CAPÍTULO 11
Un apresurado
agente de comercio camina por la Calle Mayor en dirección a Bailén. Ase con una
de sus manos la agarradera de cuero de una maletilla con muestras, y el traje
de paño le agobia en la soleada mañana otoñal.
Se detiene en la esquina de la plaza de la Villa y se pasa su pañuelo de
mano muy bien planchado por la frente, cree estar teniendo alucinaciones. “No
debería haberme puesto el chaleco con el calor que hace”. Una carroza barroca
tirada por un tronco de cuatro caballos blancos provistos de gualdrapas y
penachos se ha detenido frente al Ayuntamiento, y una sección de maceros forman
escolta. “¿Están rodando una película de época?”, se pregunta en voz alta. Una
anciana que lleva una bolsa con barras de pan recién hecho y contempla con
atención el espectáculo le responde: “Quía, es un Embajador que va a presentar
sus credenciales al Señor Alcalde”. Una paloma se ha posado sobre el hombro de
la estatua de bronce de don Álvaro de Bazán. Nuestro viandante se afloja el
nudo de la corbata que se le clavaba en la garganta como una soga de esparto y
reemprende su marcha hacia sus ocupaciones.
-
Fue un asunto muy desagradable para todos que sólo una mente tan retorcida como
la de Thérèse podía tener interés en resucitar
- En cualquier caso, no deja de
ser una resurrección muy rentable para ella, está cobrando unos suculentos
derechos de autora gracias a su obra.
- Luz de cerilla, un instante de
mucha iluminación para volver enseguida a la más profunda oscuridad. Y le
aseguro que no quiero nada mal a Thérèse, pero una persona que está
desorientada acaba por estropear la brújula a cuantos le rodean. La enfermedad
de Ernesto le afectó mucho, y durante una temporada Jeannette y yo hicimos
cuanto pudimos por ayudarla, pero tampoco íbamos a dedicarnos a ella con
exclusividad, nos acabábamos de casar y teníamos que construir nuestro futuro
en común. A la larga su influencia fue nefasta para nuestro matrimonio, un poco
o un mucho nefasta para todos los que tratamos con ella…
- La relación de su hermana de
usted tampoco fue muy beneficiosa para sus amigos, en particular para Nando.
- Fernando y Alfonso tenían con
ella una relación muy especial, se consideraban en cierto modo como sus
hermanos mayores, y la trataban como una chiquilla. Con el tiempo acabó por
aburrirse de ellos y de la infravaloración de sus afectos, pero durante una
larga temporada fueron un trío muy unido y feliz.
“Una cierta añoranza enturbió al
principio la celebración del cumpleaños, porque faltaban muchos de los amigos
habituales, Julián y su esposa, que continuaban allá, en Paris, Ernesto y la
siempre alegre Lucía, Thérèse… Pero asistieron los vecinos de abajo, Claudina y
Pedro, los santiaguinos, como familiarmente solían referirse a ellos Nando y
Fonso, y varios amigos de ellos, compañeros de exilio, así como algunos
camaradas de facultad de Miriam y Fonso. El espectro de las amistades había
variado mucho en poco tiempo, en demasiado poco para que una sombra de tristeza
no oscureciera el rostro de Fonso al comienzo de la fiesta. Pero pronto se
impuso el presente, a lo que ayudó no en flaco grado que la condición
imprescindible para penetrar en el estudio aquella noche fuera mostrar a modo
de contraseña una botella de vino, y, a ser posible, espumoso.
Se libó y se bailó; los exiliados
fueron olvidando su condición de tales y los vernáculos la ausencia de sus amigos,
con lo que al final todos acabaron riendo y disfrutando de la festividad y de
los caldos.
Después el cansancio obligó a
descender el tono de alegría y la congregación se fue dispersando poco a poco
hasta que, a eso de las tres de la madrugada, fueron los vecinos los últimos en
despedirse.
- Ha sido todo muy agradable,
pero mañana es día de lavuro y hay que madrugar –se disculpaba Pedro como
despedida.
- Estoy guendida –es todo cuanto
el cansancio permitió pronunciar a Claudina, con su característico modo de
hablar, ya que el frenillo le impedía pronunciar la erres.
Volvieron a felicitar a Fonso por
haber conseguido llegar indemne al cuarto de siglo y besaron a Miriam antes de
partir.
Cuando se cerró la puerta tras de
ellos los camaradas se quedaron un momento silenciosos con la sensación de que
algo muy grande y pesado, como una especie de extensa losa de mármol, los
aislaba del exterior. Tres solitarios sepultados en la tumba del estudio, era
una sensación desagradable que había que intentar romper.
