miércoles, 10 de abril de 2013

Entrevista Tercera - Capítulo 2



CAPÍTULO 2

                Los dos cementerios están separados por una carretera asfaltada, a un lado de ella el campo es santo, al otro impenitente. En tierra santa sólo pueden ser sepultados los católicos aunque la greda rojiza sea igual de pudridora en los dos lugares limitados por muros de arcilloso ladrillo y verjas de hierro forjado. En ambos hay túmulos grandiosos y humildes sepulturas, y a principios de noviembre ambos parecen un vergel florido. Es el Día de Difuntos y los camposantos, casi siempre desiertos, parecen una feria. La Almudena está situada al este de la urbe y el sol se pone por el oeste, pero cualquier terreno es bueno para criar malvas.


        
       - Supongo que te contaría anoche Ernesto que me cité con él para una entrevista referente a un trabajo que me han encargado en la revista sobre la novela “Tres  a Thérèse”, que ha escrito vuestra amiga común y está teniendo mucho éxito, y sobre la auténtica personalidad de sus protagonistas. Pero antes de hablar de ese tema tengo que llamar a casa, la muchacha estará intranquila sin tener noticias mías.
         - El teléfono está abajo, en la librería.
         - Entonces continuáis con el negocio.
         - Sí, y asociados con los santiaguinos. Ahora te los presentaré.
         Formaban una pareja tan encantadora como la descrita en la obra de Thérèse, y me acogieron con amabilidad. En casa todo estaba perfectamente pero Marina exigía mi presencia con prontitud y también debería pasarme por la redacción de la revista. Pepe se ofreció a acompañarme.
       - No hay ningún problema, Claudina y Pedro llevan el establecimiento a las mil maravillas.
         Dentro del automóvil de Pepe, un “Dos Caballos” del año catapún pintado en amarillo pálido, me encontraba como en una nube de algodón, y cuando caminaba por las aceras como elevada dos palmos del cemento. Hablábamos por los codos y recordábamos por los poros. Pero el Fonso-Pepe que tenía a mi lado se encontraba mucho más cerca del personaje de la novela que del antiguo compañero de la escuela.
 
         “Plenos de alegría se encontraban los compañeros del curso. Sólo había una Navidad al año, y aunque algunos celebraran en ella el nacimiento del Cristo, otros el de Hércules, y los más el suyo propio, era la mejor oportunidad de cada año para festejar cualquier cosa con la seguridad de tener una plenitud de acompañantes en la celebración. Miriam y Fonso elevaban los vasos llenos de espumoso en un alarido de euforia cuando fuertes golpes en la puerta del aula rompieron la armonía de los bacantes y todas las miradas se dirigieron hacia aquella. Dos brutos vestidos de gris, con ceño fruncido y hostil ademán, tapaban el hueco.

         - ¡Desalojo! -bramaron al unísono dos negras fauces paralelas a las grises viseras.

         - ¡Pasen, pasen, no se queden en la puerta! -invitó el medio ebrio profesor-, hay champán para todos -y una enguantada garra arrancó la botella de sus manos y la estrelló contra la pared.

         - ¡No estamos para cachondeos!

         - ¡Un respeto que soy el profesor! -fue todo cuanto se le ocurrió responder a aquel buen hombre que se ganaba la vida dando clases como adjunto en la Facultad.

         - ¡Tenía razón el almirante, todo esto no es más que un antro de rojos y maricones! -gritó el que por los dorados galones que cruzaban la manga de su brazo izquierdo se distinguía como jefe de la pareja.

        - ¡Esto es un atropello! -intentó mantener la autoridad dentro de su aula el profesor.

       - ¡Tienen cinco minutos para desalojar el edificio! -advirtió el sargento bajo el dintel de la puerta disponiéndose a salir- ¡Si no cumplen el plazo aténgansen a las consecuencias! -y desapareció con su subordinado. Tenía mucho trabajo aquella mañana para perder el tiempo dando explicaciones.

