CAPÍTULO 3
La han
denominado “Casa Korea” los tetuaneros, aunque en su mayor parte está habitada
por gringos. Se encuentra aislada, grande y pesada, cerca del depósito de agua que
tiene el Canal de Isabel II en la Plaza de Castilla. Los mayores no se atreven
a acercarse por allí, lo consideran un antro de corrupción y perversión, los
extranjeros son todos así: inmorales y viciosos. Los rapazuelos sí que llevan
sus correrías hasta sus aledaños, sus congéneres de otros países llevan en
invierno gruesas prendas de abrigo de colores brillantes y forradas de piel, y
poseen vistosos juguetes mecánicos a los que no hacen apenas caso y te los
prestan hasta que su aya, por lo general una mujerona de tez negra, les obliga
a arrebatárnoslos. Sus mamás se sientan en los bancos del paseo con las piernas
cruzadas y sin ningún recato lucen sus piernas enfundadas en medias de seda refulgentes
mientras fuman un cigarrillo rubio. De la oscuridad surgen luces fosforescentes
y prohibidas.
No quiso subir
al piso y yo no quise insistir en que me acompañase, me sentiría más libre y
podría poner todo en orden con mayor rapidez. Necesitaba relajarme y situar en
claro mis ideas. Todo había sido tan precipitado.
- Marina no
sabes cuánto te agradezco te quedaras anoche, me has hecho un gran favor.
- No tiene por
qué agradecérmelo, lo hice con mucho placer. Todo ha ido sobre ruedas y los
niños no han molestado en toda la noche, pero el señor volvió a llamar esta
mañana y dejó un número de teléfono para que usted se pusiera en contacto con
él cuando se le pasara “la indisposición”.
- En cuanto me
cambie de ropa lo llamaré.
- ¿La preparo el
desayuno?
-No, ya lo tomé.
Quizás un zumo de naranjas me sentaría bien. Ya sabes, sin azúcar.
Gerardo se
mostró muy comprensivo, sólo insistía en hablar conmigo porque se había
alarmado con el asunto de la jaqueca. Lo tranquilicé con respecto a mi estado
de salud.
- No es nada, lo
de siempre, el comienzo de la regla.
- Podía haber
sido más explícita la chica, cuando esta mañana tampoco te quisiste poner al
teléfono pensé que habías tenido algún percance, porque por mucha jaqueca para
hablar cuatro palabras…
- Necesitaba
descansar porque por la noche no pude casi pegar ojo, no pensaba que te lo ibas
a tomar tan a la tremenda. Como por ahí siempre hay líos te piensas que todo
van a ser tragedias por cualquier lado. Ya me oyes, esta mañana estoy fresca y
sana como una manzana -le dije algo irritada. Luego la conversación se fue
endulzando y nos despedimos con grandes muestras de cariño. Era indudable que
nos sentaba bien a los dos una separación de vez en cuando. El estar
continuamente juntos nos agotaba y nos hacía sentirnos incómodos y extraños.
- Es un gran
hombre, aunque tiene sus defectos, como todo el mudo -le explicaba a Pepe, ya
de nuevo en el automóvil y rumbo a la redacción-, me ayudó mucho cuando nos
abandonó mi primer marido. Sola y con una niña pequeña te puedes hacer una idea
de cómo era mi situación.
- Lamento que
aquel matrimonio fuera un fracaso.
- Todos hemos
tenido experiencias más o menos penosas, claro que para los hombres la cuestión
es muy diferente, sois menos sensibles a los asuntos del corazón.
“Chicolear no
era su fuerte, pero su deseo de agradar a la muchacha lo llevaba a alabarla hasta
el ridículo, lo que producía no poca hilaridad tanto a Lucía como a Ernesto.
También había sido mala suerte tener que toparse con ellos precisamente aquella
tarde, aunque en un principio se alegró no poco de encontrarlos al entrar en el
café. Más valía pasar la tarde en compañía de unos amigos que solo, y el poeta
en ciernes no las tenía todas consigo en que Thérèse acudiera a la cita. Por
eso sólo les había hablado de un rendez-vous con una miga sin mayores
especificaciones cuando la pareja le preguntó por el motivo de su presencia
allí. Luego hablaron de otros temas, de cómo habían pasado las fiestas, del
tiempo… y al fin apareció ella cuando Fonso ya desesperaba de que acudiera.
Tuvieron lugar
las pertinentes presentaciones y breves frase fueron suficientes para que se
demostrara la evidente torpeza de Fonso en el trato con su amiga. Estaba envarado
y nervioso y no daba una en el clavo, hasta el punto de que en una ocasión casi
tira los vasos que había sobre el velador. Ernesto disfrutaba de lo lindo con
el azoramiento de su amigo, pero lucía se apiadó de él e intentó echarle un
cable sacando a relucir un tema de conversación en el que Fonso podía destacar.
- ¿Has escrito
mucho en estos días para la revista?
