miércoles, 10 de abril de 2013

Entrevista Tercera - Capítulo 2



CAPÍTULO 2

                Los dos cementerios están separados por una carretera asfaltada, a un lado de ella el campo es santo, al otro impenitente. En tierra santa sólo pueden ser sepultados los católicos aunque la greda rojiza sea igual de pudridora en los dos lugares limitados por muros de arcilloso ladrillo y verjas de hierro forjado. En ambos hay túmulos grandiosos y humildes sepulturas, y a principios de noviembre ambos parecen un vergel florido. Es el Día de Difuntos y los camposantos, casi siempre desiertos, parecen una feria. La Almudena está situada al este de la urbe y el sol se pone por el oeste, pero cualquier terreno es bueno para criar malvas.


        
       - Supongo que te contaría anoche Ernesto que me cité con él para una entrevista referente a un trabajo que me han encargado en la revista sobre la novela “Tres  a Thérèse”, que ha escrito vuestra amiga común y está teniendo mucho éxito, y sobre la auténtica personalidad de sus protagonistas. Pero antes de hablar de ese tema tengo que llamar a casa, la muchacha estará intranquila sin tener noticias mías.
         - El teléfono está abajo, en la librería.
         - Entonces continuáis con el negocio.
         - Sí, y asociados con los santiaguinos. Ahora te los presentaré.
         Formaban una pareja tan encantadora como la descrita en la obra de Thérèse, y me acogieron con amabilidad. En casa todo estaba perfectamente pero Marina exigía mi presencia con prontitud y también debería pasarme por la redacción de la revista. Pepe se ofreció a acompañarme.
       - No hay ningún problema, Claudina y Pedro llevan el establecimiento a las mil maravillas.
         Dentro del automóvil de Pepe, un “Dos Caballos” del año catapún pintado en amarillo pálido, me encontraba como en una nube de algodón, y cuando caminaba por las aceras como elevada dos palmos del cemento. Hablábamos por los codos y recordábamos por los poros. Pero el Fonso-Pepe que tenía a mi lado se encontraba mucho más cerca del personaje de la novela que del antiguo compañero de la escuela.
 
         “Plenos de alegría se encontraban los compañeros del curso. Sólo había una Navidad al año, y aunque algunos celebraran en ella el nacimiento del Cristo, otros el de Hércules, y los más el suyo propio, era la mejor oportunidad de cada año para festejar cualquier cosa con la seguridad de tener una plenitud de acompañantes en la celebración. Miriam y Fonso elevaban los vasos llenos de espumoso en un alarido de euforia cuando fuertes golpes en la puerta del aula rompieron la armonía de los bacantes y todas las miradas se dirigieron hacia aquella. Dos brutos vestidos de gris, con ceño fruncido y hostil ademán, tapaban el hueco.

         - ¡Desalojo! -bramaron al unísono dos negras fauces paralelas a las grises viseras.

         - ¡Pasen, pasen, no se queden en la puerta! -invitó el medio ebrio profesor-, hay champán para todos -y una enguantada garra arrancó la botella de sus manos y la estrelló contra la pared.

         - ¡No estamos para cachondeos!

         - ¡Un respeto que soy el profesor! -fue todo cuanto se le ocurrió responder a aquel buen hombre que se ganaba la vida dando clases como adjunto en la Facultad.

         - ¡Tenía razón el almirante, todo esto no es más que un antro de rojos y maricones! -gritó el que por los dorados galones que cruzaban la manga de su brazo izquierdo se distinguía como jefe de la pareja.

        - ¡Esto es un atropello! -intentó mantener la autoridad dentro de su aula el profesor.

       - ¡Tienen cinco minutos para desalojar el edificio! -advirtió el sargento bajo el dintel de la puerta disponiéndose a salir- ¡Si no cumplen el plazo aténgansen a las consecuencias! -y desapareció con su subordinado. Tenía mucho trabajo aquella mañana para perder el tiempo dando explicaciones.

