CAPÍTULO 6
Mediodía de un
sábado otoñal. Del edificio en construcción salen los obreros aseados y
felices. ¡Hasta el lunes no habrá que volver al curro! Algunos conservan
puestos los monos de faena y sólo se han sacudido un poco el polvo del yeso y
el cemento. Durante toda la tarde y el siguiente día ayudarán a un compañero a
construir su chabola. Él y sus familiares han ido acopiando los materiales
necesarios durante el transcurso de las últimas semanas. Se trabaja duramente y
los muros y paredes van surgiendo de casi una cimentación de nada, pero toman
forma. La Meseta de Orcasitas se va poblando poco a poco con las viviendas de
los emigrantes. Todavía no ha llegado hasta allí la energía eléctrica y los
caminos de acceso son barrizales sórdidos…
Me quedé
silenciosa. Parecía que hubiese sonado un gong para señalar el final de un
asalto de boxeo, y los dos contendientes se hubiesen retirado a sus respectivos
rincones. Aprovechábamos el alto para reponer fuerzas, y el camarero nos trajo
un par de cubalibres, el tónico del café ya no resultaba suficiente para
proseguir la lid. El ambiente también exigía una bebida más fuerte, pues el
establecimiento se había ido colmando progresivamente y el humo de los
cigarrillos, y de algún que otro cigarro puro, junto al murmullo cada vez más
elevado del tono de las conversaciones producían una compacidad al medio
ambiente que resultaba difícil de cortar con las palabras.
Tras de tomar un
sorbo de mi pócima entré en materia.
- ¿Duró mucho tu
convalecencia? -pregunté, enfatizando el posesivo coloquial para dar ánimos a
mi contrincante.
- Sólo algunos
meses, pero creo que me dieron el alta prematuramente. Los golpes en la cabeza
tienen esas consecuencias, como no hay una herida que se pueda ver uno piensa
que se encuentra curado y es mucho después cuando aparecen las lacras. Durante
aquel curso ya trabajaba con normalidad, y cuando asistí a la boda de Julián pensaba
que estaba restablecido por completo, pero cuánto mejor hubiera hecho
quedándome en casa.
- No obstante lo
pasasteis muy bien todos los amigos reunidos.
- Lo pasamos
bien, pero Miriam y Fonso sólo estuvieron con nosotros el día de la boda. No,
ahora que lo recuerdo, Miriam también estuvo con nosotros al día siguiente.
“Aprovechando la
hospitalidad de la madre de Thérèse tuvo continuidad el ágape de la tarde
anterior en un almuerzo soberbio. La presencia de la señora de la casa los
retraía de hablar con entera libertad y se recurría a los socorridos temas
generales: el estado del tiempo, las diversas anécdotas sobre la ceremonia y
toda su parafernalia… Hubo una tangible sensación de alivio cuando tras los
postres la anfitriona se retiró protestando una importante ocupación.
- Es una pena
que no haya podido venir Fonso -se lamentaba Thérèse.
- Se debió de
mosquear anoche cuando te fuiste con Ernesto -dijo Nando empleando su habitual
tono sarcástico.
- Él también se
hubiera podido venir, ofrecí mi apartamento a todos -replicó ella.
- No le gustará
compartir sus novias con nadie -siguió manteniendo el mismo tono Nando con
ánimo de buscar polémica.
- Siempre has de
ser igual, sabes muy bien que nosotros nunca hemos sido novios, pero sí que
somos muy buenos amigos, y por eso me molesta que ni ayer aceptara mi
invitación ni haya venido hoy, como también me hubiera desagradado que no lo
hubiera hecho cualquiera de vosotros.
- Le preocupa
más la política que la amistad -comentó Ernesto-. No lo notaste ayer muy
nervioso después de la cena cuando leyó en los periódicos que seguramente
fusilarían hoy a esos muchachos. ¿Por qué estamos a 27 de septiembre, no?
- Claro, ayer
fue la boda de mi hermano y era veintiséis, como voy a olvidarlo.