         Tampoco Fonso tenía tiempo que perder. Pero instintivamente se bebió de un trago lo que quedaba de champán en el vaso que tenía en la mano y lo lanzó con desprecio sobre su espalda. No se podía imaginar lo que había ocurrido pero si los grises tenían aquel cabreo de mil demonios era señal inequívoca de que algo les espoleaba, y eso bien valía un último trago de espumoso.

         - Miriam, ¿me puedes prestar un momento la llave de tu armario? -preguntó a su amiga.

         - No tienes el tuyo -respondió ella.

         - ¿Sí o no?, que no estamos para hacer aclaraciones.

         - Toma -condescendió a la petición-, a veces se te ponen unas manías…

         - Gracias -dijo Fonso, y desapareció a la carrera.

                                                                                                      

       A los pocos minutos regresaba su aula y se encontró en la escalera con un camarada que le decía temblando:

         - ¡Están forzando todos los armarios!

         - ¡Cálmate, por Dios, me trasmites tu nerviosismo!

         - ¡Peee…ero tengo mis buenas razones para estar así!

         - No creo que se entretengan en abrir todos, sólo forzarán los de aquellos alumnos que consideren sospechosos por haberse destacado en las asambleas…

         - ¿Y cómo puedes estar tú tan tranquilo?

         - Lo que andan buscando está ya a buen recaudo -y balanceaba un llavero ante la mirada cargada de pánico del otro-, estoy convencido que no se les ocurrirá tocar el armario al que pertenecen estas llaves. Ten -dejó caer el llavero que el compañero se apresuró a recoger en el aire-, cuando pase el temporal haces los cambios pertinentes.

         - ¿Pero su dueño…?

         - Su dueña no necesitará utilizar la taquilla hasta después de las vacaciones, y para entonces…

       - ¡Eh, vosotros, los de la escalera, es que no os habéis enterado que hay que desalojar! -gritaba un gris blandiendo una negra porra de cuero-. ¿Os  voy a tener que bajar a golpes?

         - ¡No, no, no, ya vamos! -chilló asustado el camarada de Fonso, pero manteniendo la suficiente fuerza de ánimo para esconder el pequeño llavero en lo más recóndito de uno de sus bolsillos.

         - ¡Vaya un fin de curso que nos estáis dando con vuestra puñetera movida! -le espetó Fonso para que recayera la atención sólo sobre él.

         - ¡Con esto es con lo que te voy a dar a ti por descarado -amenazó el sicario comenzando a subir la escalera.

         Fonso empujó sin contemplaciones  a un lado a su compañero y bajó con parsimonia un par de escalones, con lo que el encuentro con el guardia se produjo con anticipación a lo esperado por éste y los cuerpos de ambos se encontraban ya demasiado próximos para que el bruto le pudiera golpear con contundencia, así que optó por agarrar al muchacho por la solapa de la chaqueta para colocarlo a la distancia adecuada, en tanto que su amigo aprovechaba el enfrentamiento para escabullirse.

         - ¡Alto! -gritó una voz autoritaria desde el vestíbulo que tuvo la virtud de frenar el intento de agresión-. ¿No quiero violencias inútiles, sino una actuación rápida y eficaz!

         - ¡A sus órdenes, mi teniente! -se puso firme el policía.

         - ¿Qué pasa? -preguntó el mando ascendiendo las escaleras.

         - Que este mocoso tiene muchas ganas de juerga y le iba a dar una buena lección.

      - No acostumbro a beber y con el fin de curso… -se justificaba Fonso tambaleándose-, me siento muy mareado -balbució y buscó apoyo en la pared.

         - Los jóvenes de ahora sois una mierda. ¡Desaparece en un instante! -le increpó el mando, y su voz era tan autoritaria que el muchacho dio un paso adelante y estuvo en un tris de rodar por las escaleras, y si no lo hizo fue porque el número lo sujetó con firmeza.

         - Vaya basura, no saben ni beber, a zurriagazos le quitaba yo la mona.

