CAPÍTULO 6
Apoya su codo
izquierdo sobre una columna clásica truncada y cruza sus piernas bajo una
levita de bronce verde en una actitud displicente. Descansa Pushkin en el calor
de la tarde veraniega mientras los niños corretean a su alrededor y sus papás
arrojan miguitas de pan a los patos del estanque que duplica la imagen del
poeta. Sus horas de felicidad llegan después, cuando se cierran las verjas del
parque y la luna pinta sus blancas astas menguantes sobre la negra pizarra del
firmamento. Las parejas de enamorados saltan las tapias del jardín para
arrullarse sobre el verde y fresco pasto. Los ventanales convexos del “Pirulí”
son múltiples ojazos de una ancha y monstruosa cabeza que se eleva sobre el
vergel con vocación de rijoso mirón, pero los árboles son frondosos y el amor
es invisible. Los pavos reales también se arrullan en las ramas y su colorido
plumaje se confunde con la noche estrellada.
Enredados en
esta plática el vehículo nos condujo hasta el estanque de la Casa de Campo, que
dadas las pocas extensiones acuáticas de que puede disfrutar la ciudad se le da
la categoría y denominación de Lago. No había apenas personas por los
alrededores y cuando descendimos del “Dos Caballos” comenzamos a caminar entre
las encinas. Fue espontáneo y natural que nos cogiéramos de la mano como dos
colegiales.
- Nunca habíamos
estado juntos aquí -pensé en voz alta.
- Cierto,
nuestro amorío fue tan breve como urbano. A lo más que llegamos a pasear entre
árboles fue por el Retiro.
- Los amoríos
breves son los más bellos.
- Sí, y también
los más intrascendentes. No he debido emplear esa palabra porque no es la
apropiada, ya que lo nuestro, al menos
por mi parte era un amor sincero.
- Mientras duró
también lo fue por la mía, pero no dejó de ser un agradable juego de niños.
- A veces un
juego infantil te deja marcado para toda la vida. A través de los años siempre
te he llevado en el pensamiento como un recuerdo precioso e imprescindible.
- No me irás a
contar ahora que todavía sigues enamorado de mí, sería difícil de creer.
- El cerebro es
como una roca de granito. El agua de la vida resbala sobre él sin afectarle de
forma perceptible, pero a veces la gota que cae durante un cierto tiempo llega
a producir una pequeña concavidad, y en este mínimo hoyito el agua permanece
estancada aún un espacio aunque haya dejado ya el manantial de fluir. Este
líquido llegará a evaporarse con el tiempo pero la concavidad permanecerá de
modo perenne. Y otra nueva agua se remansará en ella y acentuará la horadación
para evaporarse as u vez, y así sucesivamente. Tú fuiste el primer manantial
que horadó en mis emociones el hueco del afecto amoroso y la concavidad
permanece. Llegué a componer algún poema en honor a ello y a ti algunos años
después.
- Nunca pensé
que aquello sería para tanto. No sé si creerte o lo dices sólo por alagarme.
- Podría
recitarte alguno de memoria.
- Hará poco que
lo releíste.
- Tienes razón
-me miró sonriente-. Nunca me ha gustado hacer trampas ni en el juego ni en la
vida. Ya los tenía olvidados y no me acordaba ni en donde había guardado el
viejo cuaderno en que estaban escritos. Pero anoche lo busqué y logré encontrarlo.
Este lo recordé con sólo echarle una ojeada:
Primer amor, entre brumas
permanentes,
y
en la noche esa constante pesadilla
en
remanso se transforma
cuando
irrumpes en los sueños
con
tu carga infinita de dulzuras
y
arrancas los dolores y las fiebres
con
caricias impensables de ese bálsamo
que
posa en el fondo de las nubes,
sutil
seda, algodones de azucenas,
que
entre piélagos horrendos
agiganta
su pureza
que
desgajan y atormentan
las
cumbres del Guadarrama.
Solamente tu recuerdo
(cómo
nieve van cayendo
apósitos
de vivencias
en
la herida insondable
que
una tarde he abierto
para
no morir de ausencias)
le
consuela del descielo
(sin
adioses ni condenas,
sin
quererlo,
cayó
la losa y te pierdo)
de
la inmaterial fragancia
de
tu silente presencia.
