viernes, 29 de marzo de 2013

Entrevista Segunda - Capítulo 10



CAPÍTULO 10

         El gran obelisco traído de lejanas tierras conmemora y recuerda a todos que cayeron en la lucha por alcanzar la independencia nacional cuando la invasión francesa. Alrededor de él han pergeñado un pequeño jardín con algunos árboles ortopédicos, matojos de espino y unos bancos de piedra. La muchacha sirve en la casa de unos señoritos del nuevo régimen que se pasaron toda la guerra escondidos y actuando como quinta columna mientras los cuatro hermanos varones de ella daban la cara en el frente del Jarama, y su acompañante acaba de regresar de un “batallón de trabajadores”, eufemismo con el que se denominó a los conjuntos de prisioneros que debían realizar las más rudas labores en las trincheras sin derecho a sueldo. Se acaban de dar un honesto beso y un municipal les está imponiendo una multa por su grave atentado a la moral. 

         - Y ya se había reintegrado a sus actividades políticas.
         - Es probable que no hubiera abandonado en todo ese tiempo su activismo sindical, aunque apenas si hablábamos sobre ese tema se le notaba muy enganchado a su ideología. Y gracias a esa fijación de mi amigo conocí a la que ahora es mi esposa.


         “Hacía pocos meses que habían legalizado el sindicato y todo era euforia popular. Flotaba en el ambiente la sensación de que todo iba a cambiar con una rapidez vertiginosa, que la revolución social se encontraba a la vuelta de la esquina. El gobirno era débil, o, con mayor propiedad, no sabía encontrar su sitio y andaba dando bandazos de un lado para otro tratando de contentar a todos los sectores sociales y sin conseguir agradar a ninguno. Una vez que había comenzado a hacer concesiones tendría que continuar entregando al Pueblo sus libertades una a una. En el estadio donde se celebraba la fiesta sindicalista se respiraba un clima de felicidad desbordante.
         - Están muy frescas -dijo Fonso, entregando uno de los botellines de cerveza a su amigo; este pegó un buen trago antes de responder nada-. ¿Te alegras de haber venido?
         - Está buenísima -se relamió Ernesto-. Confieso que tenía mis prejuicios pero he de reconocer que el ambiente es muy alegre y distendido.
         - ¿Qué te esperabas?
         - No lo sé exactamente, algo más politizado y menos divertido, discursos y todas esas cosas. Vuestros programas son muy radicales y uno no acaba todavía de acostumbrarse al cambio. Apenas si hace un par de años que todavía estaba el Viejo dando guerra… esa mujer es todo un bombón -apreció señalando hacia el escenario.
         - ¡Ah, sí!, se trata de Cristal, la cantante de los “Troncos”. Están sindicados en espectáculos, como el resto de los músicos que actúan esta tarde. Son todos muy buena gente y no cobran ni un duro por su colaboración. Sobre la calidad musical de la mayoría de ellos será mejor no hablar, muchos están comenzando ahora, pero algunos tienen buena madera.
         - Parece un ángel que hubiese descendido a la tierra.
         - Noto que te ha dejado muy impresionado, pero por estos pagos será mejor que no emplees alusiones celestiales porque hay mucho anticlerical por aquí. Si lo deseas te la puedo presentar cuando terminen su actuación ya que tengo bastante amistad con ellos.
         - ¿Alguno de los del conjunto es su novio? -preguntó Ernesto.
         - No, que va, para nada. Cada uno de los componentes del grupo va a su aire, pero no te aceleres tanto que los enamoramientos a primera vista suelen resultar nefastos. Vamos a acercarnos al escenario y veremos mejor su actuación.


