CAPÍTULO 1
Comenzó a caer
una lluvia de órdago a la grande, parecía que se habían roto los estanques del cielo.
La muchacha había llegado al parque mientras que su pensamiento estaba en otra
parte, y se sentó en el banco de madera porque le dolían los pies y el verdor
invitaba al reposo. Los gruesos goterones la volvieron a la realidad y buscó
refugio. MUSEO DE CIENCIAS NATURALES cruzaba el frontispicio en letras romanas
de bronce que fueron doradas en su día. El vestíbulo estaba sombrío y un
aburrido portero montaba guardia. Se cruzaron un par de frases triviales y como
la tormenta no cejaba se decidió a visitar la exposición. En las amplias salas
no había ningún ser viviente, sólo escayolas y pieles, huesos conformando
esqueletos, escaparates de vidrio, gruesos frascos conteniendo masas viscosas…
Deseaba escapar de allí, respirar aire limpio, pero en la gran cúpula de cinc y
cristal golpeteaban todavía los dardos de agua. En cualquier momento un rayo de
vida podría insuflar movimiento a todo cuanto la rodeaba.
Mantenía los
ojos cerrados. Era agradable permanecer en aquel estado. Treinta y tres años
antes debí de gozar de unos instantes tan placenteros. Luego el primer y brutal
golpe de frío y desasosiego, el correspondiente azote en el trasero y el llanto,
que de forma intermitente ya no te abandonará. Mantener los ojos cerrados todo
el tiempo posible. Aquella vez lo estropeó todo mi deseo animal de salir a la
luz. ¿Ahora? Ahora también se rompería el encantamiento una vez más como en
tantas y tantas ocasiones. Abrí los ojos. Fue reconfortante comprobar que la
habitación se encontraba en una penumbra saludable. Entonces vino la sorpresa:
aquel no era mi dormitorio, ni aquella mi cama. Me incorporé bruscamente. A los
pies del lecho extraño, sentado en una mecedora, había un hombre extraño que
parecía dormitar. Sentí el impulso de gritar pero la voz se me quedó en la
garganta y sólo salió de mi boca una especie de inaudible rugido. Aunque fue
suficiente para que el desconocido abriera sus ojos y posara en mí una mirada
tranquilizadora.
- Buenos días
-me saludó con jovialidad.
Hubiera saltado
de la cama e intentado huir con presteza a pesar de la simpatía que rezumaba de
la expresión de mi desconocido acompañante, pero tenía los músculos entumecidos
y un par de tornillos me punzaban las sienes. Él debió de percibir mi
desasosiego porque comenzó a darme explicaciones con un tono sosegado antes de
que me sintiera capaz de exigírselas.
- Bienvenida al
apartamento de Fonso. Llegaste anoche en compañía de Ernesto. Sin duda
bebisteis un poco más de la cuenta y este recibimiento es como una repetición
del que supongo que anoche no escucharías.
Algo muy lejano
y pequeño comenzaba a iluminarse en mi mente. Era como si contemplara
dispositivas desvaídas a través de un visor desenfocado. La hermosura de la
noche, el parloteo dentro del automóvil. Una casa extraña donde alguien cuyo
rostro había visto muchas veces en mis sueños me saludaba entre sorprendido y
feliz.
¡Qué vergüenza!
-fue lo único que se me ocurrió exclamar y el dolor de cabeza se hizo más
pronunciado obligándome a apretar la nuca entre las manos.
- Es normal que
te zumbe la cabeza -dijo él en el mismo tono distendido y jovial, y se levantó
con parsimonia de la mecedora-. Te traeré una aspirina y un vaso de agua. Ya
verás como en un momento se te pasa -y salió de la habitación dejando la puerta
entornada.
Se me repitió el
imperioso deseo de salir corriendo, pero al intentar incorporarme las paredes y
el techo se pusieron a dar vueltas y me dejé caer. “¡Qué bestia! ¿Por qué
bebería tanto anoche?”. Mil ideas dispares y difusas azotaban mi cerebro, y
entre ellas, con una redundancia machacona, la sensación de que ya había visto
antes el rostro de mi hospitalario desconocido. Mi futuro entrevistado. “¡Vaya
papelón que estaba haciendo! Un buen tema para la crónica negra de la revista:
la reportera Gloria Ruiz amanece en la cama de su entrevistado antes de acordar
la cita para realizarla”.
Al escuchar que
regresaba me introduje entre las sábanas y me tapé la cabeza hasta los ojos.
- Aquí tienes la
pastilla y el agua. Enseguida notarás alivio, son de efectos contundentes.
Volví a
incorporarme un poco y tragué la medicina intentando no pensar en nada. Me
tendí otra vez y cerré los ojos. Tal vez me quedé dormida un segundo pero unas
intensas ganas de orinar me acuciaban.
- El aseo, por
favor -susurré.
- Es la primera puerta
a la derecha. Te he dejado sobre la cama una bata de Charo, mi compañera. Si te
quieres dar una ducha hay agua caliente, seguro que te despejará mucho. Yo voy
a la cocina a preparar algo con que desayunarnos, no sé tú pero yo tengo un
hambre de cien mil lobos. Allí te espero, está al final del pasillo.
Lo pasé muy mal
hasta que conseguí penetrar en el cuarto de baño, andando dando tumbos. Después
todo comenzó a ir mejor. Hasta me reí debajo de la alcachofa de la ducha de lo
pintoresco de la situación. En el armarito del baño también había compresas,
¡qué buena suerte!
