CAPÍTULO 7
En verano el
calor es insoportable. No sopla ni una chispa de viento. La esperanza de que la
noche trajera alguna brisa que aliviara el rigor de la canícula ha sido vana.
Toda la gente está en los balcones y galerías, con el abanico en la mano y el
botijo próximo. Sobra toda la ropa que el calor pega al cuerpo, ellas están en
enaguas y los varones, con sólo el pantalón del pijama, muestran sus velludos
pechos. Los niños juegan en la calle a las cuatro esquinitas, y algunos vecinos
han bajado sillas de esparto formando una tertulia en la puerta de la tasca. En
las Vistillas se bailan schotises sobre una losa de cemento con la música que
brota de un rancio organillo, y el Palacio Real es un museo. El tabernero saca
una frasca de sangría muy aguada para invitar a los clientes y pasa a formar
parte del corrillo.
Ya nos había
servido un amable camarero un par de botellines de cerveza y una ración de
patatas fritas con salsa brava para acompañarlos. Se respiraba la tranquilidad
del mediodía y la lámina inmóvil del
estanque invitaba al reposo.
- Es verídica en
su mayor parte, al menos en lo referente a las situaciones por las que
atraviesa el personaje llamado Fonso si las relacionas con el discurrir de mi
propia vida por aquellos años. Por una parte durante un largo periodo de tiempo
Thérèse siguió viniendo a Madrid con toda la frecuencia que le permitía su
cambiante trabajo, le gustaba el ambiente de la ciudad, su inexplicable alegría
y despreocupación en una época que fue muy dura para todos, y le encantaban las
locuras del grupo; y por otra, manteníamos una extensa correspondencia de
continuo. De alguna manera me considero un poco coautor de su obra, ella tenía
una fuerte vocación de escritora, heredada de su padre, según me contó, y a
veces nuestras cartas adoptaban la forma de cuentos en los que incluíamos las
situaciones que habíamos vivido con nuestros amigos o las sensaciones que nos
había causado algún lugar que habíamos visitado bien juntos o bien cada uno por
nuestro lado. Conozco muchos rincones de París y sus aledaños con tal precisión
que si me pusiera a relatarte objetos y situaciones parecería que he vivido
allí durante años. Era un modo agradable de hacer prácticas de literatura al
mismo tiempo que de comunicarnos de una forma indirecta nuestras intimidades.
Hasta en alguna ocasión llegamos a plantearnos la posibilidad de escribir una
novela entre los dos, al alimón, que se dice en términos taurinos, pero como en
tantas y tan cuestiones no pasó de ser un proyecto.
- Tú amigo
Julián sostiene que todo es una patraña y una invención desde la primera a la
última línea, y Ernesto tampoco da credibilidad a muchos de sus pasajes.
- Sin duda
tienen sus razones para expresarse así. Julián es hoy una figura política y
Thérèse puede que haya sido demasiado sincera en algunas ocasiones y, si
recuerdas la anécdota de Velázquez y el Papa Sixto, es algo que en arte no se
suele alabar. Tal vez sea preciso para que la gente se identifique con el propio
retrato que se le trate con una cierta benevolencia. Todos sabemos que tenemos
muchos defectos y apenas unas pocas virtudes, y a cualquiera le agrada más que
se le destaquen éstas y se le difuminen aquellos, y no es que se pretenda
engañar a los demás porque cualquiera sabe que resalta mucho más la paja en el
ojo ajeno que la viga en el propio, pero…
- Benévola no ha
sido con ninguno de vosotros tres, y menos lo ha sido con Nando.
- No la culpo
por ello, esa reacción es muy lógica y producto del desencanto que la
produjimos. Cuando la conocimos se quedó deslumbrado por nuestros proyectos,
pensó que se encontraba ante unos artistas de la Edad de Oro, y luego los
hechos la fueron descubriendo que éramos de plástico, de un plástico endeble y
maleable. Ni uno solo de nosotros consiguió triunfar en nada de lo que nos
propusimos, y mucho menos en lograr el cambio social que teníamos como objetivo
final de nuestros planes. Nos faltaba constancia en todo, hasta en mantener la
pasión que en un momento dado tuvimos cada uno hacia su persona.. No me extraña
que se sienta tan dolida, sólo fue íntegro con sus pretensiones, trágicamente
íntegro hasta el final, Nando, que fue el único que nunca se sintió apasionado
por ella.
