miércoles, 21 de noviembre de 2012

Entrevista Primera - Capítulo 2



CAPÍTULO 2

         La hora de salida de los institutos producía un trauma en el desarrollo cotidiano de la vida en la calle de San Bernardo. Del Cisneros salían los vocingleros chavales y del Lope de Vega ellas, más recatadas, pero más risueñas. Las aceras se cubrían de gritos agudos y de cartapacios. Los que formaban largas colas ante el Ministerio de Justicia para solicitar el certificado de penales que les permitiera acceder a un pasaporte para poder salir del país se quedaban estupefactos ante aquella insólita barahúnda.


         -La he ojeado estos días atrás, cuando me encargaron este trabajo en la redacción, y tampoco me parece tan mala. Un poco ingenua, tal vez, si me permite la expresión.
         - Absolutamente ingenua, un asunto de chiquillos, incoherente en todas sus partes y en su globalidad, aunque he de confesar que fue divertido participar en su elaboración… Como no, si se trataba de un juego.
         -Aunque ella no estuviese presente en aquellas primeras conversaciones tal vez Nando hablará con Thérèse sobre el tema.
         -¡Pobre Fernando!, qué pronto nos dejó para siempre –por su impasible rostro cruzó una ráfaga de tristeza que lo hizo por un momento más humano y asequible-. Es probable que le hablara sobre aquel proyecto y sobre muchas cuestiones más, pero tan sólo generalizaciones.
         Trataba de encontrar en los rasgos de este hombre experimentado que se sentaba frente a mí los que tendría mi interlocutor diez años atrás. Desde nuestra anterior entrevista había envejecido mucho por más que los cosméticos intentaran encubrirlo. Tal vez fuera cierto aquel viejo aforismo en el que se compara el poder con un rayo fulminante que destruía a las personas.
-      ¿Cree también en la posibilidad de que le hablara de la relación íntima que existía entre él y la hermana de usted?
-      Miriam y Fernando eran muy buenos amigos. Como es lógico se conocieron gracias a mí, ya que Fernando y yo fuimos compañeros de escuela. Pero si se refiere a la dichosa escena que describe la novela de Thérèse  he de afirmarle con contundencia que aparte de ser falsa me parece muy sórdida, y creo que ha tenido un pésimo gusto escribiéndolo, y mucho más publicándolo…
Una musicalidad sin límites y de plena libertad se expresaba en los parcos acordes que Nando había ejecutado sobre el blanquinegro teclado del piano de los padres de Miriam.
-Esto es la introducción, ahora caerá la cascada de las notas que definen la frase –sonrió a su expectante y bella audiente, que se sentaba en el mismo sillón ocupado días atrás por su hermano. Vestía una falda escocesa plisada y una blusa blanca, casi el mismo uniforme de colegiala que tuvo que llevar por obligación el año anterior, antes de ingresar en la universidad.
La anunciada cascada sonora se precipitó sobre los oídos de la culta muchacha de apagados ojos pardos. “Beethoven-Chopin-Schömberg”, hiló en su mente. Pero sabía que a su hermano le encantaba Satie, y que sin duda sus gustos musicales se encontraban influenciados por Nando, así que era evidente que también debería mencionar al compositor cubista. Pero, jamás a los impresionistas, aunque Claude Debussy estuviera bien latente y patente en lo que estaba escuchando, y mucho más en su propio pensamiento tan proclive a lo plasmable.
     - Algo así, ¿qué te parece? –pronunció Nando con suficiencia, dando una media vuelta al taburete giratorio sobre el que se encontraba sentado hasta enfrentarse cara a cara con Miriam.
- ¡Sensacional! –exclamó ella sin demasiado entusiasmo.
- Es sólo un apunte –dijo él. Levantándose del asiento con los aires teatrales que eran tan peculiares en su persona-. Hay que equilibrar un tanto la sonoridad, ¡plas! –dio una palmada para reforzar su intención-, pero no cabe la menor duda de que este es el camino adecuado. Nada de música programática, sonidos sueltos, ¡libres!, las notas exactas capaces de hacer vibrar a todo ser humano –decía mientras se aproximaba a la muchacha que hacía imposibles por inyectar algo de brillo a sus anodinos ojos.
