CAPÍTULO 5
El albo manto de
la nieve ilumina el persistente aspecto gris de la ciudad. La infrecuencia con
que aparecen los ampos sobre ella logran que el paso de los ciudadanos se
acorte para contemplar su impasible caída. Cada cuesta del parque del Oeste se
transforma en una improvisada y diminuta Navacerrada, y los chavales destrozan
las culeras de sus pantalones deslizándose por las pendientes. Los barrenderos
arrojan con palas sal golda sobre las calzadas y la blancura va transformándose
en un puré negruzco y desagradable. “Año de nieves, año de bienes” canta la
castañera arrebujada en su pobre mantoncillo de lana negra, con el ánimo de
incitar a los viandantes a comprar su caliente mercancía. Hay atascos de
tráfico y los conductores hacen sonar los cláxones con fuerza. “Nunca nieva a
gusto de todos”, comenta a la mujeruca un caballero enfundado en un gabán de
grueso paño azul.
-Pues si se
enamoró ya de ella hizo bastante por disimularlo, porque más bien, si nos
atenemos al texto, con quien intimó fue con la amiga.
-Una cosa es el
coqueteo propio de una fiesta distendida y otra muy distinta las afinidades
profundas. Sí, estoy seguro de que Fonso se quedó ya prendado de ella en
aquella ocasión.
- Sin embargo
fue Nando quien se aprestó primero a cortejarla.
- Usted ha
empleado la palabra exacta: cortejar. No estaba enamorado de ella, como tampoco
lo estuvo nunca de mi hermana. Jugaba con las mujeres, jugaba con la vida, era
un jugador nato.
“Idílico era el
lugar. Nando había estado acertado en la elección. Encontró por casualidad la
invitación en una chaqueta de su padre cuando rebuscaba en sus bolsillos alguna
calderilla que su viejo hubiera dejado olvidada. Si con los muchos tacos que
tenía su padre todavía le daba resultado llevar a sus amantes a aquel sitio
seguro que él lo tendría de calle…
Música suave y
romántica, luces rosadas e indirectas, manjares deliciosos, bebidas
afrodisiacas, y a través de la cristalera enmarcada por listones de caoba
tallada una amplia visión de un jardín y un estanque, en una hortera
representación del supuesto paraíso terrenal.
Thérèse parecía
sentirse flotar en la cálida atmósfera del restaurante, y la bebida contribuía
a mantenerla en aquel estado de ensoñación que la alejaba de la realidad.
- ¿Te gusta el
lugar? -le preguntó Nando, que daba por supuesta la respuesta afirmativa de la
muchacha, mientras tomaba una de sus manos entre las suyas.
-C’est très
jolie -aseguró ella, pero se desasió de las manos de Nando con la disculpa de
alcanzar una copa-. Es una lástima que sea invierno, debe de ser muy agradable
pasear por los jardines cuando hace buen tiempo.
Él no acusó el
rechazo de la amiga y volvió a emplear sus manos para empuñar el cuchillo y el
tenedor y cortar una laja de solomillo como si nada hubiera sucedido. Se metió
el trozo en la boca y comenzó a masticarlo con lentitud, después de tragarlo se
limpio los labios con la servilleta y sorbió un trago de vino añejo, y sólo
entonces se dispuso a responder al comentario.
- Cada estación
tiene sus ventajas, en el verano se puede disfrutar del frescor del estanque
allá afuera y ahora, con el frío, del reconfortante calor de la chimenea aquí
adentro.
La mesa que
había ocupado la pareja se encontraba a pocos metros de una formidable chimenea
rústica en cuyo fogón ardían y chisporroteaban unos gruesos troncos de roble, y
se producía un tenue humillo aromático que contribuía a aumentar el encanto del
salón chapado en maderas nobles y con un precioso artesonado en el techo. El
mobiliario tenía la prestancia de lo antiguo bien conservado y la tapicería de
las sillas era de terciopelo granate.
Un solícito camarero
escanció de nuevo vino en las copas semivacías y Nando aprovechó su presencia
para demandarle la carta con los postres.
- No vayas a
creer que ha sido un reproche mi alusión al jardín, has tenido una magnífica
idea invitándome a cenar aquí, y has sido muy amable… Me siento muy bien, de
veras, podíamos brindar por tu idea -acabó por proponer levantando su copa.
- ¡Por los dos!
