lunes, 28 de enero de 2013

Entrevista Primera - Capítulo 8



CAPÍTULO 8

         ATOCHA es un sueño. Sueñan los que llegan con el propósito de buscar fortuna, y sueñan los que parten con idéntica ambición. Es una maleta de cartón prestada que viene y que va de un lugar a otro hasta que se desmorona de puro vieja. Sobre los cristales que cubren la estación repiquetea la lluvia y un grupo de muchachos vestidos con uniformes de soldados cantan con alegría y tristeza, nadie sabe si se los llevan o los traen. Una niña llora con desconsuelo sobre el andén, sostiene un globito multicolor atado por un hilo a su mano y la gente pasa a su lado sin prestarle la menor atención. Por los altavoces una aguda voz femenina anuncia cualquier noticia sobre salidas y llegadas que resulta ininteligible…

              - Y entonces usted se marcha a Paris en busca de Thérèse.
       - Perdone que la corrija de nuevo, pero esa me parece una muy errónea interpretación de mi viaje a Paris, a la que sin duda la ha llevado su persistente idea fija de mezclar la ficción de la novela con la realidad de nuestras vidas. Se lo aclararé: En aquellos momentos históricos no le veía ninguna salida airosa en este país a la profesión que había elegido, fue un periodo muy convulsivo para todos los ciudadanos y nadie iba a preocuparse de lo que pudieran opinar o realizar un grupo de jóvenes artistas. Nuestras teorías eran muy bonitas y muy divertidas, como siempre suelen serlo las utopías, pero como ella no tenían la menor posibilidad de fructificar. Paris era para nosotros la meca del arte, la ciudad mito, el lugar donde un fotógrafo de mi categoría y mis pretensiones podía triunfar. No me fue nada fácil decidirme, como usted se podrá imaginar -asentí con la cabeza para no interrumpir el hilo de su discurso, que continúo-: Me parecía que al marcharme faltaba a un compromiso con mis amigos, pero me abrumaba lo de la revista y toda la entelequia que se iba formando a su alrededor. Si había abandonado mis estudios no era para perder el tiempo con aquellas pamplinas sino para dedicarme por entero a la profesión que había elegido. Y así se lo hice saber a Nando, que era con quien tenía una mayor intimidad, y él, aunque con algunas reticencias al principio, acabó por darme la razón y hasta por animarme en la empresa que iba a emprender. De todas formas, aunque me fui, tampoco los dejé colgados con lo que ya estaba en marcha, en la revista se publicaron algunas fotografías mías, y también les presté una importante cantidad de obra para su famosa y catastrófica exposición.
         - Pero para ellos no sería lo mismo que si hubiera estado usted aquí a su lado, compartiendo todas sus esperanzas y sus posibles y probables fracasos.
         - En efecto, era muy distinto, pero cada persona debe saber elegir su propio destino y asumirlo en cada momento, y en aquel estadio el mío no estaba por aquellas macanadas.
         - Y a la vista está que era mucho más fructífera su opción -dije con un cierto tono de reproche, pero el entendió la frase como un cumplido.
         - Así tenía que ser. Había razonado a conciencia lo que iba a hacer, en contra de lo que opina Thérèse en su dichoso libelo. Es posible que en su orgullo de mujer, y no es que tenga nada contra las damas en general, ella pensase que yo me presentaba en París para cobijarme bajo sus faldas, sin duda hubiera sido un alago para su vanidad. Pero era elemental que si yo no conocía allí a ninguna otra persona, aunque llevaba buenas cartas de presentación que con posterioridad me abrieron todas las puertas, lo más lógico es que me presentara en su casa.


         - Según usted lo cuenta sí que resulta normal su actitud, pero ella es muy explícita cuando pone en boca del personaje del libro las siguientes palabras: “Desde el día que te fotografié por primera vez no hago otra cosa que pensar en ti, he quedado prendado de tu cuerpo y de la gracia que exhala, tienes un poderoso magnetismo que me atrae hacia tu persona, no sería capaz de fotografiar nada que no haya sido envuelto por tu mágico halo”.