- La gente ya no tiene aguante
–con intención de dar el primer golpe al abatimiento-, me hubiera gustado que
la fiesta durase hasta el amanecer.
- Todavía estamos nosotros para
que se prolongue –le consoló Miriam-, voy a poner música, y seguiremos bailando
hasta que salga el sol.
Nando acompañaba al piano un
disco de Brel y sus dos amigos bailaban con frenesí un vals a doscientos
cincuenta mil tiempos.
Acabaron tronzados y cayeron
rendidos sobre el sofá mientras en el aire flotaba ahora un lamento desgarrado
del belga. Se les unió el músico. El mal rollo había pasado, los tres se
sentían dichosos y a la muchacha se le ocurrió encender la chimenea, a pesar de
que no era, desde luego, lo más apropiado para una calurosa noche de verano. De
todas formas, con la madrugada, comenzaba a entrar una suave brisa por los
balcones abiertos y dejarse fascinar por las cambiantes y fantasmagóricas
llamas siempre es agradable en cualquier estación del año.
Se sentaron en el suelo formando
un semicírculo frente a la chimenea y el poder evocador del fuego hizo
inevitable que se hiciera presente en su conversación la memoria de los
ausentes. Pero no turbaron su felicidad presente los recuerdos sino un
presentimiento que chisporroteando surgió de entre la leña que ardía y se instaló
entre ellos: que tampoco su actual camaradería lograría sobrevivir los embates
del tiempo.
- Cualquier día Miriam también se
casará con algún extraño y nos quedaremos solos –soltó Nando de improviso con
pesadumbre.
- Una buena solución sería que se
casara conmigo –apuntó Fonso, un poco achispado por la bebida y la danza-, así
podríamos continuar todos juntos.
- Una bella proposición de última
hora –rió Miriam, complacida.
- O conmigo –se apresuró a
proponer Nando.
- Otra bellísima proposición
–siguió riendo Miriam.
- Lo es cualquiera de ellas
–dijeron los dos amigos quitándose las palabras.
- He llegado a los
veintipico años sin que ningún hombre me requiriera en matrimonio y esta noche
recibo las ofertas a pares, ¡ja, ja, ja!
- Es que hoy estás más preciosa
que nunca –galanteó Fonso.
- Tal vez sea una
complicación –advirtió Nando.
- Te vuelves atrás de tu
palabra –bromeó ella.
- En absoluto, es evidente
que los dos te queremos mucho, y esa precisamente la complicación –como siempre
que se sentía inspirado la mano derecha del músico se alzaba en un giro
característico -, a cualquiera de ambos que elijas será un hombre dichoso
durante el resto de su vida, pero en cambio el otro tendrá que resignarse a ser
para siempre infeliz, y a vivir el resto de sus días con esa frustración… En
cualquier la unión entre los tres acabará por romperse –y su mano se abatió
para acariciar la espalda de Miriam con suavidad.
- Es el hado del destino
cruel –ironizó Fonso.
- Lo que es bien cierto es
que la bigamia no está admitida en nuestra sociedad –explicó ella, algo
excitada tanto por las caricias físicas como verbales.
- Encubierta, sí –apuntó
Fonso, mientras atizaba con un badil la leña de la chimenea -. En esta sociedad
cabe cualquier componenda con tal de que no salga a la luz del día. Moramos en
la cumbre de la hipocresía.
- Pero los encubrimientos
no van con nuestro estilo de vida, tenemos que casarnos los tres y por la
Iglesia Católica. En los Jerónimos Reales, que reúnen belleza, solemnidad,
solera, aristocracia y ¡olé! -se apasionaba Nando. Miriam vestida de manola,
con alta peineta y luminoso mantón de manila, y nosotros de toreros, con un
traje que tenga muchas lentejuelas y cubiertos con una linda montera de
terciopelo.
- Me lo pido de grana y
oro –se apresuró a elegir Fonso, que seguía entretenido meneando las brasas.
- Y para Nando verde
esmerada y dorado –vistió la chica al otro -. Es la indumentaria perfecta
tratándose de un asunto de cuernos…
- Eso es un tópico social,
entre nosotros no tienen cabidas ese tipo de zarandajas.
- Es una solución, podría
casarme con uno de los dos y convivir después los tres en buena armonía.
- No sería lo mismo,
habría una desigualdad intolerable entre el escogido para la ceremonia y el
otro… Y se perdería el sentido del mano a mano entre dos diestros, ¿de qué iba
a vestirse el subalterno: de banderillero, de picador, con ese ridículo
sombrero que parece una bacía de barbero? Se desluciría todo el acto.
