CAPÍTULO 9
Hay movida esta
semana en el bulevar. Los coches policiales taponan todas las posibles salidas
y los esbirros cachean a los viandantes, en su mayoría jóvenes en paro y
jubilados, El comisario de la zona está harto de que se considere a Vallecas
como un reducto de camellos y drogadictos. Con la misma precipitación que se
montó el tinglado se deshace, y las lecheras se alejan haciendo sonar sus
sirenas. Los jubilados regresan a los bancos de madera a tomar el sol y leer el
periódico, mientras que la juventud emprende marcha hacia lugares menos
desapacibles. Hay un fuerte incremento del paro juvenil en toda la capital, que
los gobernantes achacan a una crisis venida de no se sabe dónde.
- Es curioso que
fuera Fonso quien te volviera a poner en contacto con los otros del grupo.
- Pasó más de un
año desde aquel encuentro casual en que se mostró tan afable conmigo, a la
sazón se encontraba cumpliendo el Servicio Militar en una ciudad del sur. Tenía
una pinta muy chusca con el uniforme y el pelo cortado al cero, y echaba pestes
de la vida cuartelera.
- Todos soléis
llevar unas pintas lamentables.
“Cuando le vio
liar el porro con tanta habilidad quedó sorprendido. Estaban sentados en un
banco de piedra en la Plaza del Dos de Mayo, en pleno corazón de la metrópoli.
Los héroes de la independencia patria permanecían en su estática actitud
reivindicativa sobre el pedestal y un perro alzaba su pata contra los ladrillos
que sostienen el arco.
- No sabía que
fueras tan aficionado -comentó.
- Tampoco te
vayas a creer que me paso todo el día fumando. Un peta de vez en cuando viene
bien, los medicamentos me impiden tomar alcohol y alguna diversión tengo que
tener. No te asustarás a estas alturas por una cosa así.
- No, estoy muy
acostumbrado a ver fumar, en nuestros medios sindicalistas abundan cada vez más
los adictos a esta evasión, y el olorcillo me resulta agradable.
Ernesto ya había
encendido el porro y ofreció una calada a su amigo.
- Tiene un sabor
agradable y afina los sentidos -lo invitó y Fonso pegó una chupada y enseguida
soltó el humo-. No, tienes que aguantarlo más tiempo, sino no sacarás nada en
limpio, trae -y recogió el porro para hacer una demostración.
En esto apareció
por la esquina de una de las calles que desembocan en la plaza una pareja de
policías nacionales.
- Escóndelo que
nos pueden llamar la atención -se asustó Fonso.
- Haber si
piensas que muchos de ellos no fuman también. Y hasta los hay que trapichean
con la goma…
La pareja pasó
junto a ellos conversando sobre sus asuntos y sin prestarles el menor caso
continuó su ronda.
- Su trabajo no
es muy agradable y algún tipo de compensación se tienen que buscar -continuó Ernesto
cuando se alejaban.
- No dejarán de
ser unos parásitos sociales lo mismo que todos los militares.
- ¿Aún conservas
la fobia?
- Es algo que no
se olvida en toda la vida, te tratan como si fueras un objeto, o peor, le
tienen más cariño a la mierda del armamento que a los chavales.
-¡Ja, ja, ja!
-rió Ernesto.
- No te rias que
no tiene la menor gracia, ya tendrás ocasión de comprobarlo en tu propio
pellejo.
- Espero que no,
pienso alegar lo de mi enfermedad mental para quedar dispensado de ir. ¿Quieres
otra calada?
Fonso tomó el
canuto y esta vez sí que mantuvo el humo como le había aconsejado su amigo.
-Así está bien,
aprendes con rapidez.
- Me alegraría
mucho de que no tuvieras que ir. Toma -devolvió el porro, que ya era casi una
colilla-. Es una pérdida tiempo y de salud, el quehacer más inútil que se haya
podido inventar, sólo sirve para amargarle a cualquiera la juventud y hacer
perder las ilusiones que le quedan a uno.
- Si consigo
librarme será lo único que tendré que agradecerle a la crisis. Por cierto,
nunca me he atrevido a hablar contigo sobre ese tema… de alguna manera me porté
muy mal con lo de Thérèse…
- No es
necesario hablar sobre ello, mejor harías olvidándolo tú de una vez.
- Es algo que sé
que no podré olvidar jamás, aunque veo todo lo sucedido por aquellas fechas
como en medio de una espesa niebla, como si hubiera sido una pesadilla… De
cualquier forma estoy seguro de que me hará bien rogarte que me disculpes.
- ¿Por qué?, no
hay nada que perdonar.
- Ella era en
cierto modo tu novia y sé que obré mal coqueteando con ella.
- No lo era
entonces, ni lo fue nunca, era una buena amiga. En realidad no estuve enamorado
de ella, tal vez en algunos momentos hubo una ilusión fugaz, pero nada
importante para el corazón -Fonso se sentía locuaz, tal vez por influencias del
hachís-. De una manera profunda sólo he estado enamorado una vez, allá en la
lejana adolescencia.
- El primer amor
siempre se recuerda -añoró Ernesto.
