martes, 27 de noviembre de 2012

Entrevista Primera - Capítulo 4



CAPÍTULO 4

         La Puerta del Sol no tiene horizontes, ni los tendrá. Es el perfecto espacio sin destino, el kilómetro cero de las ilusiones. Mas su alto y desgarbado carillón posee la virtud de ilusionar a todos una vez al año. Todos seremos más dichosos y felices en el próximo porque nos hemos atragantado como auténticos energúmenos con las pepitas y los hollejos de las doce malditas uvas engullidas en doce absurdos segundos, marcados por doce estampidos metálicos que nadie logra escuchar.


- ¿Al menos será cierto que Thérèse y usted se conocieron en una fiesta de Nochevieja?
Julián se quedó pensativo, intentando, o simulando que intentaba, rememorar.



Galantear no era su fuerte pero algo tenía que intentar para atraer la atención de aquella bella muchacha sobre su persona. Tenía Thérèse una hermosa melena rubia y el fulgor de sus ojos claros y celestes dejaba deslumbrado a cualquiera que los mirara. Su nariz era perfecta, ni grande ni pequeña, ni respingona ni corva, y unos labios bien dibujados entornaban, cuando sonreía, lo que era bastante frecuente, unos dientes pequeños e iguales. A su lado Miriam parecía fea, aunque no lo era en absoluto, pero su belleza cotidiana resultaba vulgar al lado de la exuberante de la desconocida. 


         Sus mediocres requiebros entre lo ingenuo y lo procaz no dieron ningún resultado, aunque era evidente que Thérèse reía con ganas aquellas tonterías cubriendo con gracia de su propia cosecha la sal que faltaba en las frases inconexas de su admirador. Pero ella prefería seguir charlando con sus amigas, Eduvigis y Miriam, a hilar conversación con él. Lo que desalentaba no poco a Fonso, pues sin considerarse un galán sí que estaba convencido de que su físico gustaba a las mujeres. No era de mucha estatura, pero tampoco bajo y tenía una complexión ancha, fornido sin llegar a la obesidad. Su mirada era negra y profunda, su frente despejada y su nariz mediana y chata. Se había dejado por aquellas fechas un bigotillo lacio que unido a su cabellera abundante le daban un aspecto exótico, como de mexicano.