-alzó la suya Nando. Entrechocaron levemente las copas y bebieron mirándose a
los ojos. El regreso del camarero les sacó de su embelesamiento y eligieron sus
postres con presteza, molestos por la presencia del intruso.
- Sabes que eres
muy bonita -galanteó Nando. Ella se ruborizó ligeramente, pero reaccionó al
instante.
- Me lo suelen
decir con bastante frecuencia, y a veces me trae algunos problemas que las
personas opinen así sobre mi persona. La belleza no lo es todo, aunque he de
reconocer que para mi profesión resulta muy útil ser atractiva. Algunos
pasajeros se ponen histéricos allá arriba y si quien les atiende tiene un
rostro agraciado es más fácil que se olviden de que están a cinco mil metros de
altura y que se tranquilicen.
La espontaneidad
con que la muchacha hablaba de su propia hermosura desconcertó al músico, y no
supo que responder, pero el regreso del camarero impidió un prolongado y
embarazoso silencio. A ambos les parecieron deliciosos los respectivos postres
que habían elegido y ofrecieron intercambiarse pequeñas porciones. Era un
sucedáneo de un beso cuando los sabores se confundían en sus bocas.
- Tal vez te
haya parecido un poco presuntuosa al hablarte así, pero es que me siento muy
cansada de que todos los hombres con los que platico se refieran siempre al
mismo tema -explicó ella.
- En absoluto,
admiro la sinceridad y me repugna esa falsa modestia que suelen lucir las
chicas con frecuencia.
- Una persona es
mucho más que unas piernas torneadas o un rostro sonriente…
- Así lo
entiendo yo -la interrumpió Nando, que acababa de apercibirse de la manera más
efectiva de plantear el ataque, casi con una inspiración propia del jugador de
ajedrez-, pero no deja de molestarme que me consideras a mí como una
cualquiera. La mayoría no saben comprender cuando la mujer que tienen delante
es inteligente, y se pierden en las formas más epiteliales sin ser capaces de escarbar
hasta llegar al fondo de su personalidad. Pero eso no es cuestión para un
compositor, porque lo mismo que en la música tienen que estar concordados fondo
y forma también en las personas…
Ella le miraba
con atención y trataba de distinguir en sus palabras y en las expresiones de su
rostro si su lejano pariente hablaba en serio o si tan solo trataba de
embaucarla con su discurso, sería demasiado bello que fuera verdad que aquel
era su auténtico pensamiento, porque Nando era muy guapo, y ella se sentía
atraída por la perfección de sus rasgos y por la intensidad de su verde-lago
mirar, ya que a pesar de sus precedentes alegatos a favor de la importancia de
la inteligencia ella también sabía darle a lo corpóreo todo el interés que se
merece. Su posición no era nada sencilla, pues los sentimientos y la razón
entraban en pugna, de una parte el corazón y de otra la cabeza… Ésta comenzaba
a darle vueltas en el ambiente recargado del local, pero aún se mantenía firme
en sus convicciones. Sería una solemne tontería complicarse la vida y la
felicidad de unas corta vacaciones enamorándose como una colegiala, además
tenía el acertado presentimiento de que entre Miriam y él existía una relación
muy íntima: el comportamiento de ambos durante aquella dichosa fiesta no dejaba
lugar a ambigüedades… Y Nando, que ajeno a los pensamientos que se debatían en
su mente, proseguía su disertación sobre las concomitancias entre la música y
las personas, sin dejar por ello de dar cumplida cuenta de su postre.
- De todas las
formas los varones sois muy frívolos -acertó a decir ella en una pausa del
muchacho, y ante la perplejidad de éste ante la rotunda afirmación se dispuso a
explicarse-. No me refiero a ti, no seas susceptible, es una generalización.
- Ya, un lugar
común -replicó él, molesto.
- tal vez lo
sea, pero desde luego que está muy fundamentado y muy refrendado por la
realidad. Un ejemplo cercano lo tenemos en tu amigo Alfonso.
- ¿Si, qué te ha
sucedido con Fonso?
- Fue la otra
noche, en la fiesta. Cuando nos presentaron pareció quedar deslumbrado por mí,
se interesaba todo el rato por lo que hacía y lo que hablaba, y casi comenzó a
hacerme la corte mientras vosotros jugabais al ajedrez, y luego, ¡zas!, a la
primera oportunidad que tiene se lía con Eduvigis y me deja a mí de lado.
- ¡Es que tu
amiga es fina! -exclamó Nando.
- Ella fue allí
tan sólo a divertirse y a coquetear con los hombres, y no me extraña que os
trate así, porque ¡bien que la habéis defraudado!