         Tampoco Fonso tenía tiempo que perder. Pero instintivamente se bebió de un trago lo que quedaba de champán en el vaso que tenía en la mano y lo lanzó con desprecio sobre su espalda. No se podía imaginar lo que había ocurrido pero si los grises tenían aquel cabreo de mil demonios era señal inequívoca de que algo les espoleaba, y eso bien valía un último trago de espumoso.

         - Miriam, ¿me puedes prestar un momento la llave de tu armario? -preguntó a su amiga.

         - No tienes el tuyo -respondió ella.

         - ¿Sí o no?, que no estamos para hacer aclaraciones.

         - Toma -condescendió a la petición-, a veces se te ponen unas manías…

         - Gracias -dijo Fonso, y desapareció a la carrera.

                                                                                                      

       A los pocos minutos regresaba su aula y se encontró en la escalera con un camarada que le decía temblando:

         - ¡Están forzando todos los armarios!

         - ¡Cálmate, por Dios, me trasmites tu nerviosismo!

         - ¡Peee…ero tengo mis buenas razones para estar así!

         - No creo que se entretengan en abrir todos, sólo forzarán los de aquellos alumnos que consideren sospechosos por haberse destacado en las asambleas…

         - ¿Y cómo puedes estar tú tan tranquilo?

         - Lo que andan buscando está ya a buen recaudo -y balanceaba un llavero ante la mirada cargada de pánico del otro-, estoy convencido que no se les ocurrirá tocar el armario al que pertenecen estas llaves. Ten -dejó caer el llavero que el compañero se apresuró a recoger en el aire-, cuando pase el temporal haces los cambios pertinentes.

         - ¿Pero su dueño…?

         - Su dueña no necesitará utilizar la taquilla hasta después de las vacaciones, y para entonces…

       - ¡Eh, vosotros, los de la escalera, es que no os habéis enterado que hay que desalojar! -gritaba un gris blandiendo una negra porra de cuero-. ¿Os  voy a tener que bajar a golpes?

         - ¡No, no, no, ya vamos! -chilló asustado el camarada de Fonso, pero manteniendo la suficiente fuerza de ánimo para esconder el pequeño llavero en lo más recóndito de uno de sus bolsillos.

         - ¡Vaya un fin de curso que nos estáis dando con vuestra puñetera movida! -le espetó Fonso para que recayera la atención sólo sobre él.

         - ¡Con esto es con lo que te voy a dar a ti por descarado -amenazó el sicario comenzando a subir la escalera.

         Fonso empujó sin contemplaciones  a un lado a su compañero y bajó con parsimonia un par de escalones, con lo que el encuentro con el guardia se produjo con anticipación a lo esperado por éste y los cuerpos de ambos se encontraban ya demasiado próximos para que el bruto le pudiera golpear con contundencia, así que optó por agarrar al muchacho por la solapa de la chaqueta para colocarlo a la distancia adecuada, en tanto que su amigo aprovechaba el enfrentamiento para escabullirse.

         - ¡Alto! -gritó una voz autoritaria desde el vestíbulo que tuvo la virtud de frenar el intento de agresión-. ¿No quiero violencias inútiles, sino una actuación rápida y eficaz!

         - ¡A sus órdenes, mi teniente! -se puso firme el policía.

         - ¿Qué pasa? -preguntó el mando ascendiendo las escaleras.

         - Que este mocoso tiene muchas ganas de juerga y le iba a dar una buena lección.

      - No acostumbro a beber y con el fin de curso… -se justificaba Fonso tambaleándose-, me siento muy mareado -balbució y buscó apoyo en la pared.

         - Los jóvenes de ahora sois una mierda. ¡Desaparece en un instante! -le increpó el mando, y su voz era tan autoritaria que el muchacho dio un paso adelante y estuvo en un tris de rodar por las escaleras, y si no lo hizo fue porque el número lo sujetó con firmeza.

         - Vaya basura, no saben ni beber, a zurriagazos le quitaba yo la mona.

         - ¡Fonso! -gritó Miriam desde abajo.

         - ¿Es amigo tuyo? -preguntó el teniente.