         “¡Vaya una fiesta de Fin de Año”, pensó, “mejor hubiera hecho quedándome en casa”. Julián y Nando proseguían una interminable partida de ajedrez en un rincón, junto a un pequeño abeto adornado con bolas de vidrio y guirnaldas plateadas que era la única alusión navideña que había en el salón. La música que se escuchaba era anodina, propia de una festividad ambigua, y el recurso de entretenerse con las bebidas sólo tendría a corto o medio plazo el efecto de precipitarlo en una melancólica borrachera, pues ya había trasegado excesivo vino, para lo que eran sus hábitos, durante la pasada cena familiar. No había otra solución que dejar pasar el tiempo hasta que la dichosa partida acabase, y entonces aprovechar la primera ocasión que se le presentase para aproximarse a la joven extranjera. Por el momento el único recurso que le quedaba para entretener el tedio era acercarse al tablero y observar el lento discurrir del juego…
         - ¡Mate en dos jugadas! -gritó Nando eufórico.
         - Estoy convencido de encontrar una solución -dijo Julián, tranquilo y meditabundo, sin apartar un instante los ojos del tablero arlequinado.
       - ¡No la hay! Mira, Fonso, compruébalo tú -el aludido observaba el desarrollo del juego con bastante desgana desde hacía algún rato, y ante la invitación a opinar prestó un poco más de atención-. No tiene más remedio que bajar la reina para defender… y entonces subo yo esta torre y ¡zas!, se acabó -explicaba Nando con entusiasmo.
         - ¡Vaya fiesta que nos estáis dando con la coña del ajedrez! -comentó Miriam-. Ya podíais haber pensado en algún juego en que pudiéramos participar todos, ni siquiera habéis tenido en cuenta que hoy teníamos invitadas de honor -aludió a Thérèse y a su amiga, sentadas junto a ella en el sofá-, que para mí ya se por experiencia que no tenéis el menor detalle.
         - Por nosotras no tenéis que preocuparos, estamos pasando una velada muy agradable -dijo Thérèse por las dos. Su amiga Eduvigis apenas si comprendía el castellano y se limitó a sonreír y asentir con la cabeza. Era un hermoso ejemplar de la raza germana, grande y un poco rellenita, con holluelos en las sonrosadas mejillas, el cabello castaño recogido en dos grandes trenzas, los dientes grandes y resplandecientes y los labios abultados.
      - ¿Te rindes, pues? -preguntó Nando a su contrincante, desentendiéndose de los comentarios femeninos.
         - No seas impaciente y déjame pensar.
         Fonso, entretanto, ya había vislumbrado una jugada que podía evitar el anunciado y fulminante jaque mate, y estuvo en un tris de hacer público su pensamiento, pero comprendió que si hablaba habría perdido una magnífica oportunidad de callarse, porque era seguro que con la estrategia que continuaría a ese movimiento tanto la partida como el aburrimiento general se prolongarían de una forma indefinida hasta unas probables tablas, si no había una equivocación de bulto por parte de alguno de los contendientes. Así que una mentirijilla de circunstancias sí que sería la auténtica estrategia apropiada al momento.
       - No veo que tengas otra solución que rendirte -aconsejó con convicción.
      - Estoy seguro de que todavía tengo alguna oportunidad de darle la vuelta a la partida, aunque tenga que sacrificar la dama, sólo es cuestión de pensarlo con tranquilidad, y para ello haría falta que el ambiente estuviera menos tenso. Mi hermana tiene razón: ¡esta fiesta es una ruina! Tú ganas, Nando, pero gracias a las circunstancias adversas, no porque hayas jugado mejor que yo…
         - En modo alguno puedo consentir una victoria condicionada: ¡mueve! -Nando siempre tan intransigente.
         Miriam se acercó hasta él y acarició sus rizados cabellos.
         - Mi hermano ha reconocido ante todos que le has ganado, ¿no te basta con eso?
         - Pero convierte su derrota en una victoria moral.
         - No existen las victorias morales, en el juego como en la vida o se gana o se pierde, no hay alternativas intermedias -intervino Fonso, apaciguador.
         - Pues acepto mi derrota incondicional y ofrezco la mano al vencedor -dijo Julián, con tono ceremonioso, mientras adelantaba su diestra. Nando se levantó también y se la estrechó con fuerza.
         - ¡Perfecto! Hay que saber perder -pronunció exultante de alegría.
         - Bien, pues antes de que se os ocurra alguna otra idea luminosa voy a poner música movida en el tocadiscos, y vamos a bailar todos y a divertirnos -propuso Miriam, mientras colocaba un nuevo disco en la pletina del aparato.


