viernes, 29 de marzo de 2013

Entrevista Segunda - Capítulo 10



CAPÍTULO 10

         El gran obelisco traído de lejanas tierras conmemora y recuerda a todos que cayeron en la lucha por alcanzar la independencia nacional cuando la invasión francesa. Alrededor de él han pergeñado un pequeño jardín con algunos árboles ortopédicos, matojos de espino y unos bancos de piedra. La muchacha sirve en la casa de unos señoritos del nuevo régimen que se pasaron toda la guerra escondidos y actuando como quinta columna mientras los cuatro hermanos varones de ella daban la cara en el frente del Jarama, y su acompañante acaba de regresar de un “batallón de trabajadores”, eufemismo con el que se denominó a los conjuntos de prisioneros que debían realizar las más rudas labores en las trincheras sin derecho a sueldo. Se acaban de dar un honesto beso y un municipal les está imponiendo una multa por su grave atentado a la moral. 

         - Y ya se había reintegrado a sus actividades políticas.
         - Es probable que no hubiera abandonado en todo ese tiempo su activismo sindical, aunque apenas si hablábamos sobre ese tema se le notaba muy enganchado a su ideología. Y gracias a esa fijación de mi amigo conocí a la que ahora es mi esposa.


         “Hacía pocos meses que habían legalizado el sindicato y todo era euforia popular. Flotaba en el ambiente la sensación de que todo iba a cambiar con una rapidez vertiginosa, que la revolución social se encontraba a la vuelta de la esquina. El gobirno era débil, o, con mayor propiedad, no sabía encontrar su sitio y andaba dando bandazos de un lado para otro tratando de contentar a todos los sectores sociales y sin conseguir agradar a ninguno. Una vez que había comenzado a hacer concesiones tendría que continuar entregando al Pueblo sus libertades una a una. En el estadio donde se celebraba la fiesta sindicalista se respiraba un clima de felicidad desbordante.
         - Están muy frescas -dijo Fonso, entregando uno de los botellines de cerveza a su amigo; este pegó un buen trago antes de responder nada-. ¿Te alegras de haber venido?
         - Está buenísima -se relamió Ernesto-. Confieso que tenía mis prejuicios pero he de reconocer que el ambiente es muy alegre y distendido.
         - ¿Qué te esperabas?
         - No lo sé exactamente, algo más politizado y menos divertido, discursos y todas esas cosas. Vuestros programas son muy radicales y uno no acaba todavía de acostumbrarse al cambio. Apenas si hace un par de años que todavía estaba el Viejo dando guerra… esa mujer es todo un bombón -apreció señalando hacia el escenario.
         - ¡Ah, sí!, se trata de Cristal, la cantante de los “Troncos”. Están sindicados en espectáculos, como el resto de los músicos que actúan esta tarde. Son todos muy buena gente y no cobran ni un duro por su colaboración. Sobre la calidad musical de la mayoría de ellos será mejor no hablar, muchos están comenzando ahora, pero algunos tienen buena madera.
         - Parece un ángel que hubiese descendido a la tierra.
         - Noto que te ha dejado muy impresionado, pero por estos pagos será mejor que no emplees alusiones celestiales porque hay mucho anticlerical por aquí. Si lo deseas te la puedo presentar cuando terminen su actuación ya que tengo bastante amistad con ellos.
         - ¿Alguno de los del conjunto es su novio? -preguntó Ernesto.
         - No, que va, para nada. Cada uno de los componentes del grupo va a su aire, pero no te aceleres tanto que los enamoramientos a primera vista suelen resultar nefastos. Vamos a acercarnos al escenario y veremos mejor su actuación.


         Cristal cantaba aquel rock con mucha garra, imitando el estilo de Janes Joplin, pero por desgracia para ella y para el auditorio no poseía la misma voz potente, torturada y llena de registros de la malograda cantante, y en los agudos más altos se veía obligada a desafinar un tanto. Pero la carencia de armonías vocales quedaba bien compensada por el empeño que ponía en su empresa y por la grácil forma con que movía su bello cuerpo. Era menuda pero bien proporcionada y el pantalón vaquero ceñido hacía resaltar el encanto de las caderas y de sus torneadas piernas. Una camisa blanca desabotonada dejaba entrever unos senos pequeños y duros, y los largos cabellos castaños que se bamboleaban al ritmo de la música enmarcaban una deliciosa cara de ojos negros y vivarachos, nariz respingona y boca pequeña y graciosa. La comparación angelical que había efectuado Ernesto no iba en absoluto descaminada, sobre todo si se comparaba la fisonomía de la muchacha con la de sus compañeros de banda, feos, greñudos y desgarbados, como recién salidos de las cavernas del averno. Pero sabían tocar sus respectivos instrumentos con una gran maestría, en particular era una delicia escuchar los solos de guitarra de Rosendo, con los ojos cerrados, su gran narizota contraída y el pelo de panocha sobre los hombros, hacía de cada nota y de cada arpegio una maravilla sonora que transmitía al público las vibraciones de su música.
         - Son formidables -aplaudía Ernesto al final de la actuación, a pesar de que nunca le había agradado demasiado el rock.
         -¡Otra, otra, otra! -se clamaba por doquier, obligando a la banda a hacer otro tema para complacer los deseos del público exaltado por el espectáculo que estaban presenciando.
       - ¡Rosendo, has estado formidable! -felicitó Fonso al músico cuando bajó del escenario una vez acabado el bis.
         - Gracias, con un público tan magnífico y tan entregado se entra en calor y se puede dar todo lo que uno lleva dentro.
         - Este es un buen amigo mío: Ernesto -presentó.
         - Encantado -dijo Rosendo ofreciendo su mano.
         - Lo mismo digo, y mis más sinceras felicitaciones por la vibrante actuación que nos habéis ofrecido -saludó Ernesto.
         - ¿Dónde está Cristal? -preguntó Fonso.
     - Habrá ido hacia el bar con los otros, hace un calor del carajo y allí arriba sudábamos como animales, también yo me estoy muriendo de sed.
         - Pues vayamos también nosotros a tomar algo -propuso Fonso.
    Junto al mostrador encontraron a Cristal rodeada por un nutrido grupo de admiradores. Se pidieron bebidas y se hicieron las presentaciones mientras sobre el escenario comenzaba a actuar otra banda y crecía el calor y la animación de la fiesta, y por el aire se iba expandiendo un característico olorcillo a yerba quemada.”

      - Después nos prestaba su habitación algunas tardes, y como en el apartamento también vivía Nando pues nos volvimos a tratar de nuevo y a olvidar los rencores. El también se había aficionado a fumar…
         - Y más que a fumar, según la novela.
         - No, todavía no se pinchaba, al menos que los demás lo supiéramos.
         - Pero una cosa lo llevaría a la otra.
       - No existe una relación tan directa. Casi todos los integrantes de nuestra generación hemos compartido alguna vez un peta, y tan solo una minoría han buscado otras drogas más fuertes. Es como suponer que todo el que se bebe de vez en cuando una cervecilla tiene que acabar alcohólico perdido.
         - Algunos nunca hemos probado ese tipo de alicientes -mentí sin saber por qué tenía la necesidad de fingir una inocencia en cuestión tan trivial. Tampoco era una falsedad rotunda, alguna que otra calada sí que le había dado a un porro en alguna fiestecilla, en particular durante aquel triste y enervante periodo que medió entre la separación con mi primer marido y el comienzo de la relación con Gerardo, pero eso de ninguna manera podía considerarse como una adicción.

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