domingo, 31 de marzo de 2013

Entrevista Segunda - Capítulo 11



CAPÍTULO 11

         La primavera ha venido y con ella la temporada de carreras al hipódromo de “La Zarzuela”. Sus gradas rebosan un público feliz y satisfecho. No se acude a presenciar el espectáculo hípico sino a formar parte de él, y el frescor de la mañana primaveral permite lucir por penúltima vez el abrigo de nutrias o el gabán de gibelinas, el tocado de armiño o el sombrero de fieltro que nos regalaron por Reyes. Los caballos sólo saben que en los ijares aprieta el dolor y desean que cese cuanto antes. Cruzan la meta como rayos negros y cuatralbos, bayos, sepias, blancos, luceros… y se eleva un clamor bajo las marquesinas torrojianas.

         Mientras proseguíamos nuestra conversación en el café había un continuo trasiego de personas que entraban y salían. Cuando se vaciaba una mesa enseguida era ocupada por unos nuevos clientes. Algunos eran gente conocida de la farándula procedente de los varios teatros que se encontraban cerca del local, otros eran viajeros que no querían perder la oportunidad en su paso por la ciudad de encontrarse con algún actor o escritor conocido. Unos iban a ver y los otros a ser vistos.


         - Siempre ha de haber alguna excepción que confirme la regla -aceptó Ernesto-. Supongo que Thérèse habrá sido otra de ellas, aunque no creo que por cuestión de principios como parece ser tu caso sino por falta de vitalidad. Por ejemplo, hubo una fiesta en el estudio para celebrar el cumpleaños de Cristal a la que ella asistió, pero como si no estuviera con nosotros, al margen de todos los demás.

         “El estudio estaba a tope de gente. Colgados del techo del salón se habían dispuesto globos y banderines multicolores, y el apartamento parecía una verbena. Todos estaban alegres y se bailaba música pachanguera.
         También asistía a la fiesta Charo, una joven argentina conocida de los santiaguinos y, como ellos, exiliada, con quien Fonso había trabado una estrecha amistad. Su padre era un famoso pintor bonaerense que se había arriesgado a montar una exposición de cuadros que tenían como tema central “la picana”, la conocida tortura eléctrica que habían puesto tristemente de moda los de la Junta Militar, lo que le había dado como resultado el tener que salir a toda prisa del país bajo amenaza de muerte. Y su hija no había consentido que el anciano partiera solo.
         Charo y Fonso se habían aceptado con rapidez nada más conocerse. Ella admiraba la entrega del luchador sindicalista y éste a la abnegada hija que lo había dejado todo, trabajo, relaciones y amistades, por acompañar al padre en su exilio.


