CAPÍTULO 1
Tiene el aspecto
de un rascacielos de formas redondeadas y el color gris típico del cemento
vulgar, aunque lo denominan “Torres Blancas”. El arquitecto que lo diseñó,
Francisco Javier Sáez de Oiza, tenía la bella intención de que su planta de
cubiertas fuera una terraza ajardinada y que el vergel colgara desde las
alturas hasta el suelo, de modo que las hormigas pudieran escribir sobre las
fachadas miles de poemas de Joan Salvat Papasseit cada jornada. Los ascensores
suben y bajan un ingente número de personas cada día, proliferan las oficinas y
cada día es menor la cantidad de apartamentos dedicados a residencia. Podía
haber sido un paraíso vertical… “Babilonia” tienen un concierto esta noche en
el “Rock-ola”.
Le hubiera
encantado subir por aquella escalera estrecha que conducía hasta su estudio,
comprender el erotismo de la ascensión, pero Ernesto se había negado en rotundo
a que la entrevista tuviera lugar en su domicilio. Como lectora anónima de la
novela era preferible que se me permitiera dejar correr la imaginación, pero
desde mi supuesta perspectiva de cronista ecuánime de la realidad no dejaba de
defraudarme aquella cita en un lugar público, que estaría abarrotado de gente y
donde sería difícil llegar a conseguir la intimidad precisa para una perfecta
comunicación.
Llegué media
hora antes de la acordada para el encuentro con el propósito de tener ocasión
de elegir una mesa donde nuestro diálogo pudiera llevarse a cabo con
tranquilidad, pero me sobró la puntualidad porque el local se encontraba casi vacío
cuando llegué. Los espejos que decoraban la cafetería centuplicaban mi imagen.
Había adoptado una vestimenta deportiva que estaba mucho más acorde con mi
personalidad que las elegancias de la tarde anterior. Los pantalones son
cómodos y además constituyen una conquista que las mujeres hemos tardado siglos
en conseguir, y tan sólo en algunas zonas de nuestro planeta, la lana del
pullover es amorosa y las botas camperas abrigan los pies y permiten
desembarazarse del engorro de las medias. Los colores engamados desde el gris
ceniza al ocre oscuro estaban muy acordes con la estación. “Esta temporada se
llevarán los témperas en…”. No deja de tener gracia el variar de indumentaria
cada cuatro meses, pero si no sabes combinar la ropa de la temporada anterior
con la que te meten por los ojos desde las pantallas de la televisión y los
grandes paneles de propaganda callejera estas apañada, sobre todo ahora que la
nena empieza a exigir sus propios gustos y reivindica el derecho a elegir por
si misma su ropa…
Me entretuve
cuanto quise con el café con leche que me fue servido con demasiada celeridad,
venga remover el azúcar, venga repasar las preguntas que le había pensado
formular, y venga jugar a imaginar cómo sería el auténtico rostro de Ernesto.
Pero abstraída en mis pensamientos no percibí cuando entró en el salón, y fue
él quien me reconoció gracias a la fotografía que ponen en el encabezamiento de
todos mis artículos en la revista del periódico; por una vez me agradó que la
estúpida idea del director por fin tuviera una utilidad práctica.
Tras las
presentaciones eché una ojeada a mi reloj de pulsera, el precioso reloj que me
había regalado Gerardo con motivo del quinto aniversario de nuestra vida en
común, y pude comprobar cómo mi interlocutor había llegado con diez minutos de
retraso. Tenía la misma cara aniñada con que era descrito por Thérèse de Lastignac, pero me dio la impresión de que
era casi un palmo más alto, si hubiese estado en su juventud de moda el
baloncesto como ahora seguro que hubiera logrado hacer una brillante carrera en
ese deporte. Se mostraba tan jovial y extrovertido como cabía de esperar en él.
Luego pude comprobar como aquella imagen era fingida, una manera como otra
cualquiera de fabricarse una coraza,,, con la que protegerse de los demás.
Pero, no adelantemos acontecimientos.
Aprovechando que
el camarero llegó a servir al recién llegado pedí otro café, la misma bebida
que Ernesto demandó. No había olvidado su pasión por los disfraces, pero en los
tiempos que corren es mucho más sencillo mantener esta costumbre, es habitual
en todos. Llevaba puesto un traje de lanilla gris con pintas blancas, lo
suficientemente amplio para que la arruga sin llegar a ser nunca bella por lo
menos consiguiera no ser enervante, un chaleco color crema y una corbata
granate muerto con el nudo enorme y aflojado.
