CAPÍTULO 15
La tarde se
adormece en una calma chicha. Es la hora del crepúsculo y son muy escasos los
visitantes que permanecen en el zoo. Los animales están soñolientos, pero se
puede apreciar su inquietud. La madre de CHU-LIN tiene los ojos tristes: añora
su libertad. Un gran macho tigre chapotea en el agua del estanque que han
acondicionado para los bengalíes. Se escucha barritar a un elefante y las
jirafas levantan sus elegantes y largos cuellos. El águila imperial se siente
solitaria en su gran jaula de acero y las hormigas transportan sin descanso
cáscaras de pipas de girasol hasta el embudo donde comienza su mundo
subterráneo. Una leona ruge de puro aburrimiento…
Cuando Gloria
alcanzó la calle se sintió más libre. Ya se habían encendido las luces de la
ciudad y la metrópoli era un enorme ser que imponía su ritmo implacable,
indiferente a los políticos, a los artistas y a cuantas maquinaciones se
ejercían en la sombra en contra de su impasible transcurrir. ¿Qué la importaba
a ella que un compositor novel hubiera muerto de sobredosis de droga o por la
oclusión de unas neuronas hartas de estar sometidas a un sobreesfuerzo
constante? ¿Qué la importaba que el país estuviera en un bando o en el opuesto
dentro de una improbable guerra mundial que de todas formas acabaría con la
existencia humana sobre el planeta?
Subió a bordo de
su 127 amarillo y partió con dirección hacia su domicilio dichosa de poder
pensar en sus propios asuntos.
La muchacha ya
había acostado a las niñas cuando llegó y la esperaba en la cocina con la mesa
puesta sobre la mesa. Le informó que Gerardo había llamado para comunicarle que
por motivos de su trabajo no podría regresar hasta pasados dos días y que
volvería a llamar para darle cumplidas explicaciones.
Luego partió la
sirvienta y se quedó a solas con su cena fría y sus pensamientos. No tenía
hambre y apenas si mordisqueó algunos de los deliciosos manjares que le había
preparado Marina. “Es muy buena chica, todo un hallazgo, lástima que ya tiene
edad para echarse novio y cualquier día nos dice que deja la casa para
casarse”.
Todo estaba mudo
y apacible en el amplio salón, la serenidad llegaba a ser aterradora. Fue al
cuarto de los peques, éstos dormían como angelitos, a la débil luz de la bujía
azulada de la mesilla de noche podía apreciar sus delicadas caritas y su
sosegada respiración. Los arropó con cariño y besó sus frentes sudorosas. Se
llevaban apenas un año y la niña estaba ya casi tan grande como el niño, sintió
deseos de despertarlos y ponerse a jugar con ellos… pero mañana era día de escuela
y acabó por apagar la bombilla y salir de la habitación dejando la puerta
entreabierta.
Se imponía un
buen baño. Fresca y cubierta con una bata floreada entró en el salón. Sobre la
mesa baja de tubos de acero plateado y cristal estaban los discos que compró
por la mañana, todavía dentro de la bolsa de plástico con el estampado hortera
del comercio. La había costado trabajo encontrarlos, aunque en aquella gran
tienda se podía hallar de todo.
Eran dos
carpetas, toda la discografía existente en el mercado de Fernando Salvador. En
la portada de la primera en haber sido editada había un retrato del compositor
firmado por Ernesto Sandino. Estaba realizado en una técnica expresionista, con
lápiz de plomo de traza ancha, pero se percibía muy bien que el retratado era
una persona bella, de rasgos clásicos, tal y como era descrito por Thérèse. El
dibujante había concedido una gran fuerza a la mirada del músico y, aunque era
monocolor, se adivinaba un fulgor verde en ella. Puso el vinilo sobre la
pletina del estéreo y se sirvió una copa de vodka con hielo. Conectó el aparato
y se dispuso a escuchar.
