martes, 26 de marzo de 2013

Entrevista Segunda - Capítulo 9



CAPÍTULO 9

         Hay movida esta semana en el bulevar. Los coches policiales taponan todas las posibles salidas y los esbirros cachean a los viandantes, en su mayoría jóvenes en paro y jubilados, El comisario de la zona está harto de que se considere a Vallecas como un reducto de camellos y drogadictos. Con la misma precipitación que se montó el tinglado se deshace, y las lecheras se alejan haciendo sonar sus sirenas. Los jubilados regresan a los bancos de madera a tomar el sol y leer el periódico, mientras que la juventud emprende marcha hacia lugares menos desapacibles. Hay un fuerte incremento del paro juvenil en toda la capital, que los gobernantes achacan a una crisis venida de no se sabe dónde.

         - Es curioso que fuera Fonso quien te volviera a poner en contacto con los otros del grupo.
       - Pasó más de un año desde aquel encuentro casual en que se mostró tan afable conmigo, a la sazón se encontraba cumpliendo el Servicio Militar en una ciudad del sur. Tenía una pinta muy chusca con el uniforme y el pelo cortado al cero, y echaba pestes de la vida cuartelera.
         - Todos soléis llevar unas pintas lamentables.



         “Cuando le vio liar el porro con tanta habilidad quedó sorprendido. Estaban sentados en un banco de piedra en la Plaza del Dos de Mayo, en pleno corazón de la metrópoli. Los héroes de la independencia patria permanecían en su estática actitud reivindicativa sobre el pedestal y un perro alzaba su pata contra los ladrillos que sostienen el arco.

            - No sabía que fueras tan aficionado -comentó.

         - Tampoco te vayas a creer que me paso todo el día fumando. Un peta de vez en cuando viene bien, los medicamentos me impiden tomar alcohol y alguna diversión tengo que tener. No te asustarás a estas alturas por una cosa así.

         - No, estoy muy acostumbrado a ver fumar, en nuestros medios sindicalistas abundan cada vez más los adictos a esta evasión, y el olorcillo me resulta agradable.

           Ernesto ya había encendido el porro y ofreció una calada a su amigo.

          - Tiene un sabor agradable y afina los sentidos -lo invitó y Fonso pegó una chupada y enseguida soltó el humo-. No, tienes que aguantarlo más tiempo, sino no sacarás nada en limpio, trae -y recogió el porro para hacer una demostración.

         En esto apareció por la esquina de una de las calles que desembocan en la plaza una pareja de policías nacionales.

         - Escóndelo que nos pueden llamar la atención -se asustó Fonso.

      - Haber si piensas que muchos de ellos no fuman también. Y hasta los hay que trapichean con la goma…

         La pareja pasó junto a ellos conversando sobre sus asuntos y sin prestarles el menor caso continuó su ronda.

         - Su trabajo no es muy agradable y algún tipo de compensación se tienen que buscar -continuó Ernesto cuando se alejaban.

         - No dejarán de ser unos parásitos sociales lo mismo que todos los militares.

         - ¿Aún conservas la fobia?

         - Es algo que no se olvida en toda la vida, te tratan como si fueras un objeto, o peor, le tienen más cariño a la mierda del armamento que a los chavales.

         -¡Ja, ja, ja! -rió Ernesto.

         - No te rias que no tiene la menor gracia, ya tendrás ocasión de comprobarlo en tu propio pellejo.

         - Espero que no, pienso alegar lo de mi enfermedad mental para quedar dispensado de ir. ¿Quieres otra calada?

         Fonso tomó el canuto y esta vez sí que mantuvo el humo como le había aconsejado su amigo.

         -Así está bien, aprendes con rapidez.

         - Me alegraría mucho de que no tuvieras que ir. Toma -devolvió el porro, que ya era casi una colilla-. Es una pérdida tiempo y de salud, el quehacer más inútil que se haya podido inventar, sólo sirve para amargarle a cualquiera la juventud y hacer perder las ilusiones que le quedan a uno.

        - Si consigo librarme será lo único que tendré que agradecerle a la crisis. Por cierto, nunca me he atrevido a hablar contigo sobre ese tema… de alguna manera me porté muy mal con lo de Thérèse…

         - No es necesario hablar sobre ello, mejor harías olvidándolo tú de una vez.

        - Es algo que sé que no podré olvidar jamás, aunque veo todo lo sucedido por aquellas fechas como en medio de una espesa niebla, como si hubiera sido una pesadilla… De cualquier forma estoy seguro de que me hará bien rogarte que me disculpes.

         - ¿Por qué?, no hay nada que perdonar.

         - Ella era en cierto modo tu novia y sé que obré mal coqueteando con ella.

       - No lo era entonces, ni lo fue nunca, era una buena amiga. En realidad no estuve enamorado de ella, tal vez en algunos momentos hubo una ilusión fugaz, pero nada importante para el corazón -Fonso se sentía locuaz, tal vez por influencias del hachís-. De una manera profunda sólo he estado enamorado una vez, allá en la lejana adolescencia.