         - ¡Fonso! -gritó Miriam desde abajo.

         - ¿Es amigo tuyo? -preguntó el teniente.

         - Es un buen muchacho, compañero de curso y…

         - Pues ayúdalo a salir que casi no se tiene en pie el muy tarambana.

       Fonso sólo recobró su plena consciencia cuando salieron al aire libre. Andaba apoyado en la amiga y ella le instaba a que respirara profundamente. Era muy agradable sentir tan cerca el joven cuerpo de Miriam, casi un sueño después de la pesadilla precedente.

            Marisa frenó el automóvil cuando vio a la pareja. Era una compañera de clase.

         - Parece que tenéis problemas, subid al coche que os llevaré hasta Princesa -les invitó.

           - ¡Los guardias le querían pegar! -se justificó Miriam por llevar cargado a Fonso.

         - Sólo dialogábamos, una discusión dialéctica -explicó éste-, mi hipótesis eran las palabras y su tesis el vergajo…

         - ¡Son una panda de cabrones! -estalló el compañero que iba sentado junto a Marisa.

       - Calla, por favor, que tenemos al lado las lecheras -rogó la conductora y el joven obedeció y descendió del vehículo para ayudar a Miriam a acomodar a Fonso en el asiento trasero.

         Unos guardias se acercaban ya al “seiscientos” para ver lo que pasaba allí, así que Marisa puso el automóvil en movimiento a toda prisa dejando casi en tierra a su compañero.

         - No quiero tener problemas -explicó.

         - ¿Llevas radio? -la preguntó Miriam.

         - Por desgracia me la han robado hace unos días se lamentó la conductora.

         -¿Qué habrá ocurrido para que haya tanto follón? -se preguntó Fonso en voz alta, ya casi recuperado de su vahído gracias al gélido aire que entraba por la ventanilla abierta.

         - Cualquiera sabe -dijo el amigo de Marisa-, de lo único que estoy convencido es de que nos han arruinado la fiesta y que son unos hijos de perra.

         - ¡Vale ya con la cantinela! Están cumpliendo con su servicio -se enfurruñó Marisa-, y si son tan mal educados en su forma de comportarse no tienen ninguna culpa de ello, nunca han tenido la oportunidad de acceder a la cultura como nosotros.

         El automóvil ya se encontraba rodando por la Avenida de la Victoria, casi a la altura del Arco del Triunfo.

         - Pues a pesar del brusco desalojo, que supongo que también lo habrán hecho en las demás Facultades, la gente sigue la juerga por las aceras -señaló Miriam.

         - Esto no hay quien lo entienda, vamos a tomarnos un porrón en alguna tasca a ver si de paso nos enteramos de algo -sugirió el amigo de Marisa.

        - Tienes mucha razón -le apoyó Fonso-, no vamos a consentir que nos sigan amargando la fiesta.

            - Sería preferible que tú no bebieras más -le advirtió Miriam.

         - No me ha hecho daño la bebida sino la precipitación, se me subieron de golpe todas las burbujas del espumoso a la cabeza con el sobresalto -explicó él.

         - Sólo nos tomaremos una copa más y aprovechamos para indagar lo sucedido porque la plazoleta está llena de coches de policía -propuso Marisa.

         Entre los cuatro consumieron un porrón de vino tinto con gaseosa mientras otros compañeros de facultad, que hacían lo propio, les informaban que de que había muerto a causa de un atentado un tal Carrero Blanco, que debía ser ministro o algo parecido. Luego se separaron, alegres y bulliciosos, y cada cual partió camino de su domicilio eufóricos con la perspectiva de pasar una felices e intensas vacaciones navideñas.”

          - Por primera vez en muchos años he recobrado la ilusión de estar luchando por algo justo y necesario -me explicaba Pepe.
       - Pues en la revista están decididos en apoyar la postura gubernamental, la consideran mucho más práctica para nuestros intereses, tanto generales para el país como particulares de cara a la venta de ejemplares.
          - Ya hablaremos sobre ese tema, ahora cuéntame que ha sido de tu vida en todos estos años.
          - Es una larga historia. Ya puedes aparcar el coche donde desees mi vivienda está allí enfrente.
           - Donde encuentre una plaza porque esto está repleto de automóviles aparcados.

lunes, 8 de abril de 2013

Entrevista Tercera - Capítulo 1



CAPÍTULO 1

         Comenzó a caer una lluvia de órdago a la grande, parecía que se habían roto los estanques del cielo. La muchacha había llegado al parque mientras que su pensamiento estaba en otra parte, y se sentó en el banco de madera porque le dolían los pies y el verdor invitaba al reposo. Los gruesos goterones la volvieron a la realidad y buscó refugio. MUSEO DE CIENCIAS NATURALES cruzaba el frontispicio en letras romanas de bronce que fueron doradas en su día. El vestíbulo estaba sombrío y un aburrido portero montaba guardia. Se cruzaron un par de frases triviales y como la tormenta no cejaba se decidió a visitar la exposición. En las amplias salas no había ningún ser viviente, sólo escayolas y pieles, huesos conformando esqueletos, escaparates de vidrio, gruesos frascos conteniendo masas viscosas… Deseaba escapar de allí, respirar aire limpio, pero en la gran cúpula de cinc y cristal golpeteaban todavía los dardos de agua. En cualquier momento un rayo de vida podría insuflar movimiento a todo cuanto la rodeaba.


