CAPÍTULO 9
Forman una fila
de varios cientos de metros a la sombra de los altos muros de ladrillo. Ha
llovido la noche anterior y el camino de tierra es un lodazal. La mayoría son
mujeres y llevan capachos bien repletos que cubren con un paño. No hay visita
todos los días en la cárcel de Carabanchel y hay que aprovechar estas ocasiones
para llevar al pariente o al amigo cuanto se ha podido reunir durante la
semana. A través de la tupida rejilla metálica tal vez se podrá pasar un
billete de cinco duros bien liado si el funcionario de turno no está muy
atento. Hay rejas por todas partes y las galerías del panóptico tienen un
peculiar olor a leche agria.
- El caso es que
has combatido bravamente por el cambio social y por ello, en un momento dado,
hasta te tuviste que marchar una temporada del país.
- Sí, me vino de
perilla que la boda de Julián se celebrase en Paris, porque ya aproveché el
viaje para permanecer una temporada en el extranjero. Había muy malas
vibraciones por estos lares en aquellos días.
- Lo que no
queda claro en la novela es si te marchaste hacia Ámsterdam o a Londres.
- En un
principio pensaba ir a Holanda porque los compañeros me habían proporcionado
algunos contactos allí, pero durante la pintada de un tren en la tarde del 27
de septiembre trabé amistad con un muchacho vasco que se iba para Londres y que
conocía personas que nos proporcionarían trabajo a ambos. Y así fue, estuvimos
vendiendo “perritos calientes” y hamburguesas con cebolla por las calles
londinenses hasta que “el Viejo” la diñó. Aquella es una ciudad maravillosa y te
puedes encontrar con los tipos más raros que te puedas imaginar. Al haber sido
durante siglos capital del extenso imperio británico hay personas de múltiples
etnias llegadas desde los cuatro puntos cardinales. En el Hyde Park topé con un
joven estudiante de raza negra leyendo el Quijote en castellano, aunque él
sostenía que estaba escrito en latinoamericano. Y me sorprendió bastante porque
nunca he encontrado por aquí a nadie leyendo el Ulysses en un jardín.
- Una estancia
dichosa, pues.
- Mejor la calificaría
de entretenida y llena de aprendizajes.
Dado el trabajo que teníamos la comida no faltaba aunque una dieta de
salchichas prolongada puede ser bastante cansina y poco vitaminada, pero
también recurríamos a intercambios con otros vendedores ambulantes. Vivíamos en
una gran mansión de esas típicas de allí con su patio en semisótano que dirigía
un tal Emmanuel, un hindú, y en ella habitaban personas de todas las razas y
nacionalidades, una especie de pequeña babel. Fue una experiencia estupenda
para ampliar el sentido de la comprensión entre los humanos, lo que siempre es
recomendable. Las muchas conversaciones que mantuve con Iñaqui, que tal era el
nombre de mi compañero de viaje, me hicieron ver el problema euskaldún desde una
perspectiva muy diferente a como se le suele contemplar desde la Meseta. Es una
lástima que a ningún gobierno le de por dialogar con un sentido de igualdad con
personas como Iñaki, porque sin duda se hubieran dado cuenta hace ya tiempo que
enfocaban mal la cuestión.
- El terrorismo
es incalificable e intratable.
- Pero no surge
por generación espontánea, como nada en este mundo, sino que suele ser el
resultado de una incomprensión y no un punto de partida. Este muchacho era en
su trato corriente la persona más pacífica y alegre que he conocido, y no sé
hasta qué punto habría participado o participaría después en la lucha armada
porque desde entonces no he vuelto a saber nada de él, pero tenía la convicción
de que su patria se encontraba invadida por un ejército extranjero, y para que
un chaval como él llegue a formarse una opinión así debe haber seguido un largo
proceso de constatación de hechos reales. El problema está en que todos los
estados fomentan eso que se llama el orgullo nacional hasta convertirlo en un
absurdo culto que en ocasiones se transforma en odio hacia todas las demás
naciones. Y del odio al asesinato sólo hay un paso.
- Que por
fortuna no da todo el mundo.
- Si se pudiera
matar con el pensamiento no sé si quedaría alguno para contarlo.
- Bueno, nos
estamos enredando con ese tema -me sentía incómoda hablando sobre aquello y no
avanzábamos en la cuestión que me interesaba-. ¿A tú regreso te instalaste en
el apartamento de Nando?
