jueves, 31 de enero de 2013

Entrevista Primera - Capítulo 10



CAPÍTULO 10

         El hombre y la bestia se encierran en un círculo siguiendo el rito ancestral. Ha sonado la hora de la verdad. Los espectadores transforman su miedo, su implacable terror a la propia muerte, en una furia salvaje que pone crespones rojos de sangre sobre el terciopelo negro del acorralado. En un parque próximo al coso de Las Ventas un mozalbete coloca un petardo en la boca de un hormiguero y pide prestada una cerilla a su tata para prenderlo fuego. “No te vayas a quemar”, le aconseja la mujer y le deja su encendedor de gasolina.


         - Cuando regresamos a casa Nando y Ernesto todavía permanecían en Paris. Al principio fue todo muy bien, hubo un domingo delicioso que pasamos todos juntos y hasta hicimos una comida campestre, casi un “Dèjeneur sur l’herbe”, muy bucólico en su conjunto. Me sentía muy feliz discutiendo sobre materias relacionadas con el arte, como en los viejos tiempos, mientras que Thérèse y mi esposa se bañaban en una fuente. No había desnudos, por supuesto, sólo se refrescaban las pantorrillas, ja ja ja. Luego les invitamos a comer la semana siguiente con el propósito de mostrarles como habíamos decorado nuestro nuevo apartamento.
         - Y tuvo lugar el intento de violación.
         - No exagere los términos, Ernesto tuvo una crisis nerviosa, y nada más.

         “Jamás pasó por su magín que un coqueteo sin importancia acabaría por convertirse en una escena trágica. La casualidad también tuvo que tener su parte en el drama al propiciar aquel encuentro anticipado, porque si cada uno de ellos hubiera llegado hasta el piso de Jeannette y Julián por su cuenta no hubiera habido ocasión para que sucediera nada. Pero quiso la desgracia que fuera de otro modo y que se encontraran ambos a pocos metros del portal. Thérèse llevaba en sus manos un hermoso ramo de rosas rojas con las que agasajar a la anfitriona, y vestía aquel ceñido traje de chaqueta de paño verde primavera que tanto la favorecía. Caminaba radiante de alegría y felicidad con la ilusión de pasar en compañía de sus amigos una tarde tan dichosa como la del anterior domingo. Estos encuentros compensaban toda la monotonía de su vida cotidiana de la semana, no se había equivocado cuando puso todas sus ilusiones en aquel grupo de soñadores madrileños. Por más que hubiera tenido con ellos sus más y sus menos a lo largo del tiempo, al final la concordia se había impuesto y ahora podía disfrutar de la tranquilidad necesaria para hacer planes para el futuro.
         Su euforia se acrecentó con la sorpresa de ver llegar a Ernesto, con lo que el fuerte abrazo que le dio fue un poco más intenso de lo que hubiera sido conveniente en plena calle, por los que el escultor entendió equivocadamente aquella libre expansión del espíritu que mostraba su amiga y la besó en los labios. Y ella lo entendió como un beso fraternal entre camaradas. Después caminaron cogidos de la mano y andando con pasos de baile hasta el cercano portal mientras pronunciaban frases alocadas que hacían referencia a lo bien que se encontraban. Las cosquillas que le hacía Ernesto en la cintura eran interpretadas por la chica como una señal más de camaradería… Y llegaron las escaleras.


