CAPÍTULO 10
Había una vez un
circo, “PRICE” anunciaban grandes carteles, estaba ubicado en el centro de la
ciudad y la especulación del suelo lo trocó en un edificio de oficinas. Había
una vez un proyecto de ciudad lineal formada por viviendas unifamiliares
dotadas de un pequeño huerto y servidas por un tranvía. La especulación del
suelo también trocó los hotelitos en oficinas y el asfalto cubrió las vías del
tranvía. Había una vez una villa a la que convirtieron en corte. Había una vez
un circo…
El taxi me dejó
junto al Ministerio del Ejército. En aquel lugar habían llevado a cabo uno de
sus sucesos y pensé que aquel sería un posible enclave donde encontrar a mi
amigo entretenido en rememorar aquellos lejanos tiempos. Pero no estaba por
allí, y no me importó demasiado. La tarde me había cundido y tuve tiempo para
todo excepto para hilvanar mis pensamientos en lo referente a la actitud a
adoptar con respecto a Pepe. Ahora, caminando por el bulevar de Recoletos en el
fresco del anochecer tendría una óptima oportunidad para meditar sobre el tema.
Desde que entré
en el café la tarde anterior me había comportado en todos los actos como una
auténtica estúpida, faltando a la más elemental regla que debe tener todo
periodista: no involucrase en los asuntos sobre los que trabaja, es la única
forma de lograr la objetividad. Y lo peor es que no acababa de convencerme a mi
misma de que debía calificarme de este modo. ¿Por qué no iba a tener derecho yo
a disfrutar de mi propia vida privada y de mi libertad? Toda la vida había sido
un juguete en manos de los hombres, primero mi padre, luego mi exmarido, ahora
Gerardo. El me quería, sobre eso no me cabía la menor duda, teníamos mucho en
común: dos hijos, la cuenta corriente en el banco, los últimos años de vida
compartida. Pero estaba segura de que él aprovechaba sus frecuentes viajes para
echar una que otra canilla al aire. Eso no estaba mal visto en nuestra
hipócrita sociedad, casi todos los maridos lo hacían. Pero para mí la situación
era diferente, era la madre de sus hijos y debía dar ejemplo de abnegación y
fidelidad. Además con Pepe no podía ser un juego pasajero, ya había estado
enamorada de él en una ocasión y las tupidas redes del amor podían apresarme de
nuevo. ¡Y ya había tenido suficientes experiencias tristes en mi vida para
meterme en más líos!
Entretenida en
estos pensamientos había llegado hasta la plaza de Colón y ni rastro de mi
amigo. Este pueril juego que se había sacado de la manga comenzaba a aburrirme
e impacientarme. Además me comenzaban a doler los pies porque me había puesto
otra vez los puñeteros zapatos de tacón alto. La verdad es que me había
arreglado a conciencia. Demasiado emperifollamiento para una simple cita laboral,
comenzaba a arrepentirme. ¿Mi consciente y mi subconsciente se estaban
bifurcando?
Decidí cruzar
hasta el jardincillo de la Biblioteca Nacional, que tiene unos lindos bancos
de piedra y quedaba resguardado del cortante viento que comenzaba a soplar por
la ancha avenida.
No había hecho
más que franquear la puerta de la verja cuando una sombra que había estado
sentada en los primeros escalones de la monumental escalera de acceso a la entrada principal se dirigió a mi encuentro.
- ¿A la señora
también le gusta venir por las noches a conversar con los fantasmas de la
literatura castellana? ¿Qué estatua es su predilecta para mantener soliloquios
con ella: la de Miguel, la de Pedro...?
Así pues la
“casualidad” había dado su fruto. Había que seguir el juego.
Cuando nos
situamos debajo de una farola nos examinamos de arriba abajo.
- A usted le
conozco, estoy segura…
- También a mí
me resultan familiares sus rasgos…
- ¿No se llama
usted José?
- ¿Perdón?
-preguntó fingiendo perplejidad.
- Eres Pepe, no
me cabe la menor duda.
- ¿Gloria, tal
vez?
- En efecto,
¡cómo has cambiado, te has dejado barba como un bohemio!
- Tú…en fin, ¡te
has hecho una mujer! -y me abrazó.
Unas lágrimas
aparecieron en mis ojos que me impidieron seguir hablando. ¡Hubiera sido tan
bonito! Pero no lo era, tal vez podríamos pasar una hora o dos fingiendo el
encuentro casual, pero en cualquier instante uno de los dos cometería un desliz
y… ¡todo el juego se iría al guano!
- Lo que es la
vida, después de tanto tiempo ir a encontrarnos en un lugar como éste!
- ¡En el corazón
de la ciudad!
Sí, en el
corazón de una ciudad que había crecido en muy pocos años de una forma
disparatada, inhumana. En la que ya no era sencillo que nadie se encontrara ni
a sí mismo. Una metrópoli que se
extendía por el norte hasta Fuencarral y por el sur hasta más allá de Villaverde,
que por levante confundía el conglomerado de sus edificaciones con las del
pueblo de Rivas-Vaciamadrid y por poniente con las Alcorcón, Leganés y
Móstoles. Un monstruo que englobaba cientos de barrios dispares, construcciones
de rancio abolengo con las más modernas torres de acero y cristal, amplias
autopistas junto a callejuelas medievales, el Rastro, heredero directo del zoco
árabe, junto a grandes almacenes dotados de sofisticados sistemas de venta y
climatización. Un inabarcable enclave humano, un hormiguero en el que convivían
y se daban la mano y la espalda alternativamente la opulencia y la miseria, la
alegría y el desconsuelo. Con sus chicas chic de Serrano y sus macarras de los
Carabancheles, sus camellos en Malasaña y sus obreritas de Usera, los palacios
en Somosaguas y las chabolas en Vallecas, la prostitución fina en Doctor
Fleming y la cutre en Desengaño… El corazón de una ciudad que es a su vez
corazón de todo un país, “rompeolas de las Españas”, en frase de don Antonio
Machado, donde es difícil encontrar un madrileño nativo y se confunden y
hermanan los acentos vascos con los andaluces, los extremeños con los canarios,
los levantinos con los asturianos. Una villa orgullosa de su pequeño rio, que
festeja que habiten en él unos pocos patos importados y añora un lejano mar
imposible de alcanzar.
- Te conservas
muy bien, Gloria, y en tus ojos azules persiste la luminosidad marina de
antaño.
- Tu mirada
también conserva su oscura e indescifrable alegría, ¿qué fue de ti?
- He ido
viviendo, que es lo importante. Aquí sentado se me ha abierto el apetito y
cuando llegaste me estaba levantando para ir a cenar a un restorán muy
agradable que conozco cerca de aquí, si dispusieras de tiempo podríamos hacerlo
juntos y mientras platicar con tranquilidad.
- Tenía pensado
cenar fuera de casa, después de tantos años sin
vernos tendremos mucho de lo que hablar, me parece una buena idea.
Éramos dos
viejos camaradas felices de habernos encontrado por “casualidad”.

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