Estuvo cinco
años saliendo con un garçon, lo complacía en todo, lo mimaba como a un bebé, y
de repente va el muy canalla y la deja para casarse con otra. Ya no se fía de
nadie ni toma a ningún hombre en serio.
- Si antes se
comportaba tal y como lo hizo el otro día su garçon huiría de los cuernos…
- ¿Cómo?
- No, nada, un
comentario sin importancia. Tal vez en este caso tengas razón y sea cierto que
Fonso es un frivolón, pero eso no demuestra nada, se trata de un caso aislado.
- Pero él es ton
ami, y vosotros tenéis un proverbio: “Dime con quién andas y…”
- Los refranes
no siempre tienen una justa correspondencia con la realidad, los hay de todo
tipo, y hasta algunos que dicen con exactitud la consecuencia opuesta a otro,
el saber popular resulta muy ambiguo la mayoría de las veces. Por lo demás,
Fonso es un conocido… o algo parecido.
- ¿Parecido?
- Es una de los factores
humanos que deben intervenir en un proyecto que tenemos entre Julián y yo. Hemos
concebido la idea de publicar una revista de arte y a Fonso se le da bastante
bien la pluma, lo consideramos como una especie de tonto útil.
- Pues la otra
noche parecíais como una y carne -se asombró Thérèse de las palabras de su
amigo.
- Las
apariencias engañan, hace apenas unos pocos meses que nos conocemos, es un
compañero de Facultad de Miriam.
- ¿Qué relación
existe entre ella y tú? -le espetó, triunfante de haber conseguido llevar la
conversación hasta el sujeto sobre el que deseaba informarse.
- es la hermana
de Julián, una chica encantadora. Pero no tiene ningún sentido que sigamos
perdiendo el tiempo en hablar sobre nuestros conocidos, sería mejor que saliéramos
a la pista a bailar un poco -y aprovechó la sugerencia para tomarle de nuevo la
mano. Pero ella no estaba dispuesta a zanjar una cuestión que tanto trabajo le
había costado conseguir sacar a la luz, así que, aunque le consintió que
continuara acariciando su mano, volvió a la carga.
- Luego estáis
en contacto desde hace mucho tiempo.
- ¿Quiénes? -fingió
él ingenuidad.
- Está muy
claro: Miriam y tú, ella te loaba…
- Me tiene
afecto, soy el mejor amigo de su hermano.
- ¿Un afecto muy
especial?
- Es absurdo
pensar una cosa así, ¡por favor!
- pues Julián te
trata en cierto modo como si ya fueras su cuñado, durante el tonto juego de las
tieblas no sé si se sintió más ofendido él que la hermana cuando me descubriste
a mí.
- A Julián no le
gustaba aquello, eso es todo. Había tenido que desembarazarse de la célebre
Eduvigis, y ella también estaba enfadada por el espectáculo que estaba dando
con Fonso. Vamos a la pista de una vez, ¿no te gusta esta canción?
A Thérèse no le
habían convencido nada las explicaciones que le dio su amigo, pero tenía muchas
ganas de bailar y divertirse, así que accedió a su petición.
La pequeña pista
estaba sumida en una penumbra aterciopelada, pues hasta ella llegaban muy difuminadas
las luces de los quinqués de las mesas y el resplandor de los troncos que
ardían en la chimenea. Tres o cuatro parejas se magreaban en la oscuridad
cuando ellos llegaron a la tarima. La música encubría el rumor de las
requisitorias conversaciones y de los jadeos.
Nando tomó a la
muchacha por el talle y ella le echó los brazos sobre el cuello con bastante
desenvoltura. Bailaban muy juntos, y con los giros de la danza el mareo la
obligaba a engancharse más estrechamente a su pareja. Poco a poco se iba
olvidando de sus anteriores prevenciones, y Nando aprovecha la debilidad de la
dama para susurrarle al oído dulces palabras amasadas en ardiente aliento
mientras se iban restregando lo vientres al ritmo de las cadencias que
escuchaban. Su pasión iba en aumento y las escenas que veía a su alrededor
calentaban más su sangre y humedecían sus intimidades.