     La ascensión de una escalera en compañía de una mujer siempre había estado acompañada para él de una carga de ciertos valores eróticos, tenía algo en común con la ascensión hasta el orgasmo, una mezcla casi perfecta de fatiga y placer. En el primer descansillo atrajo contra su cuerpo el de Thérèse con frenesí y aplasto sus labios sobre los de ella, que se quedó paralizada por la violenta reacción de su acompañante y muy asustada. El entendió esta inmovilidad de la amiga como un asentimiento tácito de acuerdo y sus manos comenzaron a obrar en consecuencia por debajo de las ropas de la chica. Ella reaccionó al fin e intentó apartarle con suavidad.
         - Mais, ¿qu’est que tu fais?
      - Te deseo, tu cuerpo grandioso me invita a ser feliz y hago lo posible porque podamos compartir esta felicidad que nos podemos entregar –decía con ardor Ernesto sin dejar de apretar a su amiga contra su cuerpo y de acariciarla.
         - Mais non, ¿qué te has creído?, no somos novios para hacer estas cosas –dijo ella apartándose de él con decisión, y ascendiendo de espaldas un par de escalones.
         Ernesto se apoyó contra la pared dando muestras de abatimiento.
         - No entiendo nada –balbució-, primero aceptas mis caricia y luego me rechazas…
       - No hay gran cosa que entender, una cosa es el juego entre amigos y otra… - mientras hablaba subió otro par de escalones -. No te he dado ningún motivo para…
         - Claro, es un juego – y sus ojos ascendían por las torneadas piernas de la muchacha aprovechando el desnivel -, pretendías jugar con mis sentimientos –sus ojos fueron a buscar ahora los de ella mientras comenzaba a ascender escalones y proseguía con cada vez mayor irritación -: Me tomas por un títere que se mueve cuando tu quieres tirar del hilito…
         Ella interpuso el ramo de rosas en su camino, muy asustada por la mirada refulgente del muchacho y por el tono animal que iba tomando su acento.
         - He creído de buena fe –se defendía también con la voz -, que tus caricias no tenían otro propósito que remarcar la buena camaradería entre nosotros. Te aseguro que no te amo en absoluto –su voz sonaba cada vez más gutural -, eres un amigo más, como Julián, como Fonso, como…
         - ¡Naturalmente, ya salió Fonso! – gritó él.
         - Por favor, no chilles así que los vecinos van a salir y se formaran un mal concepto de nuestros comunes amigos.
         - ¿Cómo no me habré dado cuenta antes?, tus coqueteos eran sólo para darle celos a él, y si nos invitaste a tu casa era con la esperanza de que él nos acompañara. He sido sólo un pelele en tus arteras manos –y la agarró con firmeza por una muñeca, y ella apretó con más fuerza el ramo de flores contra el pecho de Ernesto.
         - Entre Fonso y yo nunca hubo nada serio, te lo prometo… y lo que hubo acabó hace ya tiempo. Siempre fui leal contigo, ha sido tan bonito caminar a tu lado y charlar sobre nuestros proyectos que sería una pena que se estropeara todo por naderías.
         Intentaba serenarle mediante la conversación, pero no podía impedir que la voz le temblara y sus palabras sonaran huecas. Pero consiguieron que el agresor se quedara un momento quieto y dubitativo.
         “Aquella mujer no valía un carajo, era una cursi burguesa que sólo sabia coquetear y calentar a la gente, ¡qué distinta de Lucía, ¿por qué tendría que haberse roto aquel amor tan magnífico y gratificante?, ¿por qué desde un tiempo a esta parte todas las cosas le salían mal?, ¡y este insoportable dolor de cabeza que no cesa nunca! Lo mejor será salir a la calle a respirar aire fresco”, y acorde a sus pensamientos la garra comenzó a aflojar la muñeca de su presa.
         Al notar ella que la presión de la tenaza disminuía creyó que era una buena oportunidad para zafarse y correr escaleras arriba hasta encontrar refugio con sus amigos. Así que hizo un brusco movimiento para liberarse y como ya casi no había resistencia por la otra parte perdió el equilibrio y se quedó sentada de culo en los escalones con las faldas levantadas y las piernas al aire.
         Sus muslos eran tan atractivos y poderosos como los había entrevisto en varias ocasiones y como los soñaba todas las noches desde hacía más de un mes. Se cegó y se abalanzó sobre el cuerpo de su amiga.
-      ¡Julián, Jeannette! –gritó ella con todas sus fuerzas.
-  ¡Te callarás de una vez, imbécil! –gritó él, mientras intentaba con una mano taparle la boca y con la otra rasgar las finas braguitas de seda.
-      ¡Papam! –chilló ella un segundo antes de desmayarse.”

