miércoles, 23 de enero de 2013

Entrevista Primera - Capítulo 7



CAPÍTULO 7

         Un grupo de negros africanos golpean sus instrumentos de percusión frente a la puerta de un gran almacén. Tiras de papel pegadas sobre el cristal de los escaparates anuncian “EN FEBRERO MÁS REBAJAS”. Se ha formado un corrillo de personas entorno a los músicos, las mujeres llevan grandes bolsas de plástico con los emblemas de la empresa que ofrece las oportunidades estampados sobre ellas. El ritmo es reiterativo y cansado de escuchar, algunos abandonan el círculo con un encogimiento de hombros, pero su puesto es ocupado con prontitud por otros curiosos atraídos por el evento. Un hombre grita: ¡Me han robado la cartera!, y se forma un alboroto. Llegan los municipales e intentan poner orden disolviendo la congregación. Luego recuerdan a los morenos que está prohibido tocar en la vía pública y permanecen a su lado mientras observan como recogen sus bártulos. El sol brilla en lo alto sin lograr calentar la mañana de febrero y la gente vuelve a caminar deprisa a sus quehaceres.

         - Pues según la novela parece que se tomaban ustedes bastante en serio lo de la militancia en el arte. El hurto de la gasolina no les parecería nada anecdótico a los que se encontraran los depósitos de sus automóviles vacíos.

         “Cuando hicieron el primer alto en el camino eran ya pasadas las cuatro de la tarde. Deberían haber madrugado para hacer el viaje más cómodos con la fresca de la mañana, pero se habían pasado casi toda la noche trasvasando gasolina desde los depósitos de los coches de los vecinos al del automóvil del padre de Nando. No tenían el dinero suficiente para comprar el combustible necesario para la ida y la vuelta, y si el músico en ciernes no era capaz de sacarle pasta a su tío tampoco la habría para una nueva comida hasta su regreso a la ciudad. Por eso aprovecharon la ocasión y, además de saciar con el almuerzo la falta del desayuno, zamparon con la avidez de quien piensa que habrán de transcurrir muchas horas antes de poder llenar de nuevo la andorga.


         Con el estómago tan lleno Nando se sentía pesado para continuar al volante, y tuvo que reemplazarle Julián, a pesar de que carecía de carnet de conducir.

         - Si haces alguna burrada y nos paran los de tráfico me despiertas y hacemos el trueque de posiciones en un santiamén -dijo el músico un segundo antes de comenzar a roncar.

         - No te preocupes que conduciré con suma prudencia… pero no sé por qué te doy explicaciones si ya estás durmiendo.

         Miriam también dormitaba, reposando su delicada cabeza sobre el respaldo del asiento trasero del vehículo. A su lado se encontraba Fonso, entretenido en observar el variado paisaje y en proteger un gran envoltorio de papel de estraza que se situaba entre ambos.



         - ¿No tienes ganas de dormir? -preguntó el poeta al conductor con el propósito de entablar conversación para que se mantuviera despierto, pues acaba de verle dar una ligera cabezada.

         - ¡Claro que tengo! -confesó Julián-, como de buena gana pararía el coche y me tumbaría a sobar en cualquiera de esos verdes prados que flanquean la carretera. Tú estás despejado porque casi no has comido nada.

         - En efecto, todavía tengo en la boca el sabor de la gasolina de tanto aspirar por el tubo y me producía nauseas cualquier alimento que me metía en ella. Sólo tengo sed, una sed monstruosa, y lo único que he podido pasar ha sido el caldo y el helado, ¡qué asco! -y bajó el cristal de la ventanilla para escupir fuera-. Es una lástima que no sepa conducir porque te sustituiría y así podrías echar una cabezadita y descansar un poco, además me entretendría con el asunto de guiar el cacharro, ¿debe ser divertido?

         - No creas que lo es demasiado, al principio sí que está uno muy pendiente de ello, pero después se convierte en una rutina, sobre todo en carretera que casi no es necesario cambiar de marcha. ¿Cómo no se te ha ocurrido nunca aprender a conducir?

         - Por una parte no he tenido demasiado tiempo disponible para dedicarlo a ese quehacer, y por otra tampoco mis perspectivas económicas me van a permitir tener acceso a la compra de un automóvil en bastante tiempo. Pero ya compruebo que en ocasiones como la presente resultaría muy útil que hubiese aprendido… por echar una mano -añadió.

         - No te preocupes por mí, que tampoco voy a consentir que me rina el sueño.

         - Pues hace unos momentos has estado a punto de quedarte frito.

         - Qué va -negó Julián-, tan sólo cerré un momento los ojos para descansarlos en una larga recta, no había ningún peligro. Tengo bastantes cuestiones en que pensar para mantenerme desvelado, toda esta aventura no tiene demasiados visos de llegar a algo provechoso. Hay un montón de aspectos a tener en cuenta y por cualquier fruslería se nos puede quebrar el negocio… que no le guste la escultura al tío de Nando, que, aún complaciéndole, no esté dispuesto a pagar por ella el precio que nos ofreció por teléfono, y tantas y tantas…



         - La verdad es que este asunto deberían haberlo llevado a cabo Ernesto y Nando, él uno es el autor del engendro y él otro pariente del posible comprador, ¿qué pintamos los demás en el negocio?