         - ¡Ja, ja, ja! -rio Julián de una manera forzada-, es un pasaje que me hace mucha gracia. Literatura, literatura barata, si me permite la expresión. Después de leer su obra con bastante atención no he tenido más remedio que llegar a la conclusión de que es una escritora bastante mediocre. Sí, ya sé que ha tenido un gran éxito, y que hablar sobre el libro es un tema de moda en los medios intelectualoides. Pero ahí es donde está la clave: la moda. La moda es un animal de grandes tragaderas al que hay que alimentar continuamente con carnaza fresca. La novela está muy bien compuesta desde ese punto de vista, el de generar un impacto inmediato siempre que colabore para ello una adecuada publicidad. Sobre este tema conozco bastante, como podrá usted comprender, pocos creían en nuestro arrollador triunfo hace apenas tres años, pero teníamos el producto adecuado y personas que le supimos hacer la propaganda precisa. Pero existe una gran diferencia, como sin duda podrá apreciar, en el fondo de la cuestión, la mercancía era de calidad y se mantiene fresca como el primer día, la obra de Thérèse tiene muchas de sus propias características como persona: Uno alucina al principio de conocerla por su fisonomía y por su distinguida forma de comportarse, pero enseguida se da cuenta que detrás de la fachada no existe un ser con fuego en las venas, con la fuerza arrolladora que aparenta.
         - En las fotos que usted la tomó está llena de vida, de magnetismo -objeté.
         - Un retrato no es sólo el reflejo de la persona que posa, tiene también mucho de la potencia del retratista, en pintura es algo que se da por sabido y en la fotografía sucede lo mismo. También he de reconocer que ella fue siempre muy fotogénica. Es una virtud que nunca me he podido explicar del todo aunque he pensado bastante sobre el tema, como se podrá imaginar. Sí, sucede muy a menudo con los artistas de cine: en la pantalla son como dioses omnipotentes y si te cruzas con ellos por la calle te resulta difícil reconocerlos… Pero creo que estoy divagando, lo noto en su expresión entre aburrida e impaciente.
         - Es muy interesante todo cuanto me explica pero tiene razón en que nos estábamos alejando del tema y he de agradecerle que se haya percatado de ello. Volvamos a centrarnos: ¿cómo le recibió Thérèse en Paris?
         - Como ya le dije fue a la primera persona que visité. Me recibió de una manera fría, aunque llena de amabilidad. Un comportamiento de lo más extraño, como si yo hubiera estado viviendo en aquella ciudad desde siempre y me pasara por su domicilio un día para rendirla una visita de cortesía. Esta actitud  me desorientó bastante en un primer momento, pero de lo que me dí cuenta enseguida era de que no podía esperar ninguna ayuda de su parte, que ella entendía la realidad que yo vivía de una forma muy diferente a como era. Después recapacité sobre el particular y llegué a la conclusión de que Thérèse pensaba y estaba convencida de que me encontraba allí de vacaciones, no cabía en su cabeza que una persona con su vida estabilizada en un lugar tuviera el valor de lanzarse al albur de reiniciar su vida en un lugar lejano, nunca tuvo demasiadas luces. Bien, pues me busqué una habitación donde morar aunque a ella le sobraba espacio en su apartamento para haberme alojado allí, y comencé a establecer contactos gracias a las cartas que llevaba. Nos veíamos de una forma esporádica y nuestros rendez-vous se fueron espaciando cada vez más hasta que me enteré que ella se encontraba en Madrid por una carta que me envió mi hermana. Una despedida a la francesa, que se dice por aquí, pero no le di mayor importancia a su ingrata actitud, aunque hubiera sido una buena oportunidad para hacer llegar hasta nuestros mutuos amigos unas cuantas fotografías que tenía intención de enviarles. Tal vez sea una forma normal de actuar para una azafata, ya se sabe, un día aquí, otro allí, conociendo a muchas personas y sin profundizar demasiado en las relaciones con ninguna.
         - ¿Se sintió muy solo?
         - Nunca me he encontrado tan solitario. Pero he de reconocer que fue muy beneficioso para mí. Era un reto profundo, un enfrentamiento con otra manera de entender la vida, mientras que mis recursos económicos eran cada vez más escasos. Mis fotografías gustaban mucho a todas las personas a quienes se las mostraba, pero nadie me las compraba. Una sucesión de fracasos, pero no creo que se trate de hablar de mi vida…
         - Es que de repente usted, perdón, el personaje de la novela que lleva su nombre desaparece durante unos meses sin dejar rastro y de repente ¡pumba!: se casa. A mí me parece que hay en el relato un hueco difícil de comprender.
         - Ya le he dado hace un momento mi opinión sobre Thérèse como escritora, no creo que sea necesario que me repita.
         - Bien, pero la curiosidad del lector permanece, tal vez con esta entrevista le podamos dar una información adicional sobre cómo podía haber sido la existencia del personaje durante ese tiempo.