- Para un genio bastan tres acordes –sonrió al autor.
- Y un solo acorde, es más, hasta un silencio dispuesto en el lugar apropiado basta para plasmar una idea sublime.
- Cierto, nadie le puede negar la genialidad a Satie –decidió Miriam que con emplear el último eslabón de la cadena sería suficiente para llegar a un acuerdo estético con su amigo.
- No te puedes hacer una idea de la felicidad que me produce tocar mi música para que tú la escuches, “el eterno femenino hacia las alturas nos eleva” – y tomó con suavidad una mano de Miriam provocando que ella se sonrojara hasta las cejas.
- ¿A estas alturas me vas a venir con galanteos? –dijo la muchacha algo sofocada.
- A tu lado sólo puedo estar con admiración –se había sentado sobre el brazo del sillón donde estaba ella y continuaba con su mano entre las suyas.
- Los hombres sois únicos para comportaros como auténticos bobos.
- Estamos cegados por la luz de vuestra belleza.
- Sí, por la de cualquier objeto que lleve puesta una falda.
- Sabes que la admiración que siento por ti es muy distinta de la simple relación que puede existir entre un hombre y una mujer, somos amigos desde la niñez, y te ido viendo crecer y como te transformabas de una mocosa insoportable en una maravillosa jovencita.
- A veces pienso que tan sólo me consideras como un espejo en el que ver reflejada tu vanidad.
- ¿Cómo?
- También hay ocasiones en que me considero a mi misma como un espejo donde los demás se miran.
Fernando soltó la mano y fue a sentarse en el sofá.
- Tú y tus metafísicas.
- Mejor harías en calificarlas de patafísicas.
- ¿Y eso como se come?
- La patafísica es a la metafísica lo que ésta es a la filosofía. Boris Vian fue elevado a la categoría de Sátrapa del Colegio de Patafísica el 22 de Palotín del año 80…
- Sabes ser diabólicamente abrumadora, hay que ver qué cosas tan raras os enseñan en la universidad, cuanto me alegro de haber encontrado mi camino lejos de sus inconmensurablemente enhiestas y altas columnas.
- No seas bobo, en la facultad están siempre liados con Platón y Aristóteles, eso que te he contado sobre la patafísica lo leí en un libro que me ha prestado Fonso.
- ¿Te sigue asediando ese imbécil?
- Trata de utilizarme, en la misma medida que yo a él.
- ¿Le crees tan taimado?
- Por supuesto que no, le sale de una forma natural, nadie está a salvo de la presunción. Por lo demás, no es mal muchacho, y desde luego que es más capaz que tú de verme como una mujer, lo que siempre resulta halagador… ¿Decepcionado?
- Yo también tengo mi componente dionisiaco, como cualquiera –reaccionó el muchacho al ataque.
- Pero algunos seres tenéis la habilidad de colocaros dentro de una urna inexpugnable, la torre de marfil de los genios. Si me requiebras con tus galanteos lo haces tan sólo por alagar a la amiga, no eres capaz de verme ni sentirme como la mujer que soy, y eso me hace sentirme muy sola; pensar de continuo que cada cual vive en un mundo diferente y paralelo, en dos cosmos tan distintos que nunca se llegarán a encontrar -y le miró con languidez y un punto de desesperación.
- ¿Es una proposición? -sonrió Nando.
- Sabes que no, sería inútil -se encogió de hombros-. Sabes muy bien desentenderte de aquellas cuestiones que pudieran apartarte del objetivo que te has marcado. Estás demasiado ocupado en repintar con purpurina dorada tus oropeles para preocuparte por los sentimientos de una mujer. Quizá ya se encuentren en camino de convertirse en oro puro, y para lograr esa dichosa pureza eres capaz de renunciar a todo.
- No te acabo de entender –dice Nando con desaliento. Se siente vencido y se tiende en el sofá. Se va relajando poco a poco con las piernas entreabiertas y los brazos sin  fuerza.
Miriam se arrodilla junto a él y deja reposar su cabeza sobre el vientre del muchacho.
- No he querido herirte –y restriega con suavidad su mejilla sintiendo como bajo ella la carne de su amigo se va endureciendo progresivamente y él la acaricia el cabello.
