martes, 5 de febrero de 2013

Entrevista Primera - Capítulo 11



CAPÍTULO 11
         Un apresurado agente de comercio camina por la Calle Mayor en dirección a Bailén. Ase con una de sus manos la agarradera de cuero de una maletilla con muestras, y el traje de paño le agobia en la soleada mañana otoñal.  Se detiene en la esquina de la plaza de la Villa y se pasa su pañuelo de mano muy bien planchado por la frente, cree estar teniendo alucinaciones. “No debería haberme puesto el chaleco con el calor que hace”. Una carroza barroca tirada por un tronco de cuatro caballos blancos provistos de gualdrapas y penachos se ha detenido frente al Ayuntamiento, y una sección de maceros forman escolta. “¿Están rodando una película de época?”, se pregunta en voz alta. Una anciana que lleva una bolsa con barras de pan recién hecho y contempla con atención el espectáculo le responde: “Quía, es un Embajador que va a presentar sus credenciales al Señor Alcalde”. Una paloma se ha posado sobre el hombro de la estatua de bronce de don Álvaro de Bazán. Nuestro viandante se afloja el nudo de la corbata que se le clavaba en la garganta como una soga de esparto y reemprende su marcha hacia sus ocupaciones.

- Fue un asunto muy desagradable para todos que sólo una mente tan retorcida como la de Thérèse podía tener interés en resucitar
- En cualquier caso, no deja de ser una resurrección muy rentable para ella, está cobrando unos suculentos derechos de autora gracias a su obra.
- Luz de cerilla, un instante de mucha iluminación para volver enseguida a la más profunda oscuridad. Y le aseguro que no quiero nada mal a Thérèse, pero una persona que está desorientada acaba por estropear la brújula a cuantos le rodean. La enfermedad de Ernesto le afectó mucho, y durante una temporada Jeannette y yo hicimos cuanto pudimos por ayudarla, pero tampoco íbamos a dedicarnos a ella con exclusividad, nos acabábamos de casar y teníamos que construir nuestro futuro en común. A la larga su influencia fue nefasta para nuestro matrimonio, un poco o un mucho nefasta para todos los que tratamos con ella…
- La relación de su hermana de usted tampoco fue muy beneficiosa para sus amigos, en particular para Nando.
- Fernando y Alfonso tenían con ella una relación muy especial, se consideraban en cierto modo como sus hermanos mayores, y la trataban como una chiquilla. Con el tiempo acabó por aburrirse de ellos y de la infravaloración de sus afectos, pero durante una larga temporada fueron un trío muy unido y feliz.


