viernes, 12 de abril de 2013

Entrevista Tercera - Capítulo 3



CAPÍTULO 3

         La han denominado “Casa Korea” los tetuaneros, aunque en su mayor parte está habitada por gringos. Se encuentra aislada, grande y pesada, cerca del depósito de agua que tiene el Canal de Isabel II en la Plaza de Castilla. Los mayores no se atreven a acercarse por allí, lo consideran un antro de corrupción y perversión, los extranjeros son todos así: inmorales y viciosos. Los rapazuelos sí que llevan sus correrías hasta sus aledaños, sus congéneres de otros países llevan en invierno gruesas prendas de abrigo de colores brillantes y forradas de piel, y poseen vistosos juguetes mecánicos a los que no hacen apenas caso y te los prestan hasta que su aya, por lo general una mujerona de tez negra, les obliga a arrebatárnoslos. Sus mamás se sientan en los bancos del paseo con las piernas cruzadas y sin ningún recato lucen sus piernas enfundadas en medias de seda refulgentes mientras fuman un cigarrillo rubio. De la oscuridad surgen luces fosforescentes y prohibidas.

         No quiso subir al piso y yo no quise insistir en que me acompañase, me sentiría más libre y podría poner todo en orden con mayor rapidez. Necesitaba relajarme y situar en claro mis ideas. Todo había sido tan precipitado.
         - Marina no sabes cuánto te agradezco te quedaras anoche, me has hecho un gran favor.
         - No tiene por qué agradecérmelo, lo hice con mucho placer. Todo ha ido sobre ruedas y los niños no han molestado en toda la noche, pero el señor volvió a llamar esta mañana y dejó un número de teléfono para que usted se pusiera en contacto con él cuando se le pasara “la indisposición”.
         - En cuanto me cambie de ropa lo llamaré.
         - ¿La preparo el desayuno?
         -No, ya lo tomé. Quizás un zumo de naranjas me sentaría bien. Ya sabes, sin azúcar.
         Gerardo se mostró muy comprensivo, sólo insistía en hablar conmigo porque se había alarmado con el asunto de la jaqueca. Lo tranquilicé con respecto a mi estado de salud.
         - No es nada, lo de siempre, el comienzo de la regla.
      - Podía haber sido más explícita la chica, cuando esta mañana tampoco te quisiste poner al teléfono pensé que habías tenido algún percance, porque por mucha jaqueca para hablar cuatro palabras…
         - Necesitaba descansar porque por la noche no pude casi pegar ojo, no pensaba que te lo ibas a tomar tan a la tremenda. Como por ahí siempre hay líos te piensas que todo van a ser tragedias por cualquier lado. Ya me oyes, esta mañana estoy fresca y sana como una manzana -le dije algo irritada. Luego la conversación se fue endulzando y nos despedimos con grandes muestras de cariño. Era indudable que nos sentaba bien a los dos una separación de vez en cuando. El estar continuamente juntos nos agotaba y nos hacía sentirnos incómodos y extraños.
        - Es un gran hombre, aunque tiene sus defectos, como todo el mudo -le explicaba a Pepe, ya de nuevo en el automóvil y rumbo a la redacción-, me ayudó mucho cuando nos abandonó mi primer marido. Sola y con una niña pequeña te puedes hacer una idea de cómo era mi situación.
         - Lamento que aquel matrimonio fuera un fracaso.
         - Todos hemos tenido experiencias más o menos penosas, claro que para los hombres la cuestión es muy diferente, sois menos sensibles a los asuntos del corazón.


