CAPÍTULO 15
Son una pareja
de puritanos turistas anglosajones de edad madura, su blanca tez está roja y
despellejada por haber tomado el sol con demasiada precipitación. Se toman
fotografías en la Rosaleda del Parque del Buen Retiro mientras el cielo azul se
va tiñendo de rosa y morado en el crepúsculo. Ella repara en una extraña
estatua cercana y son informados de que se trata del monumento al “Ángel Caído”
por una vieja de luto que lleva un rosario en las manos. Se hacen cruces al
conocer que la ciudad que visitan, tan repleta de iglesias, conventos y
capillas, ha tenido el morboso placer de rendir un homenaje permanente y
perdurable a Lucifer, al Maligno, al Diablo, a SATÁN!!
La noche era agradable
y sabía que en su domicilio la esperaba una velada solitaria y triste similar a
la anterior. Ella estaba harta de escuchar siempre a los demás, también tenía derecho
a hablar, a compartir sus pensamientos con los demás. Las ausencias de Gerardo
eran cada vez más frecuentes, y no se podían atribuir sólo a un incremento de
trabajo.
No tardaron
mucho en buscar refugio en un pub de la calle Huertas. Tenían sed. Las paredes
estaban decoradas en forma cutre y decadente, y la música, una mezcla de
variados sones latinos, sonaba muy fuerte. La bebida típica del local era la
caipiriña, de procedencia brasileña, ron de caña con azúcar y trozos de limón y
de lima. Eran el lugar y el alcohol perfectos para abrir el corazón a un
desconocido. Ernesto escuchaba con atención, se interesaba por su relato y
Gloria se sentía a gusto, como hacía tiempo que no lo lograba. Cuando pidieron
una segunda consumición él la tomó una mano y ella disfrutaba con aquel juego
pueril.
- Eso es todo,
¿te ha decepcionado mucho que mi vida no sea nada apasionante?
- Pero tú sí que
eres capaz de despertar la pasión de cualquier hombre -la galanteo el escultor
oprimiéndole la mano-, lo que es una pena auténtica es que el tiempo corra tan
deprisa cuando se está junto a una persona tan agradable. Sería muy bonito que
nos pudiésemos ver en otra ocasión -sus ojos parecían los de un cordero a medio
degollar.
- Ya estamos
ahora reunidos, ¿por qué esperar a otra ocasión?
- Es que se ha
hecho muy tarde y cada uno tenemos responsabilidades que cumplir mañana.
- Tengo toda la
noche libre -dijo Gloria.
- ¿Y los niños?
- La persona que
los ha estado cuidando toda la tarde no tendrá ningún inconveniente en pasar la
noche con ellos. Se puede resolver con una simple llamada telefónica. ¿Tendrán
aparato aquí?
- Supongo que
sí, pero… -dejó de sujetar la mano de Gloria y ella la llevó hasta el vaso de
la bebida, comprobando que se encontraba vacío.
- Voy a pedir
otra -anunció.
- ¿Crees que te
sentará bien una nueva copa?, te noto un poco mareada.
- Sí, me siento
como flotando, pero es una sensación muy agradable. No temas, otra copa no me
tumbará.
- De verdad que
me encantaría que prosiguiéramos esta amena velada pero mañana entro a trabajar
a las nueve de la mañana. Además… -dudó un instante-, me esperan Cristal y el
niño.
- Y no tienes
acostumbrada a tu esposa a que te espere -dijo Gloria con crueldad.
- No es eso. Tú
eres una persona adorable y me encantaría pasar toda la noche junto a ti,
correr la gran juerga por toda la ciudad, ver amanecer en tu compañía…
- Pero eso sería
un juego y tú ya has dejado de jugar -lo miró con una fijeza que cerraba todas
las salidas. Ella sí que estaba jugando, y de farol. Sabía que le iba a costar
Dios y ayuda convencer a la muchacha para que cuidara por la noche a los niños
sin haberla avisado con anticipación. También existía la posibilidad de que
Gerardo adelantase su regreso, pero le resultaba humillante una vez comenzada
la partida tener que ser ella quien rompiera la baraja. Hacía tiempo que no
tenía la oportunidad de jugar a algo en serio.
- Está bien,
está bien, eres tal y como me imaginaba que serías cuando leía tus artículos:
una mujer libre, sin complejos y dispuesta a todo.
