jueves, 18 de abril de 2013

Entrevista Tercera - Capítulo 6



CAPÍTULO 6

         Apoya su codo izquierdo sobre una columna clásica truncada y cruza sus piernas bajo una levita de bronce verde en una actitud displicente. Descansa Pushkin en el calor de la tarde veraniega mientras los niños corretean a su alrededor y sus papás arrojan miguitas de pan a los patos del estanque que duplica la imagen del poeta. Sus horas de felicidad llegan después, cuando se cierran las verjas del parque y la luna pinta sus blancas astas menguantes sobre la negra pizarra del firmamento. Las parejas de enamorados saltan las tapias del jardín para arrullarse sobre el verde y fresco pasto. Los ventanales convexos del “Pirulí” son múltiples ojazos de una ancha y monstruosa cabeza que se eleva sobre el vergel con vocación de rijoso mirón, pero los árboles son frondosos y el amor es invisible. Los pavos reales también se arrullan en las ramas y su colorido plumaje se confunde con la noche estrellada.



         Enredados en esta plática el vehículo nos condujo hasta el estanque de la Casa de Campo, que dadas las pocas extensiones acuáticas de que puede disfrutar la ciudad se le da la categoría y denominación de Lago. No había apenas personas por los alrededores y cuando descendimos del “Dos Caballos” comenzamos a caminar entre las encinas. Fue espontáneo y natural que nos cogiéramos de la mano como dos colegiales.
         - Nunca habíamos estado juntos aquí -pensé en voz alta.
         - Cierto, nuestro amorío fue tan breve como urbano. A lo más que llegamos a pasear entre árboles fue por el Retiro.
         - Los amoríos breves son los más bellos.
         - Sí, y también los más intrascendentes. No he debido emplear esa palabra porque no es la apropiada, ya que lo nuestro, al menos  por mi parte era un amor sincero.
         - Mientras duró también lo fue por la mía, pero no dejó de ser un agradable juego de niños.
         - A veces un juego infantil te deja marcado para toda la vida. A través de los años siempre te he llevado en el pensamiento como un recuerdo precioso e imprescindible.
         - No me irás a contar ahora que todavía sigues enamorado de mí, sería difícil de creer.
         - El cerebro es como una roca de granito. El agua de la vida resbala sobre él sin afectarle de forma perceptible, pero a veces la gota que cae durante un cierto tiempo llega a producir una pequeña concavidad, y en este mínimo hoyito el agua permanece estancada aún un espacio aunque haya dejado ya el manantial de fluir. Este líquido llegará a evaporarse con el tiempo pero la concavidad permanecerá de modo perenne. Y otra nueva agua se remansará en ella y acentuará la horadación para evaporarse as u vez, y así sucesivamente. Tú fuiste el primer manantial que horadó en mis emociones el hueco del afecto amoroso y la concavidad permanece. Llegué a componer algún poema en honor a ello y a ti algunos años después.
         - Nunca pensé que aquello sería para tanto. No sé si creerte o lo dices sólo por alagarme.
         - Podría recitarte alguno de memoria.
         - Hará poco que lo releíste.
       - Tienes razón -me miró sonriente-. Nunca me ha gustado hacer trampas ni en el juego ni en la vida. Ya los tenía olvidados y no me acordaba ni en donde había guardado el viejo cuaderno en que estaban escritos. Pero anoche lo busqué y logré encontrarlo. Este lo recordé con sólo echarle una ojeada:

                            Primer amor, entre brumas
                                                permanentes,
                            y en la noche esa constante                                                                                                       pesadilla
                            en remanso se transforma
                            cuando irrumpes en los sueños
                            con tu carga infinita de dulzuras
                            y arrancas los dolores y las fiebres
                            con caricias impensables de ese bálsamo
                            que posa en el fondo de las nubes,
                            sutil seda, algodones de azucenas,
                            que entre piélagos horrendos
                            agiganta su pureza
                            que desgajan y atormentan
                            las cumbres del Guadarrama.