          -      Una crisis que les afectó a todos ustedes, ¿no es así? 
          - Como usted podrá comprender no fue un plato de buen gusto para ninguno. Estábamos atravesando un periodo muy feliz, y enterarnos de golpe que nuestro amigo estaba como una cabra fue muy traumático. Pero todo ese asunto de la supuesta violación es una pueril invención de Thérèse, ellos debieron de tener una agria discusión sobre algún tema que desconozco, y la chica se puso histérica y montó tanto alboroto que Ernesto se asustó y cuando acudimos al oír los gritos que daban salió huyendo como un delincuente. Puede imaginarse la situación para nosotros, recién mudados a aquel apartamento ¡la impresión que causamos a los vecinos fue fina! 
- ¿Ernesto desapareció?
- Mi esposa se quedó atendiendo a Thérèse, que era un manojo de nervios, y Nando y yo buscamos a nuestro amigo por todo el barrio, con las ropas tan estrafalarias que llevaba siempre era fácil indagar, pero nos dio cierto trabajo seguir su pista. Cuando ya dudábamos de dar con su paradero a Nando se le ocurrió la peregrina asociación de ideas que si estaba delirando podría haber ido a rendirle visita a otro delirante como Baudelaire, y ya que estábamos cerca del cementerio de Montparnasse nos dirigimos hacia allí. Lo encontramos encaramado sobre una tumba y montando el número, recitaba a grandes gritos a Espronceda, algo de su “Canto a Teresa”, y se había formado un grupeto de curiosos a su alrededor, los franceses ya sabe…
- ¿Y?
- No sin poco esfuerzo conseguimos apartarlo de allí entre algunos improperios de los vernáculos contra la exaltada gente del sur, que parecía haberse olvidado de Rimbaud. Luego le llevamos a un café, pues no era cosa de ir a mi casa donde se volvería a encontrar con Thérèse, y nos contó que llevaba una temporada necesitando medicación y que como se encontraba mejor la había dejado de tomar… Después de un café con leche y de tomar sus pastillas ya se encontraba mejor, aunque un poco abatido y avergonzado, y después le acompañamos a hacer la maleta y aquella misma noche tomó un tren con desino a Madrid nuestro extravagante amigo.
- ¿Le dejaron marcharse solo en aquel estado?
- Estaba ya muy normalizado, la crisis había pasado, se encontraba relajado y tenía medicinas, y lo que más necesitaba era volver a encontrarse con su entorno, así lo entendió también él.
- No deja de ser una actitud un tanto egoísta por parte de sus amigos, podía haberle repuntado la crisis durante el viaje –apunté.
- Otra solución hubiera sido llevarle a nuestro apartamento y controlarle, pero conocía bien el carácter de Jeannette, la disgustó tanto aquello que nunca quiso que se volviera a mencionar su nombre delante de ella.
- Nando podía haberle acompañado en el regreso.
- Fernando mantenía sobre el particular la tesis de que todo había sido un montaje para llamar la atención… Luego nos enteramos de que pasó varios meses en un hospital siquiátrico, que la cuestión era más seria de lo que pensábamos…

martes, 29 de enero de 2013

Entrevista Primera - Capítulo 9



CAPÍTULO 9

         Se han encendido las primeras luces a espaldas del colosal edificio de la Telefónica, aunque todavía no haya oscurecido por completo. Son finos tubos de neón de colores chillones formando palabras apenas legibles. Bajo algunos se exhibe en la calle la mejor mercancía de la casa, mujeres opulentas de faldas cortas y rostros pintarrajeados, aunque en los portones más selectos un caballero con uniforme y gorra de plato defiende y controla el acceso. Las más antiguas en el oficio ya no tienen plaza en los locales y aguardan a la posible clientela fumando y balanceando el bolso. Hombres de todas las edades patean la calle de arriba abajo con aire distraído, como si pasearan, hasta que en un momento dado franquean con decisión una puerta o entablan una rápida y breve conversación con una hembra. Los taxis entran en la calle vacíos y salen de ella llevando eventuales parejas hacia un destino incierto.

         -¿Usted estuvo trabajando en la revista que editaba el padre de ella?
         -No se trata de una cuestión de causa efecto, ni mucho menos. Su padre no tuvo nada que ver en que mis fotografías fueran aceptadas por la revista, fue una coincidencia temporal que el redactor-jefe me contratara por las mismas fechas en que comencé a salir con Jeannette, pues ya había cursado mi solitud varios meses antes de conocerla. Aunque, sin duda fue una coincidencia agradable que contribuyó a que nos sintiéramos más unidos y a allanar el camino para nuestra boda, ya se sabe que los franceses son muy chauvinistas –sonrió-, y que no dejan de considerarnos a los hispanos como una especie más de “pieds noires”… -quedó un momento indeciso-. Creo que estoy divagando de nuevo. ¿Supongo que su curiosidad ha quedado satisfecha?
         - Le agradezco su explicación. Y regresando a nuestro tema: ¿Cuándo volvió a ver a Thérèse?
         - Algunos meses después, ya habíamos establecido Jeannette y yo un noviazgo formal. Se alegró mucho de que los asuntos me fueran tan bien y yo me entusiasme al recibir noticias de primera mano sobre mis amigos. Eso de que se echa de menos la tierra natal cuando se está lejos no es ningún tópico, es un sentimiento muy real. También fu un motivo de alegría que mi novia y ella simpatizaran enseguida y se hicieran buenas amigas.
         -Y llegó la boda.
         - Que fue un buen embrollo. Aunque había transcurrido poco más de un año desde que dejé a mis amigos habíamos cambiado todos mucho, no sé si fue una idea muy acertada el invitarlos en bloque al evento. Podría decirse que fue la última vez que estuvimos todos juntos, al menos de una forma armoniosa.



