciente
pequeño desastre que había tenido lugar en aquel mismo sofá, y no supo que
responder -. Por cierto, ahora que hemos calentado motores podríamos jugar a
algo colectivo para que no decaiga el festejo.
- ¿Qué se te
ocurre? -preguntó Julián sin ningún entusiasmo.
- Yo que sé
-respondió su hermana poniéndose de pie -, a cualquier cosa que sea divertida.
- Podriamos
jugar a las palabras encadenadas -propuso Fonso, que se encontraba sentado
junto a Thérèse y le gustaba continuar rozando su muslo contra el de la chica.
- ¡Ay, qué
aburrido eres, hijo! -saltó Miriam-, hay que encontrar algo que sea alegre y
movido, ¿qué opinas tú, Thérèse?
- Mais oui,
amusante -asintió ésta- quelque chose… el escondite, quizá.
- ¡Has tenido
una gran idea! -la apoyó Miriam dando palmas-, pero aún mejor sería a… ¡las
tinieblas!
- ¿Cómo funciona
eso? -preguntó Fonso.
- Es muy fácil,
muy fácil -comenzó a explicar Miriam, y ,dándose cuenta de que Eduvugis no la
entendería, hizo un paréntesis-, tú se lo vas traduciendo a ella, Thérese - y
adoptando un cierto tono misterioso prosiguió -: Primero se apagan todas las
luces, y entonces tiene que haber uno que la aligue, yo, por ejemplo -no dudó
en ofrecerse voluntaria-, y éste tiene que ir buscando a los demás en la
oscuridad, y cuando consiga apresar a alguien tiene que reconocerlo por el
tacto o el olfato, porque es un juego mudo: sin vista ni oído…
- Sin luz y
moviéndonos todos por la sala lo más probable es que armemos un buen
estropicio, está todo lleno de bandejas, platitos, vasos y botellas -objetó
Julián con prudencia.
- Se puede
recoger todo en un rincón o llevarlo a la cocina en un momento -propuso Fonso,
a quien eso de reconocer a las personas por el tacto y el olfato se le
presentaba como una halagüeña ocasión de intimar con alguna de las extranjeras,
en particular pensaba en Thérèse, que se encontraba ocupada en traducir a su
amiga los pormenores de lo que había desarrollado Miriam en una mezcla de francés
y teutón, que parecía ser la forma habitual de entenderse entre ellas. Y la
sonrisa pilluela de Eduvigis indicaba que el entretenimiento era de su agrado y
que había captado el fondo medio procaz del juego…
- Por probar
nada se pierde -acabó por decidir la cuestión Nando, levantándose y llevando un
par de botellas que tenía cerca hasta el rincón ocupado por el abeto navideño-,
¡manos a la obra!
Julián se
encogió de hombros y también se aprestó a colaborar con los demás, que se
habían puesto a recoger precipitadamente los utensilios esparcidos por doquier,
y a arrimar contra las paredes sillas y demás posibles obstáculos con los que
se pudiera tropezar en la oscuridad.
Miriam, decidida
a protagonizar la empresa que se le había ocurrido, se acercó al interruptor de
la luz.
- ¿Estáis todos
de acuerdo en que sea la primera en ligarla? -y sin esperar respuesta-, apago y
cuento hasta diez: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y…
diez. ¡Comienza la búsqueda!
En el momento en
que la sala se quedó en penumbra hubo un revoltijo de bultos en movimiento,
que, entre risas y jadeos, se afanaban por encontrar, unos, el lugar idóneo
donde esconderse y , otros, la proximidad de un cálido cuerpo deseado. Así,
Julián, que se había limitado sin más a sentarse en el sofá, sintió con sorpresa
como se le echaba encima la humanidad aún sodorosa de Eduvigis, y la misma
cortina que ocultó a su amiga sirvió también de escondite a Nando y a Fonso, que
no tardaron ni un momento, cada por su lado, en tratar de intimar lo más
posible con la fragante muchacha.
La oscuridad no
era todo lo absoluta que hubiera sido deseable y necesaria para que el juego se
llevara a cabo con ecuanimidad, porque el resplandor de la noche urbana era
capaz de atravesar los visillos de los ventanales del salón y posibilitar, sino
que se distinguieran los rasgos de las personas, sí que se pudieran distinguir
con bastante facilidad los bultos de los muebles y de los amigos.
