CAPÍTULO 7
Un grupo de
negros africanos golpean sus instrumentos de percusión frente a la puerta de un
gran almacén. Tiras de papel pegadas sobre el cristal de los escaparates
anuncian “EN FEBRERO MÁS REBAJAS”. Se ha formado un corrillo de personas
entorno a los músicos, las mujeres llevan grandes bolsas de plástico con los
emblemas de la empresa que ofrece las oportunidades estampados sobre ellas. El
ritmo es reiterativo y cansado de escuchar, algunos abandonan el círculo con un
encogimiento de hombros, pero su puesto es ocupado con prontitud por otros
curiosos atraídos por el evento. Un hombre grita: ¡Me han robado la cartera!, y
se forma un alboroto. Llegan los municipales e intentan poner orden disolviendo
la congregación. Luego recuerdan a los morenos que está prohibido tocar en la
vía pública y permanecen a su lado mientras observan como recogen sus bártulos.
El sol brilla en lo alto sin lograr calentar la mañana de febrero y la gente
vuelve a caminar deprisa a sus quehaceres.
- Pues según la
novela parece que se tomaban ustedes bastante en serio lo de la militancia en
el arte. El hurto de la gasolina no les parecería nada anecdótico a los que se
encontraran los depósitos de sus automóviles vacíos.
“Cuando hicieron
el primer alto en el camino eran ya pasadas las cuatro de la tarde. Deberían
haber madrugado para hacer el viaje más cómodos con la fresca de la mañana,
pero se habían pasado casi toda la noche trasvasando gasolina desde los
depósitos de los coches de los vecinos al del automóvil del padre de Nando. No
tenían el dinero suficiente para comprar el combustible necesario para la ida y
la vuelta, y si el músico en ciernes no era capaz de sacarle pasta a su tío
tampoco la habría para una nueva comida hasta su regreso a la ciudad. Por eso
aprovecharon la ocasión y, además de saciar con el almuerzo la falta del
desayuno, zamparon con la avidez de quien piensa que habrán de transcurrir
muchas horas antes de poder llenar de nuevo la andorga.
Con el estómago
tan lleno Nando se sentía pesado para continuar al volante, y tuvo que reemplazarle
Julián, a pesar de que carecía de carnet de conducir.
- Si haces
alguna burrada y nos paran los de tráfico me despiertas y hacemos el trueque de
posiciones en un santiamén -dijo el músico un segundo antes de comenzar a
roncar.
- No te
preocupes que conduciré con suma prudencia… pero no sé por qué te doy
explicaciones si ya estás durmiendo.
Miriam también
dormitaba, reposando su delicada cabeza sobre el respaldo del asiento trasero
del vehículo. A su lado se encontraba Fonso, entretenido en observar el variado
paisaje y en proteger un gran envoltorio de papel de estraza que se situaba
entre ambos.
- ¿No tienes
ganas de dormir? -preguntó el poeta al conductor con el propósito de entablar
conversación para que se mantuviera despierto, pues acaba de verle dar una
ligera cabezada.
- ¡Claro que
tengo! -confesó Julián-, como de buena gana pararía el coche y me tumbaría a
sobar en cualquiera de esos verdes prados que flanquean la carretera. Tú estás
despejado porque casi no has comido nada.
- En efecto,
todavía tengo en la boca el sabor de la gasolina de tanto aspirar por el tubo y
me producía nauseas cualquier alimento que me metía en ella. Sólo tengo sed,
una sed monstruosa, y lo único que he podido pasar ha sido el caldo y el
helado, ¡qué asco! -y bajó el cristal de la ventanilla para escupir fuera-. Es
una lástima que no sepa conducir porque te sustituiría y así podrías echar una
cabezadita y descansar un poco, además me entretendría con el asunto de guiar
el cacharro, ¿debe ser divertido?
- No creas que
lo es demasiado, al principio sí que está uno muy pendiente de ello, pero
después se convierte en una rutina, sobre todo en carretera que casi no es
necesario cambiar de marcha. ¿Cómo no se te ha ocurrido nunca aprender a
conducir?
- Por una parte no
he tenido demasiado tiempo disponible para dedicarlo a ese quehacer, y por otra
tampoco mis perspectivas económicas me van a permitir tener acceso a la compra
de un automóvil en bastante tiempo. Pero ya compruebo que en ocasiones como la
presente resultaría muy útil que hubiese aprendido… por echar una mano -añadió.
- No te
preocupes por mí, que tampoco voy a consentir que me rina el sueño.
- Pues hace unos
momentos has estado a punto de quedarte frito.
- Qué va -negó
Julián-, tan sólo cerré un momento los ojos para descansarlos en una larga
recta, no había ningún peligro. Tengo bastantes cuestiones en que pensar para
mantenerme desvelado, toda esta aventura no tiene demasiados visos de llegar a
algo provechoso. Hay un montón de aspectos a tener en cuenta y por cualquier
fruslería se nos puede quebrar el negocio… que no le guste la escultura al tío
de Nando, que, aún complaciéndole, no esté dispuesto a pagar por ella el precio
que nos ofreció por teléfono, y tantas y tantas…
- La verdad es
que este asunto deberían haberlo llevado a cabo Ernesto y Nando, él uno es el
autor del engendro y él otro pariente del posible comprador, ¿qué pintamos los
demás en el negocio?