         Mantenía los ojos cerrados. Era agradable permanecer en aquel estado. Treinta y tres años antes debí de gozar de unos instantes tan placenteros. Luego el primer y brutal golpe de frío y desasosiego, el correspondiente azote en el trasero y el llanto, que de forma intermitente ya no te abandonará. Mantener los ojos cerrados todo el tiempo posible. Aquella vez lo estropeó todo mi deseo animal de salir a la luz. ¿Ahora? Ahora también se rompería el encantamiento una vez más como en tantas y tantas ocasiones. Abrí los ojos. Fue reconfortante comprobar que la habitación se encontraba en una penumbra saludable. Entonces vino la sorpresa: aquel no era mi dormitorio, ni aquella mi cama. Me incorporé bruscamente. A los pies del lecho extraño, sentado en una mecedora, había un hombre extraño que parecía dormitar. Sentí el impulso de gritar pero la voz se me quedó en la garganta y sólo salió de mi boca una especie de inaudible rugido. Aunque fue suficiente para que el desconocido abriera sus ojos y posara en mí una mirada tranquilizadora.
         - Buenos días -me saludó con jovialidad.
         Hubiera saltado de la cama e intentado huir con presteza a pesar de la simpatía que rezumaba de la expresión de mi desconocido acompañante, pero tenía los músculos entumecidos y un par de tornillos me punzaban las sienes. Él debió de percibir mi desasosiego porque comenzó a darme explicaciones con un tono sosegado antes de que me sintiera capaz de exigírselas.
         - Bienvenida al apartamento de Fonso. Llegaste anoche en compañía de Ernesto. Sin duda bebisteis un poco más de la cuenta y este recibimiento es como una repetición del que supongo que anoche no escucharías.
      Algo muy lejano y pequeño comenzaba a iluminarse en mi mente. Era como si contemplara dispositivas desvaídas a través de un visor desenfocado. La hermosura de la noche, el parloteo dentro del automóvil. Una casa extraña donde alguien cuyo rostro había visto muchas veces en mis sueños me saludaba entre sorprendido y feliz.
         ¡Qué vergüenza! -fue lo único que se me ocurrió exclamar y el dolor de cabeza se hizo más pronunciado obligándome a apretar la nuca entre las manos.
         - Es normal que te zumbe la cabeza -dijo él en el mismo tono distendido y jovial, y se levantó con parsimonia de la mecedora-. Te traeré una aspirina y un vaso de agua. Ya verás como en un momento se te pasa -y salió de la habitación dejando la puerta entornada.
         Se me repitió el imperioso deseo de salir corriendo, pero al intentar incorporarme las paredes y el techo se pusieron a dar vueltas y me dejé caer. “¡Qué bestia! ¿Por qué bebería tanto anoche?”. Mil ideas dispares y difusas azotaban mi cerebro, y entre ellas, con una redundancia machacona, la sensación de que ya había visto antes el rostro de mi hospitalario desconocido. Mi futuro entrevistado. “¡Vaya papelón que estaba haciendo! Un buen tema para la crónica negra de la revista: la reportera Gloria Ruiz amanece en la cama de su entrevistado antes de acordar la cita para realizarla”.
         Al escuchar que regresaba me introduje entre las sábanas y me tapé la cabeza hasta los ojos.
       - Aquí tienes la pastilla y el agua. Enseguida notarás alivio, son de efectos contundentes.
         Volví a incorporarme un poco y tragué la medicina intentando no pensar en nada. Me tendí otra vez y cerré los ojos. Tal vez me quedé dormida un segundo pero unas intensas ganas de orinar me acuciaban.
         - El aseo, por favor -susurré.
         - Es la primera puerta a la derecha. Te he dejado sobre la cama una bata de Charo, mi compañera. Si te quieres dar una ducha hay agua caliente, seguro que te despejará mucho. Yo voy a la cocina a preparar algo con que desayunarnos, no sé tú pero yo tengo un hambre de cien mil lobos. Allí te espero, está al final del pasillo.
         Lo pasé muy mal hasta que conseguí penetrar en el cuarto de baño, andando dando tumbos. Después todo comenzó a ir mejor. Hasta me reí debajo de la alcachofa de la ducha de lo pintoresco de la situación. En el armarito del baño también había compresas, ¡qué buena suerte!
         El olor a café recién hecho y a pan tostado acabó por reanimarme por completo y cuando entré en la cocina con aquella bata de guata que me venía como hecha a la medida me encontraba fuerte y… como renacida. El dolor de cabeza de había transformado en una jaqueca sutil que cada vez se alejaba más.
         - Buenos días -saludé a mi anfitrión que ya estaba sentado a la mesa y me aguardaba extendiendo mantequilla y mermelada sobre las tostadas.
         - Me alegro de que ya te encuentres mejor, el rostro te ha cambiado por completo. Ven, siéntate en esa silla.