- Luego
reconoces que estuviste enamorado de ella.
- Estuve
apasionado en un cierto momento, que no es exactamente lo mismo.
“Paseaban por la
Plaza Mayor pero la belleza del enclave no era capaz de romper con el pertinaz
e incómodo silencio que había surgido entre la pareja. Cada cual caminaba abstraído
en sus propios pensamientos sin encontrar las palabras precisas para comenzar
una conversación que fuera capaz de aclarar la relación que mantenían.
- Me gustaría
alquilar una de esas buhardillas que dan a la plaza -expresó, al fin, ella.
- Eso es casi
imposible, están muy cotizadas y casi nunca se queda alguna libre -dijo Fonso
sin mirarla y empleando un tono de voz muy grave, como si estuviera hablando de
una cuestión trascendental.
Fonso deseaba acabar
de una vez por todas con aquella ambigua situación. Quería a Thérèse. La
muchacha constituía algo muy íntimo para él, una prolongación de sí mismo, un
brazo separado de su hombro, una pierna situada a pocos pasos de su cadera. Las
formas sociales: familiares, conocidos, amigos amantes, esposos… No había lugar
para las situaciones intermedias. O eras familiar o pertenecías a otra familia.
Conocido o gente indistinta. Los amigos a tu lado y los enemigos enfrente, los
amantes encamados y los esposos con papeles.
- Sería
preferible que no continuáramos viéndonos con tanta frecuencia, Thérèse,
nuestra relación, según la estamos llevando, sólo puede causarnos daño a la
larga. Es evidente que somos muy distintos desde cualquier punto de vista que
consideremos: diferente nacionalidad, extracción social, dos formas divergentes
de entender la vida… Me dejaré de dar rodeos inútiles. Lo que resulta evidente
es que amas a Fernando y tu amistad conmigo sólo una forma de estar cerca de
él.
Thèrèse no se
esperaba este golpe bajo tan de improviso. Nadie se espera que el volcán que
lleva siglos de actividad latente entre de pronto en erupción. Pero en
cualquier momento de su cráter en vez de fumarolas pueden comenzar a salir
lavas y rocas candentes, y entonces no habrá fuerza humana capaz de detener su
implacable rigor.
Unas lágrimas
asomaron a los ojos azules de la azafata y sacó del bolsillo de la gabardina un
pañuelo de seda arrebuñado y se lo llevó a la cara.
- No es
necesario que seas cruel -musitó.
- ¿No te
comportas también tú de una forma cruel conmigo? ¿No me estás utilizando?
La realidad era
más sólida que los pilares de granito berroqueño que sustentaban los soportales
bajo los que la pareja caminaba.
- Tienes razón,
amo a Nando, y por más que intento quitármelo de la cabeza no puedo conseguirlo
- acabó por confesar ella tras una pausa.
- Era elemental
-se resignó él al comprobar confirmado su presentimiento.
- Pero también
te quiero a ti, la cuestión no es tan elemental como te parece: mi deseo lo
persigue a él pero mi tranquilidad te busca a ti -ella no estaba dispuesta a
prescindir de su buen amigo, de su único amigo. Ya que las circunstancias la
habían obligado a quitarse el velo había que mantener el rostro o su apariencia
en concordancia con la presente situación.
Aquellas
palabras herían a Fonso pero también le proporcionaban esperanzas. Sólo que su
pasión le impedía comprender su último sentido: la amistad. El la deseaba sino
con toda su alma sí con toda la potencia de su sensualidad de varón, y no podía
renunciar a intentar conseguirla. La abrazó con ansia, y ella se lo consintió.
- ¿Es cierto que
me quieres? -la preguntó mientras la besaba sobre los rubios rizos de su
cabello, que bajo la presión de los labios del muchacho se juntaban con la
suave epidermis de la oreja.
- Tan cierto
como que te considero el único amigo que he tenido de verdad -pronunció ella en
un tono trascendente.
- Pero yo no te
quiero sólo como a una amiga, te deseo con ardor y quisiera que llegáramos a
ser completamente felices disfrutando de nuestros cuerpos.
