miércoles, 20 de febrero de 2013

Entrevista Segunda - Capítulo 1



CAPÍTULO 1
         Tiene el aspecto de un rascacielos de formas redondeadas y el color gris típico del cemento vulgar, aunque lo denominan “Torres Blancas”. El arquitecto que lo diseñó, Francisco Javier Sáez de Oiza, tenía la bella intención de que su planta de cubiertas fuera una terraza ajardinada y que el vergel colgara desde las alturas hasta el suelo, de modo que las hormigas pudieran escribir sobre las fachadas miles de poemas de Joan Salvat Papasseit cada jornada. Los ascensores suben y bajan un ingente número de personas cada día, proliferan las oficinas y cada día es menor la cantidad de apartamentos dedicados a residencia. Podía haber sido un paraíso vertical… “Babilonia” tienen un concierto esta noche en el “Rock-ola”.


         Le hubiera encantado subir por aquella escalera estrecha que conducía hasta su estudio, comprender el erotismo de la ascensión, pero Ernesto se había negado en rotundo a que la entrevista tuviera lugar en su domicilio. Como lectora anónima de la novela era preferible que se me permitiera dejar correr la imaginación, pero desde mi supuesta perspectiva de cronista ecuánime de la realidad no dejaba de defraudarme aquella cita en un lugar público, que estaría abarrotado de gente y donde sería difícil llegar a conseguir la intimidad precisa para una perfecta comunicación.
         Llegué media hora antes de la acordada para el encuentro con el propósito de tener ocasión de elegir una mesa donde nuestro diálogo pudiera llevarse a cabo con tranquilidad, pero me sobró la puntualidad porque el local se encontraba casi vacío cuando llegué. Los espejos que decoraban la cafetería centuplicaban mi imagen. Había adoptado una vestimenta deportiva que estaba mucho más acorde con mi personalidad que las elegancias de la tarde anterior. Los pantalones son cómodos y además constituyen una conquista que las mujeres hemos tardado siglos en conseguir, y tan sólo en algunas zonas de nuestro planeta, la lana del pullover es amorosa y las botas camperas abrigan los pies y permiten desembarazarse del engorro de las medias. Los colores engamados desde el gris ceniza al ocre oscuro estaban muy acordes con la estación. “Esta temporada se llevarán los témperas en…”. No deja de tener gracia el variar de indumentaria cada cuatro meses, pero si no sabes combinar la ropa de la temporada anterior con la que te meten por los ojos desde las pantallas de la televisión y los grandes paneles de propaganda callejera estas apañada, sobre todo ahora que la nena empieza a exigir sus propios gustos y reivindica el derecho a elegir por si misma su ropa…
         Me entretuve cuanto quise con el café con leche que me fue servido con demasiada celeridad, venga remover el azúcar, venga repasar las preguntas que le había pensado formular, y venga jugar a imaginar cómo sería el auténtico rostro de Ernesto. Pero abstraída en mis pensamientos no percibí cuando entró en el salón, y fue él quien me reconoció gracias a la fotografía que ponen en el encabezamiento de todos mis artículos en la revista del periódico; por una vez me agradó que la estúpida idea del director por fin tuviera una utilidad práctica.