- Como se supone
que el dinero que obtengamos va a servir para financiar la revista…
Ya, ha sido muy
amable Ernesto cediéndonos su obra, pero somos cuatro bocas a comer, cuatro
cuerpos a buscar cama…
- No le des más
vueltas a la cuestión, conozco muy bien al pariente de Nando y es un personaje
muy estirado, estoy seguro que si nos presentamos en casa del hombre con
Ernesto vestido con uno de sus estrambóticos trajes, mitad mosquetero de
Richelieu, mitad cosaco del Volga, le da un patatús y asábamos el negocio en la
unidad de cuidados intensivos de un hospital. Es cierto que lo más prudente
hubiera sido que emprendiésemos el viaje solos el sobrino y yo, pero ¿no
estamos todos a bordo de la misma nave?, ¿no has pasado media noche aspirando
los vapores de la gasolina?, pues también es justo que te pegues un buen baño
con nosotros en el Mediterráneo. Hay que unir la obligación con la diversión,
no vamos a comportarnos nosotros ahora como unos ejecutivos agresivos que sólo
piensan en los beneficios materiales que les puede producir cada uno de los
movimientos que hacen.
- Pero en el
caso de que su tío no compre la escultura más que un hermoso baño colectivo
vamos a tener que realizar un suicidio masivo en las aguas del mar: “Te vas
Alfonsina con tu soledad, que poema nuevo fuiste a buscar…” -canturreó Fonso
con la intención de ambientar su opinión y Julián no pudo por menos que reír la
ocurrencia, pero un segundo después cambió por completo la expresión de su
rostro.
- ¡Cabrón!
-exclamó-. ¿Has visto al hache de pe ese, casi me obliga a meter el automóvil
en la cuneta!
- ¡van como
locos! -le apoyó Fonso, aunque tan sólo se había dado cuenta del brusco
volantazo que dio su amigo y, para nada, del camión que al adelantarlo casi los
golpea con la caja, pues mientras mentalmente seguía tarareando la canción su
mirada se encontraba perdida en los ocres, verdes y amarillos que conformaban
el paisaje del territorio que estaban atravesando, un cuadro vivo de Ortega
Muñoz.
El zarandeo y
los gritos sobresaltaron a Miriam que se despertó del sopor.
- ¿Qué pasa?
- Nada, por esta
vez no ha pasado nada, puedes continuar durmiendo con total tranquilidad, hay
gente que lleva la cabeza de adorno y se piensa que todo el monte es orégano y
que las carreteras las construyeron sólo para ellos -se expresó con calma el
conductor, al que ya se le había pasado el susto.
- ¡Uhmmm! -bostezó su hermana, desperezándose-. No recuerdo
lo que estaba soñando pero tengo la sensación de que era con algo delicioso -y
se frotó los párpados con los nudillos con energía, tal vez con la intención
inconsciente de que el último fotograma de sus sueños hubiera quedado grabado
en ellos y se desprendiera. Luego dejo de intentar la rememoración y se puso a
evaluar la situación con un deje de ironía-. Es curioso que todos estemos
despiertos menos quien debería estar conduciendo.
- Deja de gruñir
-musitó el aludido con voz cavernosa-, como no voy a estar despierto con la
forma “hormatopédica” de conducir que tiene tu hermano, pero si no ha
conseguido estrellarnos todavía dudo que lo consiga en los próximos cinco
minutos, me encuentro muy agusto con los ojos cerrados y si fuera posible me
gustaría continuar así un ratito más.
- Por mi parte
no hay problema en que sigas durmiendo, pero no respondo de lo que pueda
ocurrir si continuas con tus sarcasmos.
- Sabes que era
tan sólo una broma.
- Por tal la
tomé, sino hubiera dada ya un buen frenazo para que te tragaras el parabrisas.
- ¿Estás seguro
de que tu tío comprará la escultura? -no esperó Fonso a que se entretuvieran más
con sus chanzas para efectuar la pregunta que le reconcomía.
- Nada hay
seguro en este mundo sino… ya sabes el qué, y que trae mala suerte pronunciar
la palabra cuando se está viajando -respondió Nando con voz reposada,
persistiendo en su estatismo, sin levantar los párpados y casi sin despegar los
labios, en una pose de enigmática esfinge-, ¿te arrepientes de haber venido con
nosotros?
- Es que dentro
de cuatro días tengo un examen parcial y me gustaría no desperdiciar el tiempo
que debía emplear en prepararlo.
- también yo
tengo el examen y ya ves que no me quejo. Además tu eres un empolloncete y lo
pasarás con facilidad -reprochó Miriam las reticencias de su compañero.
- No es sólo el
examen… es todo -y dio énfasis a la globalidad con un ademán circular de los
brazos.