Lo había
recitado mirando hacia la copa de un frondoso roble, como si los versos
hubieran estado escritos entre sus ramas. Sólo al llegar al último bajo la
vista hasta encontrase con mis ojos.
- Es muy bonito
-dije llena de dicha.
- Tal vez sea un
poco blando y demasiado subjetivo.
- La poesía
siempre es subjetiva.
- Pero sólo
adquiere un auténtico valor cuando los sentimientos que canta se pueden
universalizar.
- Como en tu
metáfora sobre la gruta que produce en el cerebro de todas las personas el
sentimiento amoroso.
- Exacto.
- Una cueva que
en tu caso ensancharía Thérèse.
- En la misma
medida que otras personas lo hicieron antes que ella y otras después.
- Un corazón
amplio.
- El ejercicio
aumenta la capacidad torácica. Eso al menos opinan los entrenadores deportivos
-bromeó él.
- Me reprochas
que también mi corazón sea amplio -sonreí mirándole con dulzura.
- “No habrá
reproches ni olvido” -tangueó Pepe, y Charo se hizo presente y tangible entre
nosotros.
- Tu compañera
te ha aficionado a los tangos.
- No, a ella no
le agradan demasiado, prefiere las milongas con contenido social. Son los
santiaguinos los que siempre están escuchando y tarareando música de por allá,
lo mismo les da que sea chilena que argentina o venezolana, tienen mucha
añoranza. Charo se ha sabido adaptar mucho mejor a la vida de aquí, aunque eso
no ha impedido que a la primera oportunidad que se le presentó haya emprendido
un viaje hacia sus lares. Toda la familia, excepto el padre, permanecen allí, y
además tenía muchas ganas de comprobar por sí misma como sentaban los buenos
aires de la democracia a su pueblo.
- Háblame de
ella, llevamos toda la mañana platicando sobre mí.
- Es una persona
encantadora y muy sensible, todo el mundo que la conoce simpatiza con ella. Me
sabe entender muy bien, lo que no es nada fácil, porque la verdad es que tengo
que reconocer que mi carácter es bastante complicado. Podría decirse que dentro
de mí conviven dos personas: una que es expansiva, abierta a todo y a todos, y
otra reconcentrada, encerrada en sentimientos y pensamientos subjetivos, y
ambas van surgiendo alternativamente sin previo aviso, en ciertos momentos
hablo por los codos y unos minutos después tienen que sacarme las palabras con
sacacorchos.
- Eso nos pasa
un poco a todas las personas en mayor o menor grado, tenemos altibajos,
nuestras exaltaciones y nuestras depresiones.
- Ella no, de
una forma apreciable, siempre camina por una línea horizontal como si fuera un funambulista
que marcha sobre la cuerda floja, resulta un excelente complemento para mis
desequilibrios, y supongo que mi personalidad debe de producir en ella unos
efectos similares aunque de signo opuesto, siguiendo con el símil cirquense yo
sería una especie de trapecista, quieto y concentrado sobre la plataforma para
un momento después ponerse a dar piruetas por el espacio.
- Espero que
trabajes con red -bromeé yo.
- Hasta el
presente no me he dado demasiados batacazos -me siguió la chanza-, además suelo
actuar muy cerca del suelo, el tiempo de volar alto ya quedó atrás. Se comienza
imitando a las águilas y se van rebajando progresivamente las ambiciones hasta
que nos conformamos con ser simples monos titiriteros. Ya ves que hiciste muy
bien en romper conmigo, creo que a la larga no hubiéramos sido una pareja
feliz, es muy complicado convivir con una persona que se siente al mismo tiempo
gavilán y paloma.
Nos sentamos
sobre la hierba apoyando las espaldas sobre el grueso tronco de un carpe
frondoso.