- El estudio ya
no existe como tal. Me dedico por completo a las clases de modelado. Ahora
vuelve a ser el cuarto trastero que fue antes, se remodeló el edificio y ahora
tenemos hasta ascensor, aunque de poco nos sirve porque ahora vivimos en el
principal.
- ¿Habrá perdido
su rancio sabor aquella casa? -y puse una mano sobre el libro de Thérèse de
Lastignac, que había dejado a un lado sobre el negro mármol del velador cuando
me senté a esperarle-, la novelista hace de ella y de sus galerías de vecindad
la quintaesencia del casticismo.
- ¡Ah!, el libro
-me pareció que envejecía de golpe una decena de años, o sea, que su rostro se adaptaba
a la edad que tenía en realidad, y que trataba de dar un paso hacia adentro en
el propio laberinto de su persona-. Es
una bella novela, me ha gustado mucho, tiene una gran frescura… -se entretuvo
en buscar la palabra que consideraba más adecuado-, y actualidad. Sabe usted
que es guapísima -me salió por peteneras-; la foto con que encabezan los
artículos de su revista no le hace justicia en modo alguno, usted es mucho más
joven, más efervescente. He de confesarle, ¿supongo que la puedo tutear?
- Por supuesto
-accedí a la familiaridad-, no tiene ningún sentido que nos andemos con
formalismos -y sonreí de un modo forzado que los espejos me devolvieron reafirmándolo
como estúpido.
- Muy bien, así
está mucho mejor. He de confesarte que siempre leo con mucho interés tus
artículos, y con ello me he sentido cercano a ti, aún sin conocerte en persona,
desde hace algún tiempo. Creo que sucede con frecuencia, es como una especie de
extraño enamoramiento abstracto que produce la comunicación.
- Sonreí entre
alagada y sorprendida. No era la primera vez que escuchaba unas frases
semejantes, y no siempre referidas a mi persona, era corriente que en la
redacción se contaran anécdotas similares sobre lectores que se sienten
atraídos por la forma o el contenido de
lo que escriba algún periodista, y que produce que traslade su afecto hacia
quien lo ha escrito. Pero recordando el texto de la novela llegué a la pronta conclusión
de que era muy posible que mi interlocutor también conociera algunas
anécdotas de este tipo y que tratara de
tirarse un lance fácil.
“Besos en la
penumbra inhóspita de la angosta escalera sucia y gastada. Los labios
anhelantes se buscan y las lenguas se acarician mientras las manos tratan de
encontrar los puntos más sensibles de un
cuerpo todavía desconocido. De súbito se encendieron las luces de la escalera y
los amantes quedaron deslumbrados. Del portal subía ruido y era fácil imaginar
que acababa de llegar algún vecino trasnochador.
- Será mejor que
subamos -sugirió Ernesto a su pareja, y ella rio de una forma fresca y clara-,
y no armes tanto escándalo que no quiero tener problemas con el vecindario.
- ¿Miedo? -rio
ella con más fuerza.
- Sube de una
vez y déjate de bromas -y le dio un amistoso azote en el duro y respingón
trasero.
- Podíais poner
ascensor, ¿faltan todavía muchos pisos? -protestó la muchacha.
- Sólo uno más,
y deja de dar voces, por favor.
Llegaron hasta
el ático. Ernesto abrió la puerta del estudio y encendió la luz. La estancia no
era demasiado amplia para ser el taller de un escultor y estaba abarrotada de
trastos. En un rincón había un camastro con varias almohadas por encima que
también desempeñaba el papel de sofá.
- ¡Qué bonito es
todo esto! -exclamó Lucía sin poderse contener, a pesar de estar todavía
jadeante a causa de la precipitada ascensión.
- ¡Dejarás de
chillar de una vez! -la reprochó el escultor haciendo grandes esfuerzos por no
demostrar demasiado el cansancio en su voz.
- me paso horas
enteras declamando -se disculpó ella descendiendo el tono-, y los profesores de
quejan de que no se me escuchará ni en la primera fila del teatro.
- Tal vez sea un
problema de entonación -apuntó él mientras se quitaba la chupa y la arrojaba
sobre el camastro-, porque posees unas de las voces más agudas que he oído
nunca. Ponte cómoda -sugirió de una forma displicente.