- Sí, casi nada
más volver. Tuve problemas con mi familia. Ellos siempre habían sido de
izquierdas, pero de una forma muy moderada, en la medida en que se consideraban
como tales todos los derrotados en la guerra civil, suponiendo que una pelea de
ese tipo pueda haber vencedores y vencidos. Bien, durante mi ausencia había ido
la policía a pedir informes a mi domicilio familiar y aunque no llegaron ni a
plantear el hacer un registro mis padres se alarmaron. No entendían mis
posturas radicales y yo no estaba dispuesto a prescindir de mis actividades
sociales en un momento en que se palpaba que todo era muy favorable al cambio
político y social, así que opté por lo que consideré mejor para su tranquilidad
y para mi libertad de acción. Algunas traducciones me fueron dando para vivir y
pude continuar estudiando. El palo fue cuando al curso siguiente me obligaron a
ir a la “mili”, aquello no entraba en mis proyectos y estuve tentado en
volverme a marchar aunque técnicamente me hubiera convertido en un desertor.
- Porque cortó
una etapa muy feliz para ti disfrutando de la compañía de Miriam y de Nando.
- Más que feliz
fue equilibrada, y de una actividad inusitada y febril. Tenía la sensación de
que el tiempo no existía y de que a la vez se dilataba hasta lo ilimitado. Hubo
muchas manifestaciones y muchas carreras, y también muchas fiestas. Es muy
complicado poderlo explicar en pocas palabras. Casi representa el mismo
problema que elaborar una novela basando sus personajes en seres reales, nunca
se puede expresar todo cuanto se pretende. Se toma una serie de personas y se
les dota del carácter de personajes, pero hay otras muchas personas con quien
se relacionan los escogidos y que
también tienen una influencia decisiva en cierto momento de sus vidas. Por
ejemplo, a Nando le golpeó mucho la fuerte personalidad de Milán. Era éste un
joven sueco, alto, rubio y pecoso, que había venido a Madrid a aprender la
guitarra flamenca. Se había enamorado de una bailadora a la que acompañaba con
su música en un tablao, pero ella no le hacía el menor caso porque estaba
perdidamente prendada de su marido, uno de los palmeros del cuadro folclórico,
que era un tipo borracho, mujeriego y pendenciero, mientras que nuestro amigo
era un dechado de virtudes. Estas cuestiones impresionan a cualquiera, y mucho
más a una persona dotada de una gran sensibilidad, como era el caso de Nando.
Thérèse nunca llegó a conocer a nuestro amigo sueco, y es probable que ninguno
de nosotros la hablásemos nada referente a su existencia. Es una laguna que
considero muy fundamental en la novela, porque este hombre reveló a nuestro
compañero unos aspectos de la vida y el arte muy peculiares. Soy testigo
directo de que en unos pocos días surgieron en el piano de Nando acordes con un sabor a
pena, misterio y sensualidad como jamás se los había escuchado antes. Y no eran
una copia de los extraños compases flamencos ni mucho menos, de ellos había
extraído el sentimiento y lo había reciclado en una notación muy diferente.
Mejor dicho, el sentimiento no lo había bebido de la música que interpretaba
Milán sino de la tragedia personal de nuestro amigo… Pocas semanas después
Nando hizo un corto viaje a Marruecos.
- ¿Qué fue del
tal guitarrista?
- Un día
desapareció y no volvimos a saber más de él. Tal vez se cansara de cortejar a
la ingrata bailaora y se volviera a su tierra, o tal vez… pero es lo mismo, se
trataba tan sólo de poner un ejemplo entre otros muchos, la clave de las
decisiones que toma una persona en un momento dado siempre estarán ocultas para
los demás. ¿Por qué una persona sueña con peces y otra que duerme a su lado y
comparte su vida cotidiana con canicas? Después de los trabajos de Freud y de
Reich, entre otros, muchos se han interesado por el tema del subconsciente,
pero la sicología es todavía una ciencia en mantillas y hasta el momento no
pasa de cuantificar y diagnosticar.
- Se ha dado un
gran paso adelante.
- Sí, pero aún
esa buena zancada es insuficiente. Si no puedo mover esta mano y sufro grandes
dolores cuando lo intento cualquier especialista en traumatología me examinará
con el tacto el antebrazo y me podrá diagnosticar de que problema se trata y
cuál es la causa que lo produce. También existe ya una medicina preventiva para
las enfermedades del cuerpo que aconseja sobre las dietas que tengo que seguir
y los esfuerzos que no debo realizar si deseo no tener jamás el problema en la mano…
y todavía no se ha llegado a concebir esa parte de la medicina que prevenga
contra las enfermedades del alma.