El olor a café
recién hecho y a pan tostado acabó por reanimarme por completo y cuando entré
en la cocina con aquella bata de guata que me venía como hecha a la medida me
encontraba fuerte y… como renacida. El dolor de cabeza de había transformado en
una jaqueca sutil que cada vez se alejaba más.
- Buenos días
-saludé a mi anfitrión que ya estaba sentado a la mesa y me aguardaba
extendiendo mantequilla y mermelada sobre las tostadas.
- Me alegro de
que ya te encuentres mejor, el rostro te ha cambiado por completo. Ven,
siéntate en esa silla.
- ¿No está tu
esposa en casa? -pregunté mientras me sentaba.
- No, está
ausente, pero Charo y yo no estamos casados, somos compañeros, que es una
variante más bonita de la convivencia en pareja. ¿Cuán cucharadas de azúcar
deseas?
- No tomo
azúcar, hay que mantener la línea -expliqué.
- La conservas
bastante bien -sonrió con un punto de malicia.
-
Gracias por el cumplido -dije mientras ponía toda mi atención en mojar la
tostada en el café con leche antes de llevármela a la boca. ¡Está esquisita1”.
Lástima que no se lo pudiera comunicar inmediatamente a mi amable anfitrión,
pues para completar la pésima opinión que sin duda se había formado sobre mí
sólo me hubiera faltado hablar con la boca llena.
-
Es una pena que Charo no se encuentre aquí porque le hubiera gustado mucho
conocerte, la he hablado tanto de ti.
Casi
me atraganto.
-
¡¿Cómo?! -balbucí.
-
¡Ja, ja, ja ¡ -rió él con la boca abierta-. Terminemos el desayuno antes de que
se enfríe, que ya habrá tiempo para las explicaciones.
Estaba
todo tan delicioso que me hubiera olvidado por una vez del cuidado de mi línea
y portado como una glotona, a no ser porque me acuciaba conocer la explicación
que había quedado pendiente flotando en la aromática atmósfera de la cocina.
-
Ha sido un desayuno excepcional, hacía tiempo que no comía por la mañana algo
tan apetitoso y con tanta calma. Ya sabes, el trabajo, la vida traqueteada que
llevamos todos. Apenas un café con leche desnatada bebido a la carrera…
-
¿Un cigarrillo? -me ofreció Fonso.
-
Nunca fumo antes del mediodía.
-
Hoy es un día diferente.
-
No cabe duda de que lo es, no tengo por costumbre despertarme en camas
desconocidas -y tomé el cigarrillo que me ofrecía.
-
¿Por dónde empezar? Hoy, anoche, siempre…
-
En lo qué me es dado recordar entre brumas intuyo lo de la noche pasada, y lo
que no acierto a calibrar con certeza prefiero que se queda en la sombra…
-
No hiciste nada de lo que tengas que avergonzarte, si es eso lo que te preocupa
-me interrumpió.
-
La vergüenza es un sentimiento subjetivo.
-
Estabas que te caías y a Ernesto le pareció mal llevarte a tu domicilio en ese
estado. Bueno, él tampoco estaba muy sereno que se diga. Te acostamos entre los
dos, Ernesto se pegó una buena ducha y se tomó un café cargado para despejarse
y se marchó a su casa. Yo me acomodé en la mecedora y me he pasado toda la
noche rememorando.
-
Sí, velando el sueño de una borracha para hablar sin eufemismos, me siento
anímicamente fatal.
-
Todos hemos tomado alguna vez alguna copeja de más, no tienes por qué hacer un
mundo de ello.
-
Algo que también me preocupa es que me resulte tan fácil tutearte, suelo ser
mucho más recatada en el tratamiento cuando hablo con desconocidos.
Él
sonrió con cierto aire enigmático.
-
Siempre nos hemos tuteado, a la edad en que nos conocimos hubiero resultado
chocante tratarnos de otro modo.
-
Luego ya nos conocíamos de antes, la verdad es que lo presentía. Me es familiar
tu rostro, pero esa barba que llevas me despista mucho. Sucede a veces que una
sueña con una persona que no ha visto nunca y luego cualquier desconocido en la
calle, en un bar, en el supermercado, lo asimilas al personaje del sueño.
-
También a mí me ha sucedido en alguna ocasión, pero éste no es el caso. Cuando
llegaste con Ernesto reconocí tus rasgos a primera vista, pero pensé que me
equivocaba, que no eras tú, que no podías ser tú, y cuando, sin preguntárselo,
mi amigo me dijo tu nombre ¡vaya sorpresa que me lleve!
-
Nunca he tenido amistad con ningún Alfonso… ¿Me vas a tener mucho rato jugando
a las adivinanzas?
-
En mi carnet de identidad figuro con el nombre de José Alfonso, ¿comprendes?
La
luz rasgó las tinieblas.
-
¿El alumno del Instituto? -pregunté afirmando-. ¡Pepe!
- El mismo -verificó él con alegría.
El
abrazo fue tan soso como espontáneo. Luego no supimos que hacer ni qué
decirnos. Éramos un par de tentempiés lastrados de plomo. Una risa mezclada con
lágrimas, un laborioso regresar al íntimo ser de cada uno. Lo ideal para un
reencuentro era el champán, pero lo apropiado para aquella hora era tomar otro
café. Los ánimos se fueron sosegando al mismo tiempo que las explicaciones se
disparaban. Sobre la cuadrícula de ajedrez que formaba el embaldosado de la
cocina se fueron volcando los recuerdos como si fueran piezas de marfil
contenidas en una caja de ébano.

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