         “Fueron todos a la boda. El tiempo había borrado los rencores que les produjo la súbita partida de Julián, y los tres amigos viajaron juntos en el mismo tren “Puerta del Sol” hasta Paris.

         La capilla era recoleta, bonita y llena de gracia. Había muy pocos invitados por parte del novio, apenas media docena de familiares, y sus amigos. Los de la novia eran muchos más, su padre tenía amplias relaciones en la ciudad y abundaban los reporteros gráficos.

         - No es muy guapa la novia -comentó Ernesto al oído de Fonso.

         - Es probable que su personalidad compense la falta de belleza física, Julián se ha preocupado más por las cuestiones espirituales que por las materiales -especuló Fonso.

         - Pero uno no se mete en la cama con un espíritu, sino con un buen cuerpo con el que disfrutar. Seguro que a pesar de lo feilla que es lo sabe hacer de maravilla -y los dos compinches rieron la picardía.

         Thérèse se acercó a ellos y reclamó silencio.

         - Es la primera vez en varios años que entro en una iglesia, no me lo pongáis más difícil todavía -protestó Fonso.

         - Si quieres salimos a tomar un poco el fresco, me siento un poco mareada con el humo de las velas y del incienso, y el ambiente está muy recargado -propuso Thérèse.

         - De acuerdo, estas ceremonias son pesadísimas, y eso que la presente está amenizada con la música que está tocando Nando en el órgano.

         - Ha compuesto una marcha nupcial con motivo del evento, que estrenará cuando finalice el acto. Nos estuvo mostrando la partitura en el tren y nos tarareó algunos pasajes de la melodía -informó Ernesto a la amiga.

         - Pues no me quiero perder su audición -aseguró ella.

         - Pero todavía falta mucho para que acabe la ceremonia, anda, salgamos a respirar aire puro -propuso Fonso.

         - La verdad es que el mareo va en aumento. ¿Vienes, Ernesto?

         - Prefiero no perderme detalle de todo el desarrollo, gracias.

         - De acuerdo, pues cuando notes que está a punto de concluir haces el favor de salir un momento y nos avisas, no me gustaría perderme el estreno de “la marcha nupcial de Nando”, jejeje, si no te sirve de molestia -bromeó Fonso.

         - En absoluto, no os preocupéis que la marcha marchara también para vosotros -le siguió la broma Ernesto.

         La pareja salió en silencio de la capilla. En la ciudad atardecía y soplaba una fresca brisa que coloreó las palidas majillas de la muchacha en un instante.

         Fonso se quejó de la opresión de la corbata, aflojándose el nudo y desabotonándose el cuello de la camisa.

         - Demasiadas cosas nuevas para un solo día: corbata e iglesia -comentó. Thérèse vestía un precioso traje de chaqueta de color salmón que hacía resaltar sus rubios encantos-. Cada día estás más hermosa, a veces siento la tentación de volverme a enamorar de ti -la galanteó.

         - no seas bobo, lo dices por agradarme -y cambió de conversación-. He encontrado a Ernesto muy triste.

         - Es normal que tenga ese estado de ánimo. Siempre pensé que a la primera boda que asistiría de los del grupo sería a la suya con Lucía. Y ya ves de que forma tan tonta se arruino su noviazgo en un abrir y cerrar de ojos.

         - Y todo por culpa del accidente.

         - ella todavía cojea un poco al andar, y él continua medicinándose para resistir los dolores de cabeza. Fue un golpe de película.

         - A veces las desgracias unen más a las personas…

         - La familia de ella nunca vio con buenos ojos aquella relación, tenían conceptuado a nuestro común amigo como un bala perdida y aprovecharon la oportunidad para echarle a él la culpa de todo el suceso. Así se comportan las familias, no dudan en provocar la infelicidad de los demás si uno no se atiene a los esquemas establecidos por sus caducos prejuicios, y todo lo arreglan con hablar de cariño y protección. ¡Menuda caca!