- Poco, sólo una
crítica de la crítica -respondió Fonso.
- ¡Qué
interesante! -se admiró Lucía con no poco fingimiento-. ¿A cuál crítica criticas?
- A la crítica
en general -fue su ñoña respuesta.
- Seguro que es
magnífica -afirmó Ernesto entrando en el juego-, porque tienes una gran
facilidad de expresión.
- Tú sí que
sabes expresarte acertadamente con tus esculturas -devolvió el alago al amigo.
- El otro día
estuvo Julián en el estudio tomando fotografías de algunas de las últimas
obras, y también pensamos meter en la revista la reproducción de algunos de mis
dibujos para que resulte más amena. Tenéis que venir alguna vez a ver mi
taller, y tal vez fuera esta una buena ocasión si no tenéis ningún proyecto
concreto en que emplear lo que queda de tarde.
- Recuerda que
hemos quedado en ir a visitar a mi hermana a su casa -objetó Lucía.
- Es cierto, lo
había olvidado por completo. De cualquier forma podíamos quedar para después
porque se trata sólo de una visita para cumplir, o ¿habíais hecho ya algún
plan?
Thérèse y Fonso
se miraron y el mutuo encogimiento de hombros señaló bien a las claras la
inexistencia de cualquier proyecto previo.
- Entonces
podíamos quedar aquí mismo como dentro de un par de horas, ¿os parece bien? -propuso
Ernesto-. Nosotros nos vamos ya -y se puso en pie.
- De acuerdo
-aceptó Fonso, sin tener muy claro lo que aceptaba,
- D’accord -dijo
Thérèse encantada con la novedad de visitar el taller de un escultor.
Lucía también se
levantó.
- Pues, ¡à
bientôt! -se despidió Ernesto en francés por deferencia a Thérèse, y la pareja
abandonó el local.
- Tal vez te
parezca todo esto un enredo y hubieras preferido que hubiésemos ido a un cine o
al teatro -dijo Fonso a su amiga cuando se quedaron solos, con un cierto tono
de disculpa.
- No, me agrada
mucho la idea que ha tenido tu amigo, c’est vrai, son una pareja très charmante
y seguro que su taller es muy bonito.
- Pero dos horas
aquí sentados me parece una espera excesiva, tú has venido a visitar Madrid.
- Podíamos salir
a pasear un rato y regresar después.
- Esa idea me
parece mucho más acertada, podemos ir por el salón del Prado hasta el jardín
Botánico, será agradable.
Ella asintió con
una fresca sonrisa.
Al salir del
cálido establecimiento el frío helado de la tarde invernal los golpeó con
cariño en el rostro coloreando sus mejillas.
- ¡No suponía
que hacía tanto frío! -comentó Fonso.
- Estoy muy
acostumbrada a este tipo de clima, allí, en Paris, los inviernos son terribles
y nieva mucho.
- Debe de ser
muy hermosa tu ciudad -dijo él.
- Sí que lo es,
tienes que venir alguna vez, te enseñaré los lugares más bellos y será
divertido.
- Tal vez lo
haga en alguna ocasión, por el momento permíteme que sea yo el cicerone -y
Fonso comenzó a referir historias relativas a la Fuente de La Cibeles y la
Puerta de Alcalá. A ella la chocó el aspecto del Palacio de Comunicaciones.
- Parece un
castillo de fantasmas y hadas.
- Sí, el
arquitecto que lo diseño tenía unas ideas muy peculiares sobre la estética; es
un edificio de comienzos del siglo, en cierto modo una versión castellana del
modernismo europeo y catalán. Un poco más allá está la Fuente de Apolo o “de
las Cuatro Estaciones”, una magnífica obra de ventura Rodríguez…
- C’est tout très jolie, me encanta.
- Estamos en la cara dorada de la moneda de
Madrid, no te vayas a creer que todo es así de limpio y hermoso. También están
los suburbios con sus chabolas, su miseria y su marginación social.
- Claro, como
eres escritor te preocupas mucho por los problemas sociales como hacían Hugo y
Zola.
- Soy tan sólo
un aprendiz de escritor. Por el momento me conformo con ser un estudiante de
Letras que de vez en cuando hace algún pinito y escribe un ensayo o un cuento.
- ¿Pinito,
abeto? -preguntó Thérèse, que no había entendido la expresión.
- Es un
casticismo, no se refiere a nada que tenga relación con la Botánica. Hacer el
pino es colocarse cabeza abajo, sujetándose en el suelo con las manos y
levantando las piernas para arriba.
- ¡Ah!
- Y por
extensión se emplea para señalar cualquier cuestión que resulta dificultosa de
llevar a cabo, o ¿tú haces el pino con facilidad?
- Mais no, y
menos con falda… daría el espectáculo en el paseo.
- Sobre todo por
esta zona donde sólo suelen venir parejas de ancianos a pasear sus perritos.
- ¡Ji, ji, ji!
-rió ella con aguda y cantarina carcajada-, ¿sabes que eres muy simpático?