         Cristal cantaba aquel rock con mucha garra, imitando el estilo de Janes Joplin, pero por desgracia para ella y para el auditorio no poseía la misma voz potente, torturada y llena de registros de la malograda cantante, y en los agudos más altos se veía obligada a desafinar un tanto. Pero la carencia de armonías vocales quedaba bien compensada por el empeño que ponía en su empresa y por la grácil forma con que movía su bello cuerpo. Era menuda pero bien proporcionada y el pantalón vaquero ceñido hacía resaltar el encanto de las caderas y de sus torneadas piernas. Una camisa blanca desabotonada dejaba entrever unos senos pequeños y duros, y los largos cabellos castaños que se bamboleaban al ritmo de la música enmarcaban una deliciosa cara de ojos negros y vivarachos, nariz respingona y boca pequeña y graciosa. La comparación angelical que había efectuado Ernesto no iba en absoluto descaminada, sobre todo si se comparaba la fisonomía de la muchacha con la de sus compañeros de banda, feos, greñudos y desgarbados, como recién salidos de las cavernas del averno. Pero sabían tocar sus respectivos instrumentos con una gran maestría, en particular era una delicia escuchar los solos de guitarra de Rosendo, con los ojos cerrados, su gran narizota contraída y el pelo de panocha sobre los hombros, hacía de cada nota y de cada arpegio una maravilla sonora que transmitía al público las vibraciones de su música.
         - Son formidables -aplaudía Ernesto al final de la actuación, a pesar de que nunca le había agradado demasiado el rock.
         -¡Otra, otra, otra! -se clamaba por doquier, obligando a la banda a hacer otro tema para complacer los deseos del público exaltado por el espectáculo que estaban presenciando.
       - ¡Rosendo, has estado formidable! -felicitó Fonso al músico cuando bajó del escenario una vez acabado el bis.
         - Gracias, con un público tan magnífico y tan entregado se entra en calor y se puede dar todo lo que uno lleva dentro.
         - Este es un buen amigo mío: Ernesto -presentó.
         - Encantado -dijo Rosendo ofreciendo su mano.
         - Lo mismo digo, y mis más sinceras felicitaciones por la vibrante actuación que nos habéis ofrecido -saludó Ernesto.
         - ¿Dónde está Cristal? -preguntó Fonso.
     - Habrá ido hacia el bar con los otros, hace un calor del carajo y allí arriba sudábamos como animales, también yo me estoy muriendo de sed.
         - Pues vayamos también nosotros a tomar algo -propuso Fonso.
    Junto al mostrador encontraron a Cristal rodeada por un nutrido grupo de admiradores. Se pidieron bebidas y se hicieron las presentaciones mientras sobre el escenario comenzaba a actuar otra banda y crecía el calor y la animación de la fiesta, y por el aire se iba expandiendo un característico olorcillo a yerba quemada.”

      - Después nos prestaba su habitación algunas tardes, y como en el apartamento también vivía Nando pues nos volvimos a tratar de nuevo y a olvidar los rencores. El también se había aficionado a fumar…
         - Y más que a fumar, según la novela.
         - No, todavía no se pinchaba, al menos que los demás lo supiéramos.
         - Pero una cosa lo llevaría a la otra.
       - No existe una relación tan directa. Casi todos los integrantes de nuestra generación hemos compartido alguna vez un peta, y tan solo una minoría han buscado otras drogas más fuertes. Es como suponer que todo el que se bebe de vez en cuando una cervecilla tiene que acabar alcohólico perdido.
         - Algunos nunca hemos probado ese tipo de alicientes -mentí sin saber por qué tenía la necesidad de fingir una inocencia en cuestión tan trivial. Tampoco era una falsedad rotunda, alguna que otra calada sí que le había dado a un porro en alguna fiestecilla, en particular durante aquel triste y enervante periodo que medió entre la separación con mi primer marido y el comienzo de la relación con Gerardo, pero eso de ninguna manera podía considerarse como una adicción.

martes, 26 de marzo de 2013

Entrevista Segunda - Capítulo 9



CAPÍTULO 9

         Hay movida esta semana en el bulevar. Los coches policiales taponan todas las posibles salidas y los esbirros cachean a los viandantes, en su mayoría jóvenes en paro y jubilados, El comisario de la zona está harto de que se considere a Vallecas como un reducto de camellos y drogadictos. Con la misma precipitación que se montó el tinglado se deshace, y las lecheras se alejan haciendo sonar sus sirenas. Los jubilados regresan a los bancos de madera a tomar el sol y leer el periódico, mientras que la juventud emprende marcha hacia lugares menos desapacibles. Hay un fuerte incremento del paro juvenil en toda la capital, que los gobernantes achacan a una crisis venida de no se sabe dónde.

