jueves, 31 de enero de 2013

Entrevista Primera - Capítulo 10



CAPÍTULO 10

         El hombre y la bestia se encierran en un círculo siguiendo el rito ancestral. Ha sonado la hora de la verdad. Los espectadores transforman su miedo, su implacable terror a la propia muerte, en una furia salvaje que pone crespones rojos de sangre sobre el terciopelo negro del acorralado. En un parque próximo al coso de Las Ventas un mozalbete coloca un petardo en la boca de un hormiguero y pide prestada una cerilla a su tata para prenderlo fuego. “No te vayas a quemar”, le aconseja la mujer y le deja su encendedor de gasolina.


         - Cuando regresamos a casa Nando y Ernesto todavía permanecían en Paris. Al principio fue todo muy bien, hubo un domingo delicioso que pasamos todos juntos y hasta hicimos una comida campestre, casi un “Dèjeneur sur l’herbe”, muy bucólico en su conjunto. Me sentía muy feliz discutiendo sobre materias relacionadas con el arte, como en los viejos tiempos, mientras que Thérèse y mi esposa se bañaban en una fuente. No había desnudos, por supuesto, sólo se refrescaban las pantorrillas, ja ja ja. Luego les invitamos a comer la semana siguiente con el propósito de mostrarles como habíamos decorado nuestro nuevo apartamento.
         - Y tuvo lugar el intento de violación.
         - No exagere los términos, Ernesto tuvo una crisis nerviosa, y nada más.

         “Jamás pasó por su magín que un coqueteo sin importancia acabaría por convertirse en una escena trágica. La casualidad también tuvo que tener su parte en el drama al propiciar aquel encuentro anticipado, porque si cada uno de ellos hubiera llegado hasta el piso de Jeannette y Julián por su cuenta no hubiera habido ocasión para que sucediera nada. Pero quiso la desgracia que fuera de otro modo y que se encontraran ambos a pocos metros del portal. Thérèse llevaba en sus manos un hermoso ramo de rosas rojas con las que agasajar a la anfitriona, y vestía aquel ceñido traje de chaqueta de paño verde primavera que tanto la favorecía. Caminaba radiante de alegría y felicidad con la ilusión de pasar en compañía de sus amigos una tarde tan dichosa como la del anterior domingo. Estos encuentros compensaban toda la monotonía de su vida cotidiana de la semana, no se había equivocado cuando puso todas sus ilusiones en aquel grupo de soñadores madrileños. Por más que hubiera tenido con ellos sus más y sus menos a lo largo del tiempo, al final la concordia se había impuesto y ahora podía disfrutar de la tranquilidad necesaria para hacer planes para el futuro.
         Su euforia se acrecentó con la sorpresa de ver llegar a Ernesto, con lo que el fuerte abrazo que le dio fue un poco más intenso de lo que hubiera sido conveniente en plena calle, por los que el escultor entendió equivocadamente aquella libre expansión del espíritu que mostraba su amiga y la besó en los labios. Y ella lo entendió como un beso fraternal entre camaradas. Después caminaron cogidos de la mano y andando con pasos de baile hasta el cercano portal mientras pronunciaban frases alocadas que hacían referencia a lo bien que se encontraban. Las cosquillas que le hacía Ernesto en la cintura eran interpretadas por la chica como una señal más de camaradería… Y llegaron las escaleras.


