CAPÍTULO 2
Los dos cementerios están separados por una carretera asfaltada, a un
lado de ella el campo es santo, al otro impenitente. En tierra santa sólo
pueden ser sepultados los católicos aunque la greda rojiza sea igual de
pudridora en los dos lugares limitados por muros de arcilloso ladrillo y verjas
de hierro forjado. En ambos hay túmulos grandiosos y humildes sepulturas, y a
principios de noviembre ambos parecen un vergel florido. Es el Día de Difuntos
y los camposantos, casi siempre desiertos, parecen una feria. La Almudena está
situada al este de la urbe y el sol se pone por el oeste, pero cualquier
terreno es bueno para criar malvas.
- Supongo que te contaría anoche Ernesto que me cité con él para una entrevista referente a un trabajo que me han encargado en la revista sobre la novela “Tres a Thérèse”, que ha escrito vuestra amiga común y está teniendo mucho éxito, y sobre la auténtica personalidad de sus protagonistas. Pero antes de hablar de ese tema tengo que llamar a casa, la muchacha estará intranquila sin tener noticias mías.
- El teléfono
está abajo, en la librería.
- Entonces
continuáis con el negocio.
- Sí, y
asociados con los santiaguinos. Ahora te los presentaré.
Formaban una
pareja tan encantadora como la descrita en la obra de Thérèse, y me acogieron
con amabilidad. En casa todo estaba perfectamente pero Marina exigía mi
presencia con prontitud y también debería pasarme por la redacción de la
revista. Pepe se ofreció a acompañarme.
- No hay ningún
problema, Claudina y Pedro llevan el establecimiento a las mil maravillas.
Dentro del
automóvil de Pepe, un “Dos Caballos” del año catapún pintado en amarillo
pálido, me encontraba como en una nube de algodón, y cuando caminaba por las
aceras como elevada dos palmos del cemento. Hablábamos por los codos y
recordábamos por los poros. Pero el Fonso-Pepe que tenía a mi lado se
encontraba mucho más cerca del personaje de la novela que del antiguo compañero
de la escuela.
“Plenos de
alegría se encontraban los compañeros del curso. Sólo había una Navidad al año,
y aunque algunos celebraran en ella el nacimiento del Cristo, otros el de
Hércules, y los más el suyo propio, era la mejor oportunidad de cada año para
festejar cualquier cosa con la seguridad de tener una plenitud de acompañantes
en la celebración. Miriam y Fonso elevaban los vasos llenos de espumoso en un
alarido de euforia cuando fuertes golpes en la puerta del aula rompieron la
armonía de los bacantes y todas las miradas se dirigieron hacia aquella. Dos
brutos vestidos de gris, con ceño fruncido y hostil ademán, tapaban el hueco.
- ¡Desalojo!
-bramaron al unísono dos negras fauces paralelas a las grises viseras.
- ¡Pasen, pasen,
no se queden en la puerta! -invitó el medio ebrio profesor-, hay champán para
todos -y una enguantada garra arrancó la botella de sus manos y la estrelló
contra la pared.
- ¡No estamos
para cachondeos!
- ¡Un respeto
que soy el profesor! -fue todo cuanto se le ocurrió responder a aquel buen
hombre que se ganaba la vida dando clases como adjunto en la Facultad.
- ¡Tenía razón
el almirante, todo esto no es más que un antro de rojos y maricones! -gritó el
que por los dorados galones que cruzaban la manga de su brazo izquierdo se
distinguía como jefe de la pareja.
- ¡Esto es un
atropello! -intentó mantener la autoridad dentro de su aula el profesor.
- ¡Tienen cinco
minutos para desalojar el edificio! -advirtió el sargento bajo el dintel de la
puerta disponiéndose a salir- ¡Si no cumplen el plazo aténgansen a las
consecuencias! -y desapareció con su subordinado. Tenía mucho trabajo aquella
mañana para perder el tiempo dando explicaciones.