         - Es curioso que fuera Fonso quien te volviera a poner en contacto con los otros del grupo.
       - Pasó más de un año desde aquel encuentro casual en que se mostró tan afable conmigo, a la sazón se encontraba cumpliendo el Servicio Militar en una ciudad del sur. Tenía una pinta muy chusca con el uniforme y el pelo cortado al cero, y echaba pestes de la vida cuartelera.
         - Todos soléis llevar unas pintas lamentables.



         “Cuando le vio liar el porro con tanta habilidad quedó sorprendido. Estaban sentados en un banco de piedra en la Plaza del Dos de Mayo, en pleno corazón de la metrópoli. Los héroes de la independencia patria permanecían en su estática actitud reivindicativa sobre el pedestal y un perro alzaba su pata contra los ladrillos que sostienen el arco.

            - No sabía que fueras tan aficionado -comentó.

         - Tampoco te vayas a creer que me paso todo el día fumando. Un peta de vez en cuando viene bien, los medicamentos me impiden tomar alcohol y alguna diversión tengo que tener. No te asustarás a estas alturas por una cosa así.

         - No, estoy muy acostumbrado a ver fumar, en nuestros medios sindicalistas abundan cada vez más los adictos a esta evasión, y el olorcillo me resulta agradable.

           Ernesto ya había encendido el porro y ofreció una calada a su amigo.

          - Tiene un sabor agradable y afina los sentidos -lo invitó y Fonso pegó una chupada y enseguida soltó el humo-. No, tienes que aguantarlo más tiempo, sino no sacarás nada en limpio, trae -y recogió el porro para hacer una demostración.

         En esto apareció por la esquina de una de las calles que desembocan en la plaza una pareja de policías nacionales.

         - Escóndelo que nos pueden llamar la atención -se asustó Fonso.

      - Haber si piensas que muchos de ellos no fuman también. Y hasta los hay que trapichean con la goma…

         La pareja pasó junto a ellos conversando sobre sus asuntos y sin prestarles el menor caso continuó su ronda.

         - Su trabajo no es muy agradable y algún tipo de compensación se tienen que buscar -continuó Ernesto cuando se alejaban.

         - No dejarán de ser unos parásitos sociales lo mismo que todos los militares.

         - ¿Aún conservas la fobia?

         - Es algo que no se olvida en toda la vida, te tratan como si fueras un objeto, o peor, le tienen más cariño a la mierda del armamento que a los chavales.

         -¡Ja, ja, ja! -rió Ernesto.

         - No te rias que no tiene la menor gracia, ya tendrás ocasión de comprobarlo en tu propio pellejo.

         - Espero que no, pienso alegar lo de mi enfermedad mental para quedar dispensado de ir. ¿Quieres otra calada?

         Fonso tomó el canuto y esta vez sí que mantuvo el humo como le había aconsejado su amigo.

         -Así está bien, aprendes con rapidez.

         - Me alegraría mucho de que no tuvieras que ir. Toma -devolvió el porro, que ya era casi una colilla-. Es una pérdida tiempo y de salud, el quehacer más inútil que se haya podido inventar, sólo sirve para amargarle a cualquiera la juventud y hacer perder las ilusiones que le quedan a uno.

        - Si consigo librarme será lo único que tendré que agradecerle a la crisis. Por cierto, nunca me he atrevido a hablar contigo sobre ese tema… de alguna manera me porté muy mal con lo de Thérèse…

         - No es necesario hablar sobre ello, mejor harías olvidándolo tú de una vez.

        - Es algo que sé que no podré olvidar jamás, aunque veo todo lo sucedido por aquellas fechas como en medio de una espesa niebla, como si hubiera sido una pesadilla… De cualquier forma estoy seguro de que me hará bien rogarte que me disculpes.

         - ¿Por qué?, no hay nada que perdonar.

         - Ella era en cierto modo tu novia y sé que obré mal coqueteando con ella.

       - No lo era entonces, ni lo fue nunca, era una buena amiga. En realidad no estuve enamorado de ella, tal vez en algunos momentos hubo una ilusión fugaz, pero nada importante para el corazón -Fonso se sentía locuaz, tal vez por influencias del hachís-. De una manera profunda sólo he estado enamorado una vez, allá en la lejana adolescencia.

         - El primer amor siempre se recuerda -añoró Ernesto.

      - Es como un sueño, un despertar de los sentidos y de los sentimientos. Muchas potencias que ni hubieras sospechado siquiera que portabas en tu interior afloran de repente a la superficie con el ímpetu de un volcán en erupción.

