miércoles, 8 de mayo de 2013

EPÍLOGO



EPÍLOGO

         La multitud llenaba las calzadas y aceras de la gran avenida, había grandes pancartas que se extendían de vereda a vereda, banderas de todas de todas las regiones y nacionalidades mezcladas con las pacifistas, republicanas, anarquistas, comunistas y hasta ugetistas, en un maremágnum airoso y multicolor. Las charangas entonaban diversas canciones y la gente chillaba y bailaba llena de alegría.


         Un soplete encendido iba caldeando el aire que hinchaba el globo aerostático. Junto a la barquilla de mimbre José Alfonso observaba con atención los rostros de los que pasaban con la esperanza de descubrir el alguno los queridos rasgos de Gloria. “Todavía es temprano”, se consolaba.
         Pasó una comparsa de jóvenes disfrazados de peces que portaban sobre sus brazos levantados una ballena de lona rellena de gomaespuma, otros con plumas sobre sus cabezas y las caras pintarrajeadas remedaban una tribu india y entonaban las estrofas del canto ritual que comienza : “Cuando resurja de entre las nubes el Guerrero del Arco Iris…”
         Dos de ellos se separaron del grupo y se acercaron a José Alfonso.
         - ¡Jau! -le saludaron Vanesa y Jaime al unísono.
         - ¡Jau! -les respondió él con alegría-. ¡Qué bonito disfraz lucís!
         - ¡Nunca había visto tanta gente junta! -exclamó la niña-. ¿Debemos ser más de un millón!
         - Siempre es difícil evaluar el número exacto en una gran concentración, y hasta el aproximado -dijo José Alfonso-, pero hay que reconocer que nos hemos congregado muchos más de los que pensaban los más optimistas de los organizadores.
         El aerostato estaba completamente hinchado y balanceaba sus vivos colores en el frío aire de la mañana.
         - Tenéis un globo precioso -apreció Jaime-, tiene una barquilla de mimbre y todo…
         - Cuando llegue tu madre subiremos en ella para que pueda hacer un buen reportaje fotográfico desde las alturas -anunció José Alfonso a Vanesa.
        - ¡Uhy!, ¿no sabías? Ella no va a venir -le rectificó la niña-. Se ha marchado al campo con Gerardo y los pequeños, quiere acabar el artículo sobre la novela con calma y de paso poner en orden sus pensamientos. Vuestro reencuentro la ha debido descolocar no poco.
         José Alfonso se quedó lívido.
         - En el fondo siempre pensé que no acudiría a la cita -balbució con tristeza.
        - ¡Ea!, no pongas esa cara -y la chiquilla le abrazó con ternura-, ¡hoy debe ser un día alegre para todos!
         - Está visto que no se te puede dejar solo, recién me doy la vuelta me la pegas con alguna…
         Aquella cristalina voz a sus espaldas era inconfundible.
         - ¡Charo!
                                               .         .         .

         Los niños miraban extasiados la majestuosa ascensión del aerostato hacia el límpido azul iluminado por un radiante sol cenital. Sus juntas cabecitas debían soñar lo mismo:
         ¡El Amor y la Libertad están en el aire!

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