- Playas de blanca arena en el silencio del atardecer, un verde mar frente a nosotros, la brisa bamboleando las copas de las palmeras, un dulce calor quemándome la piel…
- No soy ni el viento, ni el mar, ni la arena, sólo una mujer que quiere dar placer al hombre que desea.
- Sería demasiado trivial, sin demasiados alicientes tener un comportamiento de vulgares amantes, somos dos seres superiores –susurra Nando entre ensoñaciones.
Miriam se pone en pie de un salto, ahora si brillan sus ojos pardos, se siente indignada.
- ¡Cuándo te vas a convencer de que no soy ningún hada de un país imaginario, sino una persona real! Tengo ardores y humedades, tengo menstruaciones…
- No me grites, por favor, que me zumban los oídos –y acompaña sus palabras con un gesto de dolor que obliga a su amiga a callarse-. Regresa junto a mí, es tan agradable tenerte cerca…
Ella se inclina de nuevo sobre su regazo y Nando toma su cabeza de rojizos cabellos entre sus manos fuertes y tiernas, y sus largos dedos de pianista acarician los rizos de la muchacha con la misma suavidad con que se deslizarían sobre las teclas en un tiempo pianísimo.
- Eres como un niño –musita ella.
- Soy un genio capaz de imaginar sonidos que jamás han escuchado los oídos humanos.
Miriam le besa sobre la bragueta y el falo del muchacho se endurece más y más. Le baja con suavidad la cremallera y el miembro brota erecto y fuerte de entre las telas. La lengua húmeda de la mujer da un lametón sobre su cúspide y una cascada viscosa y cálida estalla contra su rostro. La sorpresa le hace echar la cabeza hacia atrás y cerrar los ojos.
Cuando los vuelve a abrir ve a su amigo acurrucado en el sofá con la cabeza vuelta contra el respaldo, y parece gimotear. Miriam recoge con la lengua una espesa gota que se iba escurriendo entre las comisuras de los labios.
- … Impropia de haber sido escrita por una persona tan delicada como ella.
- ¿Sería demasiada indiscreción preguntarle si todavía continúa enamorado de Thérèse?
- Nunca lo estuve –se apresuró a decir Julián con rotundidad, y su mirada me retaba.
- No es lo que se deduce de la novela –respondí con tranquilidad sosteniendo su mirada.
El se crispó.
- Si va a adoptar usted un tono impertinente sería mejor que diéramos por terminada la entrevista -y se levantó del sillón. Su gesto me pareció arrancado del Nando de la novela de Thérèse.
- Perdón, perdón… le juro que en modo alguno ha sido mi intención ofenderle -intenté reconciliarme con él, sorprendida por su reacción. Había pensado que el reto visual era tan sólo para que contendieran nuestros respectivos puntos de vista. Bien, ahora comprendía  que era con la intención de obligarme a aceptar el suyo, y que debía estar preparada para soportar algún que otro golpe efectista.
- Supongo que podré leer el original de lo que usted piensa publicar, y hacer en él las correcciones que crea pertinentes para dejar bien clara mi opinión sobre ciertas cuestiones. No es que dude de su buena voluntad… pero una interpretación equivocada de alguna de mis frases… no creo que sea necesario recordarle que en estos momentos soy un personaje público y… -tendió un puente para que la entrevista pudiera proseguir mientras volvía a sentarase.
- No hay ningún inconveniente por mi parte, pero puesto que usted ya se había leído la novela antes de acceder a que le entrevistara sobre ella podía haber calculado que las preguntas que le iba a formular serían más o menos de semejante jaez.
- Sí, le aclararé que no me ha molestado la pregunta sino su tono afirmativo… Seamos sinceros: si accedí a concedérsela fue para tener la oportunidad de hacer cierta puntualizaciones sobre algunas cuestiones que considero ofensivas, en primer lugar para la memoria de mi malogrado amigo Fernando, y en segundo con respecto a la honorabilidad de mi hermana y de la mía propia… Y, sobre todo, para dejar bien sentado de una vez por todas que la obra de Thérese es una ficción en su globalidad, como ya le he advertido antes.
