CAPÍTULO 9
Se han encendido
las primeras luces a espaldas del colosal edificio de la Telefónica, aunque
todavía no haya oscurecido por completo. Son finos tubos de neón de colores
chillones formando palabras apenas legibles. Bajo algunos se exhibe en la calle
la mejor mercancía de la casa, mujeres opulentas de faldas cortas y rostros
pintarrajeados, aunque en los portones más selectos un caballero con uniforme y
gorra de plato defiende y controla el acceso. Las más antiguas en el oficio ya
no tienen plaza en los locales y aguardan a la posible clientela fumando y
balanceando el bolso. Hombres de todas las edades patean la calle de arriba
abajo con aire distraído, como si pasearan, hasta que en un momento dado
franquean con decisión una puerta o entablan una rápida y breve conversación
con una hembra. Los taxis entran en la calle vacíos y salen de ella llevando
eventuales parejas hacia un destino incierto.
-¿Usted estuvo
trabajando en la revista que editaba el padre de ella?
-No se trata de
una cuestión de causa efecto, ni mucho menos. Su padre no tuvo nada que ver en
que mis fotografías fueran aceptadas por la revista, fue una coincidencia
temporal que el redactor-jefe me contratara por las mismas fechas en que
comencé a salir con Jeannette, pues ya había cursado mi solitud varios meses
antes de conocerla. Aunque, sin duda fue una coincidencia agradable que
contribuyó a que nos sintiéramos más unidos y a allanar el camino para nuestra
boda, ya se sabe que los franceses son muy chauvinistas –sonrió-, y que no
dejan de considerarnos a los hispanos como una especie más de “pieds noires”…
-quedó un momento indeciso-. Creo que estoy divagando de nuevo. ¿Supongo que su
curiosidad ha quedado satisfecha?
- Le agradezco
su explicación. Y regresando a nuestro tema: ¿Cuándo volvió a ver a Thérèse?
- Algunos meses
después, ya habíamos establecido Jeannette y yo un noviazgo formal. Se alegró
mucho de que los asuntos me fueran tan bien y yo me entusiasme al recibir
noticias de primera mano sobre mis amigos. Eso de que se echa de menos la
tierra natal cuando se está lejos no es ningún tópico, es un sentimiento muy
real. También fu un motivo de alegría que mi novia y ella simpatizaran
enseguida y se hicieran buenas amigas.
-Y llegó la
boda.
- Que fue un
buen embrollo. Aunque había transcurrido poco más de un año desde que dejé a
mis amigos habíamos cambiado todos mucho, no sé si fue una idea muy acertada el
invitarlos en bloque al evento. Podría decirse que fue la última vez que
estuvimos todos juntos, al menos de una forma armoniosa.
“Fueron todos a
la boda. El tiempo había borrado los rencores que les produjo la súbita partida
de Julián, y los tres amigos viajaron juntos en el mismo tren “Puerta del Sol”
hasta Paris.
La capilla era
recoleta, bonita y llena de gracia. Había muy pocos invitados por parte del
novio, apenas media docena de familiares, y sus amigos. Los de la novia eran
muchos más, su padre tenía amplias relaciones en la ciudad y abundaban los
reporteros gráficos.
- No es muy
guapa la novia -comentó Ernesto al oído de Fonso.
- Es probable
que su personalidad compense la falta de belleza física, Julián se ha
preocupado más por las cuestiones espirituales que por las materiales -especuló
Fonso.
- Pero uno no se
mete en la cama con un espíritu, sino con un buen cuerpo con el que disfrutar.
Seguro que a pesar de lo feilla que es lo sabe hacer de maravilla -y los dos
compinches rieron la picardía.
Thérèse se
acercó a ellos y reclamó silencio.
- Es la primera
vez en varios años que entro en una iglesia, no me lo pongáis más difícil
todavía -protestó Fonso.
- Si quieres
salimos a tomar un poco el fresco, me siento un poco mareada con el humo de las
velas y del incienso, y el ambiente está muy recargado -propuso Thérèse.
- De acuerdo,
estas ceremonias son pesadísimas, y eso que la presente está amenizada con la
música que está tocando Nando en el órgano.
- Ha compuesto
una marcha nupcial con motivo del evento, que estrenará cuando finalice el
acto. Nos estuvo mostrando la partitura en el tren y nos tarareó algunos
pasajes de la melodía -informó Ernesto a la amiga.
- Pues no me
quiero perder su audición -aseguró ella.
- Pero todavía
falta mucho para que acabe la ceremonia, anda, salgamos a respirar aire puro
-propuso Fonso.
- La verdad es
que el mareo va en aumento. ¿Vienes, Ernesto?
- Prefiero no
perderme detalle de todo el desarrollo, gracias.
- De acuerdo,
pues cuando notes que está a punto de concluir haces el favor de salir un
momento y nos avisas, no me gustaría perderme el estreno de “la marcha nupcial
de Nando”, jejeje, si no te sirve de molestia -bromeó Fonso.
- En absoluto,
no os preocupéis que la marcha marchara también para vosotros -le siguió la
broma Ernesto.
La pareja salió
en silencio de la capilla. En la ciudad atardecía y soplaba una fresca brisa
que coloreó las palidas majillas de la muchacha en un instante.