“Una cierta añoranza enturbió al principio la celebración del cumpleaños, porque faltaban muchos de los amigos habituales, Julián y su esposa, que continuaban allá, en Paris, Ernesto y la siempre alegre Lucía, Thérèse… Pero asistieron los vecinos de abajo, Claudina y Pedro, los santiaguinos, como familiarmente solían referirse a ellos Nando y Fonso, y varios amigos de ellos, compañeros de exilio, así como algunos camaradas de facultad de Miriam y Fonso. El espectro de las amistades había variado mucho en poco tiempo, en demasiado poco para que una sombra de tristeza no oscureciera el rostro de Fonso al comienzo de la fiesta. Pero pronto se impuso el presente, a lo que ayudó no en flaco grado que la condición imprescindible para penetrar en el estudio aquella noche fuera mostrar a modo de contraseña una botella de vino, y, a ser posible, espumoso.
Se libó y se bailó; los exiliados fueron olvidando su condición de tales y los vernáculos la ausencia de sus amigos, con lo que al final todos acabaron riendo y disfrutando de la festividad y de los caldos.
Después el cansancio obligó a descender el tono de alegría y la congregación se fue dispersando poco a poco hasta que, a eso de las tres de la madrugada, fueron los vecinos los últimos en despedirse.
- Ha sido todo muy agradable, pero mañana es día de lavuro y hay que madrugar –se disculpaba Pedro como despedida.
- Estoy guendida –es todo cuanto el cansancio permitió pronunciar a Claudina, con su característico modo de hablar, ya que el frenillo le impedía pronunciar la erres.
Volvieron a felicitar a Fonso por haber conseguido llegar indemne al cuarto de siglo y besaron a Miriam antes de partir.
Cuando se cerró la puerta tras de ellos los camaradas se quedaron un momento silenciosos con la sensación de que algo muy grande y pesado, como una especie de extensa losa de mármol, los aislaba del exterior. Tres solitarios sepultados en la tumba del estudio, era una sensación desagradable que había que intentar romper.
- La gente ya no tiene aguante –con intención de dar el primer golpe al abatimiento-, me hubiera gustado que la fiesta durase hasta el amanecer.
- Todavía estamos nosotros para que se prolongue –le consoló Miriam-, voy a poner música, y seguiremos bailando hasta que salga el sol.
Nando acompañaba al piano un disco de Brel y sus dos amigos bailaban con frenesí un vals a doscientos cincuenta mil tiempos.
Acabaron tronzados y cayeron rendidos sobre el sofá mientras en el aire flotaba ahora un lamento desgarrado del belga. Se les unió el músico. El mal rollo había pasado, los tres se sentían dichosos y a la muchacha se le ocurrió encender la chimenea, a pesar de que no era, desde luego, lo más apropiado para una calurosa noche de verano. De todas formas, con la madrugada, comenzaba a entrar una suave brisa por los balcones abiertos y dejarse fascinar por las cambiantes y fantasmagóricas llamas siempre es agradable en cualquier estación del año.
Se sentaron en el suelo formando un semicírculo frente a la chimenea y el poder evocador del fuego hizo inevitable que se hiciera presente en su conversación la memoria de los ausentes. Pero no turbaron su felicidad presente los recuerdos sino un presentimiento que chisporroteando surgió de entre la leña que ardía y se instaló entre ellos: que tampoco su actual camaradería lograría sobrevivir los embates del tiempo.
- Cualquier día Miriam también se casará con algún extraño y nos quedaremos solos –soltó Nando de improviso con pesadumbre.
- Una buena solución sería que se casara conmigo –apuntó Fonso, un poco achispado por la bebida y la danza-, así podríamos continuar todos juntos.
- Una bella proposición de última hora –rió Miriam, complacida.
- O conmigo –se apresuró a proponer Nando.
- Otra bellísima proposición –siguió riendo Miriam.
- Lo es cualquiera de ellas –dijeron los dos amigos quitándose las palabras.
- He llegado a los veintipico años sin que ningún hombre me requiriera en matrimonio y esta noche recibo las ofertas a pares, ¡ja, ja, ja!
- Es que hoy estás más preciosa que nunca –galanteó Fonso.
- Tal vez sea una complicación –advirtió Nando.
- Te vuelves atrás de tu palabra –bromeó ella.
- En absoluto, es evidente que los dos te queremos mucho, y esa precisamente la complicación –como siempre que se sentía inspirado la mano derecha del músico se alzaba en un giro característico -, a cualquiera de ambos que elijas será un hombre dichoso durante el resto de su vida, pero en cambio el otro tendrá que resignarse a ser para siempre infeliz, y a vivir el resto de sus días con esa frustración… En cualquier la unión entre los tres acabará por romperse –y su mano se abatió para acariciar la espalda de Miriam con suavidad.
- Es el hado del destino cruel –ironizó Fonso.
- Lo que es bien cierto es que la bigamia no está admitida en nuestra sociedad –explicó ella, algo excitada tanto por las caricias físicas como verbales.
- Encubierta, sí –apuntó Fonso, mientras atizaba con un badil la leña de la chimenea -. En esta sociedad cabe cualquier componenda con tal de que no salga a la luz del día. Moramos en la cumbre de la hipocresía.
