CAPÍTULO 11
La primavera ha
venido y con ella la temporada de carreras al hipódromo de “La Zarzuela”. Sus
gradas rebosan un público feliz y satisfecho. No se acude a presenciar el
espectáculo hípico sino a formar parte de él, y el frescor de la mañana
primaveral permite lucir por penúltima vez el abrigo de nutrias o el gabán de
gibelinas, el tocado de armiño o el sombrero de fieltro que nos regalaron por
Reyes. Los caballos sólo saben que en los ijares aprieta el dolor y desean que
cese cuanto antes. Cruzan la meta como rayos negros y cuatralbos, bayos,
sepias, blancos, luceros… y se eleva un clamor bajo las marquesinas
torrojianas.
Mientras
proseguíamos nuestra conversación en el café había un continuo trasiego de
personas que entraban y salían. Cuando se vaciaba una mesa enseguida era
ocupada por unos nuevos clientes. Algunos eran gente conocida de la farándula
procedente de los varios teatros que se encontraban cerca del local, otros eran
viajeros que no querían perder la oportunidad en su paso por la ciudad de
encontrarse con algún actor o escritor conocido. Unos iban a ver y los otros a
ser vistos.
- Siempre ha de
haber alguna excepción que confirme la regla -aceptó Ernesto-. Supongo que
Thérèse habrá sido otra de ellas, aunque no creo que por cuestión de principios
como parece ser tu caso sino por falta de vitalidad. Por ejemplo, hubo una
fiesta en el estudio para celebrar el cumpleaños de Cristal a la que ella
asistió, pero como si no estuviera con nosotros, al margen de todos los demás.
“El estudio
estaba a tope de gente. Colgados del techo del salón se habían dispuesto globos
y banderines multicolores, y el apartamento parecía una verbena. Todos estaban
alegres y se bailaba música pachanguera.
También asistía
a la fiesta Charo, una joven argentina conocida de los santiaguinos y, como
ellos, exiliada, con quien Fonso había trabado una estrecha amistad. Su padre
era un famoso pintor bonaerense que se había arriesgado a montar una exposición
de cuadros que tenían como tema central “la picana”, la conocida tortura
eléctrica que habían puesto tristemente de moda los de la Junta Militar, lo que
le había dado como resultado el tener que salir a toda prisa del país bajo
amenaza de muerte. Y su hija no había consentido que el anciano partiera solo.
Charo y Fonso se
habían aceptado con rapidez nada más conocerse. Ella admiraba la entrega del
luchador sindicalista y éste a la abnegada hija que lo había dejado todo,
trabajo, relaciones y amistades, por acompañar al padre en su exilio.
Mientras los
otros bailaban Rosendo y Nando conversaban en un principio sobre trivialidades
relacionadas con la música. Al poco se les unieron Miriam y Thérèse, y el disco
que acababa de publicar la banda en la que estaban Cristal y Rosendo dio pie a
que surgiera una animada discusión.
- Me ha gustado
mucho vuestro álbum -felicitó Miriam al guitarrista.
- ¿Cómo te
pueden gustar esas patochadas? -sentenció Nando sin el menor miramiento hacia
Rosendo.
- Ya veo que a ti
no te ha gustado, lo entiendo porque cada cual tiene sus propios gustos, y en
el respeto a la variedad está la salsa de la vida -condescendió Rosendo
amablemente.
- Ni siquiera me
he molestado en escucharlo. Todo ese asunto del rock no es más que una mierda
comercial, la música es algo por completo diferente, un arte sublime. Y perdona
que me exprese con tanta claridad, pero hay cuestiones que considero sagradas y
ante las que no se pueden hacer concesiones.
- Nosotros, a
los rockeros en general me refiero, contemplamos el tema desde otro punto de
vista. Consideramos que la música es un medio de comunicación, una forma más de
fomentar el entendimiento entre las personas, y de que la juventud se sienta
solidaria con su generación. Nosotros liberamos una energía sobre el escenario
y el público la percibe y también se libera de prejuicios y se integra en el
espectáculo. La música “culta” supongo que tendrá otros fines más sutiles,
nunca me he detenido demasiado a pensar en ello, ni nunca he estudiado música,
aprendí a tocar la guitarra de oído, escuchando muchos discos y fijándome en
los guitarristas que venían a tocar en las discotecas del barrio. Ya voy
dominando el instrumento, pero sé que todavía me queda mucho por aprender,
nunca se cesa de encontrar nuevos acordes y armonías.
A Miriam le
dolía la inocencia con que el muchacho intentaba explicarse y no tuvo más
remedio que intervenir.