         - Sí, porque a ellos se les veía una pareja muy unida y feliz.

         - En fin, esperemos que se le pase pronto la melancolía a nuestro querido compañero y que en el futuro tenga más suerte con sus relaciones. ¿Cómo ves tú lo de Julián?, por mi parte pienso que la boda ha sido demasiado precipitada, ninguno de nosotros conocíamos a la novia.

         - Es una muchacha encantadora y estoy segura de que hará muy feliz a nuestro amigo. En los últimos tiempos les he visto muy a menudo y se compenetran a las mil maravillas.

         - Y tú, ¿cómo andas de amores?

         No sabemos lo que la muchacha hubiera respondido al respecto porque desde la puerta de la capilla les llamó Ernesto en aquel momento, y la pregunta quedó suspendida en el aire violáceo del crepúsculo incipiente.



         Entraron en el templo. La ceremonia tocaba a su fin. Los novios y padrinos miraban hacia el público y posaban complacidos mientras se dejaban hacer las fotografías de rigor. La madrina era Miriam, que estaba radiante de hermosura con un vestido de raso azul turquesa y un tocado floreado a juego. El padrino era un señor mayor, con el pelo blanco y rasgos judíos en su rostro, que debía ser el padre de la novia. Los tubos del órgano comenzaron a soplar la “Marcha Nupcial de Fernando”, llenando el ámbito de una deliciosa sonoridad. A Fonso le recordaba aquella música un tema de una sinfonía de Saint-Saëns aunque con algunas disonancias de un ir y un venir hacia el dodecafonismo, pero la alegría era general y le pareció más oportuno no hacer ningún comentario al respecto y disfrutar de la felicidad reinante.

         Nando bajó del coro con una actitud triunfal y el rostro radiante de esplendor siendo más felicitado por sus conocidos que el mismo novio, y parecía sentirse como un pavo real con todo el multicolor plumaje de su cola extendido.

         A la salida del recinto sagrado hacia la noche parisina tuvo lugar la inevitable lluvia de arroz, y todos marcharon eufóricos hacia un conocido restaurante cercano en busca del tradicional ágape.” 

         - Luego se produjo la diáspora.
         - En efecto, fue algo muy curioso. Nosotros vinimos de luna de miel a España, tenía grandes ansías de mostrarle mi país a Jeannette, y el ambiente alegre y distendido que había disfrutado con mis amigos, y resultó que aquí no quedaba ninguno de ellos. Nando y Ernesto se quedaron un tiempo en Paris y Fonso marchó a Ámsterdam.
         - En el libro se apunta que quizás fuera a Londres.
         - Sí, es algo que me extrañó mucho cuando lo leí, porque estoy seguro de que él habló de su intención de viajar a Holanda, y como ya le dije la cronología y la geografía del libro es bastante correcta, pero tanto da que fuera a un lugar o a otro, el caso es que de de todo aquel mundillo bohemio del que tanto había hablado a mi esposa no quedaba nada. Lo que por una parte quizá fuera más conveniente para unos recién casados. También pasamos algunos días en la finca con Rocio y Julio, y visitamos Granada. A Jeannette le encantó todo aquello, con su ambiente exótico, africano, decía ella, y estaba muy contenta reencontrando sus raíces. Pues su familia, no sé si sabrá, era judía, y el padre emigró de Polonia al Marruecos francés. Fue el único, entre los cinco hermanos que eran, que quedó vivo después de la persecución nazi… Volvemos a alejarnos del tema, parece que son inevitables las digresiones.
         - Todos ustedes, perdón, sus trasuntos novelados quise decir, son el tema.

lunes, 28 de enero de 2013

Entrevista Primera - Capítulo 8



CAPÍTULO 8

         ATOCHA es un sueño. Sueñan los que llegan con el propósito de buscar fortuna, y sueñan los que parten con idéntica ambición. Es una maleta de cartón prestada que viene y que va de un lugar a otro hasta que se desmorona de puro vieja. Sobre los cristales que cubren la estación repiquetea la lluvia y un grupo de muchachos vestidos con uniformes de soldados cantan con alegría y tristeza, nadie sabe si se los llevan o los traen. Una niña llora con desconsuelo sobre el andén, sostiene un globito multicolor atado por un hilo a su mano y la gente pasa a su lado sin prestarle la menor atención. Por los altavoces una aguda voz femenina anuncia cualquier noticia sobre salidas y llegadas que resulta ininteligible…