- Lo mejor es
que dejemos de hablar de esos temas enojosos que nos podría sentar mal el
almuerzo -propuso Thérèse.
- Ha sido muy
amable tu madre invitándonos a todos, y la comida estaba deliciosa -agradeció
Ernesto.
- Era natural
que lo hiciese, la había hablado mucho de vosotros y tenía muchas ganas de
conoceros. ¿Os vais a quedar más días?
- Yo no, tengo
que acompañar a mis padres, que se ponen en marcha esta noche -negó Miriam.
- Nosotros
pensamos detenernos algún tiempo. He encontrado alojamiento para Ernesto y para
mí en casa de unos amigos de mi padre, tienen un formidable piano de cola y con
un poco de suerte podré convencerlos de que se dejen retratar por Ernesto y
sacar alguna ganancia para mantenernos -explicó Nando.
- Ya sabéis que
en mi apartamento hay sitio para ambos, aunque es reducido de tamaño por unos
días nos podríamos apañar con un poco de buena voluntad -dijo Thérèse.
- Lo hemos
discutido esta mañana Nando y yo y hemos decidido que es mejor la otra
solución, tú siempre andas viajando y además está el aliciente del piano.
- Cómo vosotros
queráis… si vais a estar mejor acomodados; de todas formas espero que nos
sigamos viendo con frecuencia.
- Por supuesto
-se apresuró a aceptar Ernesto.
- ¿Regresarás en
avión? -preguntó Thérèse a su amiga.
La cocinera
entró trayendo una bandeja de humeantes cafés mientras Miriam explicaba:
- No, a mi padre
le da mucho miedo volar. Ha reservado literas en el tren, se acuesta uno en
Austerlitz y se despierta en Chamartín.
- Es mucho más
cómodo y rápido el avión, y no estoy tratando de hacer propaganda comercial
-bromeó la azafata.
Nando se aburría
con aquella conversación tan trivial y decidió meter cizaña de nuevo.
- Se hace notar
su falta, a Fonso me refiero, ahora podría amenizarnos la sobremesa recitando
algún poema, bien suyo o bien del amplio repertorio que se tiene memorizado. Es
una pena que por culpa de la asquerosa política se pierda un buen poeta.
- Un magnífico
poeta -valoró Miriam.
- ¿Está tan
enganchado con la política? -preguntó Thérèse.
- Eso es bastante
difícil de calibrar porque apenas si nos hemos visto en los últimos meses y es
una materia muy confidencial allá en España. La oposición al régimen está muy
castigada como habrás podido comprobar por el hecho de cómo han condenado al
paredón a esos jóvenes -respondió Nando.
- ¿Vas a sacar
de nuevo el tema? -le reprochó Miriam.
- Es que se
trata del tema del día -salió en su defensa Ernesto-, he leído en la prensa que
de producirse los fusilamientos el mismísimo Jean Paul Sartre se desplazaría a
los Pirineos con muchos otros intelectuales para prender, en señal de protesta,
grandes hogueras que se puedan ver desde el otro lado de la frontera.
- Es un poco
fantoche ese Sartre - señaló Miriam.
- Es un premio
nobel -la rebatió Thérese, orgullosa del galardón que ostentaba su compatriota.
- Se puede ser
ambas cosas a la vez -calibró Nando.
- Además tengo
entendido que lo rechazó, no sé muy bien si por llamar la atención sobre el
problema de Argelia o sobre alguna otra guerra -aventuró Ernesto.
- Lo rechazase o
no, lo cierto y lo importante es que la Academia Sueca le otorgó el Premio
-sacó a relucir su chauvinismo Thérèse.
- Los artistas
debemos estar por encima de la mezquindad de la política, el Arte es universal
y no conoce fronteras ni banderas -afirmó Nando-. Nuestro buen amigo Fonso está
malogrando su talento y perdiendo el tiempo en cuestiones que ni le vienen ni
le van. Llega hasta a rechazar la compañía de sus amigos para asistir a
plúmbeas reuniones de esas en las que sólo se habla y habla y no se llega jamás
a conclusión alguna, porque ese es el funcionamiento típico de los políticos,
charlotear y charlotear y dejarte la cabeza caliente y los pies fríos.