         - ¿Quién era ella?, si no es indiscreción.

         - Una compañera del Instituto, de la sección femenina, porque por entonces todavía no eran mixtas las clases. Una chiquilla linda y pizpireta. Fue muy corta nuestra relación, apenas si duró un curso y no llegamos a demasiadas intimidades, ya sabes, a esas edades se va en grupo a todas las partes. Pasear cogidos de la mano al atardecer, algún baile en los guateques y poco más. Pero un sentimiento de felicidad y plenitud aquí dentro insospechado.

         - Muy romántico, y ¿por qué no continuó lo vuestro?

         - Las cosas de los críos son así, igual que vienen se van, son florecillas de primavera que el estío marchita. Una tarde nos despedimos creyendo que volveríamos a vernos al día siguiente y nunca nos hemos encontrado de nuevo. Ya había finalizado el curso y esperábamos pasar un verano muy agradable yendo juntos a bañarnos a las piscinas y saliendo de excursión con los otros compañeros, pero a sus padres les dio el siroco y se la llevaron de vacaciones a la costa sin previo aviso. Lo tomé muy mal y la culpé de nuestra separación sin ningún motivo, pues era evidente que su familia no la iba a dejar a ella sola en la ciudad, y ella también se enfurruñó… Ya ves de que forma tan estúpida pierde uno el gran amor de su vida… aunque tal vez era necesario que fuese así para poderse considerar como tal. Si nuestra relación hubiera tenido continuidad sin duda que con el tiempo hubiera devenido en cansada y trivial, y se hubiera agostado por sí misma, pero como se rompió de un fuerte hachazo cuando estaba en su mayor esplendor la idealicé y se ha convertido en mi paraíso perdido. De seguir aquello cualquier día nos habríamos tenido que separar con un regusto amargo en la boca, y de esta forma el recuerdo permanece lleno de dulzura y de pujanza. Solo hay dos tipos posibles de paraísos: los perdidos y los que nunca existieron, y ella se encontrará siempre en mi recuerdo en el edén de lo que podía haber sido y nunca fue.

         - Podíais haber intentado veros en alguna ocasión.

         - El comienzo del nuevo curso tal vez hubiera sido una buena oportunidad, pero ella no volvió a aparecer por el Instituto, no sé si dejaría de estudiar o si se cambiaría a otro. El orgullo es demoledor y en la adolescencia uno no tiene todavía la capacidad de medir. Siempre se espera que sea el otro el que ceda. Luego se acaba por conocer a otro muchacho, o a otra chica, y se complica todo y cada uno de los dos incipientes amadores se distancia cada vez más. Y así vas dejando transcurrir el tiempo y cuando descubres que necesitarías su compañía para ser feliz ya es demasiado tarde. En cierta ocasión, varios años después, cuando ya estaba en la Universidad, volví a hablar con ella por teléfono y me contó que a los pocos días iba a contraer matrimonio… la deseé toda la felicidad del mundo, no sé si con sinceridad o porque no se me ocurrió decir nada mejor.

         - También fue mala suerte que justo cuando tú te decides a ir en su busca estuviera ella en trance de celebrar su casorio.

         - Sí, porque el golpe fue para mí mucho más tremendo, si hubiera estado ya casada o si no hubiera pensado en el matrimonio de inmediato, aunque tuviera un novio formal, pues podía haber maniobrado de una forma o de otra, haberme hecho a la idea de que ya la había perdido para siempre o haber maquinado alguna estratagema para acabar con el noviazgo, pero así, en vísperas de la boda, cuando ella y está decidida a dar ese paso, en cierto modo lo consideré una traición al recuerdo de lo nuestro y no volví a intentar ni hablar con ella de nuevo. Una ofuscación tonta pero insalvable.

         - Hay veces en que considero que mi ruptura con Lucía fue una gran torpeza, pero sólo suele suceder en momentos de soledad angustiosa. Después recapacito y pienso que ha sido mucho mejor para ambos que todo fuera así, que el agua pasada no mueve molino y que hay que mirar hacia delante y vivir con la ilusión de encontrar algún día a la persona indicada para rehacer con ella mi vida y poner todo el empeño posible en hacerla feliz. Y tú también encontrarás a una mujer de carne y hueso que te ayude a olvidar a ese fantasma que te has forjado a partir de la chiquilla del Instituto, ¡ea!, no pongas ese gesto de tristeza, voy a liar otro canuto y ya verás cómo se nos pasan todas las melancolías y nos reímos del mundo entero.”