         - Como se supone que el dinero que obtengamos va a servir para financiar la revista…

         Ya, ha sido muy amable Ernesto cediéndonos su obra, pero somos cuatro bocas a comer, cuatro cuerpos a buscar cama…

         - No le des más vueltas a la cuestión, conozco muy bien al pariente de Nando y es un personaje muy estirado, estoy seguro que si nos presentamos en casa del hombre con Ernesto vestido con uno de sus estrambóticos trajes, mitad mosquetero de Richelieu, mitad cosaco del Volga, le da un patatús y asábamos el negocio en la unidad de cuidados intensivos de un hospital. Es cierto que lo más prudente hubiera sido que emprendiésemos el viaje solos el sobrino y yo, pero ¿no estamos todos a bordo de la misma nave?, ¿no has pasado media noche aspirando los vapores de la gasolina?, pues también es justo que te pegues un buen baño con nosotros en el Mediterráneo. Hay que unir la obligación con la diversión, no vamos a comportarnos nosotros ahora como unos ejecutivos agresivos que sólo piensan en los beneficios materiales que les puede producir cada uno de los movimientos que hacen.

         - Pero en el caso de que su tío no compre la escultura más que un hermoso baño colectivo vamos a tener que realizar un suicidio masivo en las aguas del mar: “Te vas Alfonsina con tu soledad, que poema nuevo fuiste a buscar…” -canturreó Fonso con la intención de ambientar su opinión y Julián no pudo por menos que reír la ocurrencia, pero un segundo después cambió por completo la expresión de su rostro.



         - ¡Cabrón! -exclamó-. ¿Has visto al hache de pe ese, casi me obliga a meter el automóvil en la cuneta!

         - ¡van como locos! -le apoyó Fonso, aunque tan sólo se había dado cuenta del brusco volantazo que dio su amigo y, para nada, del camión que al adelantarlo casi los golpea con la caja, pues mientras mentalmente seguía tarareando la canción su mirada se encontraba perdida en los ocres, verdes y amarillos que conformaban el paisaje del territorio que estaban atravesando, un cuadro vivo de Ortega Muñoz.

         El zarandeo y los gritos sobresaltaron a Miriam que se despertó del sopor.

         - ¿Qué pasa?

         - Nada, por esta vez no ha pasado nada, puedes continuar durmiendo con total tranquilidad, hay gente que lleva la cabeza de adorno y se piensa que todo el monte es orégano y que las carreteras las construyeron sólo para ellos -se expresó con calma el conductor, al que ya se le había pasado el susto.

         - ¡Uhmmm! -bostezó su hermana, desperezándose-. No recuerdo lo que estaba soñando pero tengo la sensación de que era con algo delicioso -y se frotó los párpados con los nudillos con energía, tal vez con la intención inconsciente de que el último fotograma de sus sueños hubiera quedado grabado en ellos y se desprendiera. Luego dejo de intentar la rememoración y se puso a evaluar la situación con un deje de ironía-. Es curioso que todos estemos despiertos menos quien debería estar conduciendo.

         - Deja de gruñir -musitó el aludido con voz cavernosa-, como no voy a estar despierto con la forma “hormatopédica” de conducir que tiene tu hermano, pero si no ha conseguido estrellarnos todavía dudo que lo consiga en los próximos cinco minutos, me encuentro muy agusto con los ojos cerrados y si fuera posible me gustaría continuar así un ratito más.

         - Por mi parte no hay problema en que sigas durmiendo, pero no respondo de lo que pueda ocurrir si continuas con tus sarcasmos.

         - Sabes que era tan sólo una broma.

         - Por tal la tomé, sino hubiera dada ya un buen frenazo para que te tragaras el parabrisas.

         - ¿Estás seguro de que tu tío comprará la escultura? -no esperó Fonso a que se entretuvieran más con sus chanzas para efectuar la pregunta que le reconcomía.

         - Nada hay seguro en este mundo sino… ya sabes el qué, y que trae mala suerte pronunciar la palabra cuando se está viajando -respondió Nando con voz reposada, persistiendo en su estatismo, sin levantar los párpados y casi sin despegar los labios, en una pose de enigmática esfinge-, ¿te arrepientes de haber venido con nosotros?

         - Es que dentro de cuatro días tengo un examen parcial y me gustaría no desperdiciar el tiempo que debía emplear en prepararlo.

         - también yo tengo el examen y ya ves que no me quejo. Además tu eres un empolloncete y lo pasarás con facilidad -reprochó Miriam las reticencias de su compañero.

         - No es sólo el examen… es todo -y dio énfasis a la globalidad con un ademán circular de los brazos.