                            Solamente tu recuerdo
                            (cómo nieve van cayendo
                            apósitos de vivencias
                            en la herida insondable
                            que una tarde he abierto
                            para no morir de ausencias)
                            le consuela del descielo
                            (sin adioses ni condenas,
                                               sin quererlo,
                            cayó la losa y te pierdo)
                            de la inmaterial fragancia
                            de tu silente presencia.

         Lo había recitado mirando hacia la copa de un frondoso roble, como si los versos hubieran estado escritos entre sus ramas. Sólo al llegar al último bajo la vista hasta encontrase con mis ojos.
         - Es muy bonito -dije llena de dicha.
         - Tal vez sea un poco blando y demasiado subjetivo.
         - La poesía siempre es subjetiva.
         - Pero sólo adquiere un auténtico valor cuando los sentimientos que canta se pueden universalizar.
       - Como en tu metáfora sobre la gruta que produce en el cerebro de todas las personas el sentimiento amoroso.
         - Exacto.
         - Una cueva que en tu caso ensancharía Thérèse.
         - En la misma medida que otras personas lo hicieron antes que ella y otras después.
         - Un corazón amplio.
         - El ejercicio aumenta la capacidad torácica. Eso al menos opinan los entrenadores deportivos -bromeó él.
         - Me reprochas que también mi corazón sea amplio -sonreí mirándole con dulzura.
         - “No habrá reproches ni olvido” -tangueó Pepe, y Charo se hizo presente y tangible entre nosotros.
         - Tu compañera te ha aficionado a los tangos.
         - No, a ella no le agradan demasiado, prefiere las milongas con contenido social. Son los santiaguinos los que siempre están escuchando y tarareando música de por allá, lo mismo les da que sea chilena que argentina o venezolana, tienen mucha añoranza. Charo se ha sabido adaptar mucho mejor a la vida de aquí, aunque eso no ha impedido que a la primera oportunidad que se le presentó haya emprendido un viaje hacia sus lares. Toda la familia, excepto el padre, permanecen allí, y además tenía muchas ganas de comprobar por sí misma como sentaban los buenos aires de la democracia a su pueblo.
         - Háblame de ella, llevamos toda la mañana platicando sobre mí.
         - Es una persona encantadora y muy sensible, todo el mundo que la conoce simpatiza con ella. Me sabe entender muy bien, lo que no es nada fácil, porque la verdad es que tengo que reconocer que mi carácter es bastante complicado. Podría decirse que dentro de mí conviven dos personas: una que es expansiva, abierta a todo y a todos, y otra reconcentrada, encerrada en sentimientos y pensamientos subjetivos, y ambas van surgiendo alternativamente sin previo aviso, en ciertos momentos hablo por los codos y unos minutos después tienen que sacarme las palabras con sacacorchos.
      - Eso nos pasa un poco a todas las personas en mayor o menor grado, tenemos altibajos, nuestras exaltaciones y nuestras depresiones.
         - Ella no, de una forma apreciable, siempre camina por una línea horizontal como si fuera un funambulista que marcha sobre la cuerda floja, resulta un excelente complemento para mis desequilibrios, y supongo que mi personalidad debe de producir en ella unos efectos similares aunque de signo opuesto, siguiendo con el símil cirquense yo sería una especie de trapecista, quieto y concentrado sobre la plataforma para un momento después ponerse a dar piruetas por el espacio.
         - Espero que trabajes con red -bromeé yo.
      - Hasta el presente no me he dado demasiados batacazos -me siguió la chanza-, además suelo actuar muy cerca del suelo, el tiempo de volar alto ya quedó atrás. Se comienza imitando a las águilas y se van rebajando progresivamente las ambiciones hasta que nos conformamos con ser simples monos titiriteros. Ya ves que hiciste muy bien en romper conmigo, creo que a la larga no hubiéramos sido una pareja feliz, es muy complicado convivir con una persona que se siente al mismo tiempo gavilán y paloma.
         Nos sentamos sobre la hierba apoyando las espaldas sobre el grueso tronco de un carpe frondoso.