- Pero los encubrimientos no van con nuestro estilo de vida, tenemos que casarnos los tres y por la Iglesia Católica. En los Jerónimos Reales, que reúnen belleza, solemnidad, solera, aristocracia y ¡olé! -se apasionaba Nando. Miriam vestida de manola, con alta peineta y luminoso mantón de manila, y nosotros de toreros, con un traje que tenga muchas lentejuelas y cubiertos con una linda montera de terciopelo.
- Me lo pido de grana y oro –se apresuró a elegir Fonso, que seguía entretenido meneando las brasas.
- Y para Nando verde esmerada y dorado –vistió la chica al otro -. Es la indumentaria perfecta tratándose de un asunto de cuernos…
- Eso es un tópico social, entre nosotros no tienen cabidas ese tipo de zarandajas.
- Es una solución, podría casarme con uno de los dos y convivir después los tres en buena armonía.
- No sería lo mismo, habría una desigualdad intolerable entre el escogido para la ceremonia y el otro… Y se perdería el sentido del mano a mano entre dos diestros, ¿de qué iba a vestirse el subalterno: de banderillero, de picador, con ese ridículo sombrero que parece una bacía de barbero? Se desluciría todo el acto.
- Se podría echar a suertes, que también es algo muy torero, no sería yo quien eligiera sino el azar.
- Sería lo mismo –dijo con seriedad Fonso, que parecía tomarse la cuestión con una severidad eufórica muy propia del momento -. No podemos consentir que el azar intervenga en un asunto tan fundamental para nuestro futuro, siempre se le podrían dar interpretaciones equívocas. La relación debe ser en trío, un auténtico y perfecto triángulo equilátero, una composición plena de equilibrio en la que ninguno de los instrumentos predomine en la melodía, un…
- En todo caso isósceles –apuntó Miriam, que había comenzado a responder a las caricias de Nando jugando a desabotonarle la camisa -, porque soy de menor tamaño, ¡je, je, je!
Fonso se volvió y le irritó por un momento el juego de caricias que se estaban trayendo sus amigos a su espalda. Pero ambos le miraban sonrientes como invitándole a participar, y se dejó caer entre las piernas de la chica.
Ella le acarició el cabello mientras decía:
- A largo plazo resultaría inviable, sabéis que os quiero mucho a los dos, pero en algún momento aparecería una segunda mujer. Tal vez regresaría Thérèse.
- Eso es agua pasada, ni siquiera nos acordamos de ella, ¿verdad, Nando?  -y la dio un lametón en la entrepierna.
- Pero ambos la habéis cortejado, no me lo vais a negar.
- Cortejar, coquetear… eso son trivialidades, niñerías. Lo que hay entre nosotros es algo profundo y distinto, el amor eterno que vence todos los obstáculos y se eleva por encima de la mezquindad mundana. Un amor puro, fuerte y único.
De las caricias se pasó a los besos y de las palabras a los jadeos, mientras iba amaneciendo en la ciudad y las brasas de la chimenea se extinguían entre secos crepitares.
Tal vez durmieran o soñaran unos instantes…
- Apenas si hemos cenado, las almendritas y algunas chucherías más, no se vosotros pero ahora noto un vacío tremendo en el estómago –se quejó Miriam a sus dos futuros esposos.
- Podríamos salir a tomar algo, casi es de día, tal vez haya algo ya abierto –se puso en pie Fonso recogiendo sus ropas esparcidas.
Y bajaron a la calle. Entre dos luces los edificios parecían más grandes, más sólidos y contundentes. Las aceras estaban vacías. Apenas una pareja de barrederos limpiaban las calzadas con la manga riega. Los autobuses comenzaban a recoger a los primeros obreros que se dirigían a sus trabajos. Todos los bares y cafeterías de la zona estaban cerrados, desalentadoramente cerrados.
- En la nevera tenemos alimentos…
- Sólo fiambres y latas de conserva, ¡puagf!
- Necesitamos algo caliente que nos tonifique y nos dé ánimos para emprender la jornada. Un buen café con leche y un croissant crujiente.
- Las tahonas también están cerradas.
- En la puerta de aquella hay un saco.
- Será el pan que les sobró de ayer.
- También puede ser que sea sólo un despacho de pan y que se lo acaben de repartir – se le ocurrió a Miriam.
Estaba lleno de un pan recién hecho, tierno y humeante. Se apoderaron de tres vienas y regresaron al estudio exultantes de alegría. Se preparó café, se untó cremosa mantequilla en los panecillos abiertos por la mitad y entre bromas disfrutaron de un hermoso y nutritivo desayuno.
Cuando terminaron de saborearlo entre risas y bromas el sol ya entraba a raudales por los balcones del estudio y los tres amigos con el estómago lleno sintieron como el cansancio y el sopor se apoderaba de ellos. La cama más ancha era la de Nando, y Miriam pudo disfrutar de un plácido sueño entre sus amigos. Nadie volvió a mencionar el objeto de la conversación que mantenían cuando amaneció la jornada.”

- Un auténtico edén de armonía, comprensión y amor.
- Creo que debo puntualizar que la parte erótica del relato es una invención más de esa arpía, pero lo de los panecillos robados ya me lo contó mi hermana en una carta. Me escribía unas misivas llenas a rebosar de encanto e ingenuidad, y no acababa de loar lo bien que lo estaba pasando aquel verano con nuestros amigos. Veraneé con mi esposa en la Costa Azul, pero me hubiera agradado sobremanera haber compartido algunos días con ellos por aquí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario