domingo, 21 de abril de 2013

Entrevista Tercera - Capítulo 8



CAPÍTULO 8

         Bastaban un par de cajones de embalar como tarima y cuatro estandartes al viento de la desapacible tarde invernal. El orador no prepara sus discursos porque para soltar diatribas contra cualquier gobierno no es necesario ser un Séneca. Siempre hay algunos curiosos que forman círculo y se aprovecha la ocasión para vender la prensa con la tinta aún fresca. El asesinato de los abogados laboralistas tuvo lugar a pocos pasos de allí. Rompen el sólido aire de la plaza las sirenas policiales y se deshace el tabanque. Tirso de Molina sigue enhiesto en su pétreo pedestal y la gente forma cola ante la parada de los autobuses. Los supuestos sediciosos se reconfortan del frío pasado en “La Madrileña” con un chocolate hirviendo y unos churros recién hechos.


          La frialdad con que me confesaba la lealtad a nuestro amor adolescente me desarmaba y preferí cambiar de tema.
         - Tal vez no lograrais cambiar la sociedad, esa es una cuestión casi imposible, pero desde luego no se os puede reprochar el haberlo intentado, al menos en tu caso, llegaste hasta a participar activamente en la lucha sindical, si es cierto lo relatado por Thérèse respecto a la revista clandestina.

         “Ceremonia reiterativa y casi sagrada era la confección de cada nuevo número de la revista. Se sentían como alquimistas de la Edad Media dentro de aquel sótano húmedo y cerrado con las paredes acolchadas con gruesas láminas de corcho para impedir que el ruido de la máquina impresora saliera al exterior. Allí también se imprimían los panfletos y carteles de la organización sindicalista. Juan, con su larga trayectoria de activista entremezclada con estancias en casi todas las cárceles, presidios y penales del país, era quien llevaba la dirección de las publicaciones. Se releía todos los artículos, corregía las pruebas, estaba atento a todo y a todos. Llevaba, en resumen, una actividad frenética.

      Luego estaba Valentín, el fotógrafo, un simpático vejete que tenía un estudio fotográfico en Vallecas; bodas, comuniones y bautizos eran la fuente principal de ingresos de su negocio, en evidente contradicción con su ateísmo militante. Y el resto de la redacción estaba compuesto por Rosendo, un guitarrista de rock que por aquellas fechas se ganaba la vida en trabajos eventuales de peón en la construcción, y Fonso. Éste era para los otros un intelectual, un joven que tenía acceso a la universidad, a los cerrados claustros de los burgueses.

         La máquina impresora era puesta en funcionamiento por Ángel, un muchachote alto, desgarbado y un poco cargado de espaldas con el que apenas si tenían ellos contacto, porque el ruidoso artefacto sólo podía ponerse en marcha en pleno día, cuando el fragor del tráfico de la populosa calle y el pesado runruneo de las industrias vecinas acallaba cualquier otro sonido.

        - ¡Ya está compuesta la página! -gritó Fonso con entusiasmo aireando en alto el papel.

          Juan se acercó hasta el tablero donde estaba y revisó la página con detenimiento. Valentín se unió a la pareja.

           - ¿Es éste el espacio que dejas para la foto?, parece un poco pequeño.

        - Lo que importa de este artículo es el texto, el cromo será tan sólo un adorno explicó Juan.

         - Buscaré algo apropiado en mi archivo, tengo miles de imágenes de grises pegando a manifestantes -exageró Valentín.

         - Sería más conveniente una en la que se viera aun guardia con la fosca en la mano y a punto de disparar -sugirió Fonso.

         - De esas tengo muy pocas, cuando los veo adoptar esa actitud hago lo posible por esconderme en donde puedo para no servirlos yo de blanco, ya me dispararon bastante durante la guerra. ¡Tres agujeros llevo en el pellejo!

        - Ya se los enseñaste el otro día -le frenó Juan, pues el fotógrafo ya hacía ademanes de quitarse la chaqueta para mostrar una vez más lo que él consideraba sus trofeos de guerra-, estate quieto. Me parece muy buena la idea de Fonso, así se pondrán de manifiesto con mayor viveza los métodos que emplea el régimen en su represión de las reivindicaciones obreras.

         - Está página también está acabada -dijo Rosendo mientras se acercaba al grupo-, y no necesita que se le busque una foto, ya le pondré alguna litografía recogida de mis revistas de rock.

         Juan cogió el papel que le entregaba el muchacho y lo observó con su característica meticulosidad.

     - La página está muy bien compuesta pero sigo teniendo mis dudas sobre la conveniencia de incluir en una revista revolucionaria un artículo sobre música moderna.

          - ¡Creí que ya estaba discutido el tema! -exclamó Rosendo.

          - El rock es la música revolucionaria de nuestros días -aseguró Fonso- y tiene tanta fuerza como en su tiempo la tuvo una sinfonía de Beethoven.

       - No hagáis comparaciones odiosas, por favor -intervino Valentín al tiempo que alzaba su mano derecha para dar mayor énfasis a sus palabras. El que la metralla hubiera convertido su mano en un muñón la conferían un grado de autoridad muy respetable. Pero el fotógrafo había topado con jóvenes tan antiautoritarios como él mismo y no les iba a coartar su libertad de expresión ningún muñón, por muy respetable que fuera.




         - Si Beethoven viviera hoy compondría canciones como el “Píntalo Negro” de los Stones, música que rompe con todo -especuló Rosendo.

         - He de reconocer que si alguna vez he oído esa canción no lo recuerdo, porque todas me parecen iguales -medió Juan en la discusión generacional-, pero también hemos de reconocer, Valentín, que si hay un tipo de música que nuestros compañeros más jóvenes defienden como combativa y revolucionaria nuestra propia ignorancia sobre el tema no puede anatemizarla. Por otra parte también leen la revista muchos jóvenes y les gustará comprobar que nuestra publicación se identifica con sus predilecciones musicales.

        Valentín se encogió de hombros. No estaba de acuerdo pero respetaba hasta lo indecible cualquier opinión de su camarada Juan. Le había visto en el penal escribir panfletos a la débil luz de una vela fabricada con grasa de sebo del rancho, también le había visto encaramado sobre los tejados cuando aquel intento de fuga en el que él no pudo participar a causa de su mutilación. Juan era un hombre de ideas muy claras, por eso lo habían elegido los compañeros como responsable de las publicaciones, y él acataba sus decisiones aunque no las compartiera.

           - Entonces, ¿compongo la siguiente? -preguntó Rosendo.

        - Claro -confirmó Juan-, si la cuestión estaba ya debatida no hay ninguna razón para volvernos ahora atrás. Las indecisiones son casi siempre más nefastas que las meteduras de pata. Una equivocación puede corregirse pero la indecisión sólo sirva para perder el tiempo. Hay que seguir avanzando siempre hacia delante, continuar sin desmayos por la senda trazada hasta llegar a nuestro objetivo.

         - Hablas como un Kropotkin -le palmeó con su izquierda la espalda Valentín-. Me vuelvo a mi trabajo que como sigamos de chachara se nos muere el dictador antes de que tengamos este número en los tajos -y haciendo propaganda por la acción se reintegró a su labor sin más dilación. Rosendo lo imitó y volvió a su banco. Juan también iba a hacer lo propio pero Fonso lo retuvo con una pregunta.

         - ¿Leíste el cuento que te entregué?

         - Sí, y me parece una literatura muy buena -contestó Juan.

         - ¿Sólo te parece “literatura”?

         - Si me permites que me exprese con sinceridad te diré que lo encuentro demasiado retórico. A eso es a lo que llamo literatura.

         - Es lo que trataba de lograr cuando lo escribí, hacer literatura. Pero, un momento, no de cualquier tipo: literatura de clase.

         - Sí, el tema sobre el que versa es social, pero el lenguaje es muy refinado, no es fácil que llegue a entender su sentido un albañil, por ejemplo.

         - No se puede tratar a los compañeros como si fueran bestias ignorantes, hay que darle calidad.

        - No es esa la cuestión, nuestra revista va dirigida a un amplio espectro de personas, pero más en particular a los campesinos y a los obreros de las fábricas y talleres, y la mayoría si ya. Por fortuna, en nuestros días no son analfabetos lo que también es cierto es que no han tenido demasiadas ocasiones de poder familiarizarse con las lecturas cultas.

         - Más a mi favor, nosotros tenemos el deber de facilitarles esa oportunidad que no tuvieron nunca.

         - Sí, pero pasito a pasito, con mucha tranquilidad. Si a una persona que lleva varios días hambriento le haces comer de golpe un grasiento lechón lo más probable es que pille una indigestión de muerte. Estas cuestiones intelectuales hay que tomarlas con mucha calma si queremos que los compañeros se vayan aficionando a leer.

         - En resumen, que el cuento no se publicará.

        - Tú deducción no es del todo exacto. Claro que se publicará, tiene un argumento muy interesante, pero despacio, con mucha tranquilidad, a página por número de la revista.

          - Lo que significa que tardará en estar publicado por completo más de un año.

         - Tampoco hay que ser tan estricto, he dicho una página por dar un número bajo, en algunas ocasiones se podrá disponer de dos páginas y hasta de tres…

         - Lo había dividido en tres partes para que saliera a la luz en el mismo número de entregas. Cuando lleguemos al final nadie se acordará de cómo comenzó el relato.

          - El que se enganche con su trama lo seguirá hasta el final, por eso no te preocupes, pero aquí no estamos ni para hacer lo que nos place ni para estructurar componendas entre nosotros. Reconozco la calidad de tu escrito pero no olvides que estamos al servicio del Pueblo, así que en todo momento debemos hacer lo que resulte más conveniente para estar acordes con nuestros programas.

         - ¿Luego…?

         -Luego en este número la página que tenía decidida como presentación, entre otras razones porque ya lo tenemos cerrado, y en el próximo número haremos lo posible por encontrar el espacio necesario para que se incluya el resto de la primera parte.

         Ante esa promesa el ceño del escritor se distendió.

         - Está bien, seré realista y esoy seguro de que harás lo imposible porque sea así.”

        - Otros lucharon más que yo -explicó Pepe-, algunos hasta sufrieron encarcelamientos y otros se dejaron el pellejo en el camino. No es que pretenda que se les rinda culto a los mártires, ni siquiera que haya que considerar como tales a los que perdieron la vida o la libertad en la lucha, pero un poco más de reconocimiento hacia su entrega por parte de la ciudadanía tampoco estaría de más. En todo hay que tener suerte en este perro mundo, unos caen y otros siguen adelante, y los más nos cansamos y abandonamos la labor al comprobar cómo los esfuerzos realizados no sirven para gran cosa.
         - Ya tenemos la ansiada democracia y hasta un gobierno socialdemócrata.
         - En tu caso te debes de sentir muy a gusto con la situación política actual.
     - Nunca he tenido grandes motivaciones políticas, lo confieso, pero tampoco he recibido una educación que me haya favorecido el tenerlas, en el instituto, como ya sabes, no se hablaba de los temas sociales para nada, y no lo digo a modo de disculpa sino como constatación de una realidad.
         - El curso en que nos conocimos desde luego que no, pero al año siguiente fue todo muy distinto, nos llegó la resaca del Mayo Francés y hubo buenos líos hasta en nuestro mismo instituto. Invitamos a un profesor de la universidad para que diera en el salón de actos una charla sobre un tal Mao Zedong, y no sólo la prohibieron sino que la pasma intentó detener a los delegados de curso. Algunos, como era mi caso, sólo sabíamos del tal personaje que era el dirigente de un lejano país y que escribía versos. A partir del revuelo que se armó algunos comenzamos a interesarnos por su figura, y de él saltamos a otros pensadores políticos, y según íbamos conociendo más a fondo la cuestión en mayor grado nos íbamos preocupando por los problemas sociales. Una vez más se cumplió la gran contradicción que tienen las represiones que acaban por fomentar aquello que pretenden erradicar.
        

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