         - Pero en la escena de los porros que se describe en la novela ya habría terminado con el servicio de armas, ¿no? -continué.
         - En efecto, aunque no debía de hacer mucho tiempo que lo habían licenciado porque todavía tenía el pelo muy corto.

domingo, 24 de marzo de 2013

Entrevista Segunda - Capítulo 8



CAPÍTULO 8

         A las cuatro de la madrugada todas las luces permanecen encendidas pero las amplias salas están desiertas. Tal vez cualquiera de ellas se llene minutos después con los mil y un colores y acentos de los viajeros que acaban de llegar, y que aguarden allí su conexión con el vuelo que les llevará hasta el destino deseado. Los techos elevados y las grandes vidrieras que ocupan todo un paramento dan a los salones el aspecto de peceras. Los aviones son grandes escualos paralizados, no dormidos, pues son los únicos vertebrados que jamás duermen, y unas manos invisibles remueven las “Barajas” del destino sin cesar.


         - Lo que resulta más extraño es que fuera precisamente entonces, después de haber descansado una buena temporada y disfrutando de un clima tan apacible en compañía de tus amigos, que te sobreviniera la crisis -saqué a la palestra el tema de la manera más prudente que supe.
         - También a mí me sorprendió, pensaba que ya había superado todas las lacras del accidente, pero el último coletazo tuvo una fuerza brutal.
         - Tal vez prefieras que no hablemos de ello.
         - No, ¿por qué?, todo ya se ha pasado y de una forma definitiva. Lo cierto es que el clima espiritual no era tan benigno como pudiera pensarse, en algunos momentos la tensión entre Nando y yo era muy fuerte, ya te acabo de decir que se encontraba insoportable, parecía que tenía envidia de las buenas relaciones que existían entre Thérèse y yo, siempre que podía hablaba despectivamente de los amoríos entre Fonso y ella, de los novios que tendría en las diferentes ciudades en donde hacía escala… Por otra parte la inactividad tampoco es buena, se tiene demasiado tiempo para pensar y para añorar, y la energía se va acumulando en el cerebro. La discusión con ella fue el catalizador de algo que tenía en mi cabeza a punto de explotar. Podría haber ocurrido en cualquier momento, durante alguna controversia con Nando o con cualquier otra persona. La actitud que debería haber adoptado al sentirme mal era haber regresado y ponerme de nuevo en tratamiento médico, pero tenía que suceder aquello, y sucedió.
         - Por lo tanto todo el capítulo que trata sobre aquella... situación es verídico.
         - Está muy bien novelado, pero los hechos no sucedieron tal y como están relatados. La realidad fue muy diferente, una discusión trivial que subió de tono sin motivo aparente, a no ser por causa del descontrol que me producía la enfermedad. Por otra parte Thérèse tampoco supo estar a la altura de las circunstancias…
         Ernesto continuaba hablando. Los siquiatras habían llevado a cabo una buena labor. No bastaba con lavar el cerebro, Había que sustituir la laguna causada durante la crisis por una historia alternativa bien construida, tener razones con que darle otro color a la sinrazón.
       - Luego un largo periodo de reposo -aproveché un pequeño silencio de mi interlocutor para dar un salto en el relato.
         - Que me fue muy beneficioso. Me fui reconstruyendo por dentro poco a poco. Tuve la suerte de topar con un siquiatra que aparte de ser un médico formidable es una magnífica persona. Dibujé mucho durante aquella época, y también modelaba el barro, y me decidí  a terminar la carrera…
         - ¿No te visitaban tus amigos?
       - Ni ellos ni yo sentíamos el menor deseo de volver a aproximarnos, y era mucho mejor para mi salud mental permanecer al margen de sus actividades y problemas. El comportamiento de Nando en Paris dejó bastante de desear. Luego me enteré que convivía con Fonso. Las vueltas y revueltas que da la vida. Un día me encontré con éste por casualidad y el músico le había contado perrerías sobre mí. Su versión era que había estado haciendo teatro para llamar la atención, y que como no lo había conseguido decidí marcharme enfadado con todos ellos. Sin ninguna referencia a que me habían dejado solo en un tren en medio de lo más profundo de mi enfermedad para deshacerse de mí como si fuera un apestado. Fonso no debió de creerle todo su cuento porque me trato de una manera muy afable, dijo que era una estupidez que nuestra bella amistad quedara cortada por una futilidad, y se le notaba que era sincero y que intentaba animarme. Pero durante una buena temporada continuamos todavía muy alejados porque él estaba por entonces muy metido en cuestiones sindicales y yo no entendía nada de los profundos cambios políticos que se iban sucediendo día a día. Continuaba estático en aquellas soluciones globales individualistas. ¿Te has sentido alguna vez incapaz de poder pensar?