- No exageres,
por favor, a una mujer como a cualquier persona la van conformando quienes se
encuentran junto a ella, y si tu trabajo te obliga a conocer a mucha gente es
normal que seas abierta.
- Es el momento
de pedir otra ronda y que los vapores del alcohol nos inspiren para hacer
planes. ¡Camarero, por favor!
- ¡Romperemos la
noche! -gritó Gloria eufórica.
El camarero se
acercó al velador.
- Lo mismo
-pidió Ernesto.
- En un momento
-dijo el mozo recogiendo el vaso de ella vacío y el de su acompañante mediado.
Gloria se dio cuenta del detalle, él estaba bebiendo mucho menos de lo que
aparentaba, su contrincante era un jugador de ventaja. Pero no se amilanó, por
fin había encontrado a alguien con quien disputar libremente y esa oportunidad
no había que despreciarla, así que ¡a quemar las naves!
- ¿Me ayudarás a
romper la noche?
- La noche y el
amanecer -dijo Ernesto convencido.
- Pues he de
telefonear -anunció ella mientras se levantaba con ademanes teatrales y le
estampaba un beso en la frente.
- Creo que el
teléfono está junto a los servicios -indicó él con una sonrisa.
Hasta allí
navegó Gloria por un mar de tumultuosos veladores de mármol.
La muchacha comenzó por darle cuenta detallada de cómo había transcurrido la tarde en su hogar. Luego se sorprendió con la propuesta de Gloria de quedarse durante toda la noche a cuidar a los niños, para asustarse después cuando su señora le indicó que ante una llamada de Gerardo ella debería explicarle que se encontraba indispuesta y que no podía ponerse al aparato en aquel momento. Los alegatos de Marina la hubieran hecho zozobrar en otro momento, pero dentro de la galerna se sentía fuerte y encontró las palabras adecuadas con que maniobrar y convencer a su sirvienta.
Regresó hasta la
nave-velador donde un Simbad aviejado meditaba sobre el lio en el que se estaba
metiendo. No le prestaba el pensar a Ernesto, le ponía años encima y una arruga
profunda en la frente estropeaba su imagen de niño adulto que tanto encanto le
proporcionaba a su imagen. Al ver regresar a Gloria su rostro se iluminó de
nuevo y adquirió otra vez todo su atractivo.
Había
aprovechado el tiempo para elaborar planes: seguro que Fonso se prestaría a
dejarles una habitación de su apartamento para pasar la noche. Se levantó sin
esperar a escuchar la opinión de ella sobre el particular y fue directo al
teléfono que aún estaba caliente del aliento de la mujer.
Dos impolutas
caipiriñas se encontraban sobre el mármol blanquecino y Gloria tenía sed, una
insaciable sed. Se hubiera tomado una de un trago, pero se entretuvo en
aplastar los gajos del limón y de la lima con la cucharita de plata y a remover
el azúcar. Era el momento ideal para fumarse un cigarrillo y recapacitar sobre
la situación.
Ya había exhalado
una bocanada de humo cuando sintió un fuerte dolor en el vientre y una
sensación de humedad entre las piernas. ¡Qué inoportunidad! Para una vez que se
decidía a ejercer de mujer el ser mujer le ponía trabas.
Llegaba ya
Ernesto sonriente y antes de que tuviera el galán tiempo de sentarse e
informarla sobre el resultado de su gestión ya se levantaba ella camino del
servicio.
- En un minuto
vuelvo.
- Fonso nos
espera, es un muchacho excelente…
Cuando regreso a
la mesa la sala parecía insípida. No quedaba ni rastro de las naves que se
balanceaban en medio de la galerna. Gentes vacía ocupando un espacio
indistinto.
- ¿Te pasa
algo?, tienes mala cara.
- Nada que no
nos ocurra al menos una vez al mes a todas las hembras -respondió sonriente. Él
se quedó sorprendido y pensativo-. Será mejor que salgamos, aquí hay demasiado
humo y el ambiente me ahoga.
- Hagamos antes
un último brindis -propuso Ernesto.
- ¿Por qué se te
ocurre que le podríamos hacer?
- ¡Por el
comienzo de una larga amistad!

No hay comentarios:
Publicar un comentario