         Con los Rolling Stones se formó el alboroto, y los seis jóvenes brincaban y daban vueltas como condenados. Sus trajes y vestidos festivos no eran lo más apropiado para aquellas convulsiones, y ya que no había por qué seguir sometiéndose a las sevicias de la etiqueta pronto les sobraron a ellos las chaquetas y corbatas y a las damas los chales y rebecas, y las diversas prendas se fueron amontonando sobre el sofá.
         El sudor les empapaba las blusas y camisas, y chorreaba por sus caras congestionadas. Eudivigis fue la primera en rendirse, tenía demasiadas carnes para proseguir con aquellos movimientos, y buscó refugio y alivio en el amplio sofá apartando a un lado las prendas. Julián, muy puesto ahora en su papel de anfitrión, y nada amigo de la danza, enseguida acudió a hacerle compañía.
         - ¿Ça va? -preguntó, solícito.
         - Je suis très fatiguée.
         - Mais oui, il fait chaud, trop “chop” -le salió una tienda inglesa en su torpe pronunciación gala, pero, a pesar de ello, logró trabar con la alemana una conversación de circunstancias en la que Eduvigis trató de encadenar algunas de las pocas frases que se sabía en castellano.
         El calor también acabó por agobiar al resto de los danzarines, que se fueron incorporando a la charla acercando sillas, hasta que sólo quedó en pie Miriam.
         - Pero, ¿es que os habéis propuesto arruinarme la noche entre todos? -protestó ella.
         - Pareces una bacante en pleno trance, anda siéntate con nosotros y descansa un poco que la noche es larga -le propuso su hermano.
         - De ningún modo -se negó ella sin dejar de contornearse-, dieciocho años se tienen una sola vez en la vida y hay que saber disfrutarlos, estoy dispuesta a seguir bailando toda la velada.
         - Pues si continúas a ese ritmo desenfrenado acabará por darte un infarto -apuntó Fonso con una sonrisa.
         - Parece que no tenéis sangre en las venas -se detuvo al fin, completamente fatigada, y se arrojó sobre los otros, generando una alegre barahúnda de risas y protestas.
         - Ves como al final has tenido que rendirte -la recriminó Nando.
         - ¿Es que vas a seguir toda la velada con lo de las victorias y las derrotas? Todos perdemos alguna vez -ironizó Miriam, y él se puso rojo de rubor recordando un reciente pequeño desastre que había tenido lugar en aquel mismo sofá, y no supo que responder -. Por cierto, ahora que hemos calentado motores podríamos jugar a algo colectivo para que no decaiga el festejo.
         - ¿Qué se te ocurre? -preguntó Julián sin ningún entusiasmo.
         - Yo que sé -respondió su hermana poniéndose de pie -, a cualquier cosa que sea divertida.
         - Podriamos jugar a las palabras encadenadas -propuso Fonso, que se encontraba sentado junto a Thérèse y le gustaba continuar rozando su muslo contra el de la chica.
         - ¡Ay, qué aburrido eres, hijo! -saltó Miriam-, hay que encontrar algo que sea alegre y movido, ¿qué opinas tú, Thérèse?
         - Mais oui, amusante -asintió ésta- quelque chose… el escondite, quizá.
         - ¡Has tenido una gran idea! -la apoyó Miriam dando palmas-, pero aún mejor sería a… ¡las tinieblas!
         - ¿Cómo funciona eso? -preguntó Fonso.
         - Es muy fácil, muy fácil -comenzó a explicar Miriam, y ,dándose cuenta de que Eduvugis no la entendería, hizo un paréntesis-, tú se lo vas traduciendo a ella, Thérese - y adoptando un cierto tono misterioso prosiguió -: Primero se apagan todas las luces, y entonces tiene que haber uno que la aligue, yo, por ejemplo -no dudó en ofrecerse voluntaria-, y éste tiene que ir buscando a los demás en la oscuridad, y cuando consiga apresar a alguien tiene que reconocerlo por el tacto o el olfato, porque es un juego mudo: sin vista ni oído…
         - Sin luz y moviéndonos todos por la sala lo más probable es que armemos un buen estropicio, está todo lleno de bandejas, platitos, vasos y botellas -objetó Julián con prudencia.
         - Se puede recoger todo en un rincón o llevarlo a la cocina en un momento -propuso Fonso, a quien eso de reconocer a las personas por el tacto y el olfato se le presentaba como una halagüeña ocasión de intimar con alguna de las extranjeras, en particular pensaba en Thérèse, que se encontraba ocupada en traducir a su amiga los pormenores de lo que había desarrollado Miriam en una mezcla de francés y teutón, que parecía ser la forma habitual de entenderse entre ellas. Y la sonrisa pilluela de Eduvigis indicaba que el entretenimiento era de su agrado y que había captado el fondo medio procaz del juego…
         - Por probar nada se pierde -acabó por decidir la cuestión Nando, levantándose y llevando un par de botellas que tenía cerca hasta el rincón ocupado por el abeto navideño-, ¡manos a la obra!
         Julián se encogió de hombros y también se aprestó a colaborar con los demás, que se habían puesto a recoger precipitadamente los utensilios esparcidos por doquier, y a arrimar contra las paredes sillas y demás posibles obstáculos con los que se pudiera tropezar en la oscuridad.
         Miriam, decidida a protagonizar la empresa que se le había ocurrido, se acercó al interruptor de la luz.
         - ¿Estáis todos de acuerdo en que sea la primera en ligarla? -y sin esperar respuesta-, apago y cuento hasta diez: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y… diez. ¡Comienza la búsqueda!
         En el momento en que la sala se quedó en penumbra hubo un revoltijo de bultos en movimiento, que, entre risas y jadeos, se afanaban por encontrar, unos, el lugar idóneo donde esconderse y , otros, la proximidad de un cálido cuerpo deseado. Así, Julián, que se había limitado sin más a sentarse en el sofá, sintió con sorpresa como se le echaba encima la humanidad aún sodorosa de Eduvigis, y la misma cortina que ocultó a su amiga sirvió también de escondite a Nando y a Fonso, que no tardaron ni un momento, cada por su lado, en tratar de intimar lo más posible con la fragante muchacha.