- Se podría echar a
suertes, que también es algo muy torero, no sería yo quien eligiera sino el
azar.
- Sería lo mismo –dijo con
seriedad Fonso, que parecía tomarse la cuestión con una severidad eufórica muy
propia del momento -. No podemos consentir que el azar intervenga en un asunto
tan fundamental para nuestro futuro, siempre se le podrían dar interpretaciones
equívocas. La relación debe ser en trío, un auténtico y perfecto triángulo
equilátero, una composición plena de equilibrio en la que ninguno de los
instrumentos predomine en la melodía, un…
- En todo caso isósceles
–apuntó Miriam, que había comenzado a responder a las caricias de Nando jugando
a desabotonarle la camisa -, porque soy de menor tamaño, ¡je, je, je!
Fonso se volvió y le
irritó por un momento el juego de caricias que se estaban trayendo sus amigos a
su espalda. Pero ambos le miraban sonrientes como invitándole a participar, y
se dejó caer entre las piernas de la chica.
Ella le acarició el
cabello mientras decía:
- A largo plazo resultaría
inviable, sabéis que os quiero mucho a los dos, pero en algún momento aparecería
una segunda mujer. Tal vez regresaría Thérèse.
- Eso es agua pasada, ni
siquiera nos acordamos de ella, ¿verdad, Nando?
-y la dio un lametón en la entrepierna.
- Pero ambos la habéis
cortejado, no me lo vais a negar.
- Cortejar, coquetear… eso
son trivialidades, niñerías. Lo que hay entre nosotros es algo profundo y
distinto, el amor eterno que vence todos los obstáculos y se eleva por encima
de la mezquindad mundana. Un amor puro, fuerte y único.
De las caricias se pasó a
los besos y de las palabras a los jadeos, mientras iba amaneciendo en la ciudad
y las brasas de la chimenea se extinguían entre secos crepitares.
Tal vez durmieran o
soñaran unos instantes…
- Apenas si hemos cenado,
las almendritas y algunas chucherías más, no se vosotros pero ahora noto un
vacío tremendo en el estómago –se quejó Miriam a sus dos futuros esposos.
- Podríamos salir a tomar
algo, casi es de día, tal vez haya algo ya abierto –se puso en pie Fonso
recogiendo sus ropas esparcidas.
Y bajaron a la calle.
Entre dos luces los edificios parecían más grandes, más sólidos y contundentes.
Las aceras estaban vacías. Apenas una pareja de barrederos limpiaban las
calzadas con la manga riega. Los autobuses comenzaban a recoger a los primeros
obreros que se dirigían a sus trabajos. Todos los bares y cafeterías de la zona
estaban cerrados, desalentadoramente cerrados.
- En la nevera tenemos
alimentos…
- Sólo fiambres y latas de
conserva, ¡puagf!
- Necesitamos algo
caliente que nos tonifique y nos dé ánimos para emprender la jornada. Un buen
café con leche y un croissant crujiente.
- Las tahonas también
están cerradas.
- En la puerta de aquella
hay un saco.
- Será el pan que les
sobró de ayer.
- También puede ser que
sea sólo un despacho de pan y que se lo acaben de repartir – se le ocurrió a
Miriam.
Estaba lleno de un pan
recién hecho, tierno y humeante. Se apoderaron de tres vienas y regresaron al
estudio exultantes de alegría. Se preparó café, se untó cremosa mantequilla en los
panecillos abiertos por la mitad y entre bromas disfrutaron de un hermoso y
nutritivo desayuno.
Cuando terminaron de
saborearlo entre risas y bromas el sol ya entraba a raudales por los balcones
del estudio y los tres amigos con el estómago lleno sintieron como el cansancio
y el sopor se apoderaba de ellos. La cama más ancha era la de Nando, y Miriam
pudo disfrutar de un plácido sueño entre sus amigos. Nadie volvió a mencionar
el objeto de la conversación que mantenían cuando amaneció la jornada.”
- Un auténtico edén de
armonía, comprensión y amor.
- Creo que debo
puntualizar que la parte erótica del relato es una invención más de esa arpía,
pero lo de los panecillos robados ya me lo contó mi hermana en una carta. Me
escribía unas misivas llenas a rebosar de encanto e ingenuidad, y no acababa de
loar lo bien que lo estaba pasando aquel verano con nuestros amigos. Veraneé
con mi esposa en la Costa Azul, pero me hubiera agradado sobremanera haber
compartido algunos días con ellos por aquí.

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