              - Y entonces usted se marcha a Paris en busca de Thérèse.
       - Perdone que la corrija de nuevo, pero esa me parece una muy errónea interpretación de mi viaje a Paris, a la que sin duda la ha llevado su persistente idea fija de mezclar la ficción de la novela con la realidad de nuestras vidas. Se lo aclararé: En aquellos momentos históricos no le veía ninguna salida airosa en este país a la profesión que había elegido, fue un periodo muy convulsivo para todos los ciudadanos y nadie iba a preocuparse de lo que pudieran opinar o realizar un grupo de jóvenes artistas. Nuestras teorías eran muy bonitas y muy divertidas, como siempre suelen serlo las utopías, pero como ella no tenían la menor posibilidad de fructificar. Paris era para nosotros la meca del arte, la ciudad mito, el lugar donde un fotógrafo de mi categoría y mis pretensiones podía triunfar. No me fue nada fácil decidirme, como usted se podrá imaginar -asentí con la cabeza para no interrumpir el hilo de su discurso, que continúo-: Me parecía que al marcharme faltaba a un compromiso con mis amigos, pero me abrumaba lo de la revista y toda la entelequia que se iba formando a su alrededor. Si había abandonado mis estudios no era para perder el tiempo con aquellas pamplinas sino para dedicarme por entero a la profesión que había elegido. Y así se lo hice saber a Nando, que era con quien tenía una mayor intimidad, y él, aunque con algunas reticencias al principio, acabó por darme la razón y hasta por animarme en la empresa que iba a emprender. De todas formas, aunque me fui, tampoco los dejé colgados con lo que ya estaba en marcha, en la revista se publicaron algunas fotografías mías, y también les presté una importante cantidad de obra para su famosa y catastrófica exposición.
         - Pero para ellos no sería lo mismo que si hubiera estado usted aquí a su lado, compartiendo todas sus esperanzas y sus posibles y probables fracasos.
         - En efecto, era muy distinto, pero cada persona debe saber elegir su propio destino y asumirlo en cada momento, y en aquel estadio el mío no estaba por aquellas macanadas.
         - Y a la vista está que era mucho más fructífera su opción -dije con un cierto tono de reproche, pero el entendió la frase como un cumplido.
         - Así tenía que ser. Había razonado a conciencia lo que iba a hacer, en contra de lo que opina Thérèse en su dichoso libelo. Es posible que en su orgullo de mujer, y no es que tenga nada contra las damas en general, ella pensase que yo me presentaba en París para cobijarme bajo sus faldas, sin duda hubiera sido un alago para su vanidad. Pero era elemental que si yo no conocía allí a ninguna otra persona, aunque llevaba buenas cartas de presentación que con posterioridad me abrieron todas las puertas, lo más lógico es que me presentara en su casa.


         - Según usted lo cuenta sí que resulta normal su actitud, pero ella es muy explícita cuando pone en boca del personaje del libro las siguientes palabras: “Desde el día que te fotografié por primera vez no hago otra cosa que pensar en ti, he quedado prendado de tu cuerpo y de la gracia que exhala, tienes un poderoso magnetismo que me atrae hacia tu persona, no sería capaz de fotografiar nada que no haya sido envuelto por tu mágico halo”.