         - ¿No está tu esposa en casa? -pregunté mientras me sentaba.
         - No, está ausente, pero Charo y yo no estamos casados, somos compañeros, que es una variante más bonita de la convivencia en pareja. ¿Cuán cucharadas de azúcar deseas?
         - No tomo azúcar, hay que mantener la línea -expliqué.
         - La conservas bastante bien -sonrió con un punto de malicia.
         - Gracias por el cumplido -dije mientras ponía toda mi atención en mojar la tostada en el café con leche antes de llevármela a la boca. ¡Está esquisita1”. Lástima que no se lo pudiera comunicar inmediatamente a mi amable anfitrión, pues para completar la pésima opinión que sin duda se había formado sobre mí sólo me hubiera faltado hablar con la boca llena.
      - Es una pena que Charo no se encuentre aquí porque le hubiera gustado mucho conocerte, la he hablado tanto de ti.
         Casi me atraganto.
         - ¡¿Cómo?! -balbucí.
         - ¡Ja, ja, ja ¡ -rió él con la boca abierta-. Terminemos el desayuno antes de que se enfríe, que ya habrá tiempo para las explicaciones.
         Estaba todo tan delicioso que me hubiera olvidado por una vez del cuidado de mi línea y portado como una glotona, a no ser porque me acuciaba conocer la explicación que había quedado pendiente flotando en la aromática atmósfera de la cocina.
         - Ha sido un desayuno excepcional, hacía tiempo que no comía por la mañana algo tan apetitoso y con tanta calma. Ya sabes, el trabajo, la vida traqueteada que llevamos todos. Apenas un café con leche desnatada bebido a la carrera…
         - ¿Un cigarrillo? -me ofreció Fonso.
         - Nunca fumo antes del mediodía.
         - Hoy es un día diferente.
     - No cabe duda de que lo es, no tengo por costumbre despertarme en camas desconocidas -y tomé el cigarrillo que me ofrecía.
         - ¿Por dónde empezar? Hoy, anoche, siempre…
         - En lo qué me es dado recordar entre brumas intuyo lo de la noche pasada, y lo que no acierto a calibrar con certeza prefiero que se queda en la sombra…
         - No hiciste nada de lo que tengas que avergonzarte, si es eso lo que te preocupa -me interrumpió.
         - La vergüenza es un sentimiento subjetivo.
       - Estabas que te caías y a Ernesto le pareció mal llevarte a tu domicilio en ese estado. Bueno, él tampoco estaba muy sereno que se diga. Te acostamos entre los dos, Ernesto se pegó una buena ducha y se tomó un café cargado para despejarse y se marchó a su casa. Yo me acomodé en la mecedora y me he pasado toda la noche rememorando.
         - Sí, velando el sueño de una borracha para hablar sin eufemismos, me siento anímicamente fatal.
         - Todos hemos tomado alguna vez alguna copeja de más, no tienes por qué hacer un mundo de ello.
         - Algo que también me preocupa es que me resulte tan fácil tutearte, suelo ser mucho más recatada en el tratamiento cuando hablo con desconocidos.
         Él sonrió con cierto aire enigmático.
      - Siempre nos hemos tuteado, a la edad en que nos conocimos hubiero resultado chocante tratarnos de otro modo.
         - Luego ya nos conocíamos de antes, la verdad es que lo presentía. Me es familiar tu rostro, pero esa barba que llevas me despista mucho. Sucede a veces que una sueña con una persona que no ha visto nunca y luego cualquier desconocido en la calle, en un bar, en el supermercado, lo asimilas al personaje del sueño.
         - También a mí me ha sucedido en alguna ocasión, pero éste no es el caso. Cuando llegaste con Ernesto reconocí tus rasgos a primera vista, pero pensé que me equivocaba, que no eras tú, que no podías ser tú, y cuando, sin preguntárselo, mi amigo me dijo tu nombre ¡vaya sorpresa que me lleve!
         - Nunca he tenido amistad con ningún Alfonso… ¿Me vas a tener mucho rato jugando a las adivinanzas?
         - En mi carnet de identidad figuro con el nombre de José Alfonso, ¿comprendes?
         La luz rasgó las tinieblas.
         - ¿El alumno del Instituto? -pregunté afirmando-. ¡Pepe!
         - El mismo -verificó él con alegría.
        El abrazo fue tan soso como espontáneo. Luego no supimos que hacer ni qué decirnos. Éramos un par de tentempiés lastrados de plomo. Una risa mezclada con lágrimas, un laborioso regresar al íntimo ser de cada uno. Lo ideal para un reencuentro era el champán, pero lo apropiado para aquella hora era tomar otro café. Los ánimos se fueron sosegando al mismo tiempo que las explicaciones se disparaban. Sobre la cuadrícula de ajedrez que formaba el embaldosado de la cocina se fueron volcando los recuerdos como si fueran piezas de marfil contenidas en una caja de ébano.