         Tras las presentaciones eché una ojeada a mi reloj de pulsera, el precioso reloj que me había regalado Gerardo con motivo del quinto aniversario de nuestra vida en común, y pude comprobar cómo mi interlocutor había llegado con diez minutos de retraso. Tenía la misma cara aniñada con que era descrito por Thérèse de Lastignac, pero me dio la impresión de que era casi un palmo más alto, si hubiese estado en su juventud de moda el baloncesto como ahora seguro que hubiera logrado hacer una brillante carrera en ese deporte. Se mostraba tan jovial y extrovertido como cabía de esperar en él. Luego pude comprobar como aquella imagen era fingida, una manera como otra cualquiera de fabricarse una coraza,,, con la que protegerse de los demás. Pero, no adelantemos acontecimientos.
         Aprovechando que el camarero llegó a servir al recién llegado pedí otro café, la misma bebida que Ernesto demandó. No había olvidado su pasión por los disfraces, pero en los tiempos que corren es mucho más sencillo mantener esta costumbre, es habitual en todos. Llevaba puesto un traje de lanilla gris con pintas blancas, lo suficientemente amplio para que la arruga sin llegar a ser nunca bella por lo menos consiguiera no ser enervante, un chaleco color crema y una corbata granate muerto con el nudo enorme y aflojado.
         - El estudio ya no existe como tal. Me dedico por completo a las clases de modelado. Ahora vuelve a ser el cuarto trastero que fue antes, se remodeló el edificio y ahora tenemos hasta ascensor, aunque de poco nos sirve porque ahora vivimos en el principal.
         - ¿Habrá perdido su rancio sabor aquella casa? -y puse una mano sobre el libro de Thérèse de Lastignac, que había dejado a un lado sobre el negro mármol del velador cuando me senté a esperarle-, la novelista hace de ella y de sus galerías de vecindad la quintaesencia del casticismo.
         - ¡Ah!, el libro -me pareció que envejecía de golpe una decena de años, o sea, que su rostro se adaptaba a la edad que tenía en realidad, y que trataba de dar un paso hacia adentro en el propio laberinto  de su persona-. Es una bella novela, me ha gustado mucho, tiene una gran frescura… -se entretuvo en buscar la palabra que consideraba más adecuado-, y actualidad. Sabe usted que es guapísima -me salió por peteneras-; la foto con que encabezan los artículos de su revista no le hace justicia en modo alguno, usted es mucho más joven, más efervescente. He de confesarle, ¿supongo que la puedo tutear?
         - Por supuesto -accedí a la familiaridad-, no tiene ningún sentido que nos andemos con formalismos -y sonreí de un modo forzado que los espejos me devolvieron reafirmándolo como estúpido.
         - Muy bien, así está mucho mejor. He de confesarte que siempre leo con mucho interés tus artículos, y con ello me he sentido cercano a ti, aún sin conocerte en persona, desde hace algún tiempo. Creo que sucede con frecuencia, es como una especie de extraño enamoramiento abstracto que produce la comunicación.
         - Sonreí entre alagada y sorprendida. No era la primera vez que escuchaba unas frases semejantes, y no siempre referidas a mi persona, era corriente que en la redacción se contaran anécdotas similares sobre lectores que se sienten atraídos  por la forma o el contenido de lo que escriba algún periodista, y que produce que traslade su afecto hacia quien lo ha escrito. Pero recordando el texto de la novela llegué a la pronta conclusión de que era muy posible que mi interlocutor también conociera algunas anécdotas de este tipo y que tratara de tirarse un lance fácil.