         - ¡Ja, ja, ja! -rio Julián de una manera forzada-, es un pasaje que me hace mucha gracia. Literatura, literatura barata, si me permite la expresión. Después de leer su obra con bastante atención no he tenido más remedio que llegar a la conclusión de que es una escritora bastante mediocre. Sí, ya sé que ha tenido un gran éxito, y que hablar sobre el libro es un tema de moda en los medios intelectualoides. Pero ahí es donde está la clave: la moda. La moda es un animal de grandes tragaderas al que hay que alimentar continuamente con carnaza fresca. La novela está muy bien compuesta desde ese punto de vista, el de generar un impacto inmediato siempre que colabore para ello una adecuada publicidad. Sobre este tema conozco bastante, como podrá usted comprender, pocos creían en nuestro arrollador triunfo hace apenas tres años, pero teníamos el producto adecuado y personas que le supimos hacer la propaganda precisa. Pero existe una gran diferencia, como sin duda podrá apreciar, en el fondo de la cuestión, la mercancía era de calidad y se mantiene fresca como el primer día, la obra de Thérèse tiene muchas de sus propias características como persona: Uno alucina al principio de conocerla por su fisonomía y por su distinguida forma de comportarse, pero enseguida se da cuenta que detrás de la fachada no existe un ser con fuego en las venas, con la fuerza arrolladora que aparenta.
         - En las fotos que usted la tomó está llena de vida, de magnetismo -objeté.
         - Un retrato no es sólo el reflejo de la persona que posa, tiene también mucho de la potencia del retratista, en pintura es algo que se da por sabido y en la fotografía sucede lo mismo. También he de reconocer que ella fue siempre muy fotogénica. Es una virtud que nunca me he podido explicar del todo aunque he pensado bastante sobre el tema, como se podrá imaginar. Sí, sucede muy a menudo con los artistas de cine: en la pantalla son como dioses omnipotentes y si te cruzas con ellos por la calle te resulta difícil reconocerlos… Pero creo que estoy divagando, lo noto en su expresión entre aburrida e impaciente.
         - Es muy interesante todo cuanto me explica pero tiene razón en que nos estábamos alejando del tema y he de agradecerle que se haya percatado de ello. Volvamos a centrarnos: ¿cómo le recibió Thérèse en Paris?
         - Como ya le dije fue a la primera persona que visité. Me recibió de una manera fría, aunque llena de amabilidad. Un comportamiento de lo más extraño, como si yo hubiera estado viviendo en aquella ciudad desde siempre y me pasara por su domicilio un día para rendirla una visita de cortesía. Esta actitud  me desorientó bastante en un primer momento, pero de lo que me dí cuenta enseguida era de que no podía esperar ninguna ayuda de su parte, que ella entendía la realidad que yo vivía de una forma muy diferente a como era. Después recapacité sobre el particular y llegué a la conclusión de que Thérèse pensaba y estaba convencida de que me encontraba allí de vacaciones, no cabía en su cabeza que una persona con su vida estabilizada en un lugar tuviera el valor de lanzarse al albur de reiniciar su vida en un lugar lejano, nunca tuvo demasiadas luces. Bien, pues me busqué una habitación donde morar aunque a ella le sobraba espacio en su apartamento para haberme alojado allí, y comencé a establecer contactos gracias a las cartas que llevaba. Nos veíamos de una forma esporádica y nuestros rendez-vous se fueron espaciando cada vez más hasta que me enteré que ella se encontraba en Madrid por una carta que me envió mi hermana. Una despedida a la francesa, que se dice por aquí, pero no le di mayor importancia a su ingrata actitud, aunque hubiera sido una buena oportunidad para hacer llegar hasta nuestros mutuos amigos unas cuantas fotografías que tenía intención de enviarles. Tal vez sea una forma normal de actuar para una azafata, ya se sabe, un día aquí, otro allí, conociendo a muchas personas y sin profundizar demasiado en las relaciones con ninguna.
         - ¿Se sintió muy solo?
         - Nunca me he encontrado tan solitario. Pero he de reconocer que fue muy beneficioso para mí. Era un reto profundo, un enfrentamiento con otra manera de entender la vida, mientras que mis recursos económicos eran cada vez más escasos. Mis fotografías gustaban mucho a todas las personas a quienes se las mostraba, pero nadie me las compraba. Una sucesión de fracasos, pero no creo que se trate de hablar de mi vida…
         - Es que de repente usted, perdón, el personaje de la novela que lleva su nombre desaparece durante unos meses sin dejar rastro y de repente ¡pumba!: se casa. A mí me parece que hay en el relato un hueco difícil de comprender.
         - Ya le he dado hace un momento mi opinión sobre Thérèse como escritora, no creo que sea necesario que me repita.
         - Bien, pero la curiosidad del lector permanece, tal vez con esta entrevista le podamos dar una información adicional sobre cómo podía haber sido la existencia del personaje durante ese tiempo.
