CAPÍTULO 8
Bastaban un par
de cajones de embalar como tarima y cuatro estandartes al viento de la
desapacible tarde invernal. El orador no prepara sus discursos porque para
soltar diatribas contra cualquier gobierno no es necesario ser un Séneca.
Siempre hay algunos curiosos que forman círculo y se aprovecha la ocasión para
vender la prensa con la tinta aún fresca. El asesinato de los abogados
laboralistas tuvo lugar a pocos pasos de allí. Rompen el sólido aire de la
plaza las sirenas policiales y se deshace el tabanque. Tirso de Molina sigue
enhiesto en su pétreo pedestal y la gente forma cola ante la parada de los autobuses.
Los supuestos sediciosos se reconfortan del frío pasado en “La Madrileña” con
un chocolate hirviendo y unos churros recién hechos.
La frialdad con
que me confesaba la lealtad a nuestro amor adolescente me desarmaba y preferí
cambiar de tema.
- Tal vez no
lograrais cambiar la sociedad, esa es una cuestión casi imposible, pero desde
luego no se os puede reprochar el haberlo intentado, al menos en tu caso,
llegaste hasta a participar activamente en la lucha sindical, si es cierto lo
relatado por Thérèse respecto a la revista clandestina.
“Ceremonia
reiterativa y casi sagrada era la confección de cada nuevo número de la
revista. Se sentían como alquimistas de la Edad Media dentro de aquel sótano
húmedo y cerrado con las paredes acolchadas con gruesas láminas de corcho para
impedir que el ruido de la máquina impresora saliera al exterior. Allí también
se imprimían los panfletos y carteles de la organización sindicalista. Juan,
con su larga trayectoria de activista entremezclada con estancias en casi todas
las cárceles, presidios y penales del país, era quien llevaba la dirección de
las publicaciones. Se releía todos los artículos, corregía las pruebas, estaba
atento a todo y a todos. Llevaba, en resumen, una actividad frenética.
Luego estaba
Valentín, el fotógrafo, un simpático vejete que tenía un estudio fotográfico en
Vallecas; bodas, comuniones y bautizos eran la fuente principal de ingresos de
su negocio, en evidente contradicción con su ateísmo militante. Y el resto de
la redacción estaba compuesto por Rosendo, un guitarrista de rock que por
aquellas fechas se ganaba la vida en trabajos eventuales de peón en la
construcción, y Fonso. Éste era para los otros un intelectual, un joven que
tenía acceso a la universidad, a los cerrados claustros de los burgueses.
La máquina
impresora era puesta en funcionamiento por Ángel, un muchachote alto,
desgarbado y un poco cargado de espaldas con el que apenas si tenían ellos
contacto, porque el ruidoso artefacto sólo podía ponerse en marcha en pleno
día, cuando el fragor del tráfico de la populosa calle y el pesado runruneo de
las industrias vecinas acallaba cualquier otro sonido.
- ¡Ya está
compuesta la página! -gritó Fonso con entusiasmo aireando en alto el papel.
Juan se acercó
hasta el tablero donde estaba y revisó la página con detenimiento. Valentín se
unió a la pareja.
- ¿Es éste el
espacio que dejas para la foto?, parece un poco pequeño.
- Lo que importa
de este artículo es el texto, el cromo será tan sólo un adorno explicó Juan.
- Buscaré algo
apropiado en mi archivo, tengo miles de imágenes de grises pegando a
manifestantes -exageró Valentín.
- Sería más
conveniente una en la que se viera aun guardia con la fosca en la mano y a
punto de disparar -sugirió Fonso.
- De esas tengo
muy pocas, cuando los veo adoptar esa actitud hago lo posible por esconderme en
donde puedo para no servirlos yo de blanco, ya me dispararon bastante durante
la guerra. ¡Tres agujeros llevo en el pellejo!
- Ya se los
enseñaste el otro día -le frenó Juan, pues el fotógrafo ya hacía ademanes de
quitarse la chaqueta para mostrar una vez más lo que él consideraba sus trofeos
de guerra-, estate quieto. Me parece muy buena la idea de Fonso, así se pondrán
de manifiesto con mayor viveza los métodos que emplea el régimen en su represión
de las reivindicaciones obreras.
- Está página
también está acabada -dijo Rosendo mientras se acercaba al grupo-, y no
necesita que se le busque una foto, ya le pondré alguna litografía recogida de
mis revistas de rock.
Juan cogió el
papel que le entregaba el muchacho y lo observó con su característica
meticulosidad.
- La página está
muy bien compuesta pero sigo teniendo mis dudas sobre la conveniencia de incluir
en una revista revolucionaria un artículo sobre música moderna.
- ¡Creí que ya
estaba discutido el tema! -exclamó Rosendo.
- El rock es la
música revolucionaria de nuestros días -aseguró Fonso- y tiene tanta fuerza
como en su tiempo la tuvo una sinfonía de Beethoven.
- No hagáis
comparaciones odiosas, por favor -intervino Valentín al tiempo que alzaba su
mano derecha para dar mayor énfasis a sus palabras. El que la metralla hubiera
convertido su mano en un muñón la conferían un grado de autoridad muy
respetable. Pero el fotógrafo había topado con jóvenes tan antiautoritarios como él
mismo y no les iba a coartar su libertad de expresión ningún muñón, por muy
respetable que fuera.
- Si Beethoven
viviera hoy compondría canciones como el “Píntalo Negro” de los Stones, música
que rompe con todo -especuló Rosendo.
- He de
reconocer que si alguna vez he oído esa canción no lo recuerdo, porque todas me
parecen iguales -medió Juan en la discusión generacional-, pero también hemos
de reconocer, Valentín, que si hay un tipo de música que nuestros compañeros
más jóvenes defienden como combativa y revolucionaria nuestra propia ignorancia
sobre el tema no puede anatemizarla. Por otra parte también leen la revista
muchos jóvenes y les gustará comprobar que nuestra publicación se identifica
con sus predilecciones musicales.
Valentín se
encogió de hombros. No estaba de acuerdo pero respetaba hasta lo indecible
cualquier opinión de su camarada Juan. Le había visto en el penal escribir
panfletos a la débil luz de una vela fabricada con grasa de sebo del rancho,
también le había visto encaramado sobre los tejados cuando aquel intento de
fuga en el que él no pudo participar a causa de su mutilación. Juan era un
hombre de ideas muy claras, por eso lo habían elegido los compañeros como
responsable de las publicaciones, y él acataba sus decisiones aunque no las
compartiera.
- Entonces,
¿compongo la siguiente? -preguntó Rosendo.
- Claro
-confirmó Juan-, si la cuestión estaba ya debatida no hay ninguna razón para
volvernos ahora atrás. Las indecisiones son casi siempre más nefastas que las
meteduras de pata. Una equivocación puede corregirse pero la indecisión sólo
sirva para perder el tiempo. Hay que seguir avanzando siempre hacia delante,
continuar sin desmayos por la senda trazada hasta llegar a nuestro objetivo.
- Hablas como un
Kropotkin -le palmeó con su izquierda la espalda Valentín-. Me vuelvo a mi
trabajo que como sigamos de chachara se nos muere el dictador antes de que
tengamos este número en los tajos -y haciendo propaganda por la acción se
reintegró a su labor sin más dilación. Rosendo lo imitó y volvió a su banco.
Juan también iba a hacer lo propio pero Fonso lo retuvo con una pregunta.
- ¿Leíste el
cuento que te entregué?
- Sí, y me
parece una literatura muy buena -contestó Juan.
- ¿Sólo te
parece “literatura”?
- Si me permites
que me exprese con sinceridad te diré que lo encuentro demasiado retórico. A
eso es a lo que llamo literatura.
- Es lo que
trataba de lograr cuando lo escribí, hacer literatura. Pero, un momento, no de
cualquier tipo: literatura de clase.
- Sí, el tema
sobre el que versa es social, pero el lenguaje es muy refinado, no es fácil que
llegue a entender su sentido un albañil, por ejemplo.
- No se puede
tratar a los compañeros como si fueran bestias ignorantes, hay que darle
calidad.
- No es esa la
cuestión, nuestra revista va dirigida a un amplio espectro de personas, pero
más en particular a los campesinos y a los obreros de las fábricas y talleres,
y la mayoría si ya. Por fortuna, en nuestros días no son analfabetos lo que
también es cierto es que no han tenido demasiadas ocasiones de poder
familiarizarse con las lecturas cultas.
- Más a mi
favor, nosotros tenemos el deber de facilitarles esa oportunidad que no
tuvieron nunca.
- Sí, pero
pasito a pasito, con mucha tranquilidad. Si a una persona que lleva varios días
hambriento le haces comer de golpe un grasiento lechón lo más probable es que
pille una indigestión de muerte. Estas cuestiones intelectuales hay que
tomarlas con mucha calma si queremos que los compañeros se vayan aficionando a
leer.
- En resumen,
que el cuento no se publicará.
- Tú deducción
no es del todo exacto. Claro que se publicará, tiene un argumento muy
interesante, pero despacio, con mucha tranquilidad, a página por número de la
revista.
- Lo que
significa que tardará en estar publicado por completo más de un año.
- Tampoco hay
que ser tan estricto, he dicho una página por dar un número bajo, en algunas
ocasiones se podrá disponer de dos páginas y hasta de tres…
- Lo había
dividido en tres partes para que saliera a la luz en el mismo número de
entregas. Cuando lleguemos al final nadie se acordará de cómo comenzó el
relato.
- El que se
enganche con su trama lo seguirá hasta el final, por eso no te preocupes, pero
aquí no estamos ni para hacer lo que nos place ni para estructurar componendas
entre nosotros. Reconozco la calidad de tu escrito pero no olvides que estamos
al servicio del Pueblo, así que en todo momento debemos hacer lo que resulte
más conveniente para estar acordes con nuestros programas.
- ¿Luego…?
-Luego en este
número la página que tenía decidida como presentación, entre otras razones
porque ya lo tenemos cerrado, y en el próximo número haremos lo posible por
encontrar el espacio necesario para que se incluya el resto de la primera
parte.
Ante esa promesa
el ceño del escritor se distendió.
- Está bien,
seré realista y esoy seguro de que harás lo imposible porque sea así.”
- Otros lucharon
más que yo -explicó Pepe-, algunos hasta sufrieron encarcelamientos y otros se
dejaron el pellejo en el camino. No es que pretenda que se les rinda culto a los
mártires, ni siquiera que haya que considerar como tales a los que perdieron la
vida o la libertad en la lucha, pero un poco más de reconocimiento hacia su
entrega por parte de la ciudadanía tampoco estaría de más. En todo hay que
tener suerte en este perro mundo, unos caen y otros siguen adelante, y los más
nos cansamos y abandonamos la labor al comprobar cómo los esfuerzos realizados
no sirven para gran cosa.
- Ya tenemos la
ansiada democracia y hasta un gobierno socialdemócrata.
- En tu caso te
debes de sentir muy a gusto con la situación política actual.
- Nunca he
tenido grandes motivaciones políticas, lo confieso, pero tampoco he recibido
una educación que me haya favorecido el tenerlas, en el instituto, como ya
sabes, no se hablaba de los temas sociales para nada, y no lo digo a modo de
disculpa sino como constatación de una realidad.
- El curso en
que nos conocimos desde luego que no, pero al año siguiente fue todo muy
distinto, nos llegó la resaca del Mayo Francés y hubo buenos líos hasta en nuestro
mismo instituto. Invitamos a un profesor de la universidad para que diera en el
salón de actos una charla sobre un tal Mao Zedong, y no sólo la prohibieron
sino que la pasma intentó detener a los delegados de curso. Algunos, como era
mi caso, sólo sabíamos del tal personaje que era el dirigente de un lejano país
y que escribía versos. A partir del revuelo que se armó algunos comenzamos a
interesarnos por su figura, y de él saltamos a otros pensadores políticos, y
según íbamos conociendo más a fondo la cuestión en mayor grado nos íbamos
preocupando por los problemas sociales. Una vez más se cumplió la gran
contradicción que tienen las represiones que acaban por fomentar aquello que
pretenden erradicar.

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