- Siempre ha
habido remedios seguros para encontrar el equilibrio anímico: la religión, las
buenas costumbres…
- Es muy
sencillo cauterizar las zonas del cerebro necesarias para que una persona no
sufra, pero inmediatamente deja de ser una persona para convertirse en una
planta, suponiendo que los vegetales carezcan de alma, lo que todavía está por
demostrar. Aunque tal vez con el tiempo…
Su alusión al
tiempo me hizo reparar en lo avanzado de la hora y me quedé estupefacta. La
mañana había pasado volando y había acordado con Marina en recoger yo a los
niños del colegio. Se lo expliqué a Pepe.
- …Y la
entrevista aún está a medias, tenía preparadas algunas preguntas más para
formularte, tal vez nos podríamos encontrar más tarde.
- Sea cual sea
el tratamiento que en la novela se da a mi trasunto siempre habré de estarle
agradecido a Thérèse por darme la oportunidad de volver a encontrarte.
- Puede que sea
su destino, no tener una vida propia sino proporcionársela a los demás. Un
destino de escritor, llegar a la luna sin salir de un apartamento
pequeño-burgués, como el célebre caso de Julio Verne.
- Hubiera sido
mucho más bonito que nuestro encuentro se hubiera producido de una forma
casual, sin que lo hubieran forzado circunstancias externas.
- Las cosas
hermosas no suelen ocurrir en este mundo más que en los sueños, o en ese remedo
de los sueños que es el cine. Lo más probable es que si nos hubiéramos cruzado
por la calle ni nos hubiéramos reconocido.
- ¿Quién sabe?
Podría haber ocurrido un accidente, un simple tropezón en una baldosa de la
acera levantada que nos hubiera dado motivo para hablar y llegar a través de la
conversación a reconocernos… Sería muy divertido jugar a algo así. Hacer un
paréntesis con cuanto nos sucedió desde anoche, no quedar citados para
continuar nuestra charla en un lugar determinado ni a una hora concreta, sino
dejar que sea el azar quien realice el trabajo.
- Veo que sigues
amando el juego como en los viejos tiempos en que formasteis el grupo.
- Me siento como
renacido y con muchas ganas de vivir. Sí, tú no tienes que hablarme para nada
ni de la novela ni de que te proponía hacerme una entrevista, sólo formularme preguntas
referentes a mi pasado, lo que es natural en dos personas que llevan una larga
temporada sin tratarse. ¿De acuerdo?
- De acuerdo con
reservas, siempre quiero tener la posibilidad, en caso de que el azar no quiera
colaborar con la labor que le vamos a asignar, de telefonearte y concertar una
cita en firme para otro día, porque no olvides que este es mi trabajo y que
tengo que acabar de escribir el artículo si no quiero perder mi empleo.
- Supongo que el
destino no tendrá ningún inconveniente en que se le haga alguna pequeña trampa
en caso de extrema necesidad, pero estoy convencido de que no será preciso,
para eso tenemos la comunicación telepática, para que cada cual dirija los
pasos del otro hasta coincidir en un punto de reunión.
- No creo que yo
esté dotada de esos poderes extrasensoriales.
- Según afirman
los expertos en mayor o menor grado los poseemos todos, lo que pasa es que son
muy pocos los que intentan ponerlos en práctica. ¿A partir de qué hora te
quedarás libre?
- Esta tarde
tengo que pasar al papel algunas anotaciones que he ido guardando “in mente”,
luego está la cena de los niños, dejar dadas instrucciones a Marina… pongamos
que a partir de las ocho y media.
- Acotaremos un
poco el terreno para facilitar el encuentro, entre Colón y Cibeles pasa al cabo
del día medio Madrid.
- Perfecto. Mira
por allí viene un taxi. ¡Hasta luego! -y le besé en la mejilla antes de salir
corriendo a parar el automóvil. “Si es que es cierto que funciona eso de la
telepatía”, pensé para mí.
- ¿Te podía
haber acercado hasta tu casa! -le oí gritar mientras me metía en el taxi.
Miré hacia atrás
cuando el vehículo se puso en marcha. Pepe se iba haciendo pequeño, diminuto,
me lo imaginaba con un gorrito blanco de cocinero sobre la cabeza entre rojos
autobuses de dos pisos empujando un carrillo humeante por las calles de
Londres.

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