CAPÍTULO 10
El gran obelisco
traído de lejanas tierras conmemora y recuerda a todos que cayeron en la lucha
por alcanzar la independencia nacional cuando la invasión francesa. Alrededor
de él han pergeñado un pequeño jardín con algunos árboles ortopédicos, matojos
de espino y unos bancos de piedra. La muchacha sirve en la casa de unos
señoritos del nuevo régimen que se pasaron toda la guerra escondidos y actuando
como quinta columna mientras los cuatro hermanos varones de ella daban la cara
en el frente del Jarama, y su acompañante acaba de regresar de un “batallón de
trabajadores”, eufemismo con el que se denominó a los conjuntos de prisioneros
que debían realizar las más rudas labores en las trincheras sin derecho a
sueldo. Se acaban de dar un honesto beso y un municipal les está imponiendo una
multa por su grave atentado a la moral.
- Y ya se había
reintegrado a sus actividades políticas.
- Es probable
que no hubiera abandonado en todo ese tiempo su activismo sindical, aunque
apenas si hablábamos sobre ese tema se le notaba muy enganchado a su ideología.
Y gracias a esa fijación de mi amigo conocí a la que ahora es mi esposa.
“Hacía pocos
meses que habían legalizado el sindicato y todo era euforia popular. Flotaba en
el ambiente la sensación de que todo iba a cambiar con una rapidez vertiginosa,
que la revolución social se encontraba a la vuelta de la esquina. El gobirno
era débil, o, con mayor propiedad, no sabía encontrar su sitio y andaba dando
bandazos de un lado para otro tratando de contentar a todos los sectores
sociales y sin conseguir agradar a ninguno. Una vez que había comenzado a hacer
concesiones tendría que continuar entregando al Pueblo sus libertades una a
una. En el estadio donde se celebraba la fiesta sindicalista se respiraba un
clima de felicidad desbordante.
- Están muy
frescas -dijo Fonso, entregando uno de los botellines de cerveza a su amigo;
este pegó un buen trago antes de responder nada-. ¿Te alegras de haber venido?
- Está buenísima
-se relamió Ernesto-. Confieso que tenía mis prejuicios pero he de reconocer
que el ambiente es muy alegre y distendido.
- ¿Qué te
esperabas?
- No lo sé
exactamente, algo más politizado y menos divertido, discursos y todas esas
cosas. Vuestros programas son muy radicales y uno no acaba todavía de
acostumbrarse al cambio. Apenas si hace un par de años que todavía estaba el
Viejo dando guerra… esa mujer es todo un bombón -apreció señalando hacia el
escenario.
- ¡Ah, sí!, se
trata de Cristal, la cantante de los “Troncos”. Están sindicados en
espectáculos, como el resto de los músicos que actúan esta tarde. Son todos muy
buena gente y no cobran ni un duro por su colaboración. Sobre la calidad
musical de la mayoría de ellos será mejor no hablar, muchos están comenzando
ahora, pero algunos tienen buena madera.
- Parece un
ángel que hubiese descendido a la tierra.
- Noto que te ha
dejado muy impresionado, pero por estos pagos será mejor que no emplees
alusiones celestiales porque hay mucho anticlerical por aquí. Si lo deseas te
la puedo presentar cuando terminen su actuación ya que tengo bastante amistad
con ellos.
- ¿Alguno de los
del conjunto es su novio? -preguntó Ernesto.
- No, que va,
para nada. Cada uno de los componentes del grupo va a su aire, pero no te
aceleres tanto que los enamoramientos a primera vista suelen resultar nefastos.
Vamos a acercarnos al escenario y veremos mejor su actuación.
Cristal cantaba aquel
rock con mucha garra, imitando el estilo de Janes Joplin, pero por desgracia
para ella y para el auditorio no poseía la misma voz potente, torturada y llena
de registros de la malograda cantante, y en los agudos más altos se veía
obligada a desafinar un tanto. Pero la carencia de armonías vocales quedaba
bien compensada por el empeño que ponía en su empresa y por la grácil forma con
que movía su bello cuerpo. Era menuda pero bien proporcionada y el pantalón
vaquero ceñido hacía resaltar el encanto de las caderas y de sus torneadas
piernas. Una camisa blanca desabotonada dejaba entrever unos senos pequeños y
duros, y los largos cabellos castaños que se bamboleaban al ritmo de la música
enmarcaban una deliciosa cara de ojos negros y vivarachos, nariz respingona y
boca pequeña y graciosa. La comparación angelical que había efectuado Ernesto
no iba en absoluto descaminada, sobre todo si se comparaba la fisonomía de la
muchacha con la de sus compañeros de banda, feos, greñudos y desgarbados, como
recién salidos de las cavernas del averno. Pero sabían tocar sus respectivos
instrumentos con una gran maestría, en particular era una delicia escuchar los
solos de guitarra de Rosendo, con los ojos cerrados, su gran narizota contraída
y el pelo de panocha sobre los hombros, hacía de cada nota y de cada arpegio
una maravilla sonora que transmitía al público las vibraciones de su música.
- Son
formidables -aplaudía Ernesto al final de la actuación, a pesar de que nunca le
había agradado demasiado el rock.
-¡Otra, otra,
otra! -se clamaba por doquier, obligando a la banda a hacer otro tema para
complacer los deseos del público exaltado por el espectáculo que estaban
presenciando.
- ¡Rosendo, has
estado formidable! -felicitó Fonso al músico cuando bajó del escenario una vez
acabado el bis.
- Gracias, con
un público tan magnífico y tan entregado se entra en calor y se puede dar todo
lo que uno lleva dentro.
- Este es un
buen amigo mío: Ernesto -presentó.
- Encantado
-dijo Rosendo ofreciendo su mano.
- Lo mismo digo,
y mis más sinceras felicitaciones por la vibrante actuación que nos habéis
ofrecido -saludó Ernesto.
- ¿Dónde está
Cristal? -preguntó Fonso.
- Habrá ido
hacia el bar con los otros, hace un calor del carajo y allí arriba sudábamos
como animales, también yo me estoy muriendo de sed.
- Pues vayamos
también nosotros a tomar algo -propuso Fonso.
Junto al
mostrador encontraron a Cristal rodeada por un nutrido grupo de admiradores. Se
pidieron bebidas y se hicieron las presentaciones mientras sobre el escenario
comenzaba a actuar otra banda y crecía el calor y la animación de la fiesta, y
por el aire se iba expandiendo un característico olorcillo a yerba quemada.”
- Después nos
prestaba su habitación algunas tardes, y como en el apartamento también vivía
Nando pues nos volvimos a tratar de nuevo y a olvidar los rencores. El también
se había aficionado a fumar…
- Y más que a
fumar, según la novela.
- No, todavía no
se pinchaba, al menos que los demás lo supiéramos.
- Pero una cosa
lo llevaría a la otra.
- No existe una
relación tan directa. Casi todos los integrantes de nuestra generación hemos compartido
alguna vez un peta, y tan solo una minoría han buscado otras drogas más
fuertes. Es como suponer que todo el que se bebe de vez en cuando una
cervecilla tiene que acabar alcohólico perdido.
- Algunos nunca
hemos probado ese tipo de alicientes -mentí sin saber por qué tenía la
necesidad de fingir una inocencia en cuestión tan trivial. Tampoco era una
falsedad rotunda, alguna que otra calada sí que le había dado a un porro en
alguna fiestecilla, en particular durante aquel triste y enervante periodo que
medió entre la separación con mi primer marido y el comienzo de la relación con
Gerardo, pero eso de ninguna manera podía considerarse como una adicción.

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