- Cada cual
tiene la voz que Dios quiere asignarle -respondió ella sin prestar mucha
atención a sus palabras, pues se encontraba absorta contemplando los dibujos,
grabados y relieves que recargaban las paredes.
- ¿Te gustan?
-preguntó él, apercibido de su admiración.
- ¿Es un Van
Gogh? -preguntó Lucía a su vez.
- Tan sólo es
una litografía, pero tiene una magnífica calidad. La compré en Amsterdam.
- ¿Has estado en
Holanda? -se extrañó ella.
- He viajado
mucho, es preciso conocer mundo, visitar muchos museos, enfrentarse a culturas
diferentes, comparar los estilos y las gentes… Pero quítate el abrigo de una
vez, tienes que sentirte incómoda con tanta ropa -y la ayudó a desembarazarse
de la prenda, aprovechando el lance para posar sus labios sobre los negros y
espesos cabellos-. ¡Qué hermoso perfume exhala tu pelo!
- Pues te
aseguro que no uso colonia, es tan sólo un gel de baño -comentó ella sin hacer
ningún caso de los galanteos del artista, y sin dejar de mover la vista de un
lado para otro apabullada por la recargada decoración del lugar -. ¡Qué frío
hace!
- Te
reconfortaré con todo el calor de mi pasión -dijo él intentándola abrazar a
pesar de que aún conservaba el abrigo entre sus manos.
- Pareces muy
romántico -dijo ella riendo.
- Soy muy
romántico y estoy loco por ti.
- ¡Ay!, no seas
tan brusco -esquivó Lucía sus caricias-, y ten cuidado con el abrigo, que se
puede manchar -y le dejó perplejo y sin saber que hacer con la prenda que
sostenía, formando una figura muy cómica durante algunos instantes. Por fin
tomó una decisión y extendió con sumo cuidado el abrigo de lanilla sobre el
camastro-sofá, y se dispuso a explayarse sobre los defectos de su estudio:
- Supongo que no
te esperarías encontrar una cosa así, comúnmente las personas suelen tener una
idea sobre como es el ambiente especial del estudio de un artista muy
influenciada por la cinematografía norteamericana: el amplio ático de un
rascacielos con vistas sobre la bahía, alfombras de piel de pantera, piscinas
con delfines y otra buena serie de chorrada por el estilo… ya ves que no hay ni
ascensor porque la casa es muy vieja y ni siquiera hay sitio para moverse…
- No he querido
ofenderte con mis apreciaciones, pero debes reconocer que hace mucho frío.
- No te
preocupes por eso, es que he estado fuera todo el día, pero en un momento
enciendo la estufa de butano y enseguida se caldeará la habitación, es la única
ventaja que tiene su reducido tamaño.
- Eres muy
susceptible -y le miró con cariño.
- A nadie le
agrada que lo rechacen -y arrodillado ante la estufa, que ya comenzaba a arder,
envió a la muchacha una mirada inquisitiva. Ella apartó la vista, demostrando
que se encontraba a la defensiva-. Tu voz me resulta muy agradable, no sé si te
habrás enfadado por mi alusión sobre ella, pero piensa que tengo muchos
problemas con los vecinos por el ruido que hago durante la jornada cuando estoy
trabajando para remachar el clavo por la noche…
- No estoy
enfadada ni mucho menos…
El se levantó y se colocó frente a ella
mirándola con fijeza. Sus ojos eran negros y rasgados, su nariz recta, y su
boca parecía una fruta madura en la que daban deseos de hincar el diente.
- Me ibas a
enseñar tus esculturas, en eso habíamos quedado -se evadió Lucía del aproximamiento.
- En el café no
te mostrabas tan arisca, y hace un momento en la escalera… -la intentó
acariciar y ella dio un paso atrás para evitarlo.
- Tal hubiera
debido darme cuenta entonces.
- ¿De qué? -fingió
no comprender Ernesto.
- De tus
propósitos. No debía haber aceptado venir, pero aún estoy a tiempo de marcharme
-e hizo ademán de recoger su gabán.