Tampoco Fonso
tenía tiempo que perder. Pero instintivamente se bebió de un trago lo que
quedaba de champán en el vaso que tenía en la mano y lo lanzó con desprecio
sobre su espalda. No se podía imaginar lo que había ocurrido pero si los grises
tenían aquel cabreo de mil demonios era señal inequívoca de que algo les
espoleaba, y eso bien valía un último trago de espumoso.
- Miriam, ¿me
puedes prestar un momento la llave de tu armario? -preguntó a su amiga.
- No tienes el
tuyo -respondió ella.
- ¿Sí o no?, que
no estamos para hacer aclaraciones.
- Toma
-condescendió a la petición-, a veces se te ponen unas manías…
- Gracias -dijo
Fonso, y desapareció a la carrera.
A los pocos
minutos regresaba su aula y se encontró en la escalera con un camarada que le
decía temblando:
- ¡Están
forzando todos los armarios!
- ¡Cálmate, por
Dios, me trasmites tu nerviosismo!
- ¡Peee…ero tengo
mis buenas razones para estar así!
- No creo que se
entretengan en abrir todos, sólo forzarán los de aquellos alumnos que
consideren sospechosos por haberse destacado en las asambleas…
- ¿Y cómo puedes
estar tú tan tranquilo?
- Lo que andan
buscando está ya a buen recaudo -y balanceaba un llavero ante la mirada cargada
de pánico del otro-, estoy convencido que no se les ocurrirá tocar el armario
al que pertenecen estas llaves. Ten -dejó caer el llavero que el compañero se
apresuró a recoger en el aire-, cuando pase el temporal haces los cambios
pertinentes.
- ¿Pero su
dueño…?
- Su dueña no
necesitará utilizar la taquilla hasta después de las vacaciones, y para
entonces…
- ¡Eh, vosotros,
los de la escalera, es que no os habéis enterado que hay que desalojar!
-gritaba un gris blandiendo una negra porra de cuero-. ¿Os voy a tener que bajar a golpes?
- ¡No, no, no,
ya vamos! -chilló asustado el camarada de Fonso, pero manteniendo la suficiente
fuerza de ánimo para esconder el pequeño llavero en lo más recóndito de uno de
sus bolsillos.
- ¡Vaya un fin
de curso que nos estáis dando con vuestra puñetera movida! -le espetó Fonso
para que recayera la atención sólo sobre él.
- ¡Con esto es
con lo que te voy a dar a ti por descarado -amenazó el sicario comenzando a
subir la escalera.
Fonso empujó sin
contemplaciones a un lado a su compañero
y bajó con parsimonia un par de escalones, con lo que el encuentro con el
guardia se produjo con anticipación a lo esperado por éste y los cuerpos de
ambos se encontraban ya demasiado próximos para que el bruto le pudiera golpear
con contundencia, así que optó por agarrar al muchacho por la solapa de la
chaqueta para colocarlo a la distancia adecuada, en tanto que su amigo
aprovechaba el enfrentamiento para escabullirse.
- ¡Alto! -gritó
una voz autoritaria desde el vestíbulo que tuvo la virtud de frenar el intento
de agresión-. ¿No quiero violencias inútiles, sino una actuación rápida y
eficaz!
- ¡A sus
órdenes, mi teniente! -se puso firme el policía.
- ¿Qué pasa? -preguntó
el mando ascendiendo las escaleras.
- Que este
mocoso tiene muchas ganas de juerga y le iba a dar una buena lección.
- No acostumbro
a beber y con el fin de curso… -se justificaba Fonso tambaleándose-, me siento
muy mareado -balbució y buscó apoyo en la pared.
- Los jóvenes de
ahora sois una mierda. ¡Desaparece en un instante! -le increpó el mando, y su
voz era tan autoritaria que el muchacho dio un paso adelante y estuvo en un
tris de rodar por las escaleras, y si no lo hizo fue porque el número lo sujetó
con firmeza.
- Vaya basura,
no saben ni beber, a zurriagazos le quitaba yo la mona.
- ¡Fonso! -gritó
Miriam desde abajo.
- ¿Es amigo
tuyo? -preguntó el teniente.
- Es un buen
muchacho, compañero de curso y…
- Pues ayúdalo a
salir que casi no se tiene en pie el muy tarambana.