Era agradable
sentirse abrazada y balanceada por los fuertes brazos del amigo, que comenzó a
mordisquear el lóbulo de su oreja, y cuando juntó sus labios con los de ella la
delicia de un prolongado beso la obligó a entreabrir su boca y dejar que la
lengua de Nando penetrara en ella y jugueteara con sus dientes. Estaba muy
turbada y se dejaba hacer…
Sólo pudo
reaccionar cuando él ya estaba conviniendo con el conserje del motel el
alquiler de un apartamento. Había llegado demasiado lejos, y aunque sabía que
se iba a producir una escena muy desagradable también era consciente de que aún
sería mucho peor si dejaba que se prolongara la equívoca situación.
La presencia del
empleado cohibió a Nando de exteriorizar su frustración y dejó loa
explicaciones para el automóvil. Frenó en el arcén de la carretera en una zona
umbría, y se quedó silencioso, mirando pero sin ver la bella noche exterior.
- No lo entiendo
-susurró al fin.
Ella callaba.
Contemplaba el cielo tachonado de estrellas y callaba.
- No lo entiendo
-repitió él, en un tono más elevado de voz y cargado de amargo resentimiento.
- Tampoco lo
entiendo yo muy bien -dijo Thérèse volviendo la vista hacia él.
- Todo iba
perfecto, ¿no? -Nando sostuvo la mirada de la muchacha hasta que la obligó a
bajar la vista. Ella tenía miedo y remordimiento a la vez, pero no dejaba que
su semblante trasluciera esta lucha interior.
- Debí haber
considerado con anticipación las posibles consecuencias… pero todo era
demasiado agradable para detenerme a pensar con calma. Sólo puedo decirte que
lo siento, que lo siento mucho y que en modo alguno era mi intención herir tus
sentimientos.
- No tienen nada
que ver los sentimientos en esto, se trataba de una hermosa posibilidad que teníamos
de satisfacernos mutuamente, y con sentirlo no se arregla nada. Te creía más
mujer -le reprochó.
- Esa es
precisamente la cuestión: que no tienes ningún sentimiento hacia mí, y lo único
que pretendías era pasar un buen rato disfrutando de mi cuerpo -levantó la
mirada y en sus claros ojos había lágrimas.
- Y ahora te
pones a llorar, no deja de ser una actitud muy femenina. ¡Así pensáis que se
arreglan todas las cosas: con llantinas infantiles!
- No tienes por
qué ser cruel, bastante estoy sufriendo ya para que aún ahondes mi herida.
- No quiero ser
cruel contigo, sino todo lo contrario, ser muy amable y cariñoso, quiero
abrazarte con fuerza y cubrirte de besos desde la cabeza a los pies -e intentó
abalanzarse sobre ella, pero fue rechazado y Thérèse se puso a sollozar con
desconsuelo apoyando la cabeza en la guantera del coche. Nando acarició con
delicadeza sus sedosos cabellos y ella pareció sosegarse un poco, oportunidad
que aprovechó la otra mano del músico para comenzar a oprimirle los duros
senos.
- ¡Laissez-moi
en paix! -estalló ella, y con un brusco movimiento abrió la portezuela y saltó
fuera del auto.
Nando se quedó
petrificado mientras la veía caminar dando traspiés entre la maleza del ribazo
que la arañaba las pantorrillas. Por fin volvió en sí y la gritó:
- Sabes lo que
te digo, estrecha: ¡qué te vayas a la mierda, que no mereces el tiempo que estoy
malgastando contigo!
Y tras de cerrar
la portezuela con un fuerte golpetazo encendió el motor, metió la primera
marcha y arrancó con un acelerón…
Pero no había
recorrido ni un centenar de metros cuando recapacitó sobre la torpeza que
estaba cometiendo. En medio de aquel desapacible descampado podría ocurrirla
cualquier desgracia, y había que pensar lo que opinarían sobre él sus comunes
amigos cuando se enteraran.
- ¡Mierda a
todo! -se gritó entredientes, y dando un brusco volantazo al tiempo que frenaba
el automóvil derrapó ligeramente y dejó el vehículo metido en la cuneta.
Tuvo Thérèse que
ayudarle a desatascar el coche, y aunque empujaban ambos con todas sus fuerzas
no hubieran conseguido salir de allí en toda la noche de no ser porque
recibieron el auxilio de una pandilla de juerguistas que venían cantando en un
todoterreno.”
- Y solía perder
en el juego.
- Decir eso de
una persona ya fallecida es un chascarrillo bastante macabro.
- No creo que a
él le hubiese importado demasiado escucharlo.
- Porque siempre fue un irresponsable -tuvo que
reconocer Julián, con fastidio, y se produjo un tenso silencio.


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