sábado, 6 de abril de 2013

Entrevista Segunda - Capítulo 15



CAPÍTULO 15

         Son una pareja de puritanos turistas anglosajones de edad madura, su blanca tez está roja y despellejada por haber tomado el sol con demasiada precipitación. Se toman fotografías en la Rosaleda del Parque del Buen Retiro mientras el cielo azul se va tiñendo de rosa y morado en el crepúsculo. Ella repara en una extraña estatua cercana y son informados de que se trata del monumento al “Ángel Caído” por una vieja de luto que lleva un rosario en las manos. Se hacen cruces al conocer que la ciudad que visitan, tan repleta de iglesias, conventos y capillas, ha tenido el morboso placer de rendir un homenaje permanente y perdurable a Lucifer, al Maligno, al Diablo, a SATÁN!!


         La noche era agradable y sabía que en su domicilio la esperaba una velada solitaria y triste similar a la anterior. Ella estaba harta de escuchar siempre a los demás, también tenía derecho a hablar, a compartir sus pensamientos con los demás. Las ausencias de Gerardo eran cada vez más frecuentes, y no se podían atribuir sólo a un incremento de trabajo.
         No tardaron mucho en buscar refugio en un pub de la calle Huertas. Tenían sed. Las paredes estaban decoradas en forma cutre y decadente, y la música, una mezcla de variados sones latinos, sonaba muy fuerte. La bebida típica del local era la caipiriña, de procedencia brasileña, ron de caña con azúcar y trozos de limón y de lima. Eran el lugar y el alcohol perfectos para abrir el corazón a un desconocido. Ernesto escuchaba con atención, se interesaba por su relato y Gloria se sentía a gusto, como hacía tiempo que no lo lograba. Cuando pidieron una segunda consumición él la tomó una mano y ella disfrutaba con aquel juego pueril.


         - Eso es todo, ¿te ha decepcionado mucho que mi vida no sea nada apasionante?
         - Pero tú sí que eres capaz de despertar la pasión de cualquier hombre -la galanteo el escultor oprimiéndole la mano-, lo que es una pena auténtica es que el tiempo corra tan deprisa cuando se está junto a una persona tan agradable. Sería muy bonito que nos pudiésemos ver en otra ocasión -sus ojos parecían los de un cordero a medio degollar.
         - Ya estamos ahora reunidos, ¿por qué esperar a otra ocasión?
       - Es que se ha hecho muy tarde y cada uno tenemos responsabilidades que cumplir mañana.
         - Tengo toda la noche libre -dijo Gloria.
         - ¿Y los niños?
        - La persona que los ha estado cuidando toda la tarde no tendrá ningún inconveniente en pasar la noche con ellos. Se puede resolver con una simple llamada telefónica. ¿Tendrán aparato aquí?
         - Supongo que sí, pero… -dejó de sujetar la mano de Gloria y ella la llevó hasta el vaso de la bebida, comprobando que se encontraba vacío.
         - Voy a pedir otra -anunció.
         - ¿Crees que te sentará bien una nueva copa?, te noto un poco mareada.
        - Sí, me siento como flotando, pero es una sensación muy agradable. No temas, otra copa no me tumbará.
         - De verdad que me encantaría que prosiguiéramos esta amena velada pero mañana entro a trabajar a las nueve de la mañana. Además… -dudó un instante-, me esperan Cristal y el niño.
         - Y no tienes acostumbrada a tu esposa a que te espere -dijo Gloria con crueldad.
        - No es eso. Tú eres una persona adorable y me encantaría pasar toda la noche junto a ti, correr la gran juerga por toda la ciudad, ver amanecer en tu compañía…
       - Pero eso sería un juego y tú ya has dejado de jugar -lo miró con una fijeza que cerraba todas las salidas. Ella sí que estaba jugando, y de farol. Sabía que le iba a costar Dios y ayuda convencer a la muchacha para que cuidara por la noche a los niños sin haberla avisado con anticipación. También existía la posibilidad de que Gerardo adelantase su regreso, pero le resultaba humillante una vez comenzada la partida tener que ser ella quien rompiera la baraja. Hacía tiempo que no tenía la oportunidad de jugar a algo en serio.
       - Está bien, está bien, eres tal y como me imaginaba que serías cuando leía tus artículos: una mujer libre, sin complejos y dispuesta a todo.
         - No exageres, por favor, a una mujer como a cualquier persona la van conformando quienes se encuentran junto a ella, y si tu trabajo te obliga a conocer a mucha gente es normal que seas abierta.
         - Es el momento de pedir otra ronda y que los vapores del alcohol nos inspiren para hacer planes. ¡Camarero, por favor!
         - ¡Romperemos la noche! -gritó Gloria eufórica.
         El camarero se acercó al velador.
         - Lo mismo -pidió Ernesto.
       - En un momento -dijo el mozo recogiendo el vaso de ella vacío y el de su acompañante mediado. Gloria se dio cuenta del detalle, él estaba bebiendo mucho menos de lo que aparentaba, su contrincante era un jugador de ventaja. Pero no se amilanó, por fin había encontrado a alguien con quien disputar libremente y esa oportunidad no había que despreciarla, así que ¡a quemar las naves!
         - ¿Me ayudarás a romper la noche?
         - La noche y el amanecer -dijo Ernesto convencido.
         - Pues he de telefonear -anunció ella mientras se levantaba con ademanes teatrales y le estampaba un beso en la frente.
         - Creo que el teléfono está junto a los servicios -indicó él con una sonrisa.
         Hasta allí navegó Gloria por un mar de tumultuosos veladores de mármol.
       
