EPÍLOGO
La multitud
llenaba las calzadas y aceras de la gran avenida, había grandes pancartas que
se extendían de vereda a vereda, banderas de todas de todas las regiones y
nacionalidades mezcladas con las pacifistas, republicanas, anarquistas,
comunistas y hasta ugetistas, en un maremágnum airoso y multicolor. Las
charangas entonaban diversas canciones y la gente chillaba y bailaba llena de
alegría.
Un soplete
encendido iba caldeando el aire que hinchaba el globo aerostático. Junto a la
barquilla de mimbre José Alfonso observaba con atención los rostros de los que
pasaban con la esperanza de descubrir el alguno los queridos rasgos de Gloria.
“Todavía es temprano”, se consolaba.
Pasó una
comparsa de jóvenes disfrazados de peces que portaban sobre sus brazos
levantados una ballena de lona rellena de gomaespuma, otros con plumas sobre
sus cabezas y las caras pintarrajeadas remedaban una tribu india y entonaban las
estrofas del canto ritual que comienza : “Cuando resurja de entre las nubes el
Guerrero del Arco Iris…”
Dos de ellos se
separaron del grupo y se acercaron a José Alfonso.
- ¡Jau! -le
saludaron Vanesa y Jaime al unísono.
- ¡Jau! -les
respondió él con alegría-. ¡Qué bonito disfraz lucís!
- ¡Nunca había
visto tanta gente junta! -exclamó la niña-. ¿Debemos ser más de un millón!
- Siempre es
difícil evaluar el número exacto en una gran concentración, y hasta el
aproximado -dijo José Alfonso-, pero hay que reconocer que nos hemos congregado
muchos más de los que pensaban los más optimistas de los organizadores.
El aerostato
estaba completamente hinchado y balanceaba sus vivos colores en el frío aire de
la mañana.
- Tenéis un
globo precioso -apreció Jaime-, tiene una barquilla de mimbre y todo…
- Cuando llegue
tu madre subiremos en ella para que pueda hacer un buen reportaje fotográfico
desde las alturas -anunció José Alfonso a Vanesa.
- ¡Uhy!, ¿no
sabías? Ella no va a venir -le rectificó la niña-. Se ha marchado al campo con
Gerardo y los pequeños, quiere acabar el artículo sobre la novela con calma y
de paso poner en orden sus pensamientos. Vuestro reencuentro la ha debido
descolocar no poco.
José Alfonso se
quedó lívido.
- En el fondo
siempre pensé que no acudiría a la cita -balbució con tristeza.
- ¡Ea!, no
pongas esa cara -y la chiquilla le abrazó con ternura-, ¡hoy debe ser un día
alegre para todos!
- Está visto que
no se te puede dejar solo, recién me doy la vuelta me la pegas con alguna…
Aquella
cristalina voz a sus espaldas era inconfundible.
- ¡Charo!
. . .
Los niños
miraban extasiados la majestuosa ascensión del aerostato hacia el límpido azul
iluminado por un radiante sol cenital. Sus juntas cabecitas debían soñar lo
mismo:
¡El Amor y la
Libertad están en el aire!

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