         “Chicolear no era su fuerte, pero su deseo de agradar a la muchacha lo llevaba a alabarla hasta el ridículo, lo que producía no poca hilaridad tanto a Lucía como a Ernesto. También había sido mala suerte tener que toparse con ellos precisamente aquella tarde, aunque en un principio se alegró no poco de encontrarlos al entrar en el café. Más valía pasar la tarde en compañía de unos amigos que solo, y el poeta en ciernes no las tenía todas consigo en que Thérèse acudiera a la cita. Por eso sólo les había hablado de un rendez-vous con una miga sin mayores especificaciones cuando la pareja le preguntó por el motivo de su presencia allí. Luego hablaron de otros temas, de cómo habían pasado las fiestas, del tiempo… y al fin apareció ella cuando Fonso ya desesperaba de que acudiera.
        Tuvieron lugar las pertinentes presentaciones y breves frase fueron suficientes para que se demostrara la evidente torpeza de Fonso en el trato con su amiga. Estaba envarado y nervioso y no daba una en el clavo, hasta el punto de que en una ocasión casi tira los vasos que había sobre el velador. Ernesto disfrutaba de lo lindo con el azoramiento de su amigo, pero lucía se apiadó de él e intentó echarle un cable sacando a relucir un tema de conversación en el que Fonso podía destacar.
         - ¿Has escrito mucho en estos días para la revista?
         - Poco, sólo una crítica de la crítica -respondió Fonso.
     - ¡Qué interesante! -se admiró Lucía con no poco fingimiento-. ¿A cuál crítica criticas?
         - A la crítica en general -fue su ñoña respuesta.
         - Seguro que es magnífica -afirmó Ernesto entrando en el juego-, porque tienes una gran facilidad de expresión.
         - Tú sí que sabes expresarte acertadamente con tus esculturas -devolvió el alago al amigo.
       - El otro día estuvo Julián en el estudio tomando fotografías de algunas de las últimas obras, y también pensamos meter en la revista la reproducción de algunos de mis dibujos para que resulte más amena. Tenéis que venir alguna vez a ver mi taller, y tal vez fuera esta una buena ocasión si no tenéis ningún proyecto concreto en que emplear lo que queda de tarde.
         - Recuerda que hemos quedado en ir a visitar a mi hermana a su casa -objetó Lucía.
        - Es cierto, lo había olvidado por completo. De cualquier forma podíamos quedar para después porque se trata sólo de una visita para cumplir, o ¿habíais hecho ya algún plan?
         Thérèse y Fonso se miraron y el mutuo encogimiento de hombros señaló bien a las claras la inexistencia de cualquier proyecto previo.
         - Entonces podíamos quedar aquí mismo como dentro de un par de horas, ¿os parece bien? -propuso Ernesto-. Nosotros nos vamos ya -y se puso en pie.
         - De acuerdo -aceptó Fonso, sin tener muy claro lo que aceptaba,
        - D’accord -dijo Thérèse encantada con la novedad de visitar el taller de un escultor.
          Lucía también se levantó.
        - Pues, ¡à bientôt! -se despidió Ernesto en francés por deferencia a Thérèse, y la pareja abandonó el local.
          - Tal vez te parezca todo esto un enredo y hubieras preferido que hubiésemos ido a un cine o al teatro -dijo Fonso a su amiga cuando se quedaron solos, con un cierto tono de disculpa.
         - No, me agrada mucho la idea que ha tenido tu amigo, c’est vrai, son una pareja très charmante y seguro que su taller es muy bonito.
        - Pero dos horas aquí sentados me parece una espera excesiva, tú has venido a visitar Madrid.
         - Podíamos salir a pasear un rato y regresar después.
         - Esa idea me parece mucho más acertada, podemos ir por el salón del Prado hasta el jardín Botánico, será agradable.
         Ella asintió con una fresca sonrisa.
         Al salir del cálido establecimiento el frío helado de la tarde invernal los golpeó con cariño en el rostro coloreando sus mejillas.
         - ¡No suponía que hacía tanto frío! -comentó Fonso.
      - Estoy muy acostumbrada a este tipo de clima, allí, en Paris, los inviernos son terribles y nieva mucho.
         - Debe de ser muy hermosa tu ciudad -dijo él.
         - Sí que lo es, tienes que venir alguna vez, te enseñaré los lugares más bellos y será divertido.
        - Tal vez lo haga en alguna ocasión, por el momento permíteme que sea yo el cicerone -y Fonso comenzó a referir historias relativas a la Fuente de La Cibeles y la Puerta de Alcalá. A ella la chocó el aspecto del Palacio de Comunicaciones.
         - Parece un castillo de fantasmas y hadas.
        - Sí, el arquitecto que lo diseño tenía unas ideas muy peculiares sobre la estética; es un edificio de comienzos del siglo, en cierto modo una versión castellana del modernismo europeo y catalán. Un poco más allá está la Fuente de Apolo o “de las Cuatro Estaciones”, una magnífica obra de ventura Rodríguez…
          - C’est tout très jolie, me encanta.
         - Estamos en la cara dorada de la moneda de Madrid, no te vayas a creer que todo es así de limpio y hermoso. También están los suburbios con sus chabolas, su miseria y su marginación social.
        - Claro, como eres escritor te preocupas mucho por los problemas sociales como hacían Hugo y Zola.
        - Soy tan sólo un aprendiz de escritor. Por el momento me conformo con ser un estudiante de Letras que de vez en cuando hace algún pinito y escribe un ensayo o un cuento.