Fonso se quejó
de la opresión de la corbata, aflojándose el nudo y desabotonándose el cuello
de la camisa.
- Demasiadas
cosas nuevas para un solo día: corbata e iglesia -comentó. Thérèse vestía un
precioso traje de chaqueta de color salmón que hacía resaltar sus rubios
encantos-. Cada día estás más hermosa, a veces siento la tentación de volverme
a enamorar de ti -la galanteó.
- no seas bobo,
lo dices por agradarme -y cambió de conversación-. He encontrado a Ernesto muy
triste.
- Es normal que
tenga ese estado de ánimo. Siempre pensé que a la primera boda que asistiría de
los del grupo sería a la suya con Lucía. Y ya ves de que forma tan tonta se
arruino su noviazgo en un abrir y cerrar de ojos.
- Y todo por
culpa del accidente.
- ella todavía
cojea un poco al andar, y él continua medicinándose para resistir los dolores
de cabeza. Fue un golpe de película.
- A veces las
desgracias unen más a las personas…
- La familia de
ella nunca vio con buenos ojos aquella relación, tenían conceptuado a nuestro
común amigo como un bala perdida y aprovecharon la oportunidad para echarle a
él la culpa de todo el suceso. Así se comportan las familias, no dudan en
provocar la infelicidad de los demás si uno no se atiene a los esquemas
establecidos por sus caducos prejuicios, y todo lo arreglan con hablar de
cariño y protección. ¡Menuda caca!
- Sí, porque a
ellos se les veía una pareja muy unida y feliz.
- En fin,
esperemos que se le pase pronto la melancolía a nuestro querido compañero y que
en el futuro tenga más suerte con sus relaciones. ¿Cómo ves tú lo de Julián?,
por mi parte pienso que la boda ha sido demasiado precipitada, ninguno de
nosotros conocíamos a la novia.
- Es una
muchacha encantadora y estoy segura de que hará muy feliz a nuestro amigo. En
los últimos tiempos les he visto muy a menudo y se compenetran a las mil
maravillas.
- Y tú, ¿cómo andas
de amores?
No sabemos lo
que la muchacha hubiera respondido al respecto porque desde la puerta de la
capilla les llamó Ernesto en aquel momento, y la pregunta quedó suspendida en
el aire violáceo del crepúsculo incipiente.
Entraron en el
templo. La ceremonia tocaba a su fin. Los novios y padrinos miraban hacia el
público y posaban complacidos mientras se dejaban hacer las fotografías de
rigor. La madrina era Miriam, que estaba radiante de hermosura con un vestido
de raso azul turquesa y un tocado floreado a juego. El padrino era un señor
mayor, con el pelo blanco y rasgos judíos en su rostro, que debía ser el padre
de la novia. Los tubos del órgano comenzaron a soplar la “Marcha Nupcial de
Fernando”, llenando el ámbito de una deliciosa sonoridad. A Fonso le recordaba
aquella música un tema de una sinfonía de Saint-Saëns aunque con algunas
disonancias de un ir y un venir hacia el dodecafonismo, pero la alegría era
general y le pareció más oportuno no hacer ningún comentario al respecto y
disfrutar de la felicidad reinante.
Nando bajó del
coro con una actitud triunfal y el rostro radiante de esplendor siendo más
felicitado por sus conocidos que el mismo novio, y parecía sentirse como un
pavo real con todo el multicolor plumaje de su cola extendido.
A la salida del
recinto sagrado hacia la noche parisina tuvo lugar la inevitable lluvia de
arroz, y todos marcharon eufóricos hacia un conocido restaurante cercano en
busca del tradicional ágape.”
- Luego se
produjo la diáspora.
- En efecto, fue
algo muy curioso. Nosotros vinimos de luna de miel a España, tenía grandes
ansías de mostrarle mi país a Jeannette, y el ambiente alegre y distendido que
había disfrutado con mis amigos, y resultó que aquí no quedaba ninguno de
ellos. Nando y Ernesto se quedaron un tiempo en Paris y Fonso marchó a Ámsterdam.
- En el libro se
apunta que quizás fuera a Londres.
- Sí, es algo
que me extrañó mucho cuando lo leí, porque estoy seguro de que él habló de su
intención de viajar a Holanda, y como ya le dije la cronología y la geografía
del libro es bastante correcta, pero tanto da que fuera a un lugar o a otro, el
caso es que de de todo aquel mundillo bohemio del que tanto había hablado a mi
esposa no quedaba nada. Lo que por una parte quizá fuera más conveniente para
unos recién casados. También pasamos algunos días en la finca con Rocio y
Julio, y visitamos Granada. A Jeannette le encantó todo aquello, con su
ambiente exótico, africano, decía ella, y estaba muy contenta reencontrando sus
raíces. Pues su familia, no sé si sabrá, era judía, y el padre emigró de
Polonia al Marruecos francés. Fue el único, entre los cinco hermanos que eran, que
quedó vivo después de la persecución nazi… Volvemos a alejarnos del tema,
parece que son inevitables las digresiones.
- Todos ustedes, perdón, sus trasuntos novelados quise decir,
son el tema.

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