CAPÍTULO 4
Forman una fila
de pocas decenas de metros a la deslumbrante luz de los escaparates. Ha llovido
al mediodía y el suelo de la calle está aún mojado. La mayoría son mujeres y
van muy bien arregladas, no todos los días hay un desfile de modelos. Sólo al
comienzo de cada temporada y el acceso es por rigurosa invitación. Siempre se
encuentran con alguna conocida de anteriores ocasiones y pueden entretener la
espera platicando sobre el mal cariz que va tomando todo y sobre la subida de
los precios que parece no tener fin. En el salón huele a prisas y ambientadores
perfumados, a improvisaciones y nervios, a juventud soñadora y deseos
insatisfechos.
- Bien, he sido
diligente, ¿no?
- Mucho, te
sabes bandear muy bien con tus jefes. Has tenido mucha suerte encontrando un
empleo tan agradable.
- Como cualquier
profesión tiene sus ratos dichosos y sus malos momentos. Y si tiene algo de
cierto la obra escrita por vuestra amiga mi actividad es, desde luego, mucho
menos divertida que vuestros sucesos de antaño.
“Nando se sentía
protagonista del acto. El había elegido la zona donde debería desenvolverse el
suceso y había conectado con todos los colegas que participarían en él. Había
que montar un escenario apropiado y en ello era un auténtico experto Ernesto.
Las cintas multicolores se extendían de árbol a árbol enredando a las personas
en su desarrollo. La gente se paraba asombrada a contemplar la situación
extraña y los centinelas del cercano Ministerio del Ejército miraban alucinados
desde sus angostas garitas. Cibeles sonreía sobre su carro como no lo había hecho
desde que fuera enladrillada como protección a los bombardeos fascistas.
Nadie, excepto
los implicados y la inmóvil diosa custodiada por los paralizados leones, sabía
de qué iba la fiesta. Pero los viandantes detenían su marcha alucinados por el
chocante espectáculo y formulaban los más dispares comentarios. Ernesto
construía más y más espacios cambiantes mientras el tráfico rodado continuaba
su impertérrito curso a su alrededor. Nando se sentía director de las cintas
coloreadas que le enredaban a él mimo y lo hacían formar parte de la escultura
espontánea, única y diversa. Los guardianes del orden que patrullaban por la
zona se consideraban ajenos a la situación y abandonaban con presteza el lugar
temerosos de verse envueltos en un lio cuyas obtusas mentalidades no sabrían
descifrar.
Lucía recitaba a
Shakespeare y Camus en una combinación explosiva y caótica, regida sólo por el
orden en que iban apareciendo las frases en su memoria, mientras danzaba sin
descanso balanceando con su cuerpo las cintas que se enredaban en él. Los
adustos ejecutivos fruncían el ceño y componían una hosca mueca ante la inusual
visión y continuaban con paso rápido su camino garrando con más fuerza el asa
del portafolio que indefectiblemente portaban en su diestra. Julián no cesaba
de fotografiarlo todo para dejar una extensa constancia del desarrollo del
evento mientras los ancianos jubilados se detenían perplejos y las niñeras se
desentendían de sus protegidas criaturitas y se sentían dueñas de sí mismas y
no comparsas del “Agua, azucarillos y aguardiente” zarzuelero. Fonso se
encargaba de proporcionar nuevas cintas al escultor y aprovechándose de que el
disfraz lo amnistiaba de su pertinaz timidez, de vez en cuando, se atrevía a
acompañar a la estudiante de teatro en sus danzas y recitaciones. Algún
intelectual de izquierdas, su barba poblada, calvicie incipiente y antiparras
de miope lo delataban, forjaba elucubraciones mentales sobre el significado del
espectáculo. Miriam era una más entre el público, no había tenido tiempo de
disfrazarse ni demasiados deseos de participar en el acto. “Seguro que son
rojos”, comentó desdeñosa una anciana de apergaminado rostro surcado de arrugas
que lucía pulseras de oro y una estola de blanco armiño a otra carca
pintarrajeada que la acompañaba.
Ernesto se
detenía de tanto en tanto en su labor y buscaba perspectivas desde donde
contemplar los diversos volúmenes ficticios que formalizaban su obra. Sobre su
sombrero de mosquetero colocado en el suelo boca abajo se habían ido
depositando algunas monedas. Un digno caballero bientrajeado y de pulcro gabán
arrojó una moneda de duro y Fonso intervino. Recogió una peseta del sombrero y
se la fue a entregar mientras decía:
- No podemos
aceptar un óbolo de nadie sin darle a cambio otro nosotros.
El caballero se
indignó por el atrevimiento del joven.
- ¡Cómo podían
humillarlo de esa manera! ¡Pretender darle una peseta como si fuera un mendigo!
¡Qué indignidad!
Y los espectadores tomaron partido por la
postura del uno o del otro según su propio parecer formándose en consiguiente
alboroto. Algunos de los presentes era la primera vez en su vida que tenían la
oportunidad de mostrar en público su opinión y ésta era todavía blanda y tierna
como un recién nacido o como un pan que acaba de salir del horno.
Lucía arrastró
su humana y coloreada estatua hacia donde estaba Fonso a punto de ser golpeado
por el energúmeno del gabán y la algarabía y la turbamulta fueron formidables,
y ni Julián dejaba de tomar estampas gráficas del follón ni Nando de
refocilarse con el éxito que estaba teniendo la provocación callejera que había
ideado. La eventual escultura se iba desmoronando entre empujones y golpes al
aire, y como en todas partes que hay tumulto suele haber algún ratero hubo
quien aprovecho la oportunidad para birlar una cartera o un monedero, los más
para salir un rato de su habitual tedio y cada quisque para sentirse un poco
más personalizado.
Cuando tras un
rato de forcejeos se fue desvaneciendo el barullo los protagonistas de la
acción pudieron comprobar cómo en el sombrero no quedaban monedas suficientes
ni para sufragar el gasto de las cintas destrozadas, algunas de las cuales se
balanceaban al albur del viento todavía colgadas de las ramas de los árboles, y
mucho menos para poderse tomar unas cervezas a la salud de los espontáneos
contribuyentes, así que decidieron arrojar el contenido del estrambótico gorro
en una fuente cercana entre cantos de alabanza a la veleidosa diosa Fortuna,
para después continuar su algazara por otros lugares.”
- Pero aquello
no era una profesión sino una diversión. Tal vez con un toque de seriedad en lo
referente a los propósitos, pero sin demasiadas pretensiones en el fondo. Por
cierto, podríamos buscar un lugar tranquilo donde poder conversar con calma, no
vamos a pasarnos toda la mañana dentro del coche.
- ¿Qué te parece
la Casa de Campo? Hace una mañana soleada y no está lejos. Será agradable
pasear entre las encinas y los robles.
- Lo encuentro
muy apropiado.

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