- Esa opinión
tuya es muy singular, casi todos los que me conocen acostumbran a conceptuarme
como más fúnebre que un entierro de tercera categoría.
- ¡Ji, ji, ji!
-repitió Thérèse su fresca risa-. Mais
no, ¿pourqoi?
- Tal vez porque
en mis conversaciones cotidianas suelen estar más a menudo presentes las
chabolas y la miseria de los obreros que los temas divertidos.
- Pero también
sabes ser gracioso.
- Cuando estoy
contigo sólo tengo ganas de reír y disfrutar, tienes un algo muy especial que
invita a que uno se olvide de todo lo desagradable del mundo, hasta el cielo
nublado de la tarde parece alegre como el de una mañana de primavera.
- Muchas gracias
por el cumplido, pero no creas que siempre tengo ganas de bromas, también tengo
mis problemas, pero aquí me siento muy bien y tengo muchos deseos de reír y de
gozar de todo. ¡Vamos a divertirnos!
- No es tan
fácil dejar a un lado las preocupaciones -dijo Fonso frunciendo el ceño-, en
cierto modo me siento culpable ante ti…
- ¿Pourquoi? -se
extrañó ella.
- La otra noche
en la fiesta… -se interrumpió tratando de buscar las palabras más adecuadas.
- ¿Y bien? -le
ayudó ella.
- Cuando el
juego de las tinieblas… Sé que no me porté muy bien, comencé a coquetear
contigo y acabé liándome con tu amiga.
- Eso no tiene
importancia, todos éramos camaradas y cada cual se divertía como quería.
- Pero… me
hubiera gustado mucho elegirte a ti como pareja.
- Estábamos
todos juntos y no había razón para hacer elecciones, lo pasé muy bien con los
juegos.
- Sí, supongo…
Tal vez hayas llegado a pensar que en mi forma habitual de comportamiento está
el magrear a la gente aprovechando la oscuridad. Fue mi sucio por mi parte…
- Todos me
hacíais cosquillas, pensé que formaba parte del juego y me resultaba gracioso.
¿C’est tout?
Fonso no
contestó a la pregunta, se metió las manos en los bolsillos de su chaquetón de
cuero de carnero vuelto y miró hacia la nada.
- Te aseguro que
no me ha enfadado nada tu comportamiento -intentó consolarlo ella.
- Pero a mí sí,
y mucho. Y si yo te importara un poco te habrías disgustado… Llegué a pensar
que no accederías a tener una cita a solas conmigo.
- No seas tan
tortuoso. Somos amigos y me resultas una persona muy simpática. Me ha agradado
mucho que te hayas acordado de mí y me hayas telefoneado para tener un
rendez-vous. ¿Por qué quieres que se estropee ahora todo sacando a relucir
cuestiones pasadas? Todas las cosas son simples, hace un momento estábamos
riendo y es así como deberíamos continuar. ¿Es aquella la fuente a que te
referías?
- Sí, esa es.
¿Te gusta?
- Con todos
estos árboles alrededor me recuerda un trozo de los jardines de Versalles en el
otoño…
Ríe, Fonso, ríe
como esa agua cantarina que se derrama de concha en concha sin cesar… Tienes
derecho a ser feliz como el resto de los humanos. También en Paris hay mendigos
que pasan hambre y frío, pero se consideran a sí mismos como filósofos y apagan
todas sus penas con vino tinto. Los denominan “clochards”.
- ¡Dame tus
manos y dancemos entorno de la fuente! Somos jóvenes y podemos ser muy felices. Toda la mediocridad
de este mundo lleno de prejuicios no va a ser capaz de enturbiar este momento
de plenitud que gozamos.
Se cogieron de las manos y se pusieron a girar
y girar en una rueda alegre y dichosa hasta que mareados y jadeantes se
tuvieron que sentar sobre un banco de piedra. Todavía rieron allí durante un
buen rato ante la mirada indiferente de los transeúntes.
Cuando recobró
el aliento propuso Fonso:
- En Atocha
conozco un mesón en el que sirven unos bocatas de calamares que son el delirio.
- ¿Calamares?
-se intrigó Thérèse.
- Sí, aros de calamares
enharinados y fritos en aceite hirviendo. Es una comida típica de aquí. No
recuerdo ahora como puede ser la traducción… ¡Al diablo con todas las
traducciones, estoy seguro de que te vas a chupar los dedos!”
- Si te refieres
a mi relación con Thérèse, fue tan sólo una bella amistad muy enriquecedora para
ambos. Ninguno de los dos teníamos pretensiones de que llegara a ser algo más
profundo -explicó Pepe.
- Muchas veces
de la amistad al amor sólo hay un pequeño paso, sobre todo en la adolescencia.
- Y a veces uno
de los dos se enamora perdidamente y el otro no. No, no pienses que es un
reproche, sería demasiado tarde. La redacción está en esta calle, ¿verdad?
-cambió de tema.

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