domingo, 14 de abril de 2013

Entrevista Tercera - Capítulo 4



CAPÍTULO 4

         Forman una fila de pocas decenas de metros a la deslumbrante luz de los escaparates. Ha llovido al mediodía y el suelo de la calle está aún mojado. La mayoría son mujeres y van muy bien arregladas, no todos los días hay un desfile de modelos. Sólo al comienzo de cada temporada y el acceso es por rigurosa invitación. Siempre se encuentran con alguna conocida de anteriores ocasiones y pueden entretener la espera platicando sobre el mal cariz que va tomando todo y sobre la subida de los precios que parece no tener fin. En el salón huele a prisas y ambientadores perfumados, a improvisaciones y nervios, a juventud soñadora y deseos insatisfechos.

         - Bien, he sido diligente, ¿no?
    - Mucho, te sabes bandear muy bien con tus jefes. Has tenido mucha suerte encontrando un empleo tan agradable.
         - Como cualquier profesión tiene sus ratos dichosos y sus malos momentos. Y si tiene algo de cierto la obra escrita por vuestra amiga mi actividad es, desde luego, mucho menos divertida que vuestros sucesos de antaño.

 
         “Nando se sentía protagonista del acto. El había elegido la zona donde debería desenvolverse el suceso y había conectado con todos los colegas que participarían en él. Había que montar un escenario apropiado y en ello era un auténtico experto Ernesto. Las cintas multicolores se extendían de árbol a árbol enredando a las personas en su desarrollo. La gente se paraba asombrada a contemplar la situación extraña y los centinelas del cercano Ministerio del Ejército miraban alucinados desde sus angostas garitas. Cibeles sonreía sobre su carro como no lo había hecho desde que fuera enladrillada como protección a los bombardeos fascistas.
         Nadie, excepto los implicados y la inmóvil diosa custodiada por los paralizados leones, sabía de qué iba la fiesta. Pero los viandantes detenían su marcha alucinados por el chocante espectáculo y formulaban los más dispares comentarios. Ernesto construía más y más espacios cambiantes mientras el tráfico rodado continuaba su impertérrito curso a su alrededor. Nando se sentía director de las cintas coloreadas que le enredaban a él mimo y lo hacían formar parte de la escultura espontánea, única y diversa. Los guardianes del orden que patrullaban por la zona se consideraban ajenos a la situación y abandonaban con presteza el lugar temerosos de verse envueltos en un lio cuyas obtusas mentalidades no sabrían descifrar.
         Lucía recitaba a Shakespeare y Camus en una combinación explosiva y caótica, regida sólo por el orden en que iban apareciendo las frases en su memoria, mientras danzaba sin descanso balanceando con su cuerpo las cintas que se enredaban en él. Los adustos ejecutivos fruncían el ceño y componían una hosca mueca ante la inusual visión y continuaban con paso rápido su camino garrando con más fuerza el asa del portafolio que indefectiblemente portaban en su diestra. Julián no cesaba de fotografiarlo todo para dejar una extensa constancia del desarrollo del evento mientras los ancianos jubilados se detenían perplejos y las niñeras se desentendían de sus protegidas criaturitas y se sentían dueñas de sí mismas y no comparsas del “Agua, azucarillos y aguardiente” zarzuelero. Fonso se encargaba de proporcionar nuevas cintas al escultor y aprovechándose de que el disfraz lo amnistiaba de su pertinaz timidez, de vez en cuando, se atrevía a acompañar a la estudiante de teatro en sus danzas y recitaciones. Algún intelectual de izquierdas, su barba poblada, calvicie incipiente y antiparras de miope lo delataban, forjaba elucubraciones mentales sobre el significado del espectáculo. Miriam era una más entre el público, no había tenido tiempo de disfrazarse ni demasiados deseos de participar en el acto. “Seguro que son rojos”, comentó desdeñosa una anciana de apergaminado rostro surcado de arrugas que lucía pulseras de oro y una estola de blanco armiño a otra carca pintarrajeada que la acompañaba.
         Ernesto se detenía de tanto en tanto en su labor y buscaba perspectivas desde donde contemplar los diversos volúmenes ficticios que formalizaban su obra. Sobre su sombrero de mosquetero colocado en el suelo boca abajo se habían ido depositando algunas monedas. Un digno caballero bientrajeado y de pulcro gabán arrojó una moneda de duro y Fonso intervino. Recogió una peseta del sombrero y se la fue a entregar mientras decía:
           - No podemos aceptar un óbolo de nadie sin darle a cambio otro nosotros.
           El caballero se indignó por el atrevimiento del joven.
           - ¡Cómo podían humillarlo de esa manera! ¡Pretender darle una peseta como si fuera un mendigo! ¡Qué indignidad!
        Y los espectadores tomaron partido por la postura del uno o del otro según su propio parecer formándose en consiguiente alboroto. Algunos de los presentes era la primera vez en su vida que tenían la oportunidad de mostrar en público su opinión y ésta era todavía blanda y tierna como un recién nacido o como un pan que acaba de salir del horno.
           Lucía arrastró su humana y coloreada estatua hacia donde estaba Fonso a punto de ser golpeado por el energúmeno del gabán y la algarabía y la turbamulta fueron formidables, y ni Julián dejaba de tomar estampas gráficas del follón ni Nando de refocilarse con el éxito que estaba teniendo la provocación callejera que había ideado. La eventual escultura se iba desmoronando entre empujones y golpes al aire, y como en todas partes que hay tumulto suele haber algún ratero hubo quien aprovecho la oportunidad para birlar una cartera o un monedero, los más para salir un rato de su habitual tedio y cada quisque para sentirse un poco más personalizado.
         Cuando tras un rato de forcejeos se fue desvaneciendo el barullo los protagonistas de la acción pudieron comprobar cómo en el sombrero no quedaban monedas suficientes ni para sufragar el gasto de las cintas destrozadas, algunas de las cuales se balanceaban al albur del viento todavía colgadas de las ramas de los árboles, y mucho menos para poderse tomar unas cervezas a la salud de los espontáneos contribuyentes, así que decidieron arrojar el contenido del estrambótico gorro en una fuente cercana entre cantos de alabanza a la veleidosa diosa Fortuna, para después continuar su algazara por otros lugares.”

       - Pero aquello no era una profesión sino una diversión. Tal vez con un toque de seriedad en lo referente a los propósitos, pero sin demasiadas pretensiones en el fondo. Por cierto, podríamos buscar un lugar tranquilo donde poder conversar con calma, no vamos a pasarnos toda la mañana dentro del coche.
         - ¿Qué te parece la Casa de Campo? Hace una mañana soleada y no está lejos. Será agradable pasear entre las encinas y los robles.
         - Lo encuentro muy apropiado.

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