- Es como un
sueño, un despertar de los sentidos y de los sentimientos. Muchas potencias que
ni hubieras sospechado siquiera que portabas en tu interior afloran de repente
a la superficie con el ímpetu de un volcán en erupción.
- ¿Quién era
ella?, si no es indiscreción.
- Una compañera
del Instituto, de la sección femenina, porque por entonces todavía no eran
mixtas las clases. Una chiquilla linda y pizpireta. Fue muy corta nuestra
relación, apenas si duró un curso y no llegamos a demasiadas intimidades, ya
sabes, a esas edades se va en grupo a todas las partes. Pasear cogidos de la
mano al atardecer, algún baile en los guateques y poco más. Pero un sentimiento
de felicidad y plenitud aquí dentro insospechado.
- Muy romántico,
y ¿por qué no continuó lo vuestro?
- Las cosas de
los críos son así, igual que vienen se van, son florecillas de primavera que el
estío marchita. Una tarde nos despedimos creyendo que volveríamos a vernos al
día siguiente y nunca nos hemos encontrado de nuevo. Ya había finalizado el
curso y esperábamos pasar un verano muy agradable yendo juntos a bañarnos a las
piscinas y saliendo de excursión con los otros compañeros, pero a sus padres
les dio el siroco y se la llevaron de vacaciones a la costa sin previo aviso.
Lo tomé muy mal y la culpé de nuestra separación sin ningún motivo, pues era
evidente que su familia no la iba a dejar a ella sola en la ciudad, y ella
también se enfurruñó… Ya ves de que forma tan estúpida pierde uno el gran amor
de su vida… aunque tal vez era necesario que fuese así para poderse considerar
como tal. Si nuestra relación hubiera tenido continuidad sin duda que con el
tiempo hubiera devenido en cansada y trivial, y se hubiera agostado por sí
misma, pero como se rompió de un fuerte hachazo cuando estaba en su mayor
esplendor la idealicé y se ha convertido en mi paraíso perdido. De seguir
aquello cualquier día nos habríamos tenido que separar con un regusto amargo en
la boca, y de esta forma el recuerdo permanece lleno de dulzura y de pujanza.
Solo hay dos tipos posibles de paraísos: los perdidos y los que nunca
existieron, y ella se encontrará siempre en mi recuerdo en el edén de lo que
podía haber sido y nunca fue.
- Podíais haber
intentado veros en alguna ocasión.
- El comienzo
del nuevo curso tal vez hubiera sido una buena oportunidad, pero ella no volvió
a aparecer por el Instituto, no sé si dejaría de estudiar o si se cambiaría a
otro. El orgullo es demoledor y en la adolescencia uno no tiene todavía la
capacidad de medir. Siempre se espera que sea el otro el que ceda. Luego se
acaba por conocer a otro muchacho, o a otra chica, y se complica todo y cada
uno de los dos incipientes amadores se distancia cada vez más. Y así vas
dejando transcurrir el tiempo y cuando descubres que necesitarías su compañía
para ser feliz ya es demasiado tarde. En cierta ocasión, varios años después,
cuando ya estaba en la Universidad, volví a hablar con ella por teléfono y me
contó que a los pocos días iba a contraer matrimonio… la deseé toda la
felicidad del mundo, no sé si con sinceridad o porque no se me ocurrió decir
nada mejor.
- También fue
mala suerte que justo cuando tú te decides a ir en su busca estuviera ella en
trance de celebrar su casorio.
- Sí, porque el
golpe fue para mí mucho más tremendo, si hubiera estado ya casada o si no
hubiera pensado en el matrimonio de inmediato, aunque tuviera un novio formal,
pues podía haber maniobrado de una forma o de otra, haberme hecho a la idea de
que ya la había perdido para siempre o haber maquinado alguna estratagema para
acabar con el noviazgo, pero así, en vísperas de la boda, cuando ella y está
decidida a dar ese paso, en cierto modo lo consideré una traición al recuerdo
de lo nuestro y no volví a intentar ni hablar con ella de nuevo. Una ofuscación
tonta pero insalvable.
- Hay veces en
que considero que mi ruptura con Lucía fue una gran torpeza, pero sólo suele
suceder en momentos de soledad angustiosa. Después recapacito y pienso que ha
sido mucho mejor para ambos que todo fuera así, que el agua pasada no mueve
molino y que hay que mirar hacia delante y vivir con la ilusión de encontrar algún
día a la persona indicada para rehacer con ella mi vida y poner todo el empeño
posible en hacerla feliz. Y tú también encontrarás a una mujer de carne y hueso
que te ayude a olvidar a ese fantasma que te has forjado a partir de la
chiquilla del Instituto, ¡ea!, no pongas ese gesto de tristeza, voy a liar otro
canuto y ya verás cómo se nos pasan todas las melancolías y nos reímos del
mundo entero.”
- Pero en la
escena de los porros que se describe en la novela ya habría terminado con el
servicio de armas, ¿no? -continué.
- En efecto,
aunque no debía de hacer mucho tiempo que lo habían licenciado porque todavía
tenía el pelo muy corto.

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