lunes, 18 de febrero de 2013

Entrevista Primera - Capítulo 15



CAPÍTULO 15
         La tarde se adormece en una calma chicha. Es la hora del crepúsculo y son muy escasos los visitantes que permanecen en el zoo. Los animales están soñolientos, pero se puede apreciar su inquietud. La madre de CHU-LIN tiene los ojos tristes: añora su libertad. Un gran macho tigre chapotea en el agua del estanque que han acondicionado para los bengalíes. Se escucha barritar a un elefante y las jirafas levantan sus elegantes y largos cuellos. El águila imperial se siente solitaria en su gran jaula de acero y las hormigas transportan sin descanso cáscaras de pipas de girasol hasta el embudo donde comienza su mundo subterráneo. Una leona ruge de puro aburrimiento…



         Cuando Gloria alcanzó la calle se sintió más libre. Ya se habían encendido las luces de la ciudad y la metrópoli era un enorme ser que imponía su ritmo implacable, indiferente a los políticos, a los artistas y a cuantas maquinaciones se ejercían en la sombra en contra de su impasible transcurrir. ¿Qué la importaba a ella que un compositor novel hubiera muerto de sobredosis de droga o por la oclusión de unas neuronas hartas de estar sometidas a un sobreesfuerzo constante? ¿Qué la importaba que el país estuviera en un bando o en el opuesto dentro de una improbable guerra mundial que de todas formas acabaría con la existencia humana sobre el planeta?
         Subió a bordo de su 127 amarillo y partió con dirección hacia su domicilio dichosa de poder pensar en sus propios asuntos.

         La muchacha ya había acostado a las niñas cuando llegó y la esperaba en la cocina con la mesa puesta sobre la mesa. Le informó que Gerardo había llamado para comunicarle que por motivos de su trabajo no podría regresar hasta pasados dos días y que volvería a llamar para darle cumplidas explicaciones.
         Luego partió la sirvienta y se quedó a solas con su cena fría y sus pensamientos. No tenía hambre y apenas si mordisqueó algunos de los deliciosos manjares que le había preparado Marina. “Es muy buena chica, todo un hallazgo, lástima que ya tiene edad para echarse novio y cualquier día nos dice que deja la casa para casarse”.
      Todo estaba mudo y apacible en el amplio salón, la serenidad llegaba a ser aterradora. Fue al cuarto de los peques, éstos dormían como angelitos, a la débil luz de la bujía azulada de la mesilla de noche podía apreciar sus delicadas caritas y su sosegada respiración. Los arropó con cariño y besó sus frentes sudorosas. Se llevaban apenas un año y la niña estaba ya casi tan grande como el niño, sintió deseos de despertarlos y ponerse a jugar con ellos… pero mañana era día de escuela y acabó por apagar la bombilla y salir de la habitación dejando la puerta entreabierta.
         Se imponía un buen baño. Fresca y cubierta con una bata floreada entró en el salón. Sobre la mesa baja de tubos de acero plateado y cristal estaban los discos que compró por la mañana, todavía dentro de la bolsa de plástico con el estampado hortera del comercio. La había costado trabajo encontrarlos, aunque en aquella gran tienda se podía hallar de todo.
       Eran dos carpetas, toda la discografía existente en el mercado de Fernando Salvador. En la portada de la primera en haber sido editada había un retrato del compositor firmado por Ernesto Sandino. Estaba realizado en una técnica expresionista, con lápiz de plomo de traza ancha, pero se percibía muy bien que el retratado era una persona bella, de rasgos clásicos, tal y como era descrito por Thérèse. El dibujante había concedido una gran fuerza a la mirada del músico y, aunque era monocolor, se adivinaba un fulgor verde en ella. Puso el vinilo sobre la pletina del estéreo y se sirvió una copa de vodka con hielo. Conectó el aparato y se dispuso a escuchar. 


         De los altavoces surgieron unos sonidos inconexos, daba la sensación de que la orquesta estaba afinando sus instrumentos. A veces aparecía un bello tema que era cortado con brusquedad como si aquella rama florida hubiera sido talada por un fuerte hachazo, y luego una melopea de notas repetidas se prolongaba durante varios minutos. “Resulta imposible de creer que un ser humano se haya dejado el pellejo por hacer composiciones como ésta, que carece de pies y de cabeza”, pensó Gloria. Tal vez hubiera algo más potable en la otra cara del vinilo. Le dio la vuelta mientras vaciaba su copa. Luego descorrió las cortinas del ventanal y apuró una última gota. Los cubos helados golpearon contra el marfil de sus dientes iguales y pequeños con un agradable tintineo. Levantó la vista al cielo y comprobó como la luna se encontraba casi llena, y como unas nubes muy delgadas cruzaban su brillante y albo círculo con una rapidez vertiginosa. Sentía un ligero y molesto dolor en el bajo vientre. Echó una ojeada sobre el calendario que había sobre la mesa de trabajo de Gerardo junto a una fotografía enmarcada en dorado del grupo familiar al completo. Sí, no había duda, era el comienzo de la regla. Se sirvió otra copa de licor y encendió un cigarrillo rubio. La música llevaba ya algunos minutos sonando pero le había pasado desapercibida, era un rumor vago de ruidos urbanos. Se tumbó en el sofá. En aquella postura el dolor era mucho más pasable, apenas un hormigueo imperceptible. No le gustó desde siempre tomar pastillas y además el médico le había advertido de que no eran nada recomendables para la salud, y que sólo las utilizase cuando el dolor fuera insoportable. Aquello que estaba escuchando sí que era difícil de aguantar, pues ahora se había transformado el sonido indistinto en una mezcla de silencios prolongados combinados con aullidos desgarradores exhalados por una soprano. “¡Lo más a propósito para relajarse!”, estuvo a punto de gritar, indignada, y le sobrevino la intención de coger el disco y arrojarlo por una ventana a la calle. Pero estaba demasiado cansada. “Ya se cansarán de graznar”. Mas el paisaje cambio de decoración. Un arpa de arena se desleía lentamente en medio de un sopor que obligaba a los párpados a irse cerrando cada vez más, a nublarse la mente…

         Unos malvados piratas trataban de enterrarla viva en la blanca arena de una playa. Las paletadas de polvo caían sobre su cabeza y la cegaban, presentía que iba a perder el conocimiento de un momento a otro. Entonces, entre las tinieblas que cegaban su visión, veía aparecer a Pepe, vestido con un negro disfraz de bucanero. Blandía en su diestra un sable corto, y con unos pocos y certeros golpes se desembarazaba de los malhechores, que caían heridos de muerte y se desvanecían convertidos en humo y neblina de algas secas. Después la sostenía en sus fuertes y amorosos brazos y corría con ella hacia la mar, hacia un mar inmenso, verde y de transparentes aguas, y sobre el horizonte comenzaba a levantarse un sol radiante y esplendoroso. Otras veces eran unos indios comanches, de piel tostada y penachos de plumas en la cabeza, los que pretendían quemarla viva atada a un tótem, y un Pepe, vestido con el traje de cuero y cintas de pieles de los pioneros de las praderas, adoptaba la personalidad viril y desprendida de Búfalo Bill para salvarla. Aun había más y más… innumerables situaciones límites dentro de los más variados paisajes y personajes exóticos, con un riesgo absoluto de la vida de la heroína, y con una idéntica salvación en el último instante gracias al noble desprecio que por la suya propia, imbuido por un puro amor sin límites, tenía el héroe.
         - ¡Mamá, mamá, Arasheli tere uaua!


         La Reina ama las Rapsodias Bohemias. Setenta y cinco.

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