         - El primer amor siempre se recuerda -añoró Ernesto.

      - Es como un sueño, un despertar de los sentidos y de los sentimientos. Muchas potencias que ni hubieras sospechado siquiera que portabas en tu interior afloran de repente a la superficie con el ímpetu de un volcán en erupción.

         - ¿Quién era ella?, si no es indiscreción.

         - Una compañera del Instituto, de la sección femenina, porque por entonces todavía no eran mixtas las clases. Una chiquilla linda y pizpireta. Fue muy corta nuestra relación, apenas si duró un curso y no llegamos a demasiadas intimidades, ya sabes, a esas edades se va en grupo a todas las partes. Pasear cogidos de la mano al atardecer, algún baile en los guateques y poco más. Pero un sentimiento de felicidad y plenitud aquí dentro insospechado.

         - Muy romántico, y ¿por qué no continuó lo vuestro?

         - Las cosas de los críos son así, igual que vienen se van, son florecillas de primavera que el estío marchita. Una tarde nos despedimos creyendo que volveríamos a vernos al día siguiente y nunca nos hemos encontrado de nuevo. Ya había finalizado el curso y esperábamos pasar un verano muy agradable yendo juntos a bañarnos a las piscinas y saliendo de excursión con los otros compañeros, pero a sus padres les dio el siroco y se la llevaron de vacaciones a la costa sin previo aviso. Lo tomé muy mal y la culpé de nuestra separación sin ningún motivo, pues era evidente que su familia no la iba a dejar a ella sola en la ciudad, y ella también se enfurruñó… Ya ves de que forma tan estúpida pierde uno el gran amor de su vida… aunque tal vez era necesario que fuese así para poderse considerar como tal. Si nuestra relación hubiera tenido continuidad sin duda que con el tiempo hubiera devenido en cansada y trivial, y se hubiera agostado por sí misma, pero como se rompió de un fuerte hachazo cuando estaba en su mayor esplendor la idealicé y se ha convertido en mi paraíso perdido. De seguir aquello cualquier día nos habríamos tenido que separar con un regusto amargo en la boca, y de esta forma el recuerdo permanece lleno de dulzura y de pujanza. Solo hay dos tipos posibles de paraísos: los perdidos y los que nunca existieron, y ella se encontrará siempre en mi recuerdo en el edén de lo que podía haber sido y nunca fue.

         - Podíais haber intentado veros en alguna ocasión.

         - El comienzo del nuevo curso tal vez hubiera sido una buena oportunidad, pero ella no volvió a aparecer por el Instituto, no sé si dejaría de estudiar o si se cambiaría a otro. El orgullo es demoledor y en la adolescencia uno no tiene todavía la capacidad de medir. Siempre se espera que sea el otro el que ceda. Luego se acaba por conocer a otro muchacho, o a otra chica, y se complica todo y cada uno de los dos incipientes amadores se distancia cada vez más. Y así vas dejando transcurrir el tiempo y cuando descubres que necesitarías su compañía para ser feliz ya es demasiado tarde. En cierta ocasión, varios años después, cuando ya estaba en la Universidad, volví a hablar con ella por teléfono y me contó que a los pocos días iba a contraer matrimonio… la deseé toda la felicidad del mundo, no sé si con sinceridad o porque no se me ocurrió decir nada mejor.

         - También fue mala suerte que justo cuando tú te decides a ir en su busca estuviera ella en trance de celebrar su casorio.

         - Sí, porque el golpe fue para mí mucho más tremendo, si hubiera estado ya casada o si no hubiera pensado en el matrimonio de inmediato, aunque tuviera un novio formal, pues podía haber maniobrado de una forma o de otra, haberme hecho a la idea de que ya la había perdido para siempre o haber maquinado alguna estratagema para acabar con el noviazgo, pero así, en vísperas de la boda, cuando ella y está decidida a dar ese paso, en cierto modo lo consideré una traición al recuerdo de lo nuestro y no volví a intentar ni hablar con ella de nuevo. Una ofuscación tonta pero insalvable.

         - Hay veces en que considero que mi ruptura con Lucía fue una gran torpeza, pero sólo suele suceder en momentos de soledad angustiosa. Después recapacito y pienso que ha sido mucho mejor para ambos que todo fuera así, que el agua pasada no mueve molino y que hay que mirar hacia delante y vivir con la ilusión de encontrar algún día a la persona indicada para rehacer con ella mi vida y poner todo el empeño posible en hacerla feliz. Y tú también encontrarás a una mujer de carne y hueso que te ayude a olvidar a ese fantasma que te has forjado a partir de la chiquilla del Instituto, ¡ea!, no pongas ese gesto de tristeza, voy a liar otro canuto y ya verás cómo se nos pasan todas las melancolías y nos reímos del mundo entero.”

         - Pero en la escena de los porros que se describe en la novela ya habría terminado con el servicio de armas, ¿no? -continué.
         - En efecto, aunque no debía de hacer mucho tiempo que lo habían licenciado porque todavía tenía el pelo muy corto.

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