       La muchacha comenzó por darle cuenta detallada de cómo había transcurrido la tarde en su hogar. Luego se sorprendió con la propuesta de Gloria de quedarse durante toda la noche a cuidar a los niños, para asustarse después cuando su señora le indicó que ante una llamada de Gerardo ella debería explicarle que se encontraba indispuesta y que no podía ponerse al aparato en aquel momento. Los alegatos de Marina la hubieran hecho zozobrar en otro momento, pero dentro de la galerna se sentía fuerte y encontró las palabras adecuadas con que maniobrar y convencer a su sirvienta.
         Regresó hasta la nave-velador donde un Simbad aviejado meditaba sobre el lio en el que se estaba metiendo. No le prestaba el pensar a Ernesto, le ponía años encima y una arruga profunda en la frente estropeaba su imagen de niño adulto que tanto encanto le proporcionaba a su imagen. Al ver regresar a Gloria su rostro se iluminó de nuevo y adquirió otra vez todo su atractivo.
         Había aprovechado el tiempo para elaborar planes: seguro que Fonso se prestaría a dejarles una habitación de su apartamento para pasar la noche. Se levantó sin esperar a escuchar la opinión de ella sobre el particular y fue directo al teléfono que aún estaba caliente del aliento de la mujer.
         Dos impolutas caipiriñas se encontraban sobre el mármol blanquecino y Gloria tenía sed, una insaciable sed. Se hubiera tomado una de un trago, pero se entretuvo en aplastar los gajos del limón y de la lima con la cucharita de plata y a remover el azúcar. Era el momento ideal para fumarse un cigarrillo y recapacitar sobre la situación.
         Ya había exhalado una bocanada de humo cuando sintió un fuerte dolor en el vientre y una sensación de humedad entre las piernas. ¡Qué inoportunidad! Para una vez que se decidía a ejercer de mujer el ser mujer le ponía trabas.
         Llegaba ya Ernesto sonriente y antes de que tuviera el galán tiempo de sentarse e informarla sobre el resultado de su gestión ya se levantaba ella camino del servicio.
         - En un minuto vuelvo.
         - Fonso nos espera, es un muchacho excelente…
         Cuando regreso a la mesa la sala parecía insípida. No quedaba ni rastro de las naves que se balanceaban en medio de la galerna. Gentes vacía ocupando un espacio indistinto.
         - ¿Te pasa algo?, tienes mala cara.
         - Nada que no nos ocurra al menos una vez al mes a todas las hembras -respondió sonriente. Él se quedó sorprendido y pensativo-. Será mejor que salgamos, aquí hay demasiado humo y el ambiente me ahoga.
         - Hagamos antes un último brindis -propuso Ernesto.
         - ¿Por qué se te ocurre que le podríamos hacer?
         - ¡Por el comienzo de una larga amistad!

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