         - Volvemos al juego realidad ficción-realidad existencial. Le puedo dar cuantas explicaciones crea usted conveniente sobre mi propia estancia en Paris durante aquel periodo, pero está claro que me resultaría imposible aventurar sobre lo que en ese mismo tiempo estaría haciendo un personaje que sólo reside en la cabeza de la novelista. Tal vez se podría tratar de un personaje de corte unamoniano y se dedicara a pedirle cuentas a su autora de las extravagantes cosas que le hacía decir y hacer…
         - Me merezco su ironía, le prometo que no volverá a suceder…
         - No hay nada que disculparle a usted, parece ser que la escritora ha tenido la diabólica capacidad de convencerle a usted de la veracidad del relato, pero reconvendrá conmigo de que es muy ingenua.
         - Es probable que lo sea.
         - Y me cae usted muy simpática, tiene un elán de utopía chocante y gracioso, en el mayo francés seguro que se lo hubiera pasado muy bien.
         - Por aquellas fechas todavía estaba en el colegio -aproveché la oportunidad para sustraer algunos años a mi verdadera edad-, pero desde luego que aquellos sucesos representan una continua referencia para nuestra generación. Thérère si que debió de ser una heredera directa del Mayo.
         - Sin lugar a dudas que como tal se consideraba por aquellos años. Buscaba el sur con la misma intensidad y esperanza con que se buscan las islas paradisiacas, por eso regreso a Madrid en la primera oportunidad que tuvo y se puso a colaborar con los del grupo. Tampoco hay que olvidar que es muy posible que se encontrara enamorada de Nando, a pesar de que con las apariencias procurara dar otra impresión, y que se obstine en no reflejarlo en su obra. Siempre fue una persona muy retorcida.
         Se le notaba que tenía ganas de explayarse sobre el tema de los enamoramientos de sus amigos, y le dejaba hablar, mirándole con atención para alentarlo.
         - Se enamoró de él desde el principio -continuó Julián-, y los demás fueron títeres en derredor de ella. Primero Fonso, luego Ernesto… Habrá notado que no me he incluido en la lista de los muñecos de Thérèse, pero lo cierto es que en alguna ocasión estuve a punto de ser incluido en ella, se la veía tan frágil, tan pronta a romperse y tan empeñada en navegar junto a los arrecifes… Mi actitud con respecto a ella fue siempre un poco paternalista, en el buen sentido de la expresión, claro está. Era una persona que necesitaba ayuda, que se encontraba desorienta y que tenía un temperamento muy rebelde. Supongo que le habrá costado muchos sufrimientos el madurar… Hubiera sido muy conveniente para ella profundizar su amistad conmigo cuando fui a Paris, pero prefirió alejarse, partir hacia los Mares del Sur, si me concede la metáfora. Cuando, después de mi boda, se hizo amiga de mi esposa tuvimos una relación más estrecha, una buena amistad, nos visitaba con frecuencia y se dejaba aconsejar, o al menos aparentaba seguir nuestros consejos, pero de vez en cuando le daba la ventolera y desaparecía una temporada..
         - Ya ha quedado bien claro que no tiene nada que ver con el tema de la entrevista, pero por simple curiosidad personal -mentí- me gustaría saber cómo conoció usted a Jeannette, y como fue un flechazo tan definitivo que se casaron a los pocos meses de tratarse.
         - ¿Curiosidad femenina? Siempre es de temer -bromeó.
         - Si le molesta hablar sobre esa cuestión…
         - Sería una pérdida de tiempo, tiene razón al decir usted que fue todo muy precipitado, también yo lo entiendo hoy así, y no es de extrañar que nuestro matrimonio acabara por ser un desastre.
         - Es una buena razón para que obviemos el tema.
         - Afortunadamente el trauma ya se supero hace tiempo, pero no deja de ser un asunto estrictamente personal.
         - A grandes rasgos la personalidad de ella es del público conocimiento -intenté darle sedal-, es la hija del editor de una revista de difusión internacional, y ella no se recata de salir en sus páginas siempre que se le presenta la ocasión.
         - Ahora tal vez sea así, pero antes estimaba en mucho la privacidad de nuestra vida -mordió el pez en el anzuelo-. Todo fue muy sencillo: nos conocimos durante una fiesta que organizaba una cadena de publicaciones, uno de esos actos frívolos y aburridos, y nos pusimos a charlar por aislarnos del barullo y de la hipocresía del evento, que a ambos nos desagradaba, como puede comprobar por aquella época a Jeannette no le gustaba demasiado la vida social. Descubrimos que eramos dos almas afines y nos hicimos amigos, y poco después amantes. Ya sabe usted lo que es eso que se denomina amor, una especie de locura que te envuelve y te ciega, uno sólo ve los rasgos más favorables de la persona amada, aquello que te puede unir con ella, y se dejan los defectos a un lado, se les quita importancia. Pero luego con la convivencia diaria se van haciendo cada vez más nítidos y patentes, realizando una lenta, efectiva e implacable labor de zapa. Sin embargo, y gracias quizá a esa hermosa ceguera, fueron aquellos los años más felices de mi vida.