- ¿Persiste el
amargo sabor a gasolina? -preguntó Julián.
- Es una
sensación muy desagradable, y siento un gran vacío en el estómago.
- Si hubieras
comido cuando lo hemos hecho los demás -dijo Miriam con desdén.
- Tenías que
haber chupado de la goma tú -la increpó Nando-. Sé por experiencias pasadas el
resquemor que te queda en el paladar, pero no te preocupes que con el tiempo se
te pasará, y en lo referente a la comida aun nos queda suficiente para un
bocadillo y unas cervezas.
- Pero nos
quedaríamos en blanca y a lo peor no se vende la dichosa escultura, muchas
gracias -renunció Fonso al alimento.
- Se venderá, ya
lo creo que se venderá. La escultura es buena, hasta me atrevería a calificarla
de clasicista en exceso, para lo que son mis gustos, y estoy seguro de que le
encantará al viejo. La cuestión de las pelas ya es harina de otro costal, es un
avaro, naturalmente, por eso tiene tanto dinero. Habrá que regatear, alabarla
en demasía, inventarse un comprador alternativo, no sé… Yo también tengo la
boca pastosa, ¿os imagináis una cerveza helada en una copa de vidrio patinada
por el frío?
- No sigas que
se me hace la boca gaseosa -se relamió Julián.
Fonso acarició
con cariño el grosero papel que envolvía la escultura, y desatendiéndose de la
tentadora proposición refrigerativa regresó a su tema obsesivo.
- Aunque su
formalización externa sea clásica su entidad intrínseca tiene mucho de
expresionista.
- Ernesto tiene
mucha obra ejecutada para lo joven que es -comentó Miriam.
- Sí que es
bastante prolífico, pero no es mucho más joven que nosotros, lo que pasa es que
los rasgos de su cara son aniñados y le dan un cierto aspecto infantil -explicó
Julián.
- Al que también
contribuyen las pecas en las mejillas, debe despertar el instinto maternal que
tienen todas las mujeres, ¿no crees Miriam? -especuló Fonso.
- Es un instinto
del que por el momento carezco, supongo que se trata de un prejuicio más sin fundamento
-respondió la aludida-. Lo que me extraña es que una persona con una cierta
formación progre caiga en esas trivialidades -ironizó.
- Touché, es
fácil caer en los lugares comunes -y cambió de tema-. Volviendo al carácter
expresionista de la escultura…
- Cuanto menos
se percate de ello nuestro supuesto mecenas tanto mejor para el glorioso éxito
de nuestra empresa -bromeó Julián-. Seguro que hubiera sido más fácil colocarle
la copia de una estatua grecorromana.
- O de una talla
del siglo de Oro -remachó el sobrino-, pero hubiera sido muy excesivo
solicitarle un encargo así a nuestro amigo. Bueno, tengamos confianza en que su
estilo sea lo suficientemente ecléctico para lograr el objetivo deseado. ¡Mi
reino por una bebida refrescante!, detente en el primer mesón que encontremos
en el camino.”
- Me alegra que
haga usted referencia a esa cuestión. Determina el carácter truculento de
Fonso. Sin lugar a dudas es un cuento que se inventó, es muy significativo el
hecho de que se convirtiera en protagonista de las “succiones”, clarifica
bastante sus pretensiones, con esas puerilidades pensaba deslumbrar a Thérèse,
y ella, que no es precisamente un dechado de inteligencia, le debió de creer a
pies juntillas la rolambolesca historieta. Invenciones, utopías… -acabó
empleando un tono despectivo.
- Por cierto,
uno de los aspectos que más me ha chocado en lo referente al grupo es la tan
diversa extracción social que tenían ustedes. Ella y Nando, aristócratas, su
hermana y usted pertenecen a una familia de la alta burguesía, Ernesto y Fonso…
- Un momento, un
momento -interrumpió Julián-, si bien es cierto que mi familia ha estado
siempre acomodada en lo económico, no es menos cierto que siempre se haya
distinguido por su talante liberal y antifranquista, no quiero que exista
ningún equívoco en lo referente a este tema.
- Le agradezco
la puntualización, pero la cuestión era..
- La he
comprendido perfectamente y se puede explicar en pocas palabras: nos encontrábamos
en el 74, y se veía de una forma muy nítida que el régimen estaba dando sus
últimas bocanadas y…
Me arrepentí de
haber sacado a colación aquel tema porque él había tenido la habilidad de
transformarlo en un discurso político, pero no era cuestión de interrumpirle
ahora que lo tenía casi ganado.
- En resumen:
que todos estaban en el mismo barco aunque por motivos bien diferentes
-pretendí atajar la disertación.
- No había un
único barco. Era toda una flota bien pertrechada la que se aprestaba a llevar a
esta nación hasta el puerto de la democracia, y que lo consiguió -explicó
Julián con aire satisfecho.
Me callé la objeción
evidente de que el resultado del viaje no había sido igual de fructífero para
todos, y aproveché su momentáneo silencio para regresar al tema de la novela.

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