- La normalidad
debe consistir en eso, en ser unas veces león y otras conejo según aconsejen
las circunstancias y las propias expectativas vitales. Pero estás equivocado en
insistir en que fui yo quien rompió nuestra relación, como muy bien has
reflejado en tu poema no hubo ninguna ruptura, nos separamos porque todo cuanto
nos rodeaba invitaba a hacerlo, éramos demasiado jóvenes. Te tenía mucho
afecto, de verás, fuiste el primer hombre en mi vida y eso es algo que jamás se
olvida. Pero por aquel entonces estaba convencida de que no me querías, que
estabas conmigo porque cada compañero se buscaba una pareja para tener con
quien estar en los guateques.
- Me enamoré de
ti desde la primera vez que te vi, ¿no lo notaste?
- Sí, me mirabas
de una manera muy especial y te sentías muy cohibido en mi presencia al
principio, yo también hacía muchas tonterías aunque fingiera no hacerte mucho
caso; había otros compañeros de curso que me gustaban más, tenían un mayor
atractivo físico o se mostraban más desenvueltos que tú, que sé yo… Pero me
quedé prendada de ti en aquella ocasión en que nos defendiste de unos gamberros
que nos importunaban a mis amigas y a mí. Te comportaste como un auténtico
héroe cinematográfico.
- ¡Menudo
puñetazo que me dieron en un ojo! -exclamó Pepe recordando aquel evento.
- Tú también les
pegaste una buena paliza.
- Me da la
impresión de que con el discurrir de los años has idealizado aquella escena y
la has deformado por completo, si no llegan a intervenir mis amigos acabo
aquella tarde en el hospital, eran unas malas bestias y pegaban como auténticos
diablos.
- Es posible que
viéramos la situación de forma diferente, tú estabas en medio de la pelea y yo
tan asustada que me tapaba los ojos, horrorizada por el fragor de la lucha. Lo
cierto es que vosotros quedasteis dueños del campo y que los otros huyeron´, y
que de allí partió nuestra relación.
- Sí, fuiste una
enfermera perfecta lavándome con sumo cuidado el ojo en aquella fuente, pero
tus cuidados no impidieron que al día siguiente tuviera un buen moratón por
toda la zona que lo rodeaba.
- Te daba un
aspecto muy interesante y yo era la envidia entre mis compañeras de clase. En
el Instituto fue un suceso muy sonado aquella pelea.
- Lo que
encontré más hermoso y que me dejó anonadado fue el beso que me diste como
recompensa a mi intervención. Era la primera vez que me besaba una chica en la
boca y todavía recuerdo el escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, hasta me
desapareció el fuerte dolor que tenía en el ojo.
-No te vayas a
creer, también era mi primer beso. Fue muy suave, tan solo un roce de labios.
- Rozar tus
labios con los míos era un sueño que deseaba realizar desde hacía meses. Un
maravilloso sueño que se cumplió aquella dichosa tarde.
Nuestras cabezas
se habían ido aproximando poco a poco mientras conversamos y nuestras bocas
acabaron por unirse.
Éste fue un beso
muy diferente al de antaño. Un beso animal en el que los dientes entrechocaban
y las lenguas penetraban y se hacían dulces caricias. Rodamos por la hierba
fundidos en un sólido abrazo.
Cuando abrimos
los ojos estábamos exhaustos, sorprendidos y avergonzados, exangües aunque la
sangre se nos agolpara en la cabeza, pesarosos de la felicidad alcanzada.
- No debiste
hacerlo -dije después de un largo silencio.
- Ya sé que ha
sido una tontería, pero lo necesitaba, necesitaba volver a sentir tu sabor… Te prometo
que seré un buen chico -dijo mientras se levantaba y se sacudía el polvo
mezclado con briznas de hierba. Luego me ofreció su mano para ayudarme a
incorporarme.
- Tampoco ha
estado tan mal -admití al ponerme en pie-, pero sería mucho mejor para los dos
que a partir de ahora nos portemos con la seriedad que requieren nuestras
respectivas responsabilidades.
- Ha sido un
paréntesis breve y bonito. Deja que te sacudas la gabardina por detrás…
- Haz el favor
de mirar para otro lado que me voy a alisar las medias, y ya va siendo hora de
que comencemos a hablar sobre el tema que nos ha reunido.
- Sí, la novela
-dijo con un tono despectivo-. Podríamos sentarnos a charlar en algún
chiringuito y de paso tomamos el aperitivo.

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