- El director de nuestra revista fue muy explícito cuando me encomendó este trabajo; la gente de la calle se pregunta qué hay de verdad y qué de ficción en la novela, y nuestra misión como periodistas, aunque usted no tenga sobre nosotros un buen concepto, le aseguro que es cierto, sería aclararlo. El nuestro es un humilde trabajo público, y no tenemos ninguna otra pretensión que dar a conocer la verdad con toda la transparencia posible, así que sus puntualizaciones, como testigo directo de algunos de los sucesos, nos vendrán como miel sobre hojuelas, valga el vulgarismo.
Mis palabras eran las que esperaba escuchar, así que su expresión se fue destensando y se arrellanó en el sillón. Se le notaba dueño de sí mismo otra vez.
- Le ruego me disculpe por mi anterior exaltación, pero es muy importante para mí que no se prejuzguen ciertas cuestiones que podrían distorsionarlo todo. ¿Por dónde íbamos?

lunes, 19 de noviembre de 2012

Entrevista Primera - Capítulo 1



ENTREVISTA PRIMERA

CAPÍTULO 1
                            En la tarde dominical el verde de las acacias se difumina en el azul gastado del cielo, y los automóviles aparcados junto a las aceras conforman el paisaje que rodea el estadio. JUEGA EL REAL MADRID. También hay numerosos autobuses llegados de todos los rincones del país, unos trajeron a sus peñas seguidoras, y otros a las de su rival de turno. La vida se ha detenido y sólo rompe la calma urbana un griterío semejante al borboteo de una olla de garbanzos puesta sobre el fogón cuando se produce una jugada interesante.




         Dos policías uniformados de marrón me exigieron que presentara la documentación antes de franquearme la entrada al edificio. Cuando les informé del objeto de mi visita se mostraron muy amables. Del cercano estadio surgió un clamor y los dos miraron con expectación al portero de la finca, que sostenía un transistor pegado junto a la oreja, inquiriéndole noticias.
         - ¡Ha estado a punto de entrar! –exclamó el hombrecillo.
         -Haga el favor de acompañar a la señorita hasta el ascensor, va al piso de don Julián.
         El empleado se mostró muy solícito pero sin dejar de apretar contra su cabeza el pequeño aparato.
       El espejo del elevador me devolvió mi figura invertida. Una imagen elegante y agradable. El vestido de paño verde sobre la blusa blanca y la gabardina color crudo terciada sobre el mismo brazo en que sostenía mi cartera de cuero claro me proporcionaban un aspecto muy adecuado para la ocasión. Me encontré con mi mirada azul marino y me sonrieron unos labios finos sobre los que se extendía un ligero toque de carmín pálido. Las canas me hacían parecer algo mayor, pero me daban un toque muy interesante, y la piel del rostro conservaba una magnífica tersura para mis treinta y tres años ya avanzados.
          El ascensor se había detenido con suavidad, y su puerta automática se abrió. Me encontré en un pequeño recibidor ante una bella doncella de rasgos latinos vestida con un sencillo uniforme.
         -Me llamo Gloria Ruíz y tengo una cita con don Julián -pronuncié con la media sonrisa que tenía tan ensayada para cualquier tipo de presentaciones.
         -Espere aquí un momento, por favor, informaré al señor de su visita –me respondió una cantarina voz, quizá con ecos centroamericanos.
         Era evidente que él ya estaba al tanto de mi llegada. La cita estaba concertada para aquella hora, y el hecho de que la muchacha me esperara en la puerta del ascensor me reafirmaba en la idea. “Pensará que va a encontrarse con la principianta de hace unos años y me intentará deslumbrar”.
           No era la primera vez que entrevistaba a Julián Castro, aunque en la anterior ocasión la situación había sido muy distinta, fue en la misma sede central de su partido, durante el transcurso de la campaña electoral que había de llevarles al poder. Me pasé un poco de saliva por una inoportuna carrera que descubrí en una media, y de paso di una toba a mis zapatos de piel para quitarles el polvo. Sus elevados tacones me hacían parecer más esbelta pero me torturaban los empeines. Me puse a fisgonear por la puerta entreabierta, resultaba extraño que el piso estuviera decorado en un estilo pasado de moda, una siempre se imaginó que la vivienda de un diputado progresista estaría montada según las pautas de decoración más modernistas, tal vez por transposición de unos esquemas preestablecidos sobre lo vanguardista.