         “Besos en la penumbra inhóspita de la angosta escalera sucia y gastada. Los labios anhelantes se buscan y las lenguas se acarician mientras las manos tratan de encontrar  los puntos más sensibles de un cuerpo todavía desconocido. De súbito se encendieron las luces de la escalera y los amantes quedaron deslumbrados. Del portal subía ruido y era fácil imaginar que acababa de llegar algún vecino trasnochador.
         - Será mejor que subamos -sugirió Ernesto a su pareja, y ella rio de una forma fresca y clara-, y no armes tanto escándalo que no quiero tener problemas con el vecindario.
         - ¿Miedo? -rio ella con más fuerza.
         - Sube de una vez y déjate de bromas -y le dio un amistoso azote en el duro y respingón trasero.
         - Podíais poner ascensor, ¿faltan todavía muchos pisos? -protestó la muchacha.
         - Sólo uno más, y deja de dar voces, por favor.
         Llegaron hasta el ático. Ernesto abrió la puerta del estudio y encendió la luz. La estancia no era demasiado amplia para ser el taller de un escultor y estaba abarrotada de trastos. En un rincón había un camastro con varias almohadas por encima que también desempeñaba el papel de sofá.
         - ¡Qué bonito es todo esto! -exclamó Lucía sin poderse contener, a pesar de estar todavía jadeante a causa de la precipitada ascensión.
         - ¡Dejarás de chillar de una vez! -la reprochó el escultor haciendo grandes esfuerzos por no demostrar demasiado el cansancio en su voz.
         - me paso horas enteras declamando -se disculpó ella descendiendo el tono-, y los profesores de quejan de que no se me escuchará ni en la primera fila del teatro.
         - Tal vez sea un problema de entonación -apuntó él mientras se quitaba la chupa y la arrojaba sobre el camastro-, porque posees unas de las voces más agudas que he oído nunca. Ponte cómoda -sugirió de una forma displicente.
         - Cada cual tiene la voz que Dios quiere asignarle -respondió ella sin prestar mucha atención a sus palabras, pues se encontraba absorta contemplando los dibujos, grabados y relieves que recargaban las paredes.
         - ¿Te gustan? -preguntó él, apercibido de su admiración.
         - ¿Es un Van Gogh?  -preguntó Lucía a su vez.
         - Tan sólo es una litografía, pero tiene una magnífica calidad. La compré en Amsterdam.
         - ¿Has estado en Holanda? -se extrañó ella.
         - He viajado mucho, es preciso conocer mundo, visitar muchos museos, enfrentarse a culturas diferentes, comparar los estilos y las gentes… Pero quítate el abrigo de una vez, tienes que sentirte incómoda con tanta ropa -y la ayudó a desembarazarse de la prenda, aprovechando el lance para posar sus labios sobre los negros y espesos cabellos-. ¡Qué hermoso perfume exhala tu pelo!
         - Pues te aseguro que no uso colonia, es tan sólo un gel de baño -comentó ella sin hacer ningún caso de los galanteos del artista, y sin dejar de mover la vista de un lado para otro apabullada por la recargada decoración del lugar -. ¡Qué frío hace!
         - Te reconfortaré con todo el calor de mi pasión -dijo él intentándola abrazar a pesar de que aún conservaba el abrigo entre sus manos.
         - Pareces muy romántico -dijo ella riendo.
         - Soy muy romántico y estoy loco por ti.
         - ¡Ay!, no seas tan brusco -esquivó Lucía sus caricias-, y ten cuidado con el abrigo, que se puede manchar -y le dejó perplejo y sin saber que hacer con la prenda que sostenía, formando una figura muy cómica durante algunos instantes. Por fin tomó una decisión y extendió con sumo cuidado el abrigo de lanilla sobre el camastro-sofá, y se dispuso a explayarse sobre los defectos de su estudio:
         - Supongo que no te esperarías encontrar una cosa así, comúnmente las personas suelen tener una idea sobre como es el ambiente especial del estudio de un artista muy influenciada por la cinematografía norteamericana: el amplio ático de un rascacielos con vistas sobre la bahía, alfombras de piel de pantera, piscinas con delfines y otra buena serie de chorrada por el estilo… ya ves que no hay ni ascensor porque la casa es muy vieja y ni siquiera hay sitio para moverse…
         - No he querido ofenderte con mis apreciaciones, pero debes reconocer que hace mucho frío.
         - No te preocupes por eso, es que he estado fuera todo el día, pero en un momento enciendo la estufa de butano y enseguida se caldeará la habitación, es la única ventaja que tiene su reducido tamaño.
         - Eres muy susceptible -y le miró con cariño.
         - A nadie le agrada que lo rechacen -y arrodillado ante la estufa, que ya comenzaba a arder, envió a la muchacha una mirada inquisitiva. Ella apartó la vista, demostrando que se encontraba a la defensiva-. Tu voz me resulta muy agradable, no sé si te habrás enfadado por mi alusión sobre ella, pero piensa que tengo muchos problemas con los vecinos por el ruido que hago durante la jornada cuando estoy trabajando para remachar el clavo por la noche…
         - No estoy enfadada ni mucho menos…