“En el
sofá están sentados dos, y los otros… algo se mueve tras de aquella cortina
corrida ¡Ah, ya!, todos localizados”. Avanzó hacía el grupo, y Thérèse,
sintiendo que se acercaba por el ruido de sus pasos, de una parte por estar
metida en el juego, y de otra por cesar con la incomodidad que la producía el
manoseo a que la estaban sometiendo los muchachos, decidió cambiar de
escondite. Tuvo más reflejos para seguirla Nando que el otro, y, mientras Fonso
permanecía oculto por la cortina, Miriam pudo distinguir en la penumbra los
rizados cabellos de su buen amigo y lanzarse con presteza en su persecución.
Una vez que tuvo entre sus brazos la presa disfruto unos instantes de su
contacto mientras fingía que trataba de distinguir su personalidad, entre las
risas de complicidad de Thérèse y los jadeos de Julián, que forcejeaba tratando
de desprenderse de la voluptuosa germana.
- ¿Ummmm…, quién
será? ¡Nando!
- ¡Premio!
-exclamó el reconocido dándola un sonoro beso en la frente.
Y la luz se hizo
en aquel preciso momento, porque Julián había conseguido desprenderse de su
acompañante, y se había precipitado sobre el primer interruptor que encontró.
Todos rieron y
se sintieron encantados con la diversión, felicitando a Miriam tanto por su supuesta
sagacidad, habiendo sabido descubrir la identidad de su presa a la primera,
cuanto por la feliz idea que había tenido proponiendo aquel entretenimiento
pueril tan descansado para la vista y tan gratificante para otros sentidos.
- ¡Ahora te toca
a ti! -señalaban todos con el dedo a Nando, impidiendo que Julián pudiera
siquiera intentar convencerlos de que se diera por terminado lo que él
consideraba un tonto juego.
-
¡De acuerdo -se sometió el señalado a la voluntad popular con sumo agrado, y se
dirigió con decisión a apagar las luces.
Se
volvieron a repetir las maquinaciones en la oscuridad, en esta ocasión con
algunas variantes sobre el tema precedente: Julián, buen conocedor de su propia
vivienda, abandonó con presteza, y sin que los demás pudieran darse cuenta, la
sala; Fonso tuvo un momento de indecisión por no decidirse si atender a Miriam
o seguir asediando a Thérère, y acabó en los brazos de Eduvigis, y, aunque
Miriam hizo todo lo posible por ponerse en el camino de Nando, el buceador de
las tinieblas no dudó ni un momento en seguir la estela que le señalaba su
instinto y apresó el cuerpo que deseaba tactar y oler, y como en el examen se
entretuvo, entre las risas de la tactada y olida, más tiempo del prudencial
Miriam acabó por ofuscarse y decidió iluminar la habitación. Nando reaccionó
ante el deslumbramiento:
-
¡Thérèse! -exclamó, simulando sorpresa por el acierto.
Pero
sólo aplaudió a su debido tiempo el hallazgo la nombrada, pues su amiga y Fonso
estaban demasiado ocupados en complacerse mutuamente retozando sobre el sofá,
Miriam hubiera deseado palmear sobre el rostro de Nando y su hermano andaba
trasteando por la cocina.
Ya
no tenía sentido que el juego continuase. Como todo este tipo de diversas
maniobras sociales había cumplido ya con su cometido, que no era otro que
conseguir que los reunidos se desinhibieran de sus prejuicios y se mostraran
sin la permanente careta con que cada cual se exhibe habitualmente ante los
demás. Las máscaras de carnaval también se inventaron con el mismo fin.
Julián
regresó de la cocina con una botella de champán en una mano y una bandeja con copas
limpias en la otra.
-
¡Es un auténtico Château, regalo de Thérèse, y casi se nos olvida abrirla!
Así
que se brindó por una duradera amistad. Y mientras saboreaban el espumoso
pudieron comprobar cómo afuera ya comenzaba a amanecer y que se encontraban muy
cansados. Sólo a Nando podía ocurrírsele proponer a aquellas alturas que para
reponer fuerzas para la siguiente jornada lo mejor sería ir a tomar un
chocolate con churros, y, como esas madrugadas que continúan un prolongado
festejo se encuentran fuera de lo que puede controlar el raciocinio, su desvarío
fue aceptado con aclamaciones por la concurrencia en pleno.”
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