- Peor para ti
-respondió ella al tiempo que rechazaba el abrazo-, porque así va a ser
imposible entendernos.
Fonso se quedó
cortado y ella continuó:
- Algún día
encontrarás a una mujer que te quiera de esa forma que dices amarme tú, que… no
encuentro las palabras con que expresarme correctamente, un idioma aprendido
tiene estas limitaciones, en ningún libro…
La febril boca
de Fonso tapó la de la mujer y ella no pudo terminar la frase. Y sentía placer
con el suave contacto de la lengua de su amigo acariciándole las encías. Pero
ella sabía muy bien que aquella satisfacción de sus sentidos no era amor, el
amor tal y como lo había aprendido desde que la educación comenzó a ejercer su
tenaz presión sobre su mente.
El prolongado
beso sació por un instante y antes de que el deseo lo impulsara a buscar de
nuevo los labios de su amiga ésta ya había puesto un par de pasos entre sus
cuerpos. Se sentía colmada y feliz, pero intranquila con su conciencia. Era su
primer beso de amor verdadero.
- No lo intentes
de nuevo, me causarías un grave daño. Tengo que contarte una cosa que no sabe
nadie.
- Después habrá
tiempo -dijo él volviendo a acercarse.
- No, este es el
momento oportuno. Tengo mucha confianza en ti. Nunca había conocido a una
persona a quien poder confiar esto que te voy a decir. Espero que me sepas
comprender y no sufra una decepción también contigo.
- Está bien, te
escucharé -se conformo Fonso-. Continuemos paseando que tampoco hay por qué
adoptar una actitud tan solemne.
La lluvia que
había caído durante toda la tarde formaba pequeños charcos sobre los adoquines
que pavimentaban la plaza y el bronce de la estatua ecuestre que se alza en su
centro refulgía a la luz de las farolas que se acababan de encender.
- Es muy
importante que tengas conocimiento de ello, así podrás comprenderme mejor -su
voz se emocionaba por momentos y parecía que de un momento a otro su garganta
iba a estallar en un sollozo-: apenas si tenía doce años cuando un sucio y
asqueroso viejo intentó forzarme. Fue horrible, sus babas penetraban en mi boca
y me hacía mucho daño en el vientre, me entraban ganas de vomitar, de gritar,
de morirme… -el llanto hizo por fin eclosión y ahogó sus palabras.
Fonso volvió a
abrazarla, pero el de ahora era un abrazo lleno de pureza, de cariño, de
camaradería y comprensión. Se le había formado un nudo en la garganta que sólo
le permitió musitar:
- Llora, llora
sin ninguna vergüenza y desahógate.
Ella lo miró con
sus claros ojos azules arrasados por las lágrimas, tragó saliva y continuó:
- Fue en el
portal de nuestra casa y al ruido del forcejeo acudieron unos vecinos y también
mi padre. Pasé varios días en la cama presa de una crisis nerviosa. Desde
entonces me produce espanto tener cualquier tipo de contacto sexual con un
hombre, me produce una sensación de suciedad y sólo de pensar en ello vuelvo a
tener nauseas. Tendría que estar muy enamorada para superarlo, profundamente
enamorada, y que nuestra relación fuera muy larga, que todo resultara muy
natural, tan natural como el darse los buenos días.”
- Porque la
pasión igual que viene se va si no encuentra el terreno apropiado donde medrar
-siguió hablando Pepe-, y Thérèse no necesitaba ese tipo de pasión exuberante
sino un amor plácido y sosegado que poco a poco la fuera haciendo variar en sus
sentimientos hasta que desapareciera la fobia que sentía por los varones y se
transformara en una mutua comprensión. Así que comenzamos una prolongada
amistad que fue enfriando mi pasión sin lograr cambiarla en ese tipo de amor
sereno que hubiera sido apropiado para conseguir una conjunción coen ella, pues
el centro de mi corazón continuaba ocupado por otra persona a quien nunca pude
olvidar.
- Hasta que
apareció Charo en tu vida.
- En este caso
sí que pudo mi pasión, por fortuna, fructificar y llegar a transformarse en un
fraternal cariño, en una auténtica camaradería. Pero insisto en proclamar que
jamás te he olvidado, y Charo lo sabe y lo comprende.

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