- No estoy en
absoluto de acuerdo en eso de que deja de lado a sus amigos, sigue siento tan
buen camarada como siempre, sino no hubiera hecho tan largo viaje sólo para
acudir a la boda de mi hermano.
- Buen compañero
y tan atento con los demás como siempre, eso no es discutible -dijo Thérèse-.
Por otra parte el verdadero artista tiene un compromiso con los problemas de su
tiempo y de su entorno que no puede obviar.
- Ya salió el
célebre “compromiso” -dijo Nando con un gesto de asco-. El artista ya tiene
preocupaciones de sobra con estar comprometido con su propio trabajo. La obra
que resulte puede ser buena o mala según que tenga talento o que carezca de él,
y eso es todo, lo demás no dejan de ser paparruchas para justificar
mediocridades y carencias de genialidad.
- Pero todo
artista tiene que vivir en un tiempo físico y en el signo de nuestra época hay
una fuerte componente de la lucha de clases que no se puede dejar de lado
-afirmó Ernesto.
- Eso
es marxismo -dijo Nando despectivamente-. Tal vez sea una buena doctrina
económica, nunca me he parado a analizarlo en profundidad, pero un solo movimiento
de las sonatas de Mozart tiene para mí mucho mayor poder revulsivo que todos
los tratados del barbudo alemán y de sus congéneres. De lo que se trata es de
cambiar profundamente la sociedad, de lograr que en cada una de las personas
algo haga ¡clic! aquí -y se señaló la cabeza-, y que a partir de ese momento
comience a ver el mundo de una forma diferente y a vivir con plenitud, y eso no
se puede lograr con huelgas y algaradas, sino que por el contrario lo que
producen a la larga es un mayor aborregamiento de las personas, que siempre
acaban balando detrás del líder de turno.
- Confieso
que no entiendo una palabra de política -afirmó Ernesto-, pero en lo referente
a Fonso tendrás que reconocer que está dispuesto a hacer un favor a un amigo en
cuanto se presenta la ocasión. Aparte de eso me importa un pito si le gusta o
le deja de gustar el participar en algaradas.
-
Bueno, no vamos a perder toda la tarde dando vueltas alrededor de lo mismo,
mejor sería que fuéramos pensando en que vamos a emplear todo lo que queda de
ella -propuso Thérèse con la intención de acabar con aquella conversación.
- Podríamos
ir al cine, hay en cartel un montón de películas que no tenemos la posibilidad
de ver en Madrid -se adelantó en dar su opinión Ernesto.
- No
es mala idea, hace tiempo que no voy al cinema -se adhirió enseguida Thérèse.
- Por
mi parte podéis hacer lo que os plazca porque ahora mismo tengo que ir al hotel
a preparar las maletas -explicó Miriam-, ya sabéis que el tren parte esta
noche…
Pero
aquel tren que esperaba tomar Miriam no partió, era imposible que le
permitieran pasar la frontera con las grandes pintadas que se habían estampado
sobre su locomotora ya vagones aquella tarde. “Franco asesino, Giscard
complice” relucían con grandes caracteres por toda la superficie del convoy. La
prensa francesa del día siguiente lo denominaría “El Talgo Antifranco”.
Por
la plaza de La Bastilla, con las manos metidas en los bolsillos de su gabán
para ocultar las manchas de pintura, caminaba Fonso, orgulloso y pensativo.”
-
Pero nuestro amigo se fue sin despedirse siquiera. No me preguntes las razones
de tan precipitada marcha porque nunca volvimos a hablar sobre el tema…
-
Tal vez los celos que apuntaba Nando pudieran ser un buen motivo para que no os
quisiera ver en aquellos momentos.
- No lo creo, no
tenía justificación real para ello y ese comportamiento no cabe dentro de su
forma de ser habitual.

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