     La ascensión de una escalera en compañía de una mujer siempre había estado acompañada para él de una carga de ciertos valores eróticos, tenía algo en común con la ascensión hasta el orgasmo, una mezcla casi perfecta de fatiga y placer. En el primer descansillo atrajo contra su cuerpo el de Thérèse con frenesí y aplasto sus labios sobre los de ella, que se quedó paralizada por la violenta reacción de su acompañante y muy asustada. El entendió esta inmovilidad de la amiga como un asentimiento tácito de acuerdo y sus manos comenzaron a obrar en consecuencia por debajo de las ropas de la chica. Ella reaccionó al fin e intentó apartarle con suavidad.
         - Mais, ¿qu’est que tu fais?
      - Te deseo, tu cuerpo grandioso me invita a ser feliz y hago lo posible porque podamos compartir esta felicidad que nos podemos entregar –decía con ardor Ernesto sin dejar de apretar a su amiga contra su cuerpo y de acariciarla.
         - Mais non, ¿qué te has creído?, no somos novios para hacer estas cosas –dijo ella apartándose de él con decisión, y ascendiendo de espaldas un par de escalones.
         Ernesto se apoyó contra la pared dando muestras de abatimiento.
         - No entiendo nada –balbució-, primero aceptas mis caricia y luego me rechazas…
       - No hay gran cosa que entender, una cosa es el juego entre amigos y otra… - mientras hablaba subió otro par de escalones -. No te he dado ningún motivo para…
         - Claro, es un juego – y sus ojos ascendían por las torneadas piernas de la muchacha aprovechando el desnivel -, pretendías jugar con mis sentimientos –sus ojos fueron a buscar ahora los de ella mientras comenzaba a ascender escalones y proseguía con cada vez mayor irritación -: Me tomas por un títere que se mueve cuando tu quieres tirar del hilito…
         Ella interpuso el ramo de rosas en su camino, muy asustada por la mirada refulgente del muchacho y por el tono animal que iba tomando su acento.
         - He creído de buena fe –se defendía también con la voz -, que tus caricias no tenían otro propósito que remarcar la buena camaradería entre nosotros. Te aseguro que no te amo en absoluto –su voz sonaba cada vez más gutural -, eres un amigo más, como Julián, como Fonso, como…
         - ¡Naturalmente, ya salió Fonso! – gritó él.
         - Por favor, no chilles así que los vecinos van a salir y se formaran un mal concepto de nuestros comunes amigos.
         - ¿Cómo no me habré dado cuenta antes?, tus coqueteos eran sólo para darle celos a él, y si nos invitaste a tu casa era con la esperanza de que él nos acompañara. He sido sólo un pelele en tus arteras manos –y la agarró con firmeza por una muñeca, y ella apretó con más fuerza el ramo de flores contra el pecho de Ernesto.
         - Entre Fonso y yo nunca hubo nada serio, te lo prometo… y lo que hubo acabó hace ya tiempo. Siempre fui leal contigo, ha sido tan bonito caminar a tu lado y charlar sobre nuestros proyectos que sería una pena que se estropeara todo por naderías.
         Intentaba serenarle mediante la conversación, pero no podía impedir que la voz le temblara y sus palabras sonaran huecas. Pero consiguieron que el agresor se quedara un momento quieto y dubitativo.
         “Aquella mujer no valía un carajo, era una cursi burguesa que sólo sabia coquetear y calentar a la gente, ¡qué distinta de Lucía, ¿por qué tendría que haberse roto aquel amor tan magnífico y gratificante?, ¿por qué desde un tiempo a esta parte todas las cosas le salían mal?, ¡y este insoportable dolor de cabeza que no cesa nunca! Lo mejor será salir a la calle a respirar aire fresco”, y acorde a sus pensamientos la garra comenzó a aflojar la muñeca de su presa.
         Al notar ella que la presión de la tenaza disminuía creyó que era una buena oportunidad para zafarse y correr escaleras arriba hasta encontrar refugio con sus amigos. Así que hizo un brusco movimiento para liberarse y como ya casi no había resistencia por la otra parte perdió el equilibrio y se quedó sentada de culo en los escalones con las faldas levantadas y las piernas al aire.
         Sus muslos eran tan atractivos y poderosos como los había entrevisto en varias ocasiones y como los soñaba todas las noches desde hacía más de un mes. Se cegó y se abalanzó sobre el cuerpo de su amiga.
-      ¡Julián, Jeannette! –gritó ella con todas sus fuerzas.
-  ¡Te callarás de una vez, imbécil! –gritó él, mientras intentaba con una mano taparle la boca y con la otra rasgar las finas braguitas de seda.
-      ¡Papam! –chilló ella un segundo antes de desmayarse.”

          -      Una crisis que les afectó a todos ustedes, ¿no es así? 
          - Como usted podrá comprender no fue un plato de buen gusto para ninguno. Estábamos atravesando un periodo muy feliz, y enterarnos de golpe que nuestro amigo estaba como una cabra fue muy traumático. Pero todo ese asunto de la supuesta violación es una pueril invención de Thérèse, ellos debieron de tener una agria discusión sobre algún tema que desconozco, y la chica se puso histérica y montó tanto alboroto que Ernesto se asustó y cuando acudimos al oír los gritos que daban salió huyendo como un delincuente. Puede imaginarse la situación para nosotros, recién mudados a aquel apartamento ¡la impresión que causamos a los vecinos fue fina! 
- ¿Ernesto desapareció?
- Mi esposa se quedó atendiendo a Thérèse, que era un manojo de nervios, y Nando y yo buscamos a nuestro amigo por todo el barrio, con las ropas tan estrafalarias que llevaba siempre era fácil indagar, pero nos dio cierto trabajo seguir su pista. Cuando ya dudábamos de dar con su paradero a Nando se le ocurrió la peregrina asociación de ideas que si estaba delirando podría haber ido a rendirle visita a otro delirante como Baudelaire, y ya que estábamos cerca del cementerio de Montparnasse nos dirigimos hacia allí. Lo encontramos encaramado sobre una tumba y montando el número, recitaba a grandes gritos a Espronceda, algo de su “Canto a Teresa”, y se había formado un grupeto de curiosos a su alrededor, los franceses ya sabe…
- ¿Y?
- No sin poco esfuerzo conseguimos apartarlo de allí entre algunos improperios de los vernáculos contra la exaltada gente del sur, que parecía haberse olvidado de Rimbaud. Luego le llevamos a un café, pues no era cosa de ir a mi casa donde se volvería a encontrar con Thérèse, y nos contó que llevaba una temporada necesitando medicación y que como se encontraba mejor la había dejado de tomar… Después de un café con leche y de tomar sus pastillas ya se encontraba mejor, aunque un poco abatido y avergonzado, y después le acompañamos a hacer la maleta y aquella misma noche tomó un tren con desino a Madrid nuestro extravagante amigo.
- ¿Le dejaron marcharse solo en aquel estado?
- Estaba ya muy normalizado, la crisis había pasado, se encontraba relajado y tenía medicinas, y lo que más necesitaba era volver a encontrarse con su entorno, así lo entendió también él.
- No deja de ser una actitud un tanto egoísta por parte de sus amigos, podía haberle repuntado la crisis durante el viaje –apunté.
- Otra solución hubiera sido llevarle a nuestro apartamento y controlarle, pero conocía bien el carácter de Jeannette, la disgustó tanto aquello que nunca quiso que se volviera a mencionar su nombre delante de ella.
- Nando podía haberle acompañado en el regreso.
- Fernando mantenía sobre el particular la tesis de que todo había sido un montaje para llamar la atención… Luego nos enteramos de que pasó varios meses en un hospital siquiátrico, que la cuestión era más seria de lo que pensábamos…

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