De los altavoces
surgieron unos sonidos inconexos, daba la sensación de que la orquesta estaba
afinando sus instrumentos. A veces aparecía un bello tema que era cortado con
brusquedad como si aquella rama florida hubiera sido talada por un fuerte
hachazo, y luego una melopea de notas repetidas se prolongaba durante varios
minutos. “Resulta imposible de creer que un ser humano se haya dejado el
pellejo por hacer composiciones como ésta, que carece de pies y de cabeza”,
pensó Gloria. Tal vez hubiera algo más potable en la otra cara del vinilo. Le
dio la vuelta mientras vaciaba su copa. Luego descorrió las cortinas del
ventanal y apuró una última gota. Los cubos helados golpearon contra el marfil
de sus dientes iguales y pequeños con un agradable tintineo. Levantó la vista
al cielo y comprobó como la luna se encontraba casi llena, y como unas nubes
muy delgadas cruzaban su brillante y albo círculo con una rapidez vertiginosa.
Sentía un ligero y molesto dolor en el bajo vientre. Echó una ojeada sobre el
calendario que había sobre la mesa de trabajo de Gerardo junto a una fotografía
enmarcada en dorado del grupo familiar al completo. Sí, no había duda, era el
comienzo de la regla. Se sirvió otra copa de licor y encendió un cigarrillo
rubio. La música llevaba ya algunos minutos sonando pero le había pasado
desapercibida, era un rumor vago de ruidos urbanos. Se tumbó en el sofá. En
aquella postura el dolor era mucho más pasable, apenas un hormigueo
imperceptible. No le gustó desde siempre tomar pastillas y además el médico le
había advertido de que no eran nada recomendables para la salud, y que sólo las
utilizase cuando el dolor fuera insoportable. Aquello que estaba escuchando sí
que era difícil de aguantar, pues ahora se había transformado el sonido
indistinto en una mezcla de silencios prolongados combinados con aullidos
desgarradores exhalados por una soprano. “¡Lo más a propósito para relajarse!”,
estuvo a punto de gritar, indignada, y le sobrevino la intención de coger el
disco y arrojarlo por una ventana a la calle. Pero estaba demasiado cansada.
“Ya se cansarán de graznar”. Mas el paisaje cambio de decoración. Un arpa de
arena se desleía lentamente en medio de un sopor que obligaba a los párpados a
irse cerrando cada vez más, a nublarse la mente…
Unos malvados
piratas trataban de enterrarla viva en la blanca arena de una playa. Las
paletadas de polvo caían sobre su cabeza y la cegaban, presentía que iba a
perder el conocimiento de un momento a otro. Entonces, entre las tinieblas que
cegaban su visión, veía aparecer a Pepe, vestido con un negro disfraz de
bucanero. Blandía en su diestra un sable corto, y con unos pocos y certeros
golpes se desembarazaba de los malhechores, que caían heridos de muerte y se
desvanecían convertidos en humo y neblina de algas secas. Después la sostenía
en sus fuertes y amorosos brazos y corría con ella hacia la mar, hacia un mar
inmenso, verde y de transparentes aguas, y sobre el horizonte comenzaba a
levantarse un sol radiante y esplendoroso. Otras veces eran unos indios
comanches, de piel tostada y penachos de plumas en la cabeza, los que
pretendían quemarla viva atada a un tótem, y un Pepe, vestido con el traje de
cuero y cintas de pieles de los pioneros de las praderas, adoptaba la
personalidad viril y desprendida de Búfalo Bill para salvarla. Aun había más y
más… innumerables situaciones límites dentro de los más variados paisajes y
personajes exóticos, con un riesgo absoluto de la vida de la heroína, y con una
idéntica salvación en el último instante gracias al noble desprecio que por la
suya propia, imbuido por un puro amor sin límites, tenía el héroe.
- ¡Mamá, mamá,
Arasheli tere uaua!
La Reina ama las
Rapsodias Bohemias. Setenta y cinco.

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