         La oscuridad no era todo lo absoluta que hubiera sido deseable y necesaria para que el juego se llevara a cabo con ecuanimidad, porque el resplandor de la noche urbana era capaz de atravesar los visillos de los ventanales del salón y posibilitar, sino que se distinguieran los rasgos de las personas, sí que se pudieran distinguir con bastante facilidad los bultos de los muebles y de los amigos.
          “En el sofá están sentados dos, y los otros… algo se mueve tras de aquella cortina corrida ¡Ah, ya!, todos localizados”. Avanzó hacía el grupo, y Thérèse, sintiendo que se acercaba por el ruido de sus pasos, de una parte por estar metida en el juego, y de otra por cesar con la incomodidad que la producía el manoseo a que la estaban sometiendo los muchachos, decidió cambiar de escondite. Tuvo más reflejos para seguirla Nando que el otro, y, mientras Fonso permanecía oculto por la cortina, Miriam pudo distinguir en la penumbra los rizados cabellos de su buen amigo y lanzarse con presteza en su persecución. Una vez que tuvo entre sus brazos la presa disfruto unos instantes de su contacto mientras fingía que trataba de distinguir su personalidad, entre las risas de complicidad de Thérèse y los jadeos de Julián, que forcejeaba tratando de desprenderse de la voluptuosa germana.
         - ¿Ummmm…, quién será? ¡Nando!
         - ¡Premio! -exclamó el reconocido dándola un sonoro beso en la frente.
      Y la luz se hizo en aquel preciso momento, porque Julián había conseguido desprenderse de su acompañante, y se había precipitado sobre el primer interruptor que encontró.
         Todos rieron y se sintieron encantados con la diversión, felicitando a Miriam tanto por su supuesta sagacidad, habiendo sabido descubrir la identidad de su presa a la primera, cuanto por la feliz idea que había tenido proponiendo aquel entretenimiento pueril tan descansado para la vista y tan gratificante para otros sentidos.
        - ¡Ahora te toca a ti! -señalaban todos con el dedo a Nando, impidiendo que Julián pudiera siquiera intentar convencerlos de que se diera por terminado lo que él consideraba un tonto juego.
         - ¡De acuerdo -se sometió el señalado a la voluntad popular con sumo agrado, y se dirigió con decisión a apagar las luces.

        Se volvieron a repetir las maquinaciones en la oscuridad, en esta ocasión con algunas variantes sobre el tema precedente: Julián, buen conocedor de su propia vivienda, abandonó con presteza, y sin que los demás pudieran darse cuenta, la sala; Fonso tuvo un momento de indecisión por no decidirse si atender a Miriam o seguir asediando a Thérère, y acabó en los brazos de Eduvigis, y, aunque Miriam hizo todo lo posible por ponerse en el camino de Nando, el buceador de las tinieblas no dudó ni un momento en seguir la estela que le señalaba su instinto y apresó el cuerpo que deseaba tactar y oler, y como en el examen se entretuvo, entre las risas de la tactada y olida, más tiempo del prudencial Miriam acabó por ofuscarse y decidió iluminar la habitación. Nando reaccionó ante el deslumbramiento:
         - ¡Thérèse! -exclamó, simulando sorpresa por el acierto.
         Pero sólo aplaudió a su debido tiempo el hallazgo la nombrada, pues su amiga y Fonso estaban demasiado ocupados en complacerse mutuamente retozando sobre el sofá, Miriam hubiera deseado palmear sobre el rostro de Nando y su hermano andaba trasteando por la cocina.
         Ya no tenía sentido que el juego continuase. Como todo este tipo de diversas maniobras sociales había cumplido ya con su cometido, que no era otro que conseguir que los reunidos se desinhibieran de sus prejuicios y se mostraran sin la permanente careta con que cada cual se exhibe habitualmente ante los demás. Las máscaras de carnaval también se inventaron con el mismo fin.

        Julián regresó de la cocina con una botella de champán en una mano y una bandeja con copas limpias en la otra.
      - ¡Es un auténtico Château, regalo de Thérèse, y casi se nos olvida abrirla!
         Así que se brindó por una duradera amistad. Y mientras saboreaban el espumoso pudieron comprobar cómo afuera ya comenzaba a amanecer y que se encontraban muy cansados. Sólo a Nando podía ocurrírsele proponer a aquellas alturas que para reponer fuerzas para la siguiente jornada lo mejor sería ir a tomar un chocolate con churros, y, como esas madrugadas que continúan un prolongado festejo se encuentran fuera de lo que puede controlar el raciocinio, su desvarío fue aceptado con aclamaciones por la concurrencia en pleno.

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