         - La normalidad debe consistir en eso, en ser unas veces león y otras conejo según aconsejen las circunstancias y las propias expectativas vitales. Pero estás equivocado en insistir en que fui yo quien rompió nuestra relación, como muy bien has reflejado en tu poema no hubo ninguna ruptura, nos separamos porque todo cuanto nos rodeaba invitaba a hacerlo, éramos demasiado jóvenes. Te tenía mucho afecto, de verás, fuiste el primer hombre en mi vida y eso es algo que jamás se olvida. Pero por aquel entonces estaba convencida de que no me querías, que estabas conmigo porque cada compañero se buscaba una pareja para tener con quien estar en los guateques.
         - Me enamoré de ti desde la primera vez que te vi, ¿no lo notaste?
      - Sí, me mirabas de una manera muy especial y te sentías muy cohibido en mi presencia al principio, yo también hacía muchas tonterías aunque fingiera no hacerte mucho caso; había otros compañeros de curso que me gustaban más, tenían un mayor atractivo físico o se mostraban más desenvueltos que tú, que sé yo… Pero me quedé prendada de ti en aquella ocasión en que nos defendiste de unos gamberros que nos importunaban a mis amigas y a mí. Te comportaste como un auténtico héroe cinematográfico.
        - ¡Menudo puñetazo que me dieron en un ojo! -exclamó Pepe recordando aquel evento.
         - Tú también les pegaste una buena paliza.
       - Me da la impresión de que con el discurrir de los años has idealizado aquella escena y la has deformado por completo, si no llegan a intervenir mis amigos acabo aquella tarde en el hospital, eran unas malas bestias y pegaban como auténticos diablos.
         - Es posible que viéramos la situación de forma diferente, tú estabas en medio de la pelea y yo tan asustada que me tapaba los ojos, horrorizada por el fragor de la lucha. Lo cierto es que vosotros quedasteis dueños del campo y que los otros huyeron´, y que de allí partió nuestra relación.
         - Sí, fuiste una enfermera perfecta lavándome con sumo cuidado el ojo en aquella fuente, pero tus cuidados no impidieron que al día siguiente tuviera un buen moratón por toda la zona que lo rodeaba.
         - Te daba un aspecto muy interesante y yo era la envidia entre mis compañeras de clase. En el Instituto fue un suceso muy sonado aquella pelea.
         - Lo que encontré más hermoso y que me dejó anonadado fue el beso que me diste como recompensa a mi intervención. Era la primera vez que me besaba una chica en la boca y todavía recuerdo el escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, hasta me desapareció el fuerte dolor que tenía en el ojo.
         -No te vayas a creer, también era mi primer beso. Fue muy suave, tan solo un roce de labios.
        - Rozar tus labios con los míos era un sueño que deseaba realizar desde hacía meses. Un maravilloso sueño que se cumplió aquella dichosa tarde.
         Nuestras cabezas se habían ido aproximando poco a poco mientras conversamos y nuestras bocas acabaron por unirse.
         Éste fue un beso muy diferente al de antaño. Un beso animal en el que los dientes entrechocaban y las lenguas penetraban y se hacían dulces caricias. Rodamos por la hierba fundidos en un sólido abrazo. 

        Cuando abrimos los ojos estábamos exhaustos, sorprendidos y avergonzados, exangües aunque la sangre se nos agolpara en la cabeza, pesarosos de la felicidad alcanzada.
         - No debiste hacerlo -dije después de un largo silencio.
         - Ya sé que ha sido una tontería, pero lo necesitaba, necesitaba volver a sentir tu sabor… Te prometo que seré un buen chico -dijo mientras se levantaba y se sacudía el polvo mezclado con briznas de hierba. Luego me ofreció su mano para ayudarme a incorporarme.
         - Tampoco ha estado tan mal -admití al ponerme en pie-, pero sería mucho mejor para los dos que a partir de ahora nos portemos con la seriedad que requieren nuestras respectivas responsabilidades.
       - Ha sido un paréntesis breve y bonito. Deja que te sacudas la gabardina por detrás…
         - Haz el favor de mirar para otro lado que me voy a alisar las medias, y ya va siendo hora de que comencemos a hablar sobre el tema que nos ha reunido.
          - Sí, la novela -dijo con un tono despectivo-. Podríamos sentarnos a charlar en algún chiringuito y de paso tomamos el aperitivo.
        

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