         Pero no tuve tiempo de hacer más conjeturas porque enseguida regresó la doncella y me condujo hasta el despacho de Julián. ¡Vaya un tipo completo!, además de ser un excelente fotógrafo  y un destacado político podía ser considerado como el trasunto real de uno de los protagonistas de la novela de mayor aceptación, tanto por la crítica como por el público, de los últimos meses. Su autora, Thérèse de Lastignac, había pasado del anonimato a cumbre del éxito con su primera obra publicada.
         Fui acogida con mucho afecto, no había olvidado el personaje mi loatoria entrevista anterior, y seguro que pensaba que gracias a ella había obtenido más de un voto. Encargó unas bebidas a la doncella y me invitó a tomar asiento en un cómodo sillón de cuero. Antes de entrar en materia, y mientras aguardábamos el regreso de la criada, rememoramos por unos instantes el bizarro entorno que sirvió de fondo a nuestro anterior encuentro. Pero la muchacha era eficaz y la evocación fue muy corta, lo que agradecí, porque estaba impaciente por atacar la cuestión que me había traído hasta allí, y debo confesar que fui demasiado impetuosa al comenzar por preguntarle sin mayores preámbulos:
         - ¿Se puede interpretar la obra de Thérèse de Lastignac como una autobiografía?
         - En absoluto –se apresuró en responder él-. Aunque los nombres de los personajes están tomados de personas reales y la cronología de la acción se corresponde con la histórica de aquellos años es evidente que se trata de una obra de ficción, como ella advierte en el prólogo de su novela - y me sonreía con la suficiencia de quien ha estudiado al detalle una respuesta.
         - Sí, pero precisamente por ello se podría colegir que, al igual que ocurre en múltiples casos, Thérèse esté empleando una figura retórica y pretende significar lo contrario de lo que expone.
         - Resulta gracioso que ustedes los periodistas siempre tengan la costumbre de buscarle tres pies al gato…
         - Tal vez sea que nos encontramos en más ocasiones de lo que sería habitual con gatos cojos.
         - O que ustedes hacen todo lo posible por cortarle una pata a cualquier gato que se encuentran por el camino para tener oportunidad de sacar algo siempre noticiable. Y no es ningún reproche personal, más bien está comúnmente aceptado como una deformación profesional -y sonrió como el niño que hace una pequeña travesura que espera sea aceptada como una broma.
          - Es posible que haya un poco de todo –admití-. No obstante el grupo artístico debió de tener existencia, y según la novela la idea de su creación tuvo lugar en esta misma casa.
         - El salón que describe Thérèse está al otro lado de este tabique…

         La música lo llenaba todo, la octava sinfonía de Mahler chorreaba por las paredes enteladas en marfil y los amplios cortinones dorados del salón. La decoración era austera pero elegante. Un tresillo tapizado en tela, una mesita baja de caoba, el piano de pared y un mueble-bar en el que estaba ubicado el tocadiscos. Algunos lienzos clásicos enmarcados en gruesas artesanías doradas se esparcían por los paramentos ubicados con armoniosa gusto.
         Nando y Julián permanecían absortos en la audición. No era fácil distinguir si pensaban o si tan sólo soñaban. Ambos aparentaban la misma edad: unos veinte años, y usaban prendas deportivas, tan agradables de llevar en un día de otoño. Nando era alto, aunque no demasiado fornido, y su rostro tenía la serenidad y perfección de una estatua griega, pero su pelo rizado y sus claros ojos verdes denotaban la mezcolanza de sangre que corría por sus venas. El otro era menudo en comparación con él y su rostro tenía algunos rasgos semitas. Su mirada era oscura y sus cabellos crespos debían resultar difíciles de peinar.
         Los últimos compases flotaron por un momento en la atmósfera de la sala y acabaron por desvanecerse al tiempo que un agudo ¡clik! Anunció la parada automática del tocadiscos. Los dos amigos tardaron todavía un espacio en regresar de sus respectivos pensamientos o ensoñaciones.