Fonso sólo
recobró su plena consciencia cuando salieron al aire libre. Andaba apoyado en
la amiga y ella le instaba a que respirara profundamente. Era muy agradable sentir
tan cerca el joven cuerpo de Miriam, casi un sueño después de la pesadilla
precedente.
Marisa frenó el
automóvil cuando vio a la pareja. Era una compañera de clase.
- Parece que
tenéis problemas, subid al coche que os llevaré hasta Princesa -les invitó.
- ¡Los guardias
le querían pegar! -se justificó Miriam por llevar cargado a Fonso.
- Sólo
dialogábamos, una discusión dialéctica -explicó éste-, mi hipótesis eran las
palabras y su tesis el vergajo…
- ¡Son una panda
de cabrones! -estalló el compañero que iba sentado junto a Marisa.
- Calla, por favor,
que tenemos al lado las lecheras -rogó la conductora y el joven obedeció y
descendió del vehículo para ayudar a Miriam a acomodar a Fonso en el asiento
trasero.
Unos guardias se
acercaban ya al “seiscientos” para ver lo que pasaba allí, así que Marisa puso
el automóvil en movimiento a toda prisa dejando casi en tierra a su compañero.
- No quiero
tener problemas -explicó.
- ¿Llevas radio?
-la preguntó Miriam.
- Por desgracia
me la han robado hace unos días se lamentó la conductora.
-¿Qué habrá
ocurrido para que haya tanto follón? -se preguntó Fonso en voz alta, ya casi
recuperado de su vahído gracias al gélido aire que entraba por la ventanilla
abierta.
- Cualquiera
sabe -dijo el amigo de Marisa-, de lo único que estoy convencido es de que nos
han arruinado la fiesta y que son unos hijos de perra.
- ¡Vale ya con
la cantinela! Están cumpliendo con su servicio -se enfurruñó Marisa-, y si son
tan mal educados en su forma de comportarse no tienen ninguna culpa de ello,
nunca han tenido la oportunidad de acceder a la cultura como nosotros.
El automóvil ya
se encontraba rodando por la Avenida de la Victoria, casi a la altura del Arco
del Triunfo.
- Pues a pesar
del brusco desalojo, que supongo que también lo habrán hecho en las demás
Facultades, la gente sigue la juerga por las aceras -señaló Miriam.
- Esto no hay
quien lo entienda, vamos a tomarnos un porrón en alguna tasca a ver si de paso
nos enteramos de algo -sugirió el amigo de Marisa.
- Tienes mucha
razón -le apoyó Fonso-, no vamos a consentir que nos sigan amargando la fiesta.
- Sería
preferible que tú no bebieras más -le advirtió Miriam.
- No me ha hecho
daño la bebida sino la precipitación, se me subieron de golpe todas las
burbujas del espumoso a la cabeza con el sobresalto -explicó él.
- Sólo nos
tomaremos una copa más y aprovechamos para indagar lo sucedido porque la
plazoleta está llena de coches de policía -propuso Marisa.
Entre los cuatro
consumieron un porrón de vino tinto con gaseosa mientras otros compañeros de
facultad, que hacían lo propio, les informaban que de que había muerto a causa
de un atentado un tal Carrero Blanco, que debía ser ministro o algo parecido.
Luego se separaron, alegres y bulliciosos, y cada cual partió camino de su
domicilio eufóricos con la perspectiva de pasar una felices e intensas
vacaciones navideñas.”
- Por primera
vez en muchos años he recobrado la ilusión de estar luchando por algo justo y
necesario -me explicaba Pepe.
- Pues en la
revista están decididos en apoyar la postura gubernamental, la consideran mucho
más práctica para nuestros intereses, tanto generales para el país como
particulares de cara a la venta de ejemplares.
- Ya hablaremos
sobre ese tema, ahora cuéntame que ha sido de tu vida en todos estos años.
- Es una larga
historia. Ya puedes aparcar el coche donde desees mi vivienda está allí
enfrente.
- Donde
encuentre una plaza porque esto está repleto de automóviles aparcados.

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