sábado, 6 de abril de 2013

Entrevista Segunda - Capítulo 15



CAPÍTULO 15

         Son una pareja de puritanos turistas anglosajones de edad madura, su blanca tez está roja y despellejada por haber tomado el sol con demasiada precipitación. Se toman fotografías en la Rosaleda del Parque del Buen Retiro mientras el cielo azul se va tiñendo de rosa y morado en el crepúsculo. Ella repara en una extraña estatua cercana y son informados de que se trata del monumento al “Ángel Caído” por una vieja de luto que lleva un rosario en las manos. Se hacen cruces al conocer que la ciudad que visitan, tan repleta de iglesias, conventos y capillas, ha tenido el morboso placer de rendir un homenaje permanente y perdurable a Lucifer, al Maligno, al Diablo, a SATÁN!!


         La noche era agradable y sabía que en su domicilio la esperaba una velada solitaria y triste similar a la anterior. Ella estaba harta de escuchar siempre a los demás, también tenía derecho a hablar, a compartir sus pensamientos con los demás. Las ausencias de Gerardo eran cada vez más frecuentes, y no se podían atribuir sólo a un incremento de trabajo.
         No tardaron mucho en buscar refugio en un pub de la calle Huertas. Tenían sed. Las paredes estaban decoradas en forma cutre y decadente, y la música, una mezcla de variados sones latinos, sonaba muy fuerte. La bebida típica del local era la caipiriña, de procedencia brasileña, ron de caña con azúcar y trozos de limón y de lima. Eran el lugar y el alcohol perfectos para abrir el corazón a un desconocido. Ernesto escuchaba con atención, se interesaba por su relato y Gloria se sentía a gusto, como hacía tiempo que no lo lograba. Cuando pidieron una segunda consumición él la tomó una mano y ella disfrutaba con aquel juego pueril.


         - Eso es todo, ¿te ha decepcionado mucho que mi vida no sea nada apasionante?
         - Pero tú sí que eres capaz de despertar la pasión de cualquier hombre -la galanteo el escultor oprimiéndole la mano-, lo que es una pena auténtica es que el tiempo corra tan deprisa cuando se está junto a una persona tan agradable. Sería muy bonito que nos pudiésemos ver en otra ocasión -sus ojos parecían los de un cordero a medio degollar.
         - Ya estamos ahora reunidos, ¿por qué esperar a otra ocasión?
       - Es que se ha hecho muy tarde y cada uno tenemos responsabilidades que cumplir mañana.
         - Tengo toda la noche libre -dijo Gloria.
         - ¿Y los niños?
        - La persona que los ha estado cuidando toda la tarde no tendrá ningún inconveniente en pasar la noche con ellos. Se puede resolver con una simple llamada telefónica. ¿Tendrán aparato aquí?
         - Supongo que sí, pero… -dejó de sujetar la mano de Gloria y ella la llevó hasta el vaso de la bebida, comprobando que se encontraba vacío.
         - Voy a pedir otra -anunció.
         - ¿Crees que te sentará bien una nueva copa?, te noto un poco mareada.
        - Sí, me siento como flotando, pero es una sensación muy agradable. No temas, otra copa no me tumbará.
         - De verdad que me encantaría que prosiguiéramos esta amena velada pero mañana entro a trabajar a las nueve de la mañana. Además… -dudó un instante-, me esperan Cristal y el niño.
         - Y no tienes acostumbrada a tu esposa a que te espere -dijo Gloria con crueldad.
        - No es eso. Tú eres una persona adorable y me encantaría pasar toda la noche junto a ti, correr la gran juerga por toda la ciudad, ver amanecer en tu compañía…
       - Pero eso sería un juego y tú ya has dejado de jugar -lo miró con una fijeza que cerraba todas las salidas. Ella sí que estaba jugando, y de farol. Sabía que le iba a costar Dios y ayuda convencer a la muchacha para que cuidara por la noche a los niños sin haberla avisado con anticipación. También existía la posibilidad de que Gerardo adelantase su regreso, pero le resultaba humillante una vez comenzada la partida tener que ser ella quien rompiera la baraja. Hacía tiempo que no tenía la oportunidad de jugar a algo en serio.
       - Está bien, está bien, eres tal y como me imaginaba que serías cuando leía tus artículos: una mujer libre, sin complejos y dispuesta a todo.
         - No exageres, por favor, a una mujer como a cualquier persona la van conformando quienes se encuentran junto a ella, y si tu trabajo te obliga a conocer a mucha gente es normal que seas abierta.
         - Es el momento de pedir otra ronda y que los vapores del alcohol nos inspiren para hacer planes. ¡Camarero, por favor!
         - ¡Romperemos la noche! -gritó Gloria eufórica.
         El camarero se acercó al velador.
         - Lo mismo -pidió Ernesto.
       - En un momento -dijo el mozo recogiendo el vaso de ella vacío y el de su acompañante mediado. Gloria se dio cuenta del detalle, él estaba bebiendo mucho menos de lo que aparentaba, su contrincante era un jugador de ventaja. Pero no se amilanó, por fin había encontrado a alguien con quien disputar libremente y esa oportunidad no había que despreciarla, así que ¡a quemar las naves!
         - ¿Me ayudarás a romper la noche?
         - La noche y el amanecer -dijo Ernesto convencido.
         - Pues he de telefonear -anunció ella mientras se levantaba con ademanes teatrales y le estampaba un beso en la frente.
         - Creo que el teléfono está junto a los servicios -indicó él con una sonrisa.
         Hasta allí navegó Gloria por un mar de tumultuosos veladores de mármol.
       