         - Es un buen muchacho, compañero de curso y…

         - Pues ayúdalo a salir que casi no se tiene en pie el muy tarambana.

       Fonso sólo recobró su plena consciencia cuando salieron al aire libre. Andaba apoyado en la amiga y ella le instaba a que respirara profundamente. Era muy agradable sentir tan cerca el joven cuerpo de Miriam, casi un sueño después de la pesadilla precedente.

            Marisa frenó el automóvil cuando vio a la pareja. Era una compañera de clase.

         - Parece que tenéis problemas, subid al coche que os llevaré hasta Princesa -les invitó.

           - ¡Los guardias le querían pegar! -se justificó Miriam por llevar cargado a Fonso.

         - Sólo dialogábamos, una discusión dialéctica -explicó éste-, mi hipótesis eran las palabras y su tesis el vergajo…

         - ¡Son una panda de cabrones! -estalló el compañero que iba sentado junto a Marisa.

       - Calla, por favor, que tenemos al lado las lecheras -rogó la conductora y el joven obedeció y descendió del vehículo para ayudar a Miriam a acomodar a Fonso en el asiento trasero.

         Unos guardias se acercaban ya al “seiscientos” para ver lo que pasaba allí, así que Marisa puso el automóvil en movimiento a toda prisa dejando casi en tierra a su compañero.

         - No quiero tener problemas -explicó.

         - ¿Llevas radio? -la preguntó Miriam.

         - Por desgracia me la han robado hace unos días se lamentó la conductora.

         -¿Qué habrá ocurrido para que haya tanto follón? -se preguntó Fonso en voz alta, ya casi recuperado de su vahído gracias al gélido aire que entraba por la ventanilla abierta.

         - Cualquiera sabe -dijo el amigo de Marisa-, de lo único que estoy convencido es de que nos han arruinado la fiesta y que son unos hijos de perra.

         - ¡Vale ya con la cantinela! Están cumpliendo con su servicio -se enfurruñó Marisa-, y si son tan mal educados en su forma de comportarse no tienen ninguna culpa de ello, nunca han tenido la oportunidad de acceder a la cultura como nosotros.

         El automóvil ya se encontraba rodando por la Avenida de la Victoria, casi a la altura del Arco del Triunfo.

         - Pues a pesar del brusco desalojo, que supongo que también lo habrán hecho en las demás Facultades, la gente sigue la juerga por las aceras -señaló Miriam.

         - Esto no hay quien lo entienda, vamos a tomarnos un porrón en alguna tasca a ver si de paso nos enteramos de algo -sugirió el amigo de Marisa.

        - Tienes mucha razón -le apoyó Fonso-, no vamos a consentir que nos sigan amargando la fiesta.

            - Sería preferible que tú no bebieras más -le advirtió Miriam.

         - No me ha hecho daño la bebida sino la precipitación, se me subieron de golpe todas las burbujas del espumoso a la cabeza con el sobresalto -explicó él.

         - Sólo nos tomaremos una copa más y aprovechamos para indagar lo sucedido porque la plazoleta está llena de coches de policía -propuso Marisa.

         Entre los cuatro consumieron un porrón de vino tinto con gaseosa mientras otros compañeros de facultad, que hacían lo propio, les informaban que de que había muerto a causa de un atentado un tal Carrero Blanco, que debía ser ministro o algo parecido. Luego se separaron, alegres y bulliciosos, y cada cual partió camino de su domicilio eufóricos con la perspectiva de pasar una felices e intensas vacaciones navideñas.”

          - Por primera vez en muchos años he recobrado la ilusión de estar luchando por algo justo y necesario -me explicaba Pepe.
       - Pues en la revista están decididos en apoyar la postura gubernamental, la consideran mucho más práctica para nuestros intereses, tanto generales para el país como particulares de cara a la venta de ejemplares.
          - Ya hablaremos sobre ese tema, ahora cuéntame que ha sido de tu vida en todos estos años.
          - Es una larga historia. Ya puedes aparcar el coche donde desees mi vivienda está allí enfrente.
           - Donde encuentre una plaza porque esto está repleto de automóviles aparcados.

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