         - Volvemos al juego realidad ficción-realidad existencial. Le puedo dar cuantas explicaciones crea usted conveniente sobre mi propia estancia en Paris durante aquel periodo, pero está claro que me resultaría imposible aventurar sobre lo que en ese mismo tiempo estaría haciendo un personaje que sólo reside en la cabeza de la novelista. Tal vez se podría tratar de un personaje de corte unamoniano y se dedicara a pedirle cuentas a su autora de las extravagantes cosas que le hacía decir y hacer…
         - Me merezco su ironía, le prometo que no volverá a suceder…
         - No hay nada que disculparle a usted, parece ser que la escritora ha tenido la diabólica capacidad de convencerle a usted de la veracidad del relato, pero reconvendrá conmigo de que es muy ingenua.
         - Es probable que lo sea.
         - Y me cae usted muy simpática, tiene un elán de utopía chocante y gracioso, en el mayo francés seguro que se lo hubiera pasado muy bien.
         - Por aquellas fechas todavía estaba en el colegio -aproveché la oportunidad para sustraer algunos años a mi verdadera edad-, pero desde luego que aquellos sucesos representan una continua referencia para nuestra generación. Thérère si que debió de ser una heredera directa del Mayo.
         - Sin lugar a dudas que como tal se consideraba por aquellos años. Buscaba el sur con la misma intensidad y esperanza con que se buscan las islas paradisiacas, por eso regreso a Madrid en la primera oportunidad que tuvo y se puso a colaborar con los del grupo. Tampoco hay que olvidar que es muy posible que se encontrara enamorada de Nando, a pesar de que con las apariencias procurara dar otra impresión, y que se obstine en no reflejarlo en su obra. Siempre fue una persona muy retorcida.
         Se le notaba que tenía ganas de explayarse sobre el tema de los enamoramientos de sus amigos, y le dejaba hablar, mirándole con atención para alentarlo.
         - Se enamoró de él desde el principio -continuó Julián-, y los demás fueron títeres en derredor de ella. Primero Fonso, luego Ernesto… Habrá notado que no me he incluido en la lista de los muñecos de Thérèse, pero lo cierto es que en alguna ocasión estuve a punto de ser incluido en ella, se la veía tan frágil, tan pronta a romperse y tan empeñada en navegar junto a los arrecifes… Mi actitud con respecto a ella fue siempre un poco paternalista, en el buen sentido de la expresión, claro está. Era una persona que necesitaba ayuda, que se encontraba desorienta y que tenía un temperamento muy rebelde. Supongo que le habrá costado muchos sufrimientos el madurar… Hubiera sido muy conveniente para ella profundizar su amistad conmigo cuando fui a Paris, pero prefirió alejarse, partir hacia los Mares del Sur, si me concede la metáfora. Cuando, después de mi boda, se hizo amiga de mi esposa tuvimos una relación más estrecha, una buena amistad, nos visitaba con frecuencia y se dejaba aconsejar, o al menos aparentaba seguir nuestros consejos, pero de vez en cuando le daba la ventolera y desaparecía una temporada..
         - Ya ha quedado bien claro que no tiene nada que ver con el tema de la entrevista, pero por simple curiosidad personal -mentí- me gustaría saber cómo conoció usted a Jeannette, y como fue un flechazo tan definitivo que se casaron a los pocos meses de tratarse.
         - ¿Curiosidad femenina? Siempre es de temer -bromeó.
         - Si le molesta hablar sobre esa cuestión…
         - Sería una pérdida de tiempo, tiene razón al decir usted que fue todo muy precipitado, también yo lo entiendo hoy así, y no es de extrañar que nuestro matrimonio acabara por ser un desastre.
         - Es una buena razón para que obviemos el tema.
         - Afortunadamente el trauma ya se supero hace tiempo, pero no deja de ser un asunto estrictamente personal.
         - A grandes rasgos la personalidad de ella es del público conocimiento -intenté darle sedal-, es la hija del editor de una revista de difusión internacional, y ella no se recata de salir en sus páginas siempre que se le presenta la ocasión.
         - Ahora tal vez sea así, pero antes estimaba en mucho la privacidad de nuestra vida -mordió el pez en el anzuelo-. Todo fue muy sencillo: nos conocimos durante una fiesta que organizaba una cadena de publicaciones, uno de esos actos frívolos y aburridos, y nos pusimos a charlar por aislarnos del barullo y de la hipocresía del evento, que a ambos nos desagradaba, como puede comprobar por aquella época a Jeannette no le gustaba demasiado la vida social. Descubrimos que eramos dos almas afines y nos hicimos amigos, y poco después amantes. Ya sabe usted lo que es eso que se denomina amor, una especie de locura que te envuelve y te ciega, uno sólo ve los rasgos más favorables de la persona amada, aquello que te puede unir con ella, y se dejan los defectos a un lado, se les quita importancia. Pero luego con la convivencia diaria se van haciendo cada vez más nítidos y patentes, realizando una lenta, efectiva e implacable labor de zapa. Sin embargo, y gracias quizá a esa hermosa ceguera, fueron aquellos los años más felices de mi vida.

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