       La muchacha comenzó por darle cuenta detallada de cómo había transcurrido la tarde en su hogar. Luego se sorprendió con la propuesta de Gloria de quedarse durante toda la noche a cuidar a los niños, para asustarse después cuando su señora le indicó que ante una llamada de Gerardo ella debería explicarle que se encontraba indispuesta y que no podía ponerse al aparato en aquel momento. Los alegatos de Marina la hubieran hecho zozobrar en otro momento, pero dentro de la galerna se sentía fuerte y encontró las palabras adecuadas con que maniobrar y convencer a su sirvienta.
         Regresó hasta la nave-velador donde un Simbad aviejado meditaba sobre el lio en el que se estaba metiendo. No le prestaba el pensar a Ernesto, le ponía años encima y una arruga profunda en la frente estropeaba su imagen de niño adulto que tanto encanto le proporcionaba a su imagen. Al ver regresar a Gloria su rostro se iluminó de nuevo y adquirió otra vez todo su atractivo.
         Había aprovechado el tiempo para elaborar planes: seguro que Fonso se prestaría a dejarles una habitación de su apartamento para pasar la noche. Se levantó sin esperar a escuchar la opinión de ella sobre el particular y fue directo al teléfono que aún estaba caliente del aliento de la mujer.
         Dos impolutas caipiriñas se encontraban sobre el mármol blanquecino y Gloria tenía sed, una insaciable sed. Se hubiera tomado una de un trago, pero se entretuvo en aplastar los gajos del limón y de la lima con la cucharita de plata y a remover el azúcar. Era el momento ideal para fumarse un cigarrillo y recapacitar sobre la situación.
         Ya había exhalado una bocanada de humo cuando sintió un fuerte dolor en el vientre y una sensación de humedad entre las piernas. ¡Qué inoportunidad! Para una vez que se decidía a ejercer de mujer el ser mujer le ponía trabas.
         Llegaba ya Ernesto sonriente y antes de que tuviera el galán tiempo de sentarse e informarla sobre el resultado de su gestión ya se levantaba ella camino del servicio.
         - En un minuto vuelvo.
         - Fonso nos espera, es un muchacho excelente…
         Cuando regreso a la mesa la sala parecía insípida. No quedaba ni rastro de las naves que se balanceaban en medio de la galerna. Gentes vacía ocupando un espacio indistinto.
         - ¿Te pasa algo?, tienes mala cara.
         - Nada que no nos ocurra al menos una vez al mes a todas las hembras -respondió sonriente. Él se quedó sorprendido y pensativo-. Será mejor que salgamos, aquí hay demasiado humo y el ambiente me ahoga.
         - Hagamos antes un último brindis -propuso Ernesto.
         - ¿Por qué se te ocurre que le podríamos hacer?
         - ¡Por el comienzo de una larga amistad!