- A ti lo que en
realidad te molesta es que la gente escuche su música y no haga caso de la tuya
nada más que una minoría.
- Lo que resulta
fastidioso para cualquiera es que haya una total falta de sensibilidad en la
mayor parte de las personas, que el ciudadano medio no sea capaz de distinguir
entre lo sublime y la basura ¡Por supuesto que también a mi me fastidia!
- Eso es un
problema de educación, la sensibilidad tiene que ir formándose en una persona y
comenzando desde que se es pequeño -comenzó a explicar Miriam-. Y se necesita
que otras personas ya formadas vayan poco a poco afinando los gustos, haciendo
más accesibles las posibles dificultades.
- Y escuchando
esos ruidos descompuestos lo único que se consigue es embotar los oídos y
estropearse el gusto. Una cosa es avanzar, aunque sea muy despacio, en la
dirección apropiada y otra muy distinta embalarse hacia el lado opuesto, así
jamás se podrá llegar a ninguna meta.
- Pero ya te ha
explicado Rosendo que son dos cuestiones distintas, que ellos no pretenden en
ningún momento usurpar la magnífica labor que sobre el espíritu produce la
música clásica.
- ¡Faltaría más!
-exclamó Nando.
- Hay muchos
compañeros que sí han estudiado música, solfeo y todo eso, Cristal, por ejemplo,
y les encanta escuchar ese tipo de composiciones. Yo he de confesaros que
personalmente no me produce ninguna sensación, ni me atrae; hombre, tal vez en
algún momento dado de mucha serenidad y en un ambiente apropiado… Recuerdo que
una vez escuché un concierto en el claustro de una iglesia segoviana que me
llenó de felicidad íntima hasta provocar que casi se me saltaran las lágrimas,
pero para escucharla todos los días me parece muy excesivo…
- Te das cuenta,
Miriam, es un completo insensato. Esta sociedad está corrompida por completo, y
hasta todos os sentís dichosos y encantados con esta mierda de democracia que
nos han implantado, tanta lucha social a lo largo de muchos años para reducirse
todas las ansias de libertad a un papelorio irrisorio que la gente se perece
por ir a votar.
Charo y Fonso se
habían acercado hasta el grupo atraídos por el clor del debate, y el poeta
sindicalista no pudo callarse.
- Me parece que
ninguno de los aquí presentes, por unas u otras razones, ha votado la Constitución,
con que me parece que en ese aspecto estás hablando de más.
- Pero tampoco
se ha opuesto nadie de una manera abierta a ella, excepto los vascos, ¿me lo
vas a negar? Es así como pretendéis hacer vuestra mítica Revolución Social,
pegando unos pocos carteles llamando a la abstención. Palabras, nada más que
vanas palabras. Algunos cambios formales para que todo continúe como siempre.
- Nunca te has
distinguido tú precisamente por el activismo social. Siempre has preferido encerrarte
en tu torre de marfil del Arte -le recriminó Fonso.
- Porque estoy
convencido de que tan solo la Cultura será capaz de cambiar en profundidad la
sociedad y de liberar a todas y cada una de las personas. Por esa razón me
duele tanto que la gente se adormezca con soniquetes insustanciales en lugar de
apreciar el auténtico valor revolucionario de la MÚSICA con mayúsculas.
- No creo que
haya nadie capaz de dormirse en un concierto de nuestra banda, ¡regular la
bulla que armamos! -apuntó Cristal, pues ya todos habían dejado de bailar y se
habían ido agregando al círculo de la disputa.
- No se dormirán
de una forma física, pero se embrutecen y se alienan, que es una manera
estúpida de adormecer el alma, y con la que es imposible que se pueda alcanzar
el sueño creador.
- Si vos
continúas disputando acabará por arruinarse el festejo ¡Vaya un cumpleaños que
le estamos dando a Cristal! -señaló Charo, y propuso-: ¡Poné ya el lindo disco
que grabaron los amigachos y volvamos a la danza!
- ¡Haced como
mejor os parezca, yo prefiero retirarme a descansar! -y acto seguido se puso en
pie y se encaminó hacia su dormitorio sin que los otros, sorprendidos por su
repentina decisión, pudieran decir o hacer cualquier cosa que lo impidiera.
La fiesta se
había arruinado.”
- No deja de ser
una postura muy propia del novelista clásico, de aquel que levanta el acta de
lo que ve reflejado en el espejo colocado a lo largo del camino, del notario de
la realidad.
- Pero se puede
ser vitalista al mismo tiempo y embarrarse con el lodo del camino, hacer de la
propia vida una forma de creación.

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