         - ¿Persiste el amargo sabor a gasolina? -preguntó Julián.

         - Es una sensación muy desagradable, y siento un gran vacío en el estómago.

         - Si hubieras comido cuando lo hemos hecho los demás -dijo Miriam con desdén.

         - Tenías que haber chupado de la goma tú -la increpó Nando-. Sé por experiencias pasadas el resquemor que te queda en el paladar, pero no te preocupes que con el tiempo se te pasará, y en lo referente a la comida aun nos queda suficiente para un bocadillo y unas cervezas.

         - Pero nos quedaríamos en blanca y a lo peor no se vende la dichosa escultura, muchas gracias -renunció Fonso al alimento.

         - Se venderá, ya lo creo que se venderá. La escultura es buena, hasta me atrevería a calificarla de clasicista en exceso, para lo que son mis gustos, y estoy seguro de que le encantará al viejo. La cuestión de las pelas ya es harina de otro costal, es un avaro, naturalmente, por eso tiene tanto dinero. Habrá que regatear, alabarla en demasía, inventarse un comprador alternativo, no sé… Yo también tengo la boca pastosa, ¿os imagináis una cerveza helada en una copa de vidrio patinada por el frío?

         - No sigas que se me hace la boca gaseosa -se relamió Julián.

         Fonso acarició con cariño el grosero papel que envolvía la escultura, y desatendiéndose de la tentadora proposición refrigerativa regresó a su tema obsesivo.

         - Aunque su formalización externa sea clásica su entidad intrínseca tiene mucho de expresionista.

         - Ernesto tiene mucha obra ejecutada para lo joven que es -comentó Miriam.
         - Sí que es bastante prolífico, pero no es mucho más joven que nosotros, lo que pasa es que los rasgos de su cara son aniñados y le dan un cierto aspecto infantil -explicó Julián.
         - Al que también contribuyen las pecas en las mejillas, debe despertar el instinto maternal que tienen todas las mujeres, ¿no crees Miriam? -especuló Fonso.
         - Es un instinto del que por el momento carezco, supongo que se trata de un prejuicio más sin fundamento -respondió la aludida-. Lo que me extraña es que una persona con una cierta formación progre caiga en esas trivialidades -ironizó.
         - Touché, es fácil caer en los lugares comunes -y cambió de tema-. Volviendo al carácter expresionista de la escultura…

         - Cuanto menos se percate de ello nuestro supuesto mecenas tanto mejor para el glorioso éxito de nuestra empresa -bromeó Julián-. Seguro que hubiera sido más fácil colocarle la copia de una estatua grecorromana.

         - O de una talla del siglo de Oro -remachó el sobrino-, pero hubiera sido muy excesivo solicitarle un encargo así a nuestro amigo. Bueno, tengamos confianza en que su estilo sea lo suficientemente ecléctico para lograr el objetivo deseado. ¡Mi reino por una bebida refrescante!, detente en el primer mesón que encontremos en el camino.”

         - Me alegra que haga usted referencia a esa cuestión. Determina el carácter truculento de Fonso. Sin lugar a dudas es un cuento que se inventó, es muy significativo el hecho de que se convirtiera en protagonista de las “succiones”, clarifica bastante sus pretensiones, con esas puerilidades pensaba deslumbrar a Thérèse, y ella, que no es precisamente un dechado de inteligencia, le debió de creer a pies juntillas la rolambolesca historieta. Invenciones, utopías… -acabó empleando un tono despectivo.
         - Por cierto, uno de los aspectos que más me ha chocado en lo referente al grupo es la tan diversa extracción social que tenían ustedes. Ella y Nando, aristócratas, su hermana y usted pertenecen a una familia de la alta burguesía, Ernesto y Fonso…
         - Un momento, un momento -interrumpió Julián-, si bien es cierto que mi familia ha estado siempre acomodada en lo económico, no es menos cierto que siempre se haya distinguido por su talante liberal y antifranquista, no quiero que exista ningún equívoco en lo referente a este tema.
         - Le agradezco la puntualización, pero la cuestión era..
         - La he comprendido perfectamente y se puede explicar en pocas palabras: nos encontrábamos en el 74, y se veía de una forma muy nítida que el régimen estaba dando sus últimas bocanadas y…
         Me arrepentí de haber sacado a colación aquel tema porque él había tenido la habilidad de transformarlo en un discurso político, pero no era cuestión de interrumpirle ahora que lo tenía casi ganado.
        - En resumen: que todos estaban en el mismo barco aunque por motivos bien diferentes -pretendí atajar la disertación.
         - No había un único barco. Era toda una flota bien pertrechada la que se aprestaba a llevar a esta nación hasta el puerto de la democracia, y que lo consiguió -explicó Julián con aire satisfecho.
         Me callé la objeción evidente de que el resultado del viaje no había sido igual de fructífero para todos, y aproveché su momentáneo silencio para regresar al tema de la novela.

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