- Espera,
espera, no hay ninguna razón para precipitarse… -intentó frenarla levantando
los brazos en una actitud reconciliatoria-. No se puede juzgar a una persona
porque en un momento dado tenga… reconozco que en ocasiones soy un poco
impulsivo, pero te aseguro de que a pesar de que las circunstancias intentan
desmentirme he obrado de buena fe. Querías ver mis esculturas y mis dibujos, y
te los voy a enseñar con sumo gusto; puedes dejar el abrigo donde está -y se
dio media vuelta para coger una carpeta de dibujo.
Ella cruzó los
brazos sobre el pecho. En su íntimo ser no sentía ningún deseo de marcharse.
Desde el primer momento, cuando lo conoció en el bar, había quedado cautivada
por la oscura e inquisitiva mirada del joven, hasta el punto de adelantarse al
previsto rechazo de sus amigas ante la oferta de Ernesto de compartir con ellas
la misma mesa, aceptándola sin que ellas pudieran manifestar su opinión.
- Es que ya es
muy tarde -balbució Lucía.
- Hace un
momento no tenias ninguna prisa -dijo él sosteniendo entre los brazos una
voluminosa carpeta-, tampoco es necesario que veas todos los dibujos, iré
seleccionando los más interesantes.
- Tú sí que
parecías tener demasiada prisa -ironizó la mujer.
Ernesto se quedó
desconcertado.
- He conocido a
algunas chicas que también me dijeron que deseaban que les mostrara mis
trabajos y…
- Y tú me has
conceptuado a mí como si fuera una cualquiera, ¿no es eso?
- No
malinterpretes mis palabras. Lo mio no es hablar, sé muy bien que no tengo
labia, tal vez sea una deformación profesional. Un trazo, un ángulo, una
superficie bruñida tienen más valor que mil palabras -comenzaba a recobrarse-,
los sentimientos son mucho más inmediatos cuando se emplea para percibirlos la
vista o el tacto que cuando se quiere utilizar una sucesión de frases -pasaba
al ataque. Es evidente que tú, como actriz de teatro no tendrás la misma
opinión al respecto.
- Sólo
estudiante -puntualizó ella.
- Es casi lo
mismo.
- No, es
profundamente diferente. No es lo mismo tomar que dar. Quien sabe esparce sus
conocimientos y el que quiere aprender los va recogiendo.
- Todas las
personas somos un poco maestros y un poco discípulos, depende de quién sea
nuestro interlocutor -dejó la carpeta sobre el camastro y se sentó en el borde.
- No está mal la
idea.
- Hacemos, pues,
las paces.
- Con
condiciones -y se sentó también en el camastro al otro lado de la carpeta.
- Acepto -se
apresuró a decir Ernesto.
- Todavía no
sabes cuales son las condiciones que tienes que aceptar.
- Sé que no eres
mala persona -la miró con picardía-, y ya te acabo de decir que las palabras no
me parecen lo más definitivo para que se comuniquen dos personas.
- y por lo tanto
no tienes por qué cumplir con la palabra empeñada.
- Es distinto…
no me abrumes con tus dialécticas. ¿Quieres tomar algo de beber?, creo que
queda algo de ginebra, y también cervezas, aunque como no tengo nevera están
del tiempo.
- Entonces
estarán muy frías, porque en la calle debe de estar helando.
- ¿Cerveza?
- Preferiría un
café muy calentito, pero me conformo con una cerveza y un comportamiento
correcto. Nos acabamos de conocer…
- Y por una de
las casualidades más felices que jamás me sucedieron.
- Nadie puede
saber todavía si será feliz o no, es algo que el tiempo debe decidir.
- Y nosotros
también, voy a poner música… ¿Tienes algún gusto especial?
- La suave y
profunda -dijo ella mirándole con simpatía. Se sentía feliz, segura y un poco
enamorada de aquel extraño.”
- Agradezco su…,
perdón, tu alago, aunque me parece un poco exagerado…
- En absoluto,
tenías que ver la avidez con que leo cuanto escribes -me interrumpió él.
- Tal vez si lo
dejáramos en simpatía sería mucho más creíble e igual de halagador, pero no se
trata de hablar sobre mí. Como ya te expliqué por teléfono…
- Sí, sí, sí,
por supuesto, el asunto del libro de “la francesa” -se apresuró a decir en un
tono despectivo. “Si emplea ese sonsonete para referirse a la mujer de la que
estuvo, y es probable que continúe, enamorado menuda pieza que deberá ser mi
interlocutor”, no tuve más remedio que reflexionar.

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