         - Has hecho una buena compra, en verdad que se trata de una versión excelente –rompió el silencio Julián.
         - Además el álbum estaba en oferta y me ha resultado bastante barato.
         - Algún día, no muy lejano, se grabarán discos con tu música –halagó Julián a su amigo.
         - Y en las carpetas de los discos habrá fotografías que me habrás tomado en los mejores auditorios y salas de grabación de todo el mundo –devolvió el cumplido Nando.
         - Estamos soñando… Es natural después de escuchar esta magnificencia de música.
         - Es bueno soñar, sin sueños es imposible la creación –se levantó y se puso a pasear por la habitación-, todos los grandes artistas se han pasado una buena parte de su vida soñando…
         - ¿Te sirvo otra copa de oporto? –propuso Julián.
         - Es imprescindible soñar, sólo el sueño es capar de hacer cambiar la realidad… Sí, por favor, y brindaremos por los futuros proyectos –hizo un ademán triunfante elevando con un giro la mano derecha como quien levanta un trofeo mientras con la otra recogía la copa y se la aproximaba a su amigo, quien tomando una botella mediada de la mesita baja, sin abandonar su sillón, lleno la copa que le presentaba Nando y la suya propia.
         - Te noto eufórico e intranquilo –dijo mientras escanciaba el selecto vino.
         - Tengo razones para debatirme entre ambos sentimientos –se sentó en el brazo del sillón en que reposaba su amigo y pasó un brazo sobre sus hombros-, vengo madurando una idea desde hacía varios día y me ha llegado el momento de comentarla contigo. A veces en vez de soñar nos dormimos…
       - ¿Qué se te habrá ocurrido ahora? En muchas ocasiones eres sorprendente, pero sea cual sea tu idea brindaremos por ella por anticipado: ¡Salud! –y golpeó ligeramente su copa contra la de Nando, éste se levantó y adoptó una actitud teatral.
         - Mientras todo el mundo sigue avanzando a nuestro alrededor nosotros holgamos…
         - Pero si no paramos ni un momento –se apresuró a apuntar Julián-, estamos tan atareados que apenas si nos queda un rato para charlar apaciblemente con los amigos y escuchar un poco de música con tranquilidad.
         - Sí, sí, nos movemos, eso es cierto, pero somos como los peces de colores dentro de una pecera, hacemos círculos y círculos sin llegar a nada práctico; muchas horas de estudio, de trabajo, de creación… Y, ¿a quién aprovecha todo nuestro esfuerzo?, ¿quién se entera de que estamos luchando y sufriendo?... Hay que promocionarse, es el signo de los tiempos, ¿por qué bebemos una cierta bebida o nos compramos la ropa en un conocido almacén?, porque nos lo meten por los ojos y los oídos. Todo el mundo tiene que enterarse de que estamos aquí y de que tenemos muchas cosas nuevas que mostrar –su apasionamiento iba en aumento ante la mirada atenta y escéptica de Julián, que se pasaba de tanto en tanto la mano por sus indomables cabellos-. Debo dar conciertos con mi propia música y dirigir una gran orquesta, tienes que exponer tus fotografías, y que publicarlas en las mejores revistas – cerraba el puño cuando terminaba cada frase para poner mayor énfasis a lo que decía.
         - Sabes que eso no es nada fácil de conseguir, somos demasiado jóvenes, y ni a ti te van a dejar una gran orquesta para que dirijas tu propia y desconocida música ni a mí me cederán una sala para que muestre mis fotos, y menos me contratará una revista de amplia difusión para que las publique. El mundillo del arte y de la cultura es un coto cerrado y controlado y las buenas oportunidades no se las dan a cualquier principiante. Tenemos que madurar…
         - ¿Madurar, para qué? Ya llevamos demasiado tiempo colgando de la rama y nos vamos a podrir en el árbol. Ahora es cuando tenemos la fuerza, cuando estamos en forma y nos lo podemos comer todo. Tú lo has dicho, es un coto privado y hay que entrar a cazar en él como sea. Si no nos dejan hacerlo por la puerta principal penetraremos por alguna ventana que se hayan dejado entreabierta. Tenemos que publicar una revista que sea el vocero de nuestras ideas…
         - ¡¿Una revista?! –se asustó Julián.