         Mientras los otros bailaban Rosendo y Nando conversaban en un principio sobre trivialidades relacionadas con la música. Al poco se les unieron Miriam y Thérèse, y el disco que acababa de publicar la banda en la que estaban Cristal y Rosendo dio pie a que surgiera una animada discusión.
         - Me ha gustado mucho vuestro álbum -felicitó Miriam al guitarrista.
       - ¿Cómo te pueden gustar esas patochadas? -sentenció Nando sin el menor miramiento hacia Rosendo.
        - Ya veo que a ti no te ha gustado, lo entiendo porque cada cual tiene sus propios gustos, y en el respeto a la variedad está la salsa de la vida -condescendió Rosendo amablemente.
         - Ni siquiera me he molestado en escucharlo. Todo ese asunto del rock no es más que una mierda comercial, la música es algo por completo diferente, un arte sublime. Y perdona que me exprese con tanta claridad, pero hay cuestiones que considero sagradas y ante las que no se pueden hacer concesiones.
         - Nosotros, a los rockeros en general me refiero, contemplamos el tema desde otro punto de vista. Consideramos que la música es un medio de comunicación, una forma más de fomentar el entendimiento entre las personas, y de que la juventud se sienta solidaria con su generación. Nosotros liberamos una energía sobre el escenario y el público la percibe y también se libera de prejuicios y se integra en el espectáculo. La música “culta” supongo que tendrá otros fines más sutiles, nunca me he detenido demasiado a pensar en ello, ni nunca he estudiado música, aprendí a tocar la guitarra de oído, escuchando muchos discos y fijándome en los guitarristas que venían a tocar en las discotecas del barrio. Ya voy dominando el instrumento, pero sé que todavía me queda mucho por aprender, nunca se cesa de encontrar nuevos acordes y armonías.
         A Miriam le dolía la inocencia con que el muchacho intentaba explicarse y no tuvo más remedio que intervenir.
         - A ti lo que en realidad te molesta es que la gente escuche su música y no haga caso de la tuya nada más que una minoría.
       - Lo que resulta fastidioso para cualquiera es que haya una total falta de sensibilidad en la mayor parte de las personas, que el ciudadano medio no sea capaz de distinguir entre lo sublime y la basura ¡Por supuesto que también a mi me fastidia!
         - Eso es un problema de educación, la sensibilidad tiene que ir formándose en una persona y comenzando desde que se es pequeño -comenzó a explicar Miriam-. Y se necesita que otras personas ya formadas vayan poco a poco afinando los gustos, haciendo más accesibles las posibles dificultades.
         - Y escuchando esos ruidos descompuestos lo único que se consigue es embotar los oídos y estropearse el gusto. Una cosa es avanzar, aunque sea muy despacio, en la dirección apropiada y otra muy distinta embalarse hacia el lado opuesto, así jamás se podrá llegar a ninguna meta.
         - Pero ya te ha explicado Rosendo que son dos cuestiones distintas, que ellos no pretenden en ningún momento usurpar la magnífica labor que sobre el espíritu produce la música clásica.
           - ¡Faltaría más! -exclamó Nando.
         - Hay muchos compañeros que sí han estudiado música, solfeo y todo eso, Cristal, por ejemplo, y les encanta escuchar ese tipo de composiciones. Yo he de confesaros que personalmente no me produce ninguna sensación, ni me atrae; hombre, tal vez en algún momento dado de mucha serenidad y en un ambiente apropiado… Recuerdo que una vez escuché un concierto en el claustro de una iglesia segoviana que me llenó de felicidad íntima hasta provocar que casi se me saltaran las lágrimas, pero para escucharla todos los días me parece muy excesivo…
         - Te das cuenta, Miriam, es un completo insensato. Esta sociedad está corrompida por completo, y hasta todos os sentís dichosos y encantados con esta mierda de democracia que nos han implantado, tanta lucha social a lo largo de muchos años para reducirse todas las ansias de libertad a un papelorio irrisorio que la gente se perece por ir a votar.
         Charo y Fonso se habían acercado hasta el grupo atraídos por el clor del debate, y el poeta sindicalista no pudo callarse.
         - Me parece que ninguno de los aquí presentes, por unas u otras razones, ha votado la Constitución, con que me parece que en ese aspecto estás hablando de más.
         - Pero tampoco se ha opuesto nadie de una manera abierta a ella, excepto los vascos, ¿me lo vas a negar? Es así como pretendéis hacer vuestra mítica Revolución Social, pegando unos pocos carteles llamando a la abstención. Palabras, nada más que vanas palabras. Algunos cambios formales para que todo continúe como siempre.
         - Nunca te has distinguido tú precisamente por el activismo social. Siempre has preferido encerrarte en tu torre de marfil del Arte -le recriminó Fonso.
         - Porque estoy convencido de que tan solo la Cultura será capaz de cambiar en profundidad la sociedad y de liberar a todas y cada una de las personas. Por esa razón me duele tanto que la gente se adormezca con soniquetes insustanciales en lugar de apreciar el auténtico valor revolucionario de la MÚSICA con mayúsculas.
         - No creo que haya nadie capaz de dormirse en un concierto de nuestra banda, ¡regular la bulla que armamos! -apuntó Cristal, pues ya todos habían dejado de bailar y se habían ido agregando al círculo de la disputa.
         - No se dormirán de una forma física, pero se embrutecen y se alienan, que es una manera estúpida de adormecer el alma, y con la que es imposible que se pueda alcanzar el sueño creador.
        - Si vos continúas disputando acabará por arruinarse el festejo ¡Vaya un cumpleaños que le estamos dando a Cristal! -señaló Charo, y propuso-: ¡Poné ya el lindo disco que grabaron los amigachos y volvamos a la danza!
         - ¡Haced como mejor os parezca, yo prefiero retirarme a descansar! -y acto seguido se puso en pie y se encaminó hacia su dormitorio sin que los otros, sorprendidos por su repentina decisión, pudieran decir o hacer cualquier cosa que lo impidiera.
         La fiesta se había arruinado.”

         - No deja de ser una postura muy propia del novelista clásico, de aquel que levanta el acta de lo que ve reflejado en el espejo colocado a lo largo del camino, del notario de la realidad.
         - Pero se puede ser vitalista al mismo tiempo y embarrarse con el lodo del camino, hacer de la propia vida una forma de creación.

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