         Me encogí de hombros.
        - No siempre estoy pensando, al menos de un modo consciente, pero en alguna medida siempre está una pensando, dándole vueltas a algo en la cabeza, sea importante o trivial.
         - No me refiero a ese pensamiento automático sino al más profundo, al científico, al filosófico, al que nos permite tener un conocimiento por lo menos aproximado de donde estamos y de que es lo que queremos -se animaba y le brillaba la mirada-. A la relación absoluta entre el medio ambiente y tu propia personalidad. Cuando lo intentaba se me producía un dolor de cabeza extraordinario, y lo mismo me sucedía cuando quería crear, plasmar una idea artística. Sólo podía hacer dibujitos y modelados, sin llegar a nada definitivo y con carácter.
         - Podía ser efecto de la medicación.
     - Es probable, tanta pastilla y tanta inyección. Había semanas enteras que me encontraba flotando sin ningún punto de referencia en el que anclar mi pensamiento.
         Hubo una pausa.
        - En ese estado no es nada extraño que hicieras un retrato tan horrible a aquel barón de los centristas.
         - Aquella obra la llevé a cabo bastante después, había pasado todo el invierno, la primavera y el verano. La familia me llevó durante los meses estivales a la playa, y los baños de sol y el agua salada me sentaron formidables, el ejercicio y el contacto con la naturaleza me hicieron mejor que todos los medicamentos que me había dado, de hecho cuando regresé me suprimieron la medicación casi por completo. El encargo de la escultura me lo proporcionó mi siquiatra, antes le había hecho a él un busto magnífico que todavía conserva en su casa en un lugar destacado, y el otro no fue tampoco ningún desastre. Retraté al personaje tal y como era: una cabeza hueca. Si el hombre no tenía ninguna sustancia, ¿qué pretendía, que le hubiera puesto la expresión del Pensador de Rodin? No, con aquel trabajo me dí cuenta de mi completo restablecimiento, y si la obra salió, como tú la has calificado, horrible es porque ya volvía a tener capacidad para dominar la materia y modelarla según mis deseos.
         - Desde luego tiene algún parecido con el retratado, pero es lógico que a él no le complaciera en absoluto.
         - Sí, desde un punto de vista económico tengo que reconocer que me pegué el gran resbalón, porque gracias a aquel encargo me podían haber salido muchos otros y la gente se retrajo de hacérmelos, la mayoría prefiere que el artista adule su vanidad sin tener para nada en cuenta el valor creativo de la obra. Pero hace tiempo que dejaron de preocuparme esas cuestiones y me siento muy orgulloso de aquella escultura, aunque me podía haber salido todavía mejor, más “horrible”, por seguir empleando la misma expresión, si hubiera puesto en ella más interés. Pero me encontraba muy absorbido por las clases en Bellas Artes, tenía auténticas ansias de aprender. Habíamos comenzado por el final, me explicaré, todo aquello de la revista y la exposición fue muy prematuro, antes debíamos haber trabajado con ahincó hasta haber alcanzado una auténtica madurez, las cosas hubieran sido mucho más fáciles y menos traumáticas.
         - Tal vez fueron deseos de libertad mal dirigidos.
       - Sí, también hubo algo de eso. Dar golpes de ciego en la noche oscura, tratar de orientarse entre las tinieblas de la tempestad. Con calma y sistematización se podía haber llegado a algún puerto seguro. Había que haber buscado alguna antorcha que iluminara el duro camino que nos disponíamos a emprender. Andar sobre seguro…
         -Hubiera sido menos apasionante para vosotros.
         - Cierto -y se quedó un momento rememorando con la mirada clavada en el espejo.