          El se levantó y se colocó frente a ella mirándola con fijeza. Sus ojos eran negros y rasgados, su nariz recta, y su boca parecía una fruta madura en la que daban deseos de hincar el diente.
         - Me ibas a enseñar tus esculturas, en eso habíamos quedado -se evadió Lucía del aproximamiento.
         - En el café no te mostrabas tan arisca, y hace un momento en la escalera… -la intentó acariciar y ella dio un paso atrás para evitarlo.
         - Tal hubiera debido darme cuenta entonces.
         - ¿De qué? -fingió no comprender Ernesto.
         - De tus propósitos. No debía haber aceptado venir, pero aún estoy a tiempo de marcharme -e hizo ademán de recoger su gabán.
         - Espera, espera, no hay ninguna razón para precipitarse… -intentó frenarla levantando los brazos en una actitud reconciliatoria-. No se puede juzgar a una persona porque en un momento dado tenga… reconozco que en ocasiones soy un poco impulsivo, pero te aseguro de que a pesar de que las circunstancias intentan desmentirme he obrado de buena fe. Querías ver mis esculturas y mis dibujos, y te los voy a enseñar con sumo gusto; puedes dejar el abrigo donde está -y se dio media vuelta para coger una carpeta de dibujo.
         Ella cruzó los brazos sobre el pecho. En su íntimo ser no sentía ningún deseo de marcharse. Desde el primer momento, cuando lo conoció en el bar, había quedado cautivada por la oscura e inquisitiva mirada del joven, hasta el punto de adelantarse al previsto rechazo de sus amigas ante la oferta de Ernesto de compartir con ellas la misma mesa, aceptándola sin que ellas pudieran manifestar su opinión.
         - Es que ya es muy tarde -balbució Lucía.
         - Hace un momento no tenias ninguna prisa -dijo él sosteniendo entre los brazos una voluminosa carpeta-, tampoco es necesario que veas todos los dibujos, iré seleccionando los más interesantes.
         - Tú sí que parecías tener demasiada prisa -ironizó la mujer.
         Ernesto se quedó desconcertado.
         - He conocido a algunas chicas que también me dijeron que deseaban que les mostrara mis trabajos y…
         - Y tú me has conceptuado a mí como si fuera una cualquiera, ¿no es eso?
         - No malinterpretes mis palabras. Lo mio no es hablar, sé muy bien que no tengo labia, tal vez sea una deformación profesional. Un trazo, un ángulo, una superficie bruñida tienen más valor que mil palabras -comenzaba a recobrarse-, los sentimientos son mucho más inmediatos cuando se emplea para percibirlos la vista o el tacto que cuando se quiere utilizar una sucesión de frases -pasaba al ataque. Es evidente que tú, como actriz de teatro no tendrás la misma opinión al respecto.
         - Sólo estudiante -puntualizó ella.
         - Es casi lo mismo.
         - No, es profundamente diferente. No es lo mismo tomar que dar. Quien sabe esparce sus conocimientos y el que quiere aprender los va recogiendo.
         - Todas las personas somos un poco maestros y un poco discípulos, depende de quién sea nuestro interlocutor -dejó la carpeta sobre el camastro y se sentó en el borde.
         - No está mal la idea.
         - Hacemos, pues, las paces.
         - Con condiciones -y se sentó también en el camastro al otro lado de la carpeta.
         - Acepto -se apresuró a decir Ernesto.
         - Todavía no sabes cuales son las condiciones que tienes que aceptar.
         - Sé que no eres mala persona -la miró con picardía-, y ya te acabo de decir que las palabras no me parecen lo más definitivo para que se comuniquen dos personas.
         - y por lo tanto no tienes por qué cumplir con la palabra empeñada.
         - Es distinto… no me abrumes con tus dialécticas. ¿Quieres tomar algo de beber?, creo que queda algo de ginebra, y también cervezas, aunque como no tengo nevera están del tiempo.
         - Entonces estarán muy frías, porque en la calle debe de estar helando.
         - ¿Cerveza?
         - Preferiría un café muy calentito, pero me conformo con una cerveza y un comportamiento correcto. Nos acabamos de conocer…
         - Y por una de las casualidades más felices que jamás me sucedieron.
         - Nadie puede saber todavía si será feliz o no, es algo que el tiempo debe decidir.
         - Y nosotros también, voy a poner música… ¿Tienes algún gusto especial?
         - La suave y profunda -dijo ella mirándole con simpatía. Se sentía feliz, segura y un poco enamorada de aquel extraño.”

         - Agradezco su…, perdón, tu alago, aunque me parece un poco exagerado…
         - En absoluto, tenías que ver la avidez con que leo cuanto escribes -me interrumpió él.
         - Tal vez si lo dejáramos en simpatía sería mucho más creíble e igual de halagador, pero no se trata de hablar sobre mí. Como ya te expliqué por teléfono…
         - Sí, sí, sí, por supuesto, el asunto del libro de “la francesa” -se apresuró a decir en un tono despectivo. “Si emplea ese sonsonete para referirse a la mujer de la que estuvo, y es probable que continúe, enamorado menuda pieza que deberá ser mi interlocutor”, no tuve más remedio que reflexionar.

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