           - ¿Pinito, abeto? -preguntó Thérèse, que no había entendido la expresión.
          - Es un casticismo, no se refiere a nada que tenga relación con la Botánica. Hacer el pino es colocarse cabeza abajo, sujetándose en el suelo con las manos y levantando las piernas para arriba.
           - ¡Ah!
           - Y por extensión se emplea para señalar cualquier cuestión que resulta dificultosa de llevar a cabo, o ¿tú haces el pino con facilidad?
           - Mais no, y menos con falda… daría el espectáculo en el paseo.
          - Sobre todo por esta zona donde sólo suelen venir parejas de ancianos a pasear sus perritos.
       - ¡Ji, ji, ji! -rió ella con aguda y cantarina carcajada-, ¿sabes que eres muy simpático?
         - Esa opinión tuya es muy singular, casi todos los que me conocen acostumbran a conceptuarme como más fúnebre que un entierro de tercera categoría.
            - ¡Ji, ji, ji! -repitió Thérèse su fresca risa-.  Mais no, ¿pourqoi?
       - Tal vez porque en mis conversaciones cotidianas suelen estar más a menudo presentes las chabolas y la miseria de los obreros que los temas divertidos.
            - Pero también sabes ser gracioso.
         - Cuando estoy contigo sólo tengo ganas de reír y disfrutar, tienes un algo muy especial que invita a que uno se olvide de todo lo desagradable del mundo, hasta el cielo nublado de la tarde parece alegre como el de una mañana de primavera.
          - Muchas gracias por el cumplido, pero no creas que siempre tengo ganas de bromas, también tengo mis problemas, pero aquí me siento muy bien y tengo muchos deseos de reír y de gozar de todo. ¡Vamos a divertirnos!
          - No es tan fácil dejar a un lado las preocupaciones -dijo Fonso frunciendo el ceño-, en cierto modo me siento culpable ante ti…
             - ¿Pourquoi? -se extrañó ella.
           - La otra noche en la fiesta… -se interrumpió tratando de buscar las palabras más adecuadas.
            - ¿Y bien? -le ayudó ella.
        - Cuando el juego de las tinieblas… Sé que no me porté muy bien, comencé a coquetear contigo y acabé liándome con tu amiga.
           - Eso no tiene importancia, todos éramos camaradas y cada cual se divertía como quería.
            - Pero… me hubiera gustado mucho elegirte a ti como pareja.
           - Estábamos todos juntos y no había razón para hacer elecciones, lo pasé muy bien con los juegos.
       - Sí, supongo… Tal vez hayas llegado a pensar que en mi forma habitual de comportamiento está el magrear a la gente aprovechando la oscuridad. Fue mi sucio por mi parte…
         - Todos me hacíais cosquillas, pensé que formaba parte del juego y me resultaba gracioso. ¿C’est tout?
           Fonso no contestó a la pregunta, se metió las manos en los bolsillos de su chaquetón de cuero de carnero vuelto y miró hacia la nada.
         - Te aseguro que no me ha enfadado nada tu comportamiento -intentó consolarlo ella.
          - Pero a mí sí, y mucho. Y si yo te importara un poco te habrías disgustado… Llegué a pensar que no accederías a tener una cita a solas conmigo.
         - No seas tan tortuoso. Somos amigos y me resultas una persona muy simpática. Me ha agradado mucho que te hayas acordado de mí y me hayas telefoneado para tener un rendez-vous. ¿Por qué quieres que se estropee ahora todo sacando a relucir cuestiones pasadas? Todas las cosas son simples, hace un momento estábamos riendo y es así como deberíamos continuar. ¿Es aquella la fuente a que te referías?
           - Sí, esa es. ¿Te gusta?
       - Con todos estos árboles alrededor me recuerda un trozo de los jardines de Versalles en el otoño…
         Ríe, Fonso, ríe como esa agua cantarina que se derrama de concha en concha sin cesar… Tienes derecho a ser feliz como el resto de los humanos. También en Paris hay mendigos que pasan hambre y frío, pero se consideran a sí mismos como filósofos y apagan todas sus penas con vino tinto. Los denominan “clochards”.
         - ¡Dame tus manos y dancemos entorno de la fuente! Somos jóvenes  y podemos ser muy felices. Toda la mediocridad de este mundo lleno de prejuicios no va a ser capaz de enturbiar este momento de plenitud que gozamos.
         Se cogieron de las manos y se pusieron a girar y girar en una rueda alegre y dichosa hasta que mareados y jadeantes se tuvieron que sentar sobre un banco de piedra. Todavía rieron allí durante un buen rato ante la mirada indiferente de los transeúntes.
         Cuando recobró el aliento propuso Fonso:
        - En Atocha conozco un mesón en el que sirven unos bocatas de calamares que son el delirio.
         - ¿Calamares? -se intrigó Thérèse.
        - Sí, aros de calamares enharinados y fritos en aceite hirviendo. Es una comida típica de aquí. No recuerdo ahora como puede ser la traducción… ¡Al diablo con todas las traducciones, estoy seguro de que te vas a chupar los dedos!”

         - Si te refieres a mi relación con Thérèse, fue tan sólo una bella amistad muy enriquecedora para ambos. Ninguno de los dos teníamos pretensiones de que llegara a ser algo más profundo -explicó Pepe.
         - Muchas veces de la amistad al amor sólo hay un pequeño paso, sobre todo en la adolescencia.
          - Y a veces uno de los dos se enamora perdidamente y el otro no. No, no pienses que es un reproche, sería demasiado tarde. La redacción está en esta calle, ¿verdad? -cambió de tema.

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