         - Lo que has oído. Esa es la idea que me preocupaba y que andaba madurando.
         - ¿Te has vuelto loco, cómo vamos a sacar adelante una cosa tan complicada entre los dos? Para eso hace falta echarle mucho trabajo y… lo peor, ¡mucha pasta!
         - Tampoco se trata de sacar un “Triunfo”, puede ser algo agradable y reducido, una especie de panfleto encuadernado que aunque sencillo resulte lo bastante digno para que se pueda llevar a las librerías especializadas y a las tiendas de música, a sitios donde la cultura represente algo más que una palabra vacía de contenido – hizo una pausa-. Y, en lo referente a tener que realizar el tema sólo nosotros dos, no hay ningún problema: tenemos cantidad de amigos y conocidos que se encuentran en nuestra misma situación, es decir, cargados de juventud y de potencia, y condenados a tener que esperar a que les salgan canas para que los prebostes que llevan las riendas de la cultura les tomen en consideración. No nos resultará nada difícil formar un grupo de animación artística como los que montaban los dadás, será muy divertido...
         - Ellos contaban con otros medios y eran unos tiempos muy diferentes. Además eso sería algo todavía mucho más complicado que la revista, habría que moverse demasiado y contracorriente.
         - No hay que ser nunca pesimista, Julián, cualquier cosa menos eso -le miró desafiante.
         - Tampoco hay que ser optimista hasta la locura - le aguantó la mirada. Durante unos segundos de incómodo silencio Nando se afanó en buscar nuevos argumentos categóricos que reforzaran su posición.
         - Nadie es capaz de llegar a conocer la fuerza ingente que lleva dentro sí hasta que no es capaz de ponerla en funcionamiento. ¡Estoy seguro de que vamos a causar sensación! –se exaltaba el novel músico y le brillaba la verde mirada-. Ahora es nuestro tiempo, el sistema se está tambaleando y tenemos toda la fuerza de la juventud y de la creatividad. El Mayo de Paris está reciente, ¡fíjate en como la conjunción de los estudiantes con los artistas fue suficiente para poner contra las cuerdas a todo el establecimiento burgués! En las calles se hacía música, y ¡música culta!, tocada sin ningún ensayo y por personas sin demasiada preparación, se vivía una continua fiesta revolucionaria. ¡Me gustaría vivir siempre con la sensación de estar en la cumbre de un orgasmo!
         - A veces me asustas, Fernando, deseas cosas imposibles de conseguir.
         - Sí, la perfección es imposible de conseguir… pero convendrás conmigo en que no es lo mismo vivir intentando conseguirla que dejarse arrastrar por la corriente como una oveja.
         - Hay que llegar a un equilibrio entre lo que se sueña y lo que es posible llegar a hacer dentro de la propia capacidad para optar a conseguir la felicidad. Puedes estar seguro de que no me siento en disposición de balar ninguna consigna que se dicte desde las alturas, pero tampoco me parece una actitud razonable adoptar la postura de una cabra agreste. Por otra parte, los franceses tienen otra mentalidad, muchos años de experiencias democráticas, y, además, los estudiantes estaban apoyados por los obreros.
         - Los franchutes son todavía más reaccionarios que nuestros compatriotas, y los currelas no fueron más que una comparsa que bailaba al ritmo de una música que jamás habían soñado escuchar. Hay que coger a los ciudadanos anodinos y pincharles y epatarles, ¡ya verás como saltan!
         - Lo más probable es que seamos nosotros los que nos pongamos a botar si se nos ocurre hacer algo demasiado avanzado o estrafalario. Ambos procedemos de familias bien situadas y nuestros propios padres serán los primeros en impedirnos tomar posturas demasiado progresistas. Hay que tener los pies puestos en el suelo si queremos que nuestra cabera permanezca a la altura necesaria para poder observar las estrellas.
         - Nuestros respectivos padres están hasta el gorro del franquismo, el tuyo está con la corte de don Juan y el mío se perece por una democracia de corte europeo que le permita aumentar las exportaciones de los productos de sus empresas.
         - Tú mismo lo estás diciendo , ellos están por las reformas tanto en la política como en la cultura, y la concepción que tenemos nosotros del arte es plenamente revolucionaria. Y, lo fundamental es que todavía nos queda mucho por aprender, no estamos preparados para asumir…
         - ¿Qué madurez tenían Picabia o Arp en el 16? –le interrumpió Nando-. Pero tenían decisión, que es lo que me temo que te falta a ti.
         - Somos amigos desde la infancia y sabes muy bien que siempre he sido emprendedor, pero con fundamentos. Me parece que lo ves todo demasiado fácil, Nando, trato de encontrar entre nuestros conocidos a cualquiera que estuviera dispuesto a embarcarse en ese proyecto y no consigo dar con ninguno que tuviera la suficiente consistencia para ello.
         - Por eso no debes tener cuidado, contamos de seguro con Ernesto.
         - El muchacho aquel que conociste en un concierto… Pinta de dadá si que tiene, es la persona más estrambótica que he visto en su forma de vestir.
         - Y de comportarse: siempre se cuela en los conciertos. Comenzó a entrar contándole al portero la trola de que era muy amigo de un acomodador del “gallinero” , y al final ha acabado por hacerse íntimo del uno y del otro, al que no conocía de nada.
         - ¡Ja, ja, ja, ja! – rió de buena gana Julián con la anécdota que contaba su amigo, lo que le sirvió para relajarse un tanto de la tensión que le producía el conato de discusión -. Desde luego tiene gracia el asunto, pero el interfecto debe ser un pájaro de cuidado, un chirlero.. o algo peor.
         - Te aseguro que es muy buena persona, un alma cándida, que se dice vulgarmente, aunque no deja de ser un notable escultor, me ha mostrado algunas de sus obras y puedo jurar que tiene mucha fuerza y que el muchacho llegará lejos. Tal vez sea demasiado ingenuo en el trato con las personas, pero eso no deja de ser un tanto a nuestro favor, así será mucho más fácil que acepte nuestra proposición de formar parte del grupo y que no ponga muchos obstáculos en que este siga la trayectoria que nosotros deseemos.
         - Espero que no hayas hablado todavía con él sobre este tema.
         - Por supuesto que no, antes de nada deseaba conocer tu opinión, para eso eres mi mejor amigo. Nosotros somos la parte imprescindible en este proyecto, los que lo vamos a manejar –y le guiñó un ojo.
         - Ya, los demás serán sólo la comparsa, alaga mi vanidad pero me parece poco ético.
         - No vamos a andarnos a estas alturas con sensiblerías. Tenemos un objetivo claro que cumplir y sabemos lo que queremos… Siempre ha habido personas más inteligentes que otras, los encargados de idear y dirigir las altas empresas, es una ley de vida. También había pensado que formara parte del grupo Alfonso, aquel compañero de estudios de tu hermana que leyó unos poemas en la fiesta de su cumpleaños. No estaban nada mal…
         - No sé que opinar sobre él, es un personaje muy oscuro, nunca consigo saber a qué carta podrá quedarse, algunas de sus actitudes son muy ambiguas.
         - Pues habló de una manera muy elocuente sobre el poder corrosivo de la palabra y de sus posibilidades revolucionarias.
       - Suele ser bastante tímido y retraído, pero supongo que en aquella ocasión debió de tomar alguna copa de más que le dotó de una elocuencia añadida. Por lo que a tus propósitos se refiere creo que anda algo enamoriscado de mi hermana, el pobre, y por ella sería capaz de formar parte hasta de un grupo de acróbatas…

    - Por lo demás, ella no estuvo presente en aquellas primeras conversaciones del grupo, y tan sólo se imagina como pudieron haber sido. Apareció en nuestras vidas algún tiempo después, ninguno la conocíamos entonces, y no hubo ninguna primera conversación formal sobre el tema de la revista, los que la publicamos nos veíamos por aquellas fechas con mucha frecuencia, íbamos juntos a exposiciones, a conciertos, formábamos tertulias espontáneas en algún café de renombre. De hecho éramos ya un grupo antes de que apareciera la idea de la revista, y no sería capaz de discernir con acierto en qué momento surgió la idea de su publicación, si es que a aquel engendro